miércoles, 28 de junio de 2017

Novena, y última, noticia de la “Obras Completas” de Platón: “Las Leyes o de la legislación”.






Del “nomos” al “ethos”: la fundamentación metafísica de la política o el viejo sueño de la ciudad ideal, esto es, la sociedad del conocimiento o la frustrada aspiración legisladora de Platón.



La última obra de Platón, sobre la que los especialistas coinciden en que se trata de un borrador avanzado, no de una obra definitiva, enlaza con las tesis defendidas por Platón en su libro La república, del que el presente podría considerarse no tanto una continuación cuanto una concreción normativa, sin que ello implique que nos hallemos exclusivamente ante un código civil, porque, por ejemplo, dedica los cinco primeros libros a una discusión sobre la naturaleza de las leyes, su origen, etc., y porque, como dice hacia el final de la obra: el verdadero deber del legislador es no limitarse a escribir leyes, sino, además de las leyes, dar por escrito, entremezclándola con el tejido mismo que forman las leyes, su opinión sobre todo lo que él estima honesto o deshonesto; y esas opiniones o consejos deben atar al perfecto ciudadano tan estrictamente como las sanciones con que las leyes refuerzan sus prescripciones; y de ahí el propósito ético y cívico de este libro de Leyes que tiene más de tratado utópico que, propiamente, de corpus jurídico.  Como Francisco Samaranch nos avisa oportunamente en el prólogo, a propósito del carácter utópico del ideal republicano de Platón, la Edad de oro no es para Platón la edad perfecta: es edad de una inocencia natural, sin mérito alguno; solo la aspiración a la sabiduría y el ejercicio de la filosofía pueden elevar a esta sociedad por encima de su nativa simplicidad, un tanto necia, y ese será el objetivo tanto de La república, como de Las leyes, aspirar al logro de la polis perfecta, o lo más perfecta posible, porque tampoco Platón era tan ingenuo como para creer que su plan de ciudad ideal pudiera instaurarse con suma facilidad. De hecho, el concepto “nomos” no puede traducirse directamente por “ley”, tal y como nosotros la entendemos, desde el Derecho romano para acá, sino que ese concepto tiene una amplitud que abarca lo que nosotros conocemos como derecho consuetudinario, esto es, los usos y costumbres aceptados por la sociedad. Eso se advierte fácilmente hacia el final de la obra, cuando Platón se embarca en una casuística legal sobre, por ejemplo, los derechos testamentarios o las penas que merecen los actos de violencia intrafamiliar, una lectura que sorprenderá a cuantos piensen que decir Platón es poco menos que decir abstracción, porque la mejor recompensa de este libro, Las leyes, es que se trata de lo que podríamos considerar como  un tratado sociológico, si nos atenemos a la crítica social que permea todo el texto y también como una suerte de estudio constitucional comparado, porque constantemente se oponen diferentes maneras de entender la constitución y las leyes en Esparta, cuya constitución fue establecida por Licurgo;  en Creta, cuya constitución fue establecida por Minos, inspirado directamente por Zeus, y en Atenas, cuya constitución vigente, en tiempos de Platón, era la que había sido dictada por Solón. Se trata, pues, de una obra ambiciosa que trasciende, como suele ser habitual en los Diálogos, el tema central para desparramarse dialécticamente en digresiones que atienden a esa manera de progresar en espiral que tienen los diálogos platónicos: vamos allegando noticias y saberes que aparentemente tienen poco que ver con el tema central  pero que luego acaban siendo sustanciales para poder persuadirnos de la bondad del razonamiento seguido por, habitualmente, Sócrates o, como en este caso, un ateniense anónimo que parece hablar en representación de la ciudad. La primera objeción del ateniense a las otras constituciones es que parecen haber sido dictadas teniendo la guerra y el valor como inspiradores primeros de las normas (según la tesis que vosotros defendéis, el buen legislador debe ordenar todas las disposiciones en relación con la guerra; yo, en cambio, sostenía todo lo contrario, a saber: que esto era pedir se legislara en función de una sola de las cuatro virtudes, siendo así que hay que tenerlas presentes todas, y principal y primeramente aquella que domina el conjunto total de la virtud, es decir, la sabiduría, la inteligencia, la opinión, con sus secuencias de pasión y deseo. (…) Cuando el alma se opone al saber, a la opinión, a la razón, que son naturalmente los elementos que la deben gobernar, llamo a este estado inconsciencia. (…) La más bella y la mayor de las armonías será con justicia la mayor sabiduría de la que participa el hombre que vive de acuerdo con la razón); la guerra, pues, como una realidad que determina la vida en su conjunto para hacer frente a esa pavorosa amenaza; mientras que la república platónica emana sus normas de la paz, de la convivencia, porque, a su parecer, el mayor bien no se halla ni en la guerra ni en la revolución (hay que rechazar de nuestros deseos la necesidad de recurrir a ello); está a la vez en la paz y en la mutua benevolencia. Incluso diré que, para una ciudad, el hecho de vencerse a sí misma no es, a mi modo de ver, un ideal, sino una necesidad. Enseguida reconoce los méritos de unas leyes como las espartanas caracterizadas por su austeridad y por su predisposición a la educación en la adversidad para saber estar a la altura de las circunstancias en tiempos de crisis, penalidades y enfrentamiento; pero advierte también que si uno se fortalece en la entrega a los padecimientos, igual debería poder fortalecerse contra los placeres entregándose a ellos: vosotros sois los únicos, entre los griegos y entre los bárbaros que conocemos, a quienes vuestro legislador ha mandado abstenerse de los placeres y los juegos más atractivos, así como no gustarlos. Mientras que, en lo que se refiere a los sufrimientos y los temores de que hablábamos hace bien poco, ha juzgado que huirlos o esquivarlos por completo sería exponerse a que, una vez delante de las penalidades, los temores y los sufrimientos inevitables, los ciudadanos huyeran de aquellos que se hubieran ejercitado en ellos y vinieran a ser los esclavos de esas gentes. Esta misma idea, creo yo, debería habérsele ocurrido al legislador también acerca de los placeres; debería haberse dicho que si nuestros conciudadanos se habitúan desde su juventud a la ignorancia de los mayores placeres, si no se ejercitan en resistir a los placeres con que se topen y a no hacer nada vergonzoso pese a ello, como consecuencia de la inclinación que los lleva al deleite, experimentarán la misma suerte que los que se dejan dominar por el miedo: serán esclavos de una manera distinta, pero aún más vergonzosa, de los que son capaces de mantenerse fuertes en medio de los deleites y que son maestros en el arte de hacer uso de ellos, hombres en muchos casos perversos; su alma será libre en un aspecto, pero esclava en otro, y no podrán ser llamados sin reserva hombres valerosos y libres. Pensad si en lo que acabo de decir hay algo de razonable. Todo ello viene a cuento, por cierto, de la discrepancia entre el ateniense y sus interlocutores, el cretense Clinias y el lacedemonio Megilo, respecto de su posición ante el vino, un placer nefasto, para ambos, y un placer inigualable para el ateniense, quien lo defiende como un elemento capital del simposio, una institución de carácter más educativo que festivo, al entender de Platón. No es extraño, pues, que la discusión entre los tres griegos derive enseguida a uno de los temas centrales de la filosofía platónica, la paideia, la educación, porque del mismo modo que no hay polis sin leyes, tampoco hay sociedad sin educación. En ese aspecto fundamental de cualquier república se entra con la aceptación humilde de un prudente reconocimiento: Mucho me parece, extranjeros, que las constituciones difícilmente pueden ser en la práctica tan indiscutibles como en teoría. Partimos, pues, de un terreno perfectamente roturado y sembrado a lo largo de los Diálogos: la importancia decisiva de la formación desde la más temprana edad (No es conveniente, en efecto mucho sueño, y ello por ley de la Naturaleza. (…) Apenas vuelva la luz del día, es necesario que los niños vayan a la escuela. Pues ni las ovejas ni otra clase alguna de ganado pueden vivir sin pastor; tampoco es posible que lo hagan los niños sin pedagogo ni los esclavos sin dueño. (…) En las letras deben esforzarse lo suficiente como para ser capaces de escribir y leer; en cambio, el conseguir, durante este número fijo de años, una rapidez o una elegancia perfectas, en niños cuya naturaleza no siempre será precoz, es un cuidado que hay que dejar de lado), y ello, porque como ya estableció Platón en La república, la vida de los moradores de la polis está en no poco grado al servicio de la misma:  obligaremos a que se haga instruir todo el mundo y en la medida de lo posible, porque pertenecen a la ciudad más aún que a sus padres. De hecho, incluso hasta el matrimonio debe considerarse en función de las necesidades de la poli más que del propio gusto. El espartano Megilo, a quien esa “posesión” estatal sobre el individuo le suena a gloria celestial, entiende a la perfección la objeción de Sócrates a estructurar toda la vida social en torno al hecho de la preparación para la guerra: Me parece que lo que afirmas es que no hay que pedir insistentemente que todo se haga conforme a nuestros deseos, sin que además nuestros deseos se acomoden a nuestra recta razón; y lo que una ciudad y cada uno de nosotros ha de implorar en sus plegarias es esto: ser razonable. Esa racionalidad es el quid de la cuestión, la médula del hueso del esqueleto que sostiene la encarnación de la teoría social platónica, la virtud por excelencia, ese Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos… que ha de irse ampliando a todos los ciudadanos, a través de la educación rigurosa, para conseguir la ciudad ideal. Destaca, en ese plano educativo, además, la necesidad de la enseñanza de las matemáticas, porque tanto para la vida familiar como para la vida pública y todas las actividades, ninguna rama de la educación ofrece tantas ventajas para los niños como la ciencia de los números; y la principal de esas ventajas es la capacidad que tiene de despertar al que está dormido en su ignorancia y su falta de curiosidad y de darle capacidad de asimilación, memoria, agudeza mental, y lo hace progresar hasta superarse a sí mismo, gracias a esta arte divina.  De hecho, como repite en lo que podemos considerar el pórtico de la obra, el Libro I:  todo aquel que algún día quiera sobresalir en algo, sea lo que sea, debe ejercitarse en ello desde su niñez, hallando a la vez su entretenimiento y su ocupación seria en todo aquello que se relaciona con su objeto. (…) Lo esencial de la educación consiste en la formación regular que por medio del juego ha de llevar al alma del niño a amar o más posible aquello en lo que le será necesario, una vez sea hombre, haber conseguido la perfección propia de la materia correspondiente. En el repaso que Platón hace de las constituciones y las formas de gobierno idóneas amparadas por ellas se advierte la contradicción máxima de su pensamiento y la síntesis casi imposible a la que aspirada en aquel tiempo: Entre las constituciones hay algo así como dos madres de las que se puede decir con razón que han nacido todas las demás, y con justicia podemos dar a una el nombre de monarquía y a la otra el de democracia (…) y todas las demás son variedades de estas. Ahora bien: es necesario que esos dos elementos vengan representados en todas ellas, si se quiere que haya libertad y unión junto con la sabiduría; esto es lo que nuestra argumentación pretende reivindicar, cuando afirma que, de no tener parte en ambos elementos, ninguna ciudad podrá estar bien gobernada. Estaría orgulloso, en nuestros días, de que esa suma de formas de gobierno sea la actual de muchísimas democracias, por más que las virtudes de la monarquía hayan sido reducidas a lo simbólico y se haya potenciado la democracia, acaso hasta límites que su pensamiento hubiera rechazado, porque la aristocracia platónica es siempre la de la virtud y la sabiduría, no la de la herencia. Se trata, en definitiva, de educar al hombre sabio y justo que puede, desde la templanza y la ecuanimidad “gobernar” la ciudad, sea con los esquemas que trazó en su República, sea con los de una forma de gobierno más ajustada a la realidad de sus días: la justicia no se da sin la templanza. Y tampoco existe son la templanza ese hombre sabio del que antes hicimos nuestro ideal, aquel cuyos placeres y cuyos dolores se armonizan y conforman con los razonamientos justos. Detrás de sus formulaciones políticas anida siempre la filosofía de las ideas, del alma todopoderosa que ha creado el universo y de la que somos un pálido reflejo en el que el ansia de conocimiento, la aspiración a la sabiduría y el ejercicio de la dialéctica nos permitirán aspirar a reencontrarnos con esa alma-motor que todo lo puede y a cuyo seno hemos de reintegrarnos tras la desaparición de la encarnación humana. Las leyes, con todo, no dejan de tener presente, constantemente, la realidad histórica, y la formulación que hace Platón de “su” ciudad es ajena incluso a los valores dominantes en la Atenas de su tiempo. Así, guiado por ese espíritu tan dieciochesco del justo medio, Platón propone una ciudad ajena a los reputados vicios de la flaqueza humana: ahora bien, cuando una sociedad no conoce en absoluto ni la riqueza ni la pobreza, está en la situación más favorable para el desarrollo de las buenas costumbres: en ella no brotan la violencia ni la injusticia, como tampoco los celos ni las envidias. Consecuente con esa posición, cercana a la educación lacedemónica, propone que nadie, pues, se aficione a las riquezas a causa de sus hijos, con el fin de dejarlos lo más ricos posible: eso no es lo mejor ni para ellos ni para la ciudad. (…) Lo que hay que legar a los niños no es oro, sino un gran respeto para si mismos. (…) Lo que más importa en la educación de las gentes jóvenes, tanto como en la nuestra, no está en dar avisos y normas, sino en que todas las advertencias que se dan a los demás sean evidentemente también la norma de nuestra propia vida.  Por todo ello, Platón no deja de alabar la celebrada frase de Hesíodo: la mitad vale muchas veces más que el todo. Las leyes de Platón son, como no puede ser de otro modo, dado su interés por las relaciones humanas en el seno de la sociedad, un compendio de normas sometidas no solo a la ley, sino a los intérpretes de ellas, los únicos con autoridad política y moral para interpretarlas y aplicarlas, incluidos los castigos y las recompensas pertinentes. En Las leyes, especialmente en los últimos libros, Platón cede a la tentación de la casuística y establecerá un intento de código civil que contiene auténticas joyas para los lectores actuales de su obra. Se recuerda a menudo la función fiscalizadora de los tribunales y los magistrados que los forman, y avisa Platón de la tendencia hacia la anarquía en la interpretación y, en este caso, no observancia de las leyes, poniendo como ejemplo lo que ha sucedido en la valoración de los concursos teatrales y os certámenes poéticos: en el dominio de la música nació la opinión de que todo el mundo entendía de todo y podía juzgar de la ley, con lo que vino la libertad. Comenzaron a perder el temor a la ley al creerse competentes, y la seguridad en sí mismo dio lugar a la desvergüenza; pues dejar de temer la opinión del que es mejor por insolencia supone verdaderamente una desvergüenza viciosa, nacida de una libertad enardecida. (…) Como consecuencia de esta libertad viene la que se niega a obedecer a las autoridades; luego se huye de la servidumbre y no se hace caso a las advertencias del padre, de la madre y de las personas de edad; ya casi al final de esta carrera, se busca la manera de no obedecer las leyes, y al término mismo de ella, deja uno de preocuparse de los juramentos, los compromisos y promesas, y en general de los dioses. Tomando como bandera un juicio como este: yo creo que para nosotros la política es precisamente esto: la justicia en sí, Platón se adentra en un ejercicio de prescripción normativa que puede dejar patidifuso al intelector actual, no tanto por la aparente extravagancia de muchas de sus normas, cuanto por esa intuición poética fabulosa y, sobre todo, por la minuciosidad con que se enfrenta a ciertos hechos corrientes y molientes de la vida minúscula -y a veces mayúscula-  de la urbe. Quizás por esa actitud detallista, no olvida Platón que, junto al Dios, son la fortuna y la oportunidad, quienes gobiernan todos los asuntos humanos sin excepción. El propósito de enmendarle la plana a ambas es lo que parece guiar el pulso prescriptivo del filósofo. Así, junto a la recomendación -¡modernisima!- de que el feto escuche música durante el embarazo y de que los bebés recién nacidos sean mecidos para mejorar su sentido del ritmo, Platón proscribe la mendicidad de la ciudad con una saña inmisericorde, tratando de “animales” a quienes la ejercen: que nadie practique la mendicidad en nuestra ciudad, y si alguien se atreve a hacer esto y va allegando recursos para su vida con súplicas sin fin, los agoránomos lo echarán de la plaza publica; el cuerpo de astinomos de la ciudad lo echará de esta y los agrónomos lo echaran fuera de las fronteras del país, para que todo el territorio quede absolutamente limpio de animales de esta clase; junto a la prohibición de la caza -que la astuta pasión de la caza de aves, pasión tan poco digna de un hombre libre, entre en ninguno de nuestros jóvenes-, hallamos, también algo tan inusual como que  la prohibición de un enriquecimiento exagerado es una ayuda nada mediocre para la templanza; la educación en su conjunto se inspira en sabias leyes que conducen al mismo fin. En la medida en que lo que se busca, a través de la legislación de la ciudad, es la armonía, el bien sagrado que permitirá el normal desarrollo de la vida sana y equilibrada de los miembros de la polis, Platón afee y prohíba la costumbre del cruce de insultos -¡un mal muy de nuestro tiempo, y más en esas redes sociales que amparan, bajo pseudónimo, la más desagradable liberación de los peores instintos!-: desahogarse con imprecaciones unos contra otros y el cubrirse mutuamente de insultos ofensivos y difamantes, aunque parezca que no son más que palabras, cosas que vuelan, de hecho da lugar a los odios y a las enemistades más profundos. (…) También es corriente que todos, en tales discusiones, pasen a pronunciar palabras de mofa y ridículo contra su adversario; nunca nadie se ha habituado a ello sin renunciar para siempre a la seriedad de su carácter, o por lo menos sin perder mucho de su dignidad personal. Por eso no se permitirá a nadie ninguna palabra de este tipo en un lugar sagrado, ni en un sacrificio público, ni en los juegos, ni en el ágora, ni en el tribunal, ni en cualquier lugar de reuniones. En estos tiempos de intensas y dramáticas migraciones, no está de más recoger la posición de Platón respecto de los extranjeros: quien así lo quiera podrá residir como extranjero en la ciudad, ateniéndose a las condiciones siguientes: será lícito a todo extranjero habitar y residir en ella, con tal que tenga un oficio y no permanezca allí más de veinte años desde el año que se inscriba, sin que tenga que pagar ningún impuesto por residir en ella, como no sea el de su buena conducta, y sin que tenga que pagar tampoco el mínimo impuesto en concepto de compras o ventas. Pero una vez que concluya su tiempo, se marchará llevándose todos sus bienes. No obstante, si durante todos estos años se ha distinguido por algún beneficio importante hecho a la ciudad de su parte, y espera él poder persuadir al Consejo y a la Asamblea, bien de que le conceda, bajo su petición, una prórroga de residencia, bien de que se le prorrogue de por vida esa residencia, que se presente, y si consigue convencer a la ciudad, recibirá plenas garantías de lo que ella le hubiera concedido. Me abstengo de traer a este “fin de fiesta” algunos casos harto curiosos sobre los delitos contra la integridad física o las cuestiones hereditarias, sobre las que se extiende hasta el infinito, con curiosidades fantásticas, pero les recomiendo vivamente a los escasos intelectores que han tenido la santa paciencia de leer estas recensiones de las Obras completas de Platón -¡si es que siquiera hay uno!-, que se adentren en los libros del noveno al duodécimo para asistir a un despliegue de casuística legal que les reconciliará con el lado humano de Platón, porque parece mentira que el poeta de las ideas haya descendido a niveles de concreción tan graciosos como el del querellante que exige realizar una búsqueda en casa ajena en busca de una propiedad que le ha desaparecido: Todo el que quiera hacer un registro en casa de otro entrará en ella desnudo o vestido solamente de una túnica sin faja, y jurará previamente por los dioses establecidos, que realiza este registro porque espera encontrar allí un bien que es suyo; o que refleje de manera harto acrítica la marginación de los suicidas, tan católica, andando el tiempo: a los que mueren de esta manera han de ser inhumados en lugar aislado, sin que tengan en su vecindad ninguna tumba, y demás de esto, deben estar ellas situadas en los lugares desiertos u que no tienen nombre, en los extremos de los doce distritos: serán sepultados allí sin ningún honor, sin estelas ni nombres que designen sus tumbas; o que nos recuerde una situación de violencia conyugal que en modo alguno nos es ajena: si ambos cónyuges se hieren, serán desterrados a perpetuidad y los hijos se veran obligados a alimentar a los desterrados. En resumen, los hombres han de establecer necesariamente leyes y han de vivir de acuerdo con ellas, so pena de no diferenciarse absolutamente en nada de los animales salvajes, porque, a su juicio, ninguna naturaleza humana nace suficientemente dotada para saber lo que es más provechoso para un régimen político humano y para, al mismo tiempo, sabiéndolo, poder y querer hacer siempre lo que es mejor. Por todo ello, y con ello concluyo, quizás para Platón no hay mayor crimen que el de querer acabar con el orden constitucional -algo muy pero que muy actual en España, por cierto-: luego de los crímenes contra los dioses hay que considerar los que van encaminados a disolver el régimen constitucional. Todo aquel que esclaviza las leyes, sometiéndolas a la autoridad de los hombres, somete a la ciudad a las órdenes de una camarilla, empleando para todo ello la violencia, y, menospreciando la legalidad, suscita la guerra civil, debe ser considerado como el enemigo más declarado de la ciudad entera. En consecuencia, todo hombre que valga algo, por poco que ello sea, tiene el deber de denunciar a las autoridades a todo aquel que trame un cambio violento e ilegal en las constituciones. Y aquí concluyo este apasionante viaje dialéctico por las obras completas de Platón, al menos las tenidas por tales por la crítica solvente, porque ya se sabe que las ediciones críticas de textos tan antiguos y tan sujetos a deturpaciones de todo tipo no es precisamente un mester fácil. No pretendo ahora, para sobrecargar a los heroicos intelectores que hayan perdido el tiempo en este Diario durante estas nueve entregas, entregarme, a mi vez, a resúmenes, síntesis, o corolarios, y menos aún a la emisión de apostillas para las que me siento plenamente incapacitado. De lo único de lo que quiero dejar constancia, después de esta travesía afortunada, es del amor al conocimiento riguroso, a la sabiduría y al razonamiento consciente de sí mismo, de su poder y de sus limitaciones que Platón ha exhibido con una persuasión a la que es imposible sustraerse. No salgo más sabio, de esta travesía, eso está claro, sobre todo para quienes se hayan tragado estas nueve entregas, pero sí muy aleccionado e infinitamente agradecido al espíritu crítico, incordiante y jocoso de ese daimón juguetón con quien tan buenas migas he hecho. Entro ahora en un compromiso que adquirí “a sabiendas”, la recensión de los Episodios Nacionales de Galdós, que leo en su totalidad ininterrumpidamente. Espero que el benéfico daimón socrático me acompañe en mi empeño, aunque ya avanzo el magno placer que me están deparando las aventuras de Araceli, distinto e idéntico de y al que me ha deparado las aventuras de Sócrates, voz de su discípulo que hablaba a través de él.

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