miércoles, 14 de junio de 2017

Un vanguardista ordenado: Salomo Friedlaender, un “raro” canónico.



Un escritor casi anónimo, Mynona fue el pseudónimo que él hizo célebre, respetado por Benjamin, venerado por los dadaístas y gurú ideológico de Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt.








Leyendo estos días un breve librito de Walter Benjamin, Juguetes, una mera recopilación de artículos dedicados al análisis sociológico de esa doble realidad, el juego como artesanía y el juego como aspecto antropológico de primerísimo orden en la configuración de la persona y del grupo social, encontré, destacada, esta cita de Mynona: Si los niños han de ser hombres cabales algún día, no debemos ocultarles nada de lo humano. Su inocencia se encarga de crear las necesarias barreras, y más tarde, cuando estas vayan cediendo poco a poco, lo nuevo penetrará en almas ya preparadas. Los pequeños se ríen de todo, aun de los lados sombríos de la vida; precisamente, esa hermosa extensión de la alegría hace que su luz alcance zonas por lo general privadas de ella y que solo por eso resultan tan tristes. Logrados atentados terroristas en miniatura, contra príncipes que se parten en dos, pero pueden curarse; grandes tiendas que sufren incendios, robos y hurtos, muñecos-víctimas que pueden sufrir las muertes más diversas, y sus correspondientes muñecos-verdugos, con todos los instrumentos especiales--- Mis hijos nunca querrán prescindir de sus guillotinas y horas. De Friedlaender  solo tenía referencias indirectas y una directa en forma de narraciones, traducidas al inglés, Goethe speaks into the phonograph y The abduction, dos “cachondadas” muy del gusto del humor absurdo y transgresor de los dadaístas. La primera, propiamente de ciencia-ficción, nos habla de un inventor que ha sido capaz de recuperar la voz de Goethe, y declaraciones que ni siquiera recogió Eckermann; el segundo narra el secuestro de los nobles llevados a cabo por un grupo rebelde que los fuera a tener hijos con jóvenes de la clase obrera para tratar de equilibrar la carga genética y huir del determinismo social que hace imposible el progreso de los pobres. Como se advierte, no estamos lejos de la inquietud social, y más cerca aún del burlesque y del grotesque, géneros colindantes con las creaciones vanguardistas del dadaísmo y de otros ismos que dominaron el panorama literario de entreguerras. Pero Mynona (palíndromo de Anonym) va más allá de la creación estrictamente literaria, porque su preocupación fundamental es la filosofía y destacan, sobre todo, sus estudios sobre Kant y Nietzsche. Su familia quería que estudiase medicina, y así lo hizo, acabando los estudios y especializándose en odontología, pero luego se trasladó de su Posen natal a Berlín para estudiar filosofía, frente a la oposición de su padre, quien lo deshereda por ello. lo dejó por la escritura y vivía de sus colaboraciones en revistas y de la publicación de sus libros, de escasa tirada y reducidas compras. Su prestigio intelectual, en el Berlín de entreguerras, fue, sin embargo, inmenso, como lo demuestra nada menos que la cita elogiosa de Benjamin con que hemos abierto esta noticia sobre su persona. Fritz Perls lo reconoció como su primer gurí, el único ser al que se rindió intelectualmente de forma incondicional y cuyas sentencias bebía con fervor en los salones del Café des Westens, más conocido por Café Grössenwhan (Café de la megalomanía), por los artistas e intelectuales que allí se daban cita. Ha sido la edición de una pequeña antología de sus escritos en Mandala Ediciones lo que me permitió acceder, siquiera sea de forma fragmentaria a una obra que merecería la publicación completa de algunos de sus textos fundamentales, porque se trata de un autor cuya lectura perfilaría con bastante nitidez un pilar importante del movimiento cultural tan apasionante que se vivió en Berlín desde 1920 hasta 1933, en que el nazismo forzó la dispersión de tanto genio como se había concentrado en aquella “Babilonia” que la ebriedad asesina de los nazis acabó reduciendo a escombros. Se trata de un autor cuyo aspecto hierático y cuyas morigeradas costumbres, una disciplina espartana de descanso y trabajo que cumplía con escrupulosidad kantiana, aunque en la zona diurna del día, porque lo suyo era la vida nocturna, como buen amante de la bohemia, y que contrastaban con esos “rasgos de humor absurdo” como el que se describe en el segundo capítulo del libro: Myonona saca su reloj de bolsillo, lo desliza lentamente, colgado de la cadena, en el vaso de agua de seltz que tiene ante él y anuncia tranquilamente: “¡Ah, cómo refresca esto!”. Mynona es una figura muy relevante de aquella animación cultural que responde al nombre de dadaísmo berlinés, pero, junto a esa dimensión trasgresora y revolucionaria del movimiento vanguardista, Mynona cultiva una faceta intelectual clásica que lo lleva a escribir, no solo sus conocidos libros sobre Kant y Nietzsche, sino una obra que aún no ha sido traducida al español, a pesar de la importancia decisiva que tuvo en su momento tanto en Alemania como, a través de la difusión que de ella hizo Fritz Perls como referente para la creación de su terapia Gestalt: La indiferencia creativa, libro en el que trabajo durante muchos años y del que fue desgranando los principios básicos en la tertulia en la que ocupaba un puesto central indiscutible. Recordemos, y esa fue la experiencia de Perls, que todos los médicos eran bien recibidos en esa tertulia, tenían un plus de “credibilidad” científica que les permitía participar con pleno derecho en aquellas asambleas pacíficas de la Atenas del Spree, que es como se conocía en Berlín la zona de los museos, denominación que fácilmente se extendió a aquellas reuniones en las que, como es preceptivo, se sabía de todo y se arreglaba el mundo en dos patadas. Como tantos otros, la llegada del nazismo le obligo a exiliarse y recaló en París, desde donde intentó conseguir, a través de Thomas Mann, un visado para Usamérica, pero el autor de La montaña mágica se negó a mover un dedo en su favor. Mynona representaba para él la disolución de los valores burgueses que sustentaban su vida, algo así como un peligro que debía ser conjurado. A duras penas, sobrevivió, enfermo, a la invasión nazi de París y murió en la absoluta pobreza en 1946. Mynona fue un escritor cuyo magisterio oral quizás tuvo más influencia que sus escritos, aunque aquel se basara en estos. Aún hay manuscritos suyos inéditos que aguardan una edición que quizás no llegue nunca, tal y como soplan los aires de la Historia, poco o nada favorables al inalienable pensamiento individual e individualizador. Mynona siempre supo que el yo era el gran tema de su obra, y que a él dedicó todas sus reflexiones. El descubrimiento de la polaridad, eje de la teoría de la Indiferencia creativa, se lo representó como el hilo de Ariadna en el laberinto del mundo. El punto cero entre dos extremos, un par complementario a que todo puede ser reducida, es, parta Mynona, el lugar exacto de la creatividad. Sin embargo, ese centro, aquello que constituye a la persona verdadera, al auténtico in-dividuo realmente no dividido, al centro esencial creativo del si mismo, supera los principios de nuestra comprensión intelectual. No puede decirse de Friedlaender que el suyo sea un pensamiento nítido, perfectamente discernible. De hecho, como buen discípulo de Nietzsche optó por expresarse en términos enigmáticos con aforismos a medio camino entre la reflexión filosófica y la poesía de vanguardia: Yo surgí de mi propio sombrero de copa. Su demoledor espíritu crítico no conocía barreras y su insobornable libertad de juicio crítico le permitía defender posiciones que no siempre eran ni siquiera comprendidas por quienes más cercanos eran a su persona y a su obra. Hay, en él, a pesar de su apariencia burguesa, sus exquisitas maneras y su ordenada vida bohenia…, un espíritu transgresor de primer orden. No son pocos los aforismos que nos permiten tener un conocimiento más o menos riguroso de su personalidad y de sus planteamientos vitales y filosóficos, pero baste destacar  algunos de ellos a modo de aperitivo de lo que los intelectores pueden encontrar en el volumen de Mandala Ediciones: El ser humano es un parásito de su propia divinidad; el autodescubrimiento es una forma inicial de magia; la falta de egoísmo absoluto idiotiza; hay que ser divino para ser uno mismo realmente; todo sufrimiento no es  más que felicidad deformada y distorsionada; la superación perfecta de lo humano constituye la disciplina más difícil que existe: la liberación de uno mismo; la indiferencia es el suicidio de la muerte; el ser humano que no procede de su propio individuo no es más que un fantasma de sí mismo. Es curioso percatarse de lo cerca que estuvieron los vanguardistas berlineses del Partido Comunista y lo pronto que fueron “represaliados” por carecer de la “obediencia debida” a la ideologización del arte, que había de estar sometido a los prioritarios intereses del pueblo. Tan “degenerados” les acabaron parecieron los artistas berlineses de entreguerras a los nazis como a los comunistas, curiosamente. Está fuera de lugar ese cultivo del yo que se manifiesta en la frase de Friedlaender: El conocimiento de sí mismo es el más tardío de los conocimientos, pero la tradición de este arranca de Max Stirner, a pesar de ciertos rasgos antisemitas de este, y, sobre todo, de Nitzsche y su repudio del ser-masa, ayuno de individualidad y de criterio propio. Fritz Perls hizo un uso restringido de las teorías de Friedlaender, porque se centró casi con exclusividad en la teoría de las polaridades, que él convirtió en un fundamento de su terapia psicológica, pero leyendo al filósofo y conociendo algo de su vida, se advierte enseguida que ese rango de “gurú” que le adjudicó se permea en la vida y obra del propio Perls, muy amigo del uso del aforismo, de la tendencia zen a la paradoja y del afán de sorprender siempre al interlocutor con la salida más inesperada y descolocadora. Perls fue un experto en “sacar de contexto” en “desubicar” para permitir un enfoque renovado del problema que se tuviera que considerar o de la gestalt del paciente que se estuviera analizando. La vía de la sorpresa, es una vía fértil para salir de la visión gastada y de los tópicos, una vía que permite ver, con ojos nuevos, todo aquello que haya de ser analizado y que signifique la conquista de un bienestar para el paciente. En su caótica autobiografía, Dentro y fuera del cubo de la basura, Perls recuerda que durante la época de la inflación alemana, gracias a que a él le pagaban en dólares en Bremerhaven, tratando a unos comerciantes, se erigió en el garantizador del sustento de Salomo Friedlaender, a quien le pasaba cestos de comida que contribuyeron a aliviarle en una época muy difícil para muchos alemanes y que llevó a no pocos de ellos a la muerte, fuera por hambre, fuera por suicidio impulsado por la desesperación.  En fin, la vida y la obra de Friedlaender, la de un raro absoluto, bien merecería una atención editorial  cuya inversión en tan peregrino autor no ignoro que tendría difícil amortización, pero la cultura es una ganancia neta construida sobre pérdidas absolutas. Sí, también se le llama romanticismo, mecenazgo (ahora ya micromecenazgo…) y otras benéficas cualificaciones, pero ¿qué sería de nosotros sin ese generoso impulso culto?

2 comentarios:

  1. Leí:"dentro y fuera del cubo de la basura" hace mucho años y supongo que no entendí
    mucho. Sí que me acuerdo de sus ejercicios que partían de hacer lo mismo de una manera diferente...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La idea de Perls era que equivocarse es una manera diferente de acertar. No me extraña que no entendiera nada de aquella autobiografía hecha a partir de las gestalts emergentes del autor, sin obediencia cronológica ni temática. Desde el presente sin cortapisas, Perls fue evocando lo que le venía a la mente en cada instante, literalmente, "sin orden ni concierto". Una estrategia efectiva desde el punto de vista terapéutico, pero absolutamente ineficaz desde el del literario o memorialista. En cualquier caso, en la medida en que estamos ante un amante de la "superchería" y la "impostura", él decía de sí mismo que era un genial "farsanteador", muchas de sus afirmaciones bien pueden ponerse entre los paréntesis del escepticismo...

      Eliminar