domingo, 25 de junio de 2017

Octava noticia de las “Obras completas” de Platón: “Filebo o del placer”.






No hay mayor placer que el del conocimiento ni bien más preciado que la sabiduría:  un diálogo anímico y en parte antihedonista: Filebo o el saber como virtud máxima.


Diálogo de madurez, como Las leyes o de la legislación, el Filebo es un maravilloso ejemplo del método dialéctico de Platón, y aun me atrevería a decir que el mejor en donde hallar con meridiana claridad los excelentes recursos que hemos podido observar a lo largo de las 1500 páginas biblia que contiene un pensamiento, si no siempre sistematizado, como nos hubiera gustado a los perezosos, sí poderoso en sus intuiciones, en sus demostraciones y en las garantías de un método que alimentará toda la filosofía posterior a Platón, así como en las visiones y las imágenes que han quedado en el acervo del saber occidental como momentos prodigiosos de la imaginación y la reflexión. Platón va bastante más allá de la Filosofía, y las preocupaciones de todo tipo que han aparecido en sus diálogos: éticas, religiosas, económicas, legislativas, etc. nos deparan un conocimiento bastante más rico que el de la estricta filosofía, aún necesitada de una labor de sistematización que Aristóteles se encargaría de realizar. Hay, en efecto, tanta literatura, y de la buena, como filosofía en la obra de Platón, y de eso se beneficia tanto el lector curioso como el insensato -mi menda leyenda- que se ha embarcado en una travesía que ahora llega a su fin. No sé que tiene el calor que, desde hace muchos años, me ha incitado a leer clásicos grecolatinos, acaso por el contacto con el mar mediterráneo -a cuyas orillas me lleva forzado, como a los galeotes, la paz conyugal…-, ayer cuna del saber y hoy tumba de las necesidades materiales. La reflexión de Platón sobre el placer  parte de un antagonismo entre él y Filebo, si bien, como se empeña en recalcar enseguida por boca de Sócrates: La  meta, en efecto, de nuestra disputa no es, sin duda, que la tesis que yo sostengo se lleve la victoria, o que se la lleve la tuya: ambos a dos hemos de militar y estar al servicio de la verdad absoluta. Ese método es el que permite iniciar el diálogo con la dicotomía de la que parten: Filebo afirma, pues, que para todo aquello que vive es bueno el goce, el placer, el agrado y todas las afecciones análogas, que entran dentro de este mismo género. Nosotros defendemos, por el contrario, que esto no es así, y que la sabiduría, el entendimiento, la memoria y todo lo que está relacionado con esto, la recta opinión y los razonamientos verdaderos, son de más categoría y valor que el placer para todos aquellos seres que son capaces de participar de ello y que, para todo aquel que sea capaz de verse afectado por estas cosas, son, en el momento actual, tanto como en el futuro, todo lo más ventajoso que existe. Así puestas las cosas, habremos de esperar al final del diálogo para poder leer el anatema del placer que va implícito en la postura de Sócrates, y aparece allí, al final, casi como corolario de una postura que ha ido reduciendo el placer al ámbito humano, con todas las limitaciones que la naturaleza implica: El placer es lo más jactancioso y falso que hay, y según suele decirse, en los placeres del amor, que al parecer son los mayores, incluso el perjurio está seguro de obtener el perdón de los dioses, cosa esta que demuestra que los placeres son como niños y no tiene ni la menor sombra de razón. El entendimiento, por el contrario, o bien es idéntico a la verdad, o bien es lo que más se le asemeja y lo que la contiene en mayor grado. Con todo, Sócrates le reconoce a Protarco, su interlocutor, que, aun a pesar de la preeminencia del conocimiento sobre el placer, lo propio es una actitud que sepa mezclar ambos, el placer y el conocimiento, para poder obtener el bien que está, asociado a la virtud, por encima de ellos: Según decía Filebo, el placer es el fin normal de todo lo que vive y es aquello a lo que todos deben aspirar; de esta manera, él es el bien universal, y estas dos expresiones, bueno, agradable, no se aplican con rectitud sino a una sola y misma realidad. Sócrates, por el contrario, niega esta unidad y pretende que, lo mismo que tienen dos nombres, el bien y el placer, tienen así mismo dos naturalezas diferentes, y que la sabiduría tiene más parte en el bien que no el placer. (…) Nosotros estamos ahí como escanciadores delante de las fuentes: la del placer podría compararse a una fuente de miel, y la de la sabiduría, sobria y sin huella alguna de vino, a una fuente de agua pura y sana; y nos es preciso intentar mezclar esas dos fuentes lo mejor posible. Como era previsible, Sócrates no tarda en remontarse al mundo ideal que ha de convertirse en objeto de nuestro deseo, marginando los propios de la naturaleza humana, afanada en la consecución de placeres que se agotan en sí mismos y que, en vez de conocimiento, solo deparan melancolía. Protarco se lo sintetiza admirablemente, en el curso del vivo diálogo:  Si es verdad que es bello que el sabio lo conozca todo, quizá también haya en él una segunda belleza, la de no desconocerse a sí mismo. (…) Según tú, al parecer, el bien que con justicia hay que declarar preferible al placer es el entendimiento, la ciencia, el juicio, el arte y todos los dones de esta clase. Tras reafirmarse en su posición: Todos los sabios están de acuerdo en exaltarse en verdad a sí mismos, afirmando que el entendimiento es el rey de nuestro universo y de nuestra Tierra, Sócrates asocia el bien supremo a la ausencia de la necesidad y a la falta de determinación de lo ideal. Así pues, lo bello que él concibe, asociado al placer, dependerá del conocimiento de las ideas absolutas, no de la persona, tan limitada. O sea, si damos por sentado, como defiende Sócrates, que ni en la vida de placer hay sabiduría ni en la vida de sabiduría placer. Pues, si una de las dos es el bien, es necesario que ella no tenga necesidad de nada que la complemente, solo aquello que es absoluto, que no necesita ser complementado, podemos calificarlo como bien, y, por ese camino, solo se llega al conocimiento, a la sabiduría, no a los placeres ordinarios asociados a las “circunstancias” humanas. El único bien ha de ser el bien ideal, más allá de lo real, y otorgado por los dioses, los creadores de esa alma del mundo de la que los hombres participan. Platón defiende que el goce es siempre real, pero no, necesariamente, lo han de ser las cosas que lo deparan: Gozar es siempre real, de cualquier manera y en cualquier medida en que se goce, con fundamento o sin él, aun cuando a veces este hecho se centre en cosas que o son ni fueron reales y también, a menudo, lo más a menudo posiblemente, sobre cosas que jamás serán reales.  Existen, pues, los “placeres falsos”, porque, como defiende el filósofo: En la visión, el hecho de ver de cerca o de lejos suprime la verdadera apreciación de las dimensiones y falsea el juicio, ¿y no va a ocurrir lo mismo en la apreciación de los dolores o de los placeres? Sócrates defiende que es la memoria la que empuja hacia los objetos deseados, de donde se sigue que el apetito, el deseo, el principio motor de todo animal son cosa que pertenecen al alma. Por esa misma razón, y para mostrar la insuficiencia radical del placer como bien, Sócrates aduce:  ¿Y no crees tú que, mientras se conserva esta esperanza de la satisfacción, se siente el placer de pensar en ella o recordarla y que, al mismo tiempo, se sufre por sentirse uno vacío? Algo que Protarco concede de inmediato: Necesariamente. De esa mezcla no armónica de contrarios, experimentar el placer y el dolor al mismo tiempo, deduce Sócrates la “impureza” del placer, la escasa propiedad con que puede ser considera un bien absoluto e incluso el bien por antonomasia. El placer, así pues, para Sócrates puede ser considerado, y así lo hacen, de hecho, un estado vicioso del alma. A su parecer:  Los continentes o temperados tienen siempre como freno la máxima tradicional, esta prohibición de que “nada en demasía” debe hacerse a la que ellos obedecen. Por lo que respecta a los intemperantes y libertinos, la violencia del placer los posee hasta el punto de volverlos locos y hacerlos gritar como si fueran posesos. (…) Evidentemente, los mayores placeres, así como los mayores dolores, nacen en un cierto estado vicioso del alma y del cuerpo, y no en el estado de la virtud. ¿Cuáles son, entonces, los placeres absolutos, para Platón? Pues aquellos que no se asocian a la naturaleza humana, sino a las ideas a cuyo conocimiento ha de aspirar lo más humano que hay nosotros, el alma. Él mismo se atreve a enunciarlos:  Los que proceden de los colores que llamamos bellos, de las formas, de la mayoría de los perfumes o de los sonidos, de todos los goces cuya falta no es penosa ni sensible, mientras que su presencia nos procura plenitudes de sentimientos agradables, libres de todo dolor. (…) Lo que yo quiero decir no se entiende fácilmente a la primera. Lo que yo quiero expresar por la belleza de las formas no es lo que comprendería el vulgo, la belleza de los cuerpos vivos o de las pinturas; yo me refiero, y es en lo que se apoya el argumento, a líneas rectas y a líneas circulares, a las superficies o a los sólidos que proceden de ellas, hechos o bien con ayuda de tornos, de reglas o de escuadras, si me comprendes bien. Esas formas así, en efecto, afirmo yo que son bellas, no relativamente, como otras, sino que son bellas siempre, en sí mismas, por naturaleza, y que ellas tienen sus propios placeres, en manera alguna comparables a los de los pruritos o comezones; bellos son también los colores de ese tipo y fuentes de placer. No ha de extrañarnos, pues, que el placer del conocimiento está reservado a unos pocos, a aquellos que hacen de la elevación del alma a su origen esclarecido un destino en la vida:  Hemos de decir que esos placeres del conocimiento no van mezclados con ningún dolor y que, lejos de pertenecer a la masa de la humanidad, son la herencia de un pequeño número de personas. De hecho, un placer cualquiera, no importa cuál sea, incluso pequeño y raro, solo con la condición que esté puro de toda mezcla de dolor, será más agradable, más verdadero, más bello que otro placer mayor o repetido más veces.De lo que se trata, sí pues, es de acceder a ese conocimiento que suma la virtud, el bien, la belleza y el placer en un solo movimiento:  El conocimiento del ser, de la realidad verdadera y perpetuamente idéntica por naturaleza es, en efecto, la que, según mi opinión, todos los espíritus un poco cultivados estiman con mucho la más verdadera. ¿Cuál es la condición para poder acceder a ese “bien” que es el norte de una vida?: la medida, la proporción: Vemos, pues, que la potencia del bien ha buscado refugio en la naturaleza de lo bello, ya que la medida y la proporción realizan en todas partes la belleza y la virtud. (…) Si no podemos captar o alcanzar el bien bajo una sola característica, entendámoslo bajo tres caracteres: la belleza, la proporción y la verdad. Sí, es cierto, hay en la posición de Platón un cierto antihedonismo y una exaltación de la austeridad a que obliga la virtud y la búsqueda del conocimiento, pero no es menos cierto, también, que muchos y placenteros son los dones que se derivan de esa episteme platónica. Recordemos algo que recogimos antes: los placeres son como niños y no tiene ni la menor sombra de razón. Por ahí hemos de reconocer la puerilidad que se ha enseñoreado de la sociedad occidental.

miércoles, 14 de junio de 2017

Un vanguardista ordenado: Salomo Friedlaender, un “raro” canónico.



Un escritor casi anónimo, Mynona fue el pseudónimo que él hizo célebre, respetado por Benjamin, venerado por los dadaístas y gurú ideológico de Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt.








Leyendo estos días un breve librito de Walter Benjamin, Juguetes, una mera recopilación de artículos dedicados al análisis sociológico de esa doble realidad, el juego como artesanía y el juego como aspecto antropológico de primerísimo orden en la configuración de la persona y del grupo social, encontré, destacada, esta cita de Mynona: Si los niños han de ser hombres cabales algún día, no debemos ocultarles nada de lo humano. Su inocencia se encarga de crear las necesarias barreras, y más tarde, cuando estas vayan cediendo poco a poco, lo nuevo penetrará en almas ya preparadas. Los pequeños se ríen de todo, aun de los lados sombríos de la vida; precisamente, esa hermosa extensión de la alegría hace que su luz alcance zonas por lo general privadas de ella y que solo por eso resultan tan tristes. Logrados atentados terroristas en miniatura, contra príncipes que se parten en dos, pero pueden curarse; grandes tiendas que sufren incendios, robos y hurtos, muñecos-víctimas que pueden sufrir las muertes más diversas, y sus correspondientes muñecos-verdugos, con todos los instrumentos especiales--- Mis hijos nunca querrán prescindir de sus guillotinas y horas. De Friedlaender  solo tenía referencias indirectas y una directa en forma de narraciones, traducidas al inglés, Goethe speaks into the phonograph y The abduction, dos “cachondadas” muy del gusto del humor absurdo y transgresor de los dadaístas. La primera, propiamente de ciencia-ficción, nos habla de un inventor que ha sido capaz de recuperar la voz de Goethe, y declaraciones que ni siquiera recogió Eckermann; el segundo narra el secuestro de los nobles llevados a cabo por un grupo rebelde que los fuera a tener hijos con jóvenes de la clase obrera para tratar de equilibrar la carga genética y huir del determinismo social que hace imposible el progreso de los pobres. Como se advierte, no estamos lejos de la inquietud social, y más cerca aún del burlesque y del grotesque, géneros colindantes con las creaciones vanguardistas del dadaísmo y de otros ismos que dominaron el panorama literario de entreguerras. Pero Mynona (palíndromo de Anonym) va más allá de la creación estrictamente literaria, porque su preocupación fundamental es la filosofía y destacan, sobre todo, sus estudios sobre Kant y Nietzsche. Su familia quería que estudiase medicina, y así lo hizo, acabando los estudios y especializándose en odontología, pero luego se trasladó de su Posen natal a Berlín para estudiar filosofía, frente a la oposición de su padre, quien lo deshereda por ello. lo dejó por la escritura y vivía de sus colaboraciones en revistas y de la publicación de sus libros, de escasa tirada y reducidas compras. Su prestigio intelectual, en el Berlín de entreguerras, fue, sin embargo, inmenso, como lo demuestra nada menos que la cita elogiosa de Benjamin con que hemos abierto esta noticia sobre su persona. Fritz Perls lo reconoció como su primer gurí, el único ser al que se rindió intelectualmente de forma incondicional y cuyas sentencias bebía con fervor en los salones del Café des Westens, más conocido por Café Grössenwhan (Café de la megalomanía), por los artistas e intelectuales que allí se daban cita. Ha sido la edición de una pequeña antología de sus escritos en Mandala Ediciones lo que me permitió acceder, siquiera sea de forma fragmentaria a una obra que merecería la publicación completa de algunos de sus textos fundamentales, porque se trata de un autor cuya lectura perfilaría con bastante nitidez un pilar importante del movimiento cultural tan apasionante que se vivió en Berlín desde 1920 hasta 1933, en que el nazismo forzó la dispersión de tanto genio como se había concentrado en aquella “Babilonia” que la ebriedad asesina de los nazis acabó reduciendo a escombros. Se trata de un autor cuyo aspecto hierático y cuyas morigeradas costumbres, una disciplina espartana de descanso y trabajo que cumplía con escrupulosidad kantiana, aunque en la zona diurna del día, porque lo suyo era la vida nocturna, como buen amante de la bohemia, y que contrastaban con esos “rasgos de humor absurdo” como el que se describe en el segundo capítulo del libro: Myonona saca su reloj de bolsillo, lo desliza lentamente, colgado de la cadena, en el vaso de agua de seltz que tiene ante él y anuncia tranquilamente: “¡Ah, cómo refresca esto!”. Mynona es una figura muy relevante de aquella animación cultural que responde al nombre de dadaísmo berlinés, pero, junto a esa dimensión trasgresora y revolucionaria del movimiento vanguardista, Mynona cultiva una faceta intelectual clásica que lo lleva a escribir, no solo sus conocidos libros sobre Kant y Nietzsche, sino una obra que aún no ha sido traducida al español, a pesar de la importancia decisiva que tuvo en su momento tanto en Alemania como, a través de la difusión que de ella hizo Fritz Perls como referente para la creación de su terapia Gestalt: La indiferencia creativa, libro en el que trabajo durante muchos años y del que fue desgranando los principios básicos en la tertulia en la que ocupaba un puesto central indiscutible. Recordemos, y esa fue la experiencia de Perls, que todos los médicos eran bien recibidos en esa tertulia, tenían un plus de “credibilidad” científica que les permitía participar con pleno derecho en aquellas asambleas pacíficas de la Atenas del Spree, que es como se conocía en Berlín la zona de los museos, denominación que fácilmente se extendió a aquellas reuniones en las que, como es preceptivo, se sabía de todo y se arreglaba el mundo en dos patadas. Como tantos otros, la llegada del nazismo le obligo a exiliarse y recaló en París, desde donde intentó conseguir, a través de Thomas Mann, un visado para Usamérica, pero el autor de La montaña mágica se negó a mover un dedo en su favor. Mynona representaba para él la disolución de los valores burgueses que sustentaban su vida, algo así como un peligro que debía ser conjurado. A duras penas, sobrevivió, enfermo, a la invasión nazi de París y murió en la absoluta pobreza en 1946. Mynona fue un escritor cuyo magisterio oral quizás tuvo más influencia que sus escritos, aunque aquel se basara en estos. Aún hay manuscritos suyos inéditos que aguardan una edición que quizás no llegue nunca, tal y como soplan los aires de la Historia, poco o nada favorables al inalienable pensamiento individual e individualizador. Mynona siempre supo que el yo era el gran tema de su obra, y que a él dedicó todas sus reflexiones. El descubrimiento de la polaridad, eje de la teoría de la Indiferencia creativa, se lo representó como el hilo de Ariadna en el laberinto del mundo. El punto cero entre dos extremos, un par complementario a que todo puede ser reducida, es, parta Mynona, el lugar exacto de la creatividad. Sin embargo, ese centro, aquello que constituye a la persona verdadera, al auténtico in-dividuo realmente no dividido, al centro esencial creativo del si mismo, supera los principios de nuestra comprensión intelectual. No puede decirse de Friedlaender que el suyo sea un pensamiento nítido, perfectamente discernible. De hecho, como buen discípulo de Nietzsche optó por expresarse en términos enigmáticos con aforismos a medio camino entre la reflexión filosófica y la poesía de vanguardia: Yo surgí de mi propio sombrero de copa. Su demoledor espíritu crítico no conocía barreras y su insobornable libertad de juicio crítico le permitía defender posiciones que no siempre eran ni siquiera comprendidas por quienes más cercanos eran a su persona y a su obra. Hay, en él, a pesar de su apariencia burguesa, sus exquisitas maneras y su ordenada vida bohenia…, un espíritu transgresor de primer orden. No son pocos los aforismos que nos permiten tener un conocimiento más o menos riguroso de su personalidad y de sus planteamientos vitales y filosóficos, pero baste destacar  algunos de ellos a modo de aperitivo de lo que los intelectores pueden encontrar en el volumen de Mandala Ediciones: El ser humano es un parásito de su propia divinidad; el autodescubrimiento es una forma inicial de magia; la falta de egoísmo absoluto idiotiza; hay que ser divino para ser uno mismo realmente; todo sufrimiento no es  más que felicidad deformada y distorsionada; la superación perfecta de lo humano constituye la disciplina más difícil que existe: la liberación de uno mismo; la indiferencia es el suicidio de la muerte; el ser humano que no procede de su propio individuo no es más que un fantasma de sí mismo. Es curioso percatarse de lo cerca que estuvieron los vanguardistas berlineses del Partido Comunista y lo pronto que fueron “represaliados” por carecer de la “obediencia debida” a la ideologización del arte, que había de estar sometido a los prioritarios intereses del pueblo. Tan “degenerados” les acabaron parecieron los artistas berlineses de entreguerras a los nazis como a los comunistas, curiosamente. Está fuera de lugar ese cultivo del yo que se manifiesta en la frase de Friedlaender: El conocimiento de sí mismo es el más tardío de los conocimientos, pero la tradición de este arranca de Max Stirner, a pesar de ciertos rasgos antisemitas de este, y, sobre todo, de Nitzsche y su repudio del ser-masa, ayuno de individualidad y de criterio propio. Fritz Perls hizo un uso restringido de las teorías de Friedlaender, porque se centró casi con exclusividad en la teoría de las polaridades, que él convirtió en un fundamento de su terapia psicológica, pero leyendo al filósofo y conociendo algo de su vida, se advierte enseguida que ese rango de “gurú” que le adjudicó se permea en la vida y obra del propio Perls, muy amigo del uso del aforismo, de la tendencia zen a la paradoja y del afán de sorprender siempre al interlocutor con la salida más inesperada y descolocadora. Perls fue un experto en “sacar de contexto” en “desubicar” para permitir un enfoque renovado del problema que se tuviera que considerar o de la gestalt del paciente que se estuviera analizando. La vía de la sorpresa, es una vía fértil para salir de la visión gastada y de los tópicos, una vía que permite ver, con ojos nuevos, todo aquello que haya de ser analizado y que signifique la conquista de un bienestar para el paciente. En su caótica autobiografía, Dentro y fuera del cubo de la basura, Perls recuerda que durante la época de la inflación alemana, gracias a que a él le pagaban en dólares en Bremerhaven, tratando a unos comerciantes, se erigió en el garantizador del sustento de Salomo Friedlaender, a quien le pasaba cestos de comida que contribuyeron a aliviarle en una época muy difícil para muchos alemanes y que llevó a no pocos de ellos a la muerte, fuera por hambre, fuera por suicidio impulsado por la desesperación.  En fin, la vida y la obra de Friedlaender, la de un raro absoluto, bien merecería una atención editorial  cuya inversión en tan peregrino autor no ignoro que tendría difícil amortización, pero la cultura es una ganancia neta construida sobre pérdidas absolutas. Sí, también se le llama romanticismo, mecenazgo (ahora ya micromecenazgo…) y otras benéficas cualificaciones, pero ¿qué sería de nosotros sin ese generoso impulso culto?

jueves, 1 de junio de 2017

“Guía y avisos de forasteros que vienen a la corte”, o el protocostumbrismo de Antonio Liñán y Verdugo.



En la estela de Timoneda y su Patrañuelo, la Guía… de Liñán y Verdugo acota el territorio de la escena costumbrista con una excelente prosa barroca.

Habremos de comenzar por hacer caso a la crítica especializada y someternos a ciertas evidencias que aconsejan otorgar la autoría de esta obra a Fray Alonso Remón, quien escogió un pseudónimo que se aviene a la perfección con el propósito moral, ejemplificador, de sus historias:  Liñán y Verdugo, aliña sus consejos con unas narraciones ad hoc y pone en la picota, como es lo propio del verdugo, los vicios de la que él bautiza como  Babilona madrileña. Las pruebas no son concluyentes, pero todo indica, análisis estilístico incluido,  que la autoría pertenece al fray socarrón que se lo pasó estupendamente hilvanando Avisos y novelas y escarmientos para el recién llegado al que alecciona un Don Antonio que, como se suele decir, es gato viejo y se las sabe todas, que no son otras que las narraciones ejemplares con que acompaña los avisos que le brinda al joven recién llegado al proceloso mar de la Corte. Desde casi un siglo antes, el Menosprecio de corte y elogio de aldea, de Antonio de Guevara, prevenía ya a los lectores de los peligros sin par de la Corte y la brújula de navegar que habían de llevar quienes se engolfaran en aguas tan peligrosas. Mala prensa tuvo siempre la Corte y pábulo de mil fábulas fueron las pretensiones de los medradores y oportunistas que en ella buscaron alivio a sus muchas necesidades u ocasión propicia para que prosperara su fortuna. Ese es el fundamento del libro de Remón, autor teatral que compartió cierto renombre con el mismísimo Lope de Vega, y que recibió elogios del propio Lope -a quien a su vez él elogia en la Guía-, de Cervantes y aun de Quevedo. Sería, sin duda, su condición de eclesiástico la que lo indujera a utilizar el pseudónimo, como tantos religiosos han hecho a lo largo de nuestra historia literaria. Fue compañero de orden de Tirso de Molina, aunque, ¡váyase a saber por qué rivalidad o celos o lo que fuese!, no se conservan noticias de una estrecha relación entre ellos, que ambos se perdieron, está visto. Destacó como orador sagrado, una actividad que trasladó a obras doctrinales como La espada sagrada y arte para nuevos predicadores (1616) o La casa de la razón y el desengaño (1625), dos volúmenes cuyos títulos me incitan a leerlos, si los encuentro, cuanto antes  pueda, una vez que satisfaga una deuda onerosa que contraje con los votantes de Gorjeolandia y que me lleva a iniciar mañana, tras mi operación de menisco, la lectura de los Episodios nacionales de Galdós, de todos. Ya me imagino que, por los títulos, no deben de andar muy lejos de aquellos infolios que satirizaba Isla en su Fray Gerundio de Campazas, una larga novela para la que no creo que existan ya lectores, a pesar de sus virtudes y de su excelente humor. El catedrático Ángel Romera, fija bien la paternidad de Remón: Como autor dramático el tema más persistente a través de sus obras es la llegada a la corte de un extranjero, los peligros que corre, los malos compañeros, y los engaños que le ocasionan. Encuéntrase en las obras de casi todas las épocas del teatro remoniano: en el auto El hijo pródigo (1599), Santa Catalina (1599), el segundo acto de la obra ¿De cuándo acá nos vino? (1610-1615) [obra escrita, por cierto, en colaboración con Lope de Vega], aunque un poco alterado, y Las tres mujeres en una (1609-1610). Tampoco falta en casi todos los cuentos de la Guía y avisos de forasteros, sirviendo además de tema central y estructural para todo el libro. Una similitud temática que abona la justa adscripción de la obra de Liñán a Remón. Por si hicieran falta más pruebas, la primera noticia sobre esta obra aparece en un libro publicado un año antes por Remón:  Vida ejemplar y muerte del Caballero de Gracia, Madrid, 1619, por lo que es posible que, aun publicada con posterioridad a la biografía de Caballero de Gracia, estuviera ya escrita un año antes de su publicación. Con todo, y dado el carácter ejemplarizante que tiene la obra, dentro de la total ortodoxia católica de la época, Remón sostiene en la Guía una opinión muy crítica respecto del teatro: ¿Sabéis lo que siento de las comedias?, lo que de los coches, que si fueran menos, fueran menos dañosos. (…) De obscenas a escenas pocas letras hay… La obra consta de ocho avisos y catorce novelas y escarmientos en los que, en un desarrollo narrativo se ejemplifica el aviso que se le da al joven don Diego, recién llegado a la Corte. Resumamos los avisos, pues ellos nos darán una idea de cuál es la temática de las “novelas”: Aviso I: el peligro que coge en tomar posada; aviso II: qué amigos elige; aviso tercero: que mire por qué calles pasea; aviso cuarto: que mire en qué manos da y en qué manera de hombres pone la solicitud de sus negocios; aviso quinto: que huya el forastero de los entretenimientos vanos; aviso sexto: que el forastero se guarde y huya de otra manera y suerte de hombres;  aviso séptimo: A donde se le enseña al forastero, si fuere mozo y quisiera tomar estado en la Corte, cómo se haber en ella; aviso octavo: cómo ha de repartir el tiempo y acudir a sus ocupaciones cristianamente. Para lo último, ya que estamos al lado, cierra Remón su libro con una prolija enumeratio de todos los templos de Madrid donde el joven recién llegado puede cumplir con la obligación piadosa de oír misa diariamente. De igual manera, el objetivo del aviso nos permite ver en todo su esplendor el método compositivo de Remón/Liñán, porque como las buenas polianteas de la época, la Guía es, por el mismo precio, un compendio de los mejores aforismos y apotegmas legados por la tradición y que, sin duda,  Remón fijó en sus estudios en Salamanca. La Guía actúa, por lo tanto, una suerte de prontuario ético abastecido por una tradición de apotegmas y aforismos que corrieron entre los creadores desde la Edad Media, del mismo modo que los compilaciones de latinismos, como el que usaba Lope, por ejemplo. Sigamos en el final para advertir el modo como se introducen en la narración:  También quiero avisar -dijo el Maestro- a nuestro forastero, que sea cortés en las palabras y bien criado en sus acciones, de modesta presencia y de mirar humilde; no intente sus cosas con soberbia, que es vicio aborrecido en todas partes y en nadie parece peor que en el negociante y en el pobre. “Ignorancia sobrada es -dijo Sófocles- venir a rogar y entrar mandando”. (…) [Sin pasarse de precavido, claro, porque] al hombre vergonzoso el diablo lo trajo a palacio. (…) Y Séneca dijo en sus Proverbios: “el que ruega con temor enseña a negar al que ruega”. El libro se abre con un denuesto de los pleitos, muy del estilo de la época: Terribles cosas son pleitos -dijo don Antonio-: consumen las vidas, gastan las haciendas, desasosiegan los ánimos, perturban el entendimiento, quitan el sueño, resucitan bandos olvidados y engendran pasiones no imaginadas, que supera con mucho el estilo cuatrimembre de la obra de Antonio de Guevara, tan peculiar. Por eso inmediatamente añade el recuerdo de los dos preceptos de Delfos que, siendo también de Chilón, tan olvidados andan respecto del famosísimo Conócete a ti mismo, estos son: no codicies la hacienda ajena y Huye los pleitos. La Guía es, a los efectos de la construcción del carácter, una suerte de libro de “Educación y mundología”, como el que recuerdo haber leído ya a mis 13 años, ¡el único que leí hasta los quince, y no completo!, que va desgranando consejos de todo tipo relativos al comportamiento en la ciudad, a la dieta, al cumplimiento de los deberes religiosos, al vestido, a la bebida y a la comida en compañía, a la cortesía debida a tirios y troyanos, etc. Junto a mensajes propios de los aforismos de Hipócrates, quien dio nombre al género aforístico: El manjar moderado y la bebida templada conservan la vida con buena salud, enseguida aparecen los inevitables argumentos de autoridad: Séneca: Más se ja de mirar con quién se come y bebe, que no lo que se bebe y come. O Inocencio [Tratado de la vileza y miseria de la condición humana]: ¡Cuántos daños hizo la gula desde que cerró el Paraíso Terrenal!  Pero a este intelector le complacen mucho las noticias costumbristas, aquellas propias de las sociedades de una época determinada, como la de que en la universidad de Alcalá de Henares bachiller de estómago se llamara  a los que no sabían expresar vocalmente el concepto mental. El carácter de poliantea del libro de Remón lo convierte en una lectura entretenida en la que no solo se queda uno con una imagen muy fidedigna de la España del XVII, sino que, por el mismo precio, va acumulando esos saberes inútiles que tanto ayudan a mejorar la cultura general que resulta imprescindible para ser tenido por una persona de amena conversación, uno de los requisitos del caballero o la dama discretos e ingeniosos. Noticias al estilo de la muy famosa referencia a la frase quevediana: la necesidad tiene cara de hereje, una deformación espontánea o deliberada del latinismo jurídico necessitas caret lege, que en realidad quiere decir “la necesidad carece de ley”. Recurre incluso a la cita espúria si ello le permite cerrar brillantemente una anécdota o una escena: No faltó quien atribuyese al Rey don Alonso el Sabio aquel parecer y sentencia, de que las cosas no se habían de labrar fijas sino sobre un timón o quicio, como los navíos, para que si saliese malo un vecino se pudiesen mudas las puertas y ventanas a mejor aire, y a mejor vecindad, ¡de tantísima actualidad en estos tiempos okupados! Y no puede faltar, dada la época, una referencia a las obras de saberes oscuros, a esos sucesos naturales sin explicación científica que acaban cayendo en el oscurantismo de la superstición: A propósito de un dicho común: Podríamos decir de estas calles al revés, lo que de la albahaca, que ella cuanto más pisada huele más bien y ellas más mal. No tarde un contertulio en introducir ese mundo de lo extraordinario, a medio camino entre la teratología y lo fabuloso: De la albahaca he oído decir (y aun pienso que lo he leído) una cosa notable, que el olerla a menudo hace tanto daño al cerebro, que muchas veces ha causado espantosas enfermedades. Como que a un aficionado a olerla mucho, le creciera en el cerebro un sapo, por ejemplo. Referencia que leyó en Jerónimo Cardano, en su libro De Varietate rerum.  Teniendo en cuenta la condición de religioso del autor, nadie espere una posición exesivamente liberal sobre la mujer, porque, al respecto, Remón se ciñe a una misoginia de larga tradición en las letras españolas; con todo, no es menos cierto que destellos hay, de ese liberalismo, que contrarrestan algunas afirmaciones respecto de la mujer que pueden y deben considerar, por más que sean hijas de su época, injuriosas: Así, del mismo modo que describe a las criadas -mal sempiterno de las casas, por quienes entra el mal a robar la virtud de sus habitantes-: Las criadas eran estas gitanas españolas maestras de la jerigonza, que les habían enseñado sus dueños y, debajo de su retórico fregonil, a lo mesurado y zonzo, se atrevieran a vender a Ulises en buen mercado, juzga un atraso penoso el analfabetismo femenino:  Este no saber leer las mujeres, que quiera que digan maldicientes, es grande falta o que siga instaurada la cruel ley del casamiento forzoso en el que…, pero Remón lo dice mejor: En este al mundo que alcanzamos, no se casan las doncellas por hermosas, sino por bien hacendadas, y ya primero se preguntan la dote que por la calidad y virtud. Desde la casa que ha de tomar, hasta las personas con que ha de tratar o las mozas susceptibles de serles propuesto matrimonio y las prevenciones con que ha de entablar contacto con los demás, la Guía puede entenderse también como un estandarte del Desengaño contra los crédulos que, de siempre, han invadido la ciudad confundiéndola con el Reino de Jauja. En ese camino, como ya hemos indicado, los argumento de autoridad de los filósofos grecolatinas y aun de los Padres de la Iglesia van a levantar un edificio de consejos que conviene tomar al pie de la letra. Dejo para el final la transcripción de una breve descripción llena de sabor barroco de un mozo entre estudiantón y valentón y su osada amiga. Me ciño ahora a esas lecciones intemporales para el ser humano que se prodigan en la Guía sin que en ningún momento el intelector se considere abrumado o sentado en el escaño de un aula magna, porque Remón no solo las introduce en el momento adecuado y ceñidas a la narración que ilustre el aviso pertinente, sino que, aunque así no fuera, el interés objetivo de las mismas hace imposible que el lector recibiera las hipotéticas digresiones como un estorbo. Pongamos por caso el “tiempo”: Es el tiempo una joya preciosísima, es el caudal que nos dieron para que nos supiésemos aprovechar de la ganancia de él; y es cosa muy lastimosa y digna de llorar en lo poco que estimamos su pérdida, con qué facilidad le gastamos vana y viciosamente y le dejamos pasar, como si el tiempo pasado y perdido una vez, estuviese en nuestra mano el volverle a nuestro poder para emplearlo mejor. Establecida la tesis general, pasamos a los argumentos de autoridad pertinentes y de obligada comparecencia: De todo son avaros los hombres (dijo Séneca en un tratado que intituló De la brevedad de la vida); el oro dan de mala gana, las joyas, las pensiones y otras cosas de menor estimación; y llegado a tratar del empleo del tiempo, con facilidad y con prodigalidad grande lo dan a quien lo quiere de balde, al juego, a la chacota, a la murmuración y a otros vanos entretenimientos, y aun viciosos y culpables, que es lo peor. Y de ahí sale una convicción tan profunda, que por fuera ha de repetirla en la conclusión del libro, como no podía ser de otra manera:  Me parece que habremos cumplido si le enseñaos a repartir el tiempo, que es un arte y facultad de tanta importancia, que dijo Anaxágoras, que quisiera más saber repartir el tiempo de su vida, que saber toda la filosofía natural perfectamente. Y Simonedes, según refiere Estobeo, en el sermón 95, dijo que todo el tiempo de la vida era corto para saber acomodar el tiempo a la vida, de manera que fuese fructuoso para la vida el tiempo. ¿Qué diremos de los juicios que, en vez de al tiempo, se le dedican a la persona? Esos seres de los que lo más halagüeño que se pregunta es: ¿Hay, por ventura, cosa más difícil de conocer que el corazón de un hombre? La respuesta la busca nada menos que en Jeremías, un viejo conocido de los lletraferits…: Malo es el corazón del hombre, y dificultoso de vadear el fondo y profundidad del mar de los secretos que en él se encuentran. La Guía, por lo tanto, se ofrece como un libro “defensivo” que permita instalarse en la Corte sin sufrir sus asechanzas ni sus daños, porque, como recuerda con Plauto: de los muchos hombres que parecen a propósito para ser amigos de un hombre, pocos suelen salir buenos y ciertos y con Hesíodo: Los amigos no han de ser muchos ni pocos, de la que deduce con discreción y advertencia que es muy de nuestra condición humana mirar lo que es en nuestro favor con anteojos, que de hormigas hacen gigantes, y si es en disfavor nuestro, al revés. Recordemos que, desde el comienzo de la obra, quedó fijada la tesis de partida: No os puedo negar que deja de haber apariencias engañosas, y más en los miserables tiempos que ahora corren, a donde la ruin costumbre  y mal uso ha querido hacer al suyo algunas virtudes aparentes, y algunas bondades fingidas; virtudes enmascaradas y santidades trasnochadas, con los primeros crespúsculos de la mañana, aun antes de llegar la luz del día, a un volver de ojos se deshacen esas mentiras, como las nieblas con los rayos del sol. A la Guía, en consecuencia, bien le cuadraría el subtítulo de su libro de sermones, La casa de la razón y los desengaños, pues no tiene otra finalidad. A lo largo de la obra, en la que, como en las polianteas, cabe de todo, ya lo he mencionado, no puede no tener cabida la preceptiva burla del culteranismo: Era menester un perro perdiguero, para que sacara por el olfato el principio de la oración….  e incluso una pequeña parodia estilística del mismo: Los veinte que me pidió reales no tengo, si bien mi deseo con vuesa merced grande de servirle, los posibles pasa límites de gratisfacerle, la más que conocido ha mostrado voluntad en todas las ocasiones de me honrar y favorecer con sus extremadas en todo visitas, sutil, que es ingeniosa conversación, en que mejore y aumente el que puede, que es Dios, y pudo dársela. El que le guarde, Dios, amén. Si bien luego el autor acaba usando algún latinismo crudo, fuera de ese contexto paródico, hasta las fundulas que eran las calles sin salida. Fundulus es un latinismo crudo, diminutivo de fundus, que da en catalán Fondalada, “trozo de terreno entre otros más elevados , pero nada en castellano, quien sí tiene, de fundus, “hondonada”.  Dentro de ese batiburrillo de anécdotas, noticias curiosas y juicios singulares, a muchos les llamará la atención este juicio de Remón sobre nuestras tradiciones: España, tan indomable en observar sus antigüedades, como se ve en el correr toros, una cosa, que (como dijo el otro caballero) cuando no hubiera otros inconvenientes en correrlos, no se habían de permitir, siquiera por no enseñar a huir a los hombres, de que se había de correr la Nación española tan poco enseñada a criar hijos que volviesen las espaldas a enemigos, cuanto y más a una bestia, compatible, sin embargo, con una delicadeza romántica como la de considerar que la fineza del amor consiste, no en esperar  a que se pida lo que se apetece, sino en adivinar lo que se desea y madrugar a darlo antes que se imagine lo que se quiere pedir. Un estilo “elevado”, podríamos decir, que contrasta con narraciones como la de la relación prematrimonial de dos personas ya entradas en años que someten su convivencia a prueba a lo largo de un tiempo prudencial para saber si deben casarse o no. La narración es de las más divertidas del volumen, porque uno y otro, haciéndose eco del proverbio “cada maestrillo su librillo”, sacan sus libros respectivos para leer cada uno de ellos en sus Fueros particulares el récipe que el otro ha de oír hasta que le toque a él devolverlo, al estilo de lo que ahora se lee:
-También tengo yo libros -dijo Casquillas.
Y sacándole leyó así: La mujer casada ociosa, o dará en liviana o en golosa, y la andariega y galana en perdida o vana. Lo que habéis de hacer es trabajar, que yo también trabajaré.
-Vos sois el que tiene la obligación; por eso se llama el matrimonio carga, porque la carga de uno solo es llevada.
-Antiguamente las cargas del matrimonio se llamaban carga, y ahora, como han crecido tanto, se llaman carretada, y a la carretada dos son a llevarla.

Se aprecia, espero, ese fino costumbrismo que, andando el tiempo, acabará pasando de los entremeses a los sainetes, una vena del humor teatral español que tuve la oportunidad de recordar hace unas semanas en la crítica de El Clamor, de Muñoz Seca y Azorín. Bien, como siempre peco de prolijo, y ya veo que me cuesta enmendarse, dejo aquí la presentación de esta obrita con un texto lleno de gracia, picaresca y dominio estilístico que es posible sea bastante a convocar a los intelectores a la lectura completa de estas obras de nuestra tradición que conviene ir rescatando como lo que son, lecturas populares, entretenidas y divertidas. Antes de dejarles con el texto, dos palabras sobre la edición, preciosa, del texto en la colección longitudinal El Parnasillo, de Simancas Ediciones, de Dueñas (Palencia) Tienen un fondo excelente, y de aquí a no sé cuándo volveré a este Diario con Enrique de Villena y con las Epístolas familiares de Guevara, y espero que con alguna que otra más. Lo lamentable es que la editorial esté en liquidación concursal, lo cual es ejemplo doloroso del destino de ciertas iniciativas auténticamente culturales en nuestro país. De momento, me atengo al compromiso de los Episodios Nacionales. Y, sin mas dilación, he aquí ese texto que sirve como botón de muestra de las riquezas estilísticas que cualquier intelector disfrutará en esta obra de Antonio Liñán y Verdugo, pseudónimo de Alonso Remón: [Novela y escarmiento séptimo]  Enviudó en Sevilla una mozuela criolla, que había venido casada de los reinos del Perú con un soldado, y como moza y libre y no de demasiadas buenas inclinaciones, apenas acabó el luto cuando dio en el lodo, arrimándose a un gentilhombre mancebo, de buen talle, entre estudiante y valiente, de los que comienzan en Sevilla a ganar nombre de hombres de bien. Habíase ya acuchillado una o dos veces, y aunque no mató ni hirió, no huyó, que son principios de la jerigonza valentónica: con todo eso, aunque por los padres o padrastros de la facultad matante fue aprobado y se gastaron en el día de su examen espadachil algunos tragos, roscas y ostiones crudos y e le dio la borla, con todo eso no se inclinaba tanto Aguado (que este era su nombre) a esto de lo valiente, cuanto a lo de ingenio y agudeza, y así luego fue descubriendo más inclinaciones a sastre que a herrero, quiero decir que cortaba sin seda y paño lo que era bueno, y trazaba mejor un embuste y embeleco, que Juanelo una casa o castillo. Era entre galán y lindo, calzaba puntos menos, cubría con el cabello las orejas a lo inglés, hablaba en falsete, gastaba goma para los bigotes y alzacuellos para el colodrillo; al fin, para decirlo de una vez, ya que no era ninfa, tenía mucho de ninfo: picole a la criolla este tapador de espejo flamenco; son etas mujeres de allá, entre pardillas y españolas, viciosas y vivas: encontráronse Sancho con su rocín, andaban a hazme la barba y harete el copete: despolvoreoles la flor no sé qué alguacil del alcalde de la justicia y ciertas primerizas estafas que se les probaron que habían hecho, ella a lo mulato y él a lo socarrón, con que salieron desterrados a letra vista, y a no haber buenos terceros y buen por qué, se vieran en mayores peligros, traspasándolos del mar Océano al Mediterráneo, sin ser jugadores de pelota de viento, a jugar palas de manos: tomaron por buen partido el destierro, y recogiendo no sé qué dinerillos, que no eran pocos, y un ajuar de más ruido que sustancia dieron consigo en Córdoba, aunque no había menester Aguado pasar por el potro para ser padre de caballos voladores.