jueves, 26 de marzo de 2015

Dos poetas sucesivos: Leopoldo Panero, el poeta del lugar; Pedro Gimferrer, el lugar de la poesía.







Por donde van las águilas, de Leopoldo Panero o el poeta perdido en los ecos y La imagen visionaria y decadente de Arde el mar, de Pedro Gimferrer.

         No hay poeta que no sea la razón y la emoción últimas de su obra. Y es difícil marcar un hiato entre su vida (o sus vidas) y sus palabras. Estas se les pegan, como la primera piel, al crisol del cuerpo donde se fraguan alientos y jadeos, deseos y desidias, arquitecturas huecas y la música enigmática del silencio donde un mundo se gesta para conquistar la mano, el signo vivo y la respiración del animal herido. La vida es una sombra que se ejerce, nos dice Leopoldo Panero, y añade: y un préstamo de alondra en la garganta;/ hasta que el nudo justo la retuerce. Y Gimferrer, cuando aún era Pedro y sobre esa piedra se construyó el superlativo de la novedad: Dicen del hombre/que no puede consigo mismo. En todo caso/no con su juventud, rosa sin número/ (…)/ …Voluntad de púrpura/sobre mis hombros, voluntad de ser/más que yo mismo, escudo de ojos tristes.
        Se trata, como se advierte, de dos poetas en sucesión; muere Panero, en 1962, y en 1966, escasos –en términos poéticos– cuatro años después, la voz de la modernidad cercana al modernismo se alza con el santo y la limosna del cetro poético que había desatendido una generación aún en ejercicio y volcada en el épico afán de la poesía social. No hay otra razón para juntar autores tan distintos que el seguro azar: Panero llega de una heredada biblioteca que se desperdiga -¡qué pocos ganaderos de los ácaros del papel vamos quedando!– y Gimferrer del descuido de un librero de viejo que lo ha colocado en el montón equivocado y accesible al parvo caudal del intelector proletario.
        He frecuentado mucho a Gimferrer y nada había leído hasta ahora de un poeta al que probablemente estigmatizó, para mi generación, una película como El desencanto, de Jaime Chávarri, y que nos descubrió, acaso sin pretenderlo, al hijo y poeta maldito, Leopoldo María Panero, de cuya muerte hoy se cumple poco más de un año, y quien quizás, por sí mismo mereciera una entrada en este Diario. Hay algo de reverencial hacia la locura en mi falta de atrevimiento. Y cuando se compara aquel rostro joven, y ya severamente castigado, con el rostro velazanettil de sus postrimerías, una orden de veda parece emerger, como si fuera una profanación entrar, por ejemplo, en el Séptimo poema de la vieja:
Mi alma, más vieja aún que mi cuerpo
Sabe mejor que una ciencia el lenguaje del rencor
El torpor de mi carne arrugada
Dice mi única verdad
Cuando, al acostarme, me duermo
Como un pedo en la oscuridad
       
Acerca de su padre, Leopoldo Panero, salí yo de la película con una opinión deformada por la falta de información: ¡cuatro contra uno y ni una miserable voz en off que ofreciera una versión distinta…! Eso es lo que la edición de la antología, Por donde van las águilas, de 1994, preparada por Andrés Trapiello, quiso contribuir a rectificar, sin duda. En ella agradece al hijo pequeño de la familia, Michi, José Moisés Santiago Panero, su generosa colaboración para hacerla posible. Ignoro el alcance que habrá tenido la distribución de la obra, pero puedo asegurar que, leído con ojos de filólogo, Leopoldo Panero adquiere una estatura poética algo mayor que la de simple “poeta del régimen”, porque, aunque lo fuera, la tradición literaria que alimenta su obra, de la que es perfecto eco,  lo redime, e incluso puede entenderse algo del fatalismo trágico que lucha con sus creencias religiosas, algo impostadas, a mi parecer, y muy lejos de la  emotividad de las de Ángel fieramente humano, de Blas de Otero, por ejemplo. Nada predisponía a un Leopoldo Panero de orientación marxista en su juventud, conocedor y admirador de las generaciones del 14 y del 27, sobre todo de Jorge Guillén, seguidor del creacionismo de Huidobro, y educado con una visión europea adquirida en sus etapas de estudiante en el extranjero; nada de todo ello, digo, llevaba a que se convirtiera en un poeta del régimen. Detenido en los inicios del Alzamiento, pudo salvarse del paseíllo gracias a las gestiones que cerca de Unamuno y de la esposa de Franco hizo su madre, prima de aquella. Tras el accidente de su hermano Juan, también poeta, sufrió una crisis religiosa e ideológica que le hicieron abrazar la causa nacionalista. Leopoldo Panero fue siempre un hombre herido, individual y socialmente. De ahí la marcada inclinación paisajística de su obra, siguiendo la estela del redescubrimiento de Castilla hecha por la Generación del 98. De ahí también su inclinación al alcohol, reconocida en su último poema: Epitafio, que podemos considerar una suerte de quintaesenciada autobiografía:
Ha muerto
Acribillado por los besos de sus hijos,
Absuelto por los ojos más dulcemente azules
Y con el corazón más tranquilo que otros días,
El poeta Leopoldo Panero,
Que nació en la ciudad de Astorga
Y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
Bebió mucho y ahora,
Vendados sus ojos,
Espera la resurrección de la carne
Aquí, bajo esta piedra.
        Últimas palabras que tuvieron terrible glosa en el poema de su hijo Glosa a un epitafio, al que pertenece este fragmento:
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra

Leopoldo Panero acaso no tenga una voz personal inconfundible, pero en la suya se confunden los ecos de autores como JRJ, Machado, Unamuno, Guillén, Gerardo Diego, Rubén Darío y tantos otros que, aun ayudándole a conseguir el tono, y aun a veces la materia, no lo convierten por ello en un simple imitador, porque se advierte que hay una vivencia íntima y profunda de las realidades que lleva a su poesía. En Canto personal (1953), creado en oposición al Canto general de Neruda (1950), poeta al que admiró de joven y al que rechaza en la madurez: (...) los equivocados señoritos/que firmamos tus Cantos Materiales; porque éramos, en flor, unos benditos, puede seguirse, en parte, la genealogía poética de Panero, porque incluye elogios a sus autores preferidos, como a Vallejo: indocristiano viejo:/tan pegado a su alma el cuero enjuto,/que era su piel irradiación de espejo;  a Machado: que nunca se encerró en ninguna torre; Rubén: Rubén, su extremo de bondad nos lega:/con su alma dialogando en lontananza.
Hay tres núcleos temáticos fundamentales en la obra de Panero: la naturaleza; Dios y la familia. En los tres escribió poemas muy logrados, aunque en todos ellos resuenen más los ecos que los propios hallazgos. Con todo, la técnica exquisita del autor favorece una lectura entregada y satisfecha, como en el estremecedor El templo vacío:
Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú sabes
Como soy. Tú levantas esta carne que es mía.
Tú esta luz que sonrosa las alas de las aves.
Tú esta noble tristeza que llaman alegría.
Soy el huésped del tiempo; soy, Señor, caminante
Que se borra en el bosque y en la sombra tropieza.
Tapado por la nieve lenta de cada instante,
Mientras busco el camino que no acaba ni empieza.
Como otros poetas de su generación, que hallaron su sazón poética en la posguerra, y quizás por crear una temática propia, Leopoldo Panero cultiva la poesía que recala en la cotidianeidad y, a imitación de Unamuno, en la poesía familiar. La vanguardia había distorsionado lo cotidiano para alimentar las imágenes hiperbólicas y atrevidas que caracterizaban su salto mortal sin red hacia la ausencia de sentido, pero la generación del 36, a la que pertenece su íntimo amigo Luis Rosales, compañero de parrandas y de versos, reescribe su relación con lo cotidiano, con los doméstico, donde halla una notable fuente de inspiración que le permite distinguirse de las anteriores y, en cierto modo, incluso oponerse a ellas. Tal sucede con Hasta mañana:
Tras la penumbra de tu carne crece
La luz intacta de la orilla. Vuela
Una paloma sola, y pasa tenue
La luna acariciando espigas
Lejanas…
                (…)
Andando hasta mañana, dulcemente
Por esa senda pura, que, algún día
Te llevará dormida hacia la muerte.
Desde el futuro que fue, resultan más que curiosos los dos poemas que dedica a Leopoldo María: El distraído:
Su dibujo nos da, así seguro
De sí mismo, y su mano creadora
Tiende, recién del éxtasis salida;
Baña la creación su rostro puro,
Y un dibujo infantil parece ahora.
Él, que un niño será toda la vida.
Y el de título más que significativo: Introducción a la ignorancia, donde lo define como turquesa niña de tu madre, si bien nos es conocida, por la película, los muchos reproches que en ella le hizo, y el primero de todos que empezara la cadena de internamientos en psiquiátricos, de la que ya nunca se libraría en lo que le quedara de vida, y que contribuiría a forjar su biografía y su físico artaudianos:
        Para ti,
        Leopoldo María,
        Diáfano en tu mudez,
        Despertado hacia el tiempo por nosotros,
        Intensamente legre sin saberlo,
        Intensamente solo sin saberlo,
        Revelador de un Dios único,
        Sustancia de una muerte única,
        Presencia y puro vaso de agua
        De un origen profético
        Y tuyo,
        Y que lo tienes tuyo
        En dulce titilar,
        En ganancia de sombras,    
        En único tesoro de días.
        Leopoldo Panero no es una personalidad fácil ni fácilmente encasillable. Su biografía está jalonada por vivencias dramáticas y profundas que conformaron no solo una personalidad dependiente del poder de evasión del alcohol, sino, sobre todo, una manera de estar en el mundo a disgusto con todo, decepcionado por todo, prisionero de todo, como se advierte en la confesión de Con la sal de mis huesos:
He escrito y he besado y he aprendido
        Que es mejor la esperanza en sus raíces
        Que en su poblada flor.
O en Es distinto:
        Vuelves absorto,
        Como un naipe abandonado en una mesa.
        Vuelves a ser tú mismo,
        Pero de noche,
        Absolutamente de noche.
                (…)
        Y apuestas a tu naipe abandonado,
        Echas tu voluntad a lo infinito,
        Y estás solo con todo lo que quiere,
        Completamente solo.
        Conclusión que reitera en el primer verso del soneto A mis hermanas: Estamos siempre solos.
        Poesía es vecindad de la palabra con el alma, estableció el poeta. Y por ello no nos extraña que en Arte poética, en una de ellas, fuera su aspiración el silencio y su ideal el que la propia vida fuera, sin tener necesidad de decirla, la propia poesía, algo parecido, en sentido contrario, al deslumbramiento, al arrobo de añejo misticismo que le producen al poeta los meros nombres de los lugares, heredero directo del asombro noventayochista: ¡Cauce del Turienzo/cerca de Piedralba/(…)¡Tejados, Curillas,/respirada calma/de Cuevas, y al margen/Penilla y Celada!, y que compartiría con un compañero de generación como Blas de Otero. La verdadera poesía, nos viene a decir el autor es la que no requiere de otra actuación humana que no sea la vivencia callada del prodigio poético, porque es la propia naturaleza la que la escribe:
        Más que decir palabras, quisiera dar la mano
        A un niño, hundir el pecho contra la espuma viva,
        Y estar callado…
                (…)
        Más que decir palabras, navegar en un llano
        De espigas empujadas…
                (…)
        Y en vez de soñar nombres que el viento los escriba.
                (…)
        Más que juntar canciones…
                (…)
        Más que decir palabras ser su propia fragancia,
        Y estar callado, dentro del verso, estar callado…
        Como “viejo profesor” me ha llamado la atención un poema dedicado a Gerardo Diego, Ómnibus creacionista, escrito, sin embargo, a pesar del título, en alejandrinos modernistas, en el que el autor hace un elogio de la escuela como el espacio de lo maravilloso, del conocimiento, y del que escojo al azar, porque todo él está permeado de una dulce nostalgia felizmente expresada, estas estrofas al azar;  un poema en cuyo origen quizá se halle el que escribió el propio Gerardo Diego, Brindis –un prodigio de inspirada poesía de circunstancias–, cuando le dieron sus amigos literarios un banquete con motivo de su primer destino docente:
       
Una suave madeja de alegres garabatos
        Y estrellas desprendidas de la esfera armilar
        Pasan entre los triste prólogos galeatos
        Medrosas de que alguna las pueda regañar
                        (…)
        Ni una página indemne ni una línea impoluta.
        Todo yace revuelto y todo quiere hablar.
        Y en la lengua-mojada, como el hueso en la fruta
        Los nombres de delicia vuelven a resonar.
                        (…)
        Literatura, historia, latín, ciencias exactas.
        Ética preceptiva. Quién volviera a estudiar
        Las montañas azules y las nieves intactas,
        Las pálidas bahías donde es dulce remar.

        Pedro Gimferrer, pues así se presentaba ante los lectores españoles el ganador del Premio Nacional de Poesía, 1966 con Arde el mar, antes de fijar su nombre literario (y propio) en el actual Pere, quizás tras la aparición, en 1970 de su primer libro de poesía en catalán, Els miralls, no es un autor que necesite ninguna presentación especial, si bien me temo que su prestigio literario –en Cataluña siempre se ha especulado (propiamente deseado) con que podría ser el primer Nobel catalán– no esté al nivel del número de lectores reales de su obra, algo no infrecuente en nuestro mundo literario. Las cifras de ventas de ciertos autores son un secreto mayor que el de las cuentas en paraísos fiscales de no pocos rapiñadores del erario público y/o defraudadores del fisco. En cualquier caso, Pere Gimferrer es un autor muy digno de ser leído, tanto en castellano, es el caso de Arde el mar, en el que ahora entraremos, como en catalán, cuyos Dietaris son un prodigio estilístico de excepcional valor, al igual que su ¿novela? Fortuny, que deriva directamente de ellos. A su manera, Gimferrer es un autor que demuestra lo arbitrario y absurdo de las fronteras que quieren erigirse en el seno de la cultura catalana, que se manifiesta, con igual capacidad creadora y excelentes obras tanto en una como en otra de sus dos lenguas de creación, el catalán y el castellano. Puristas y exclusivistas los hay en todos lados, pero la realidad acaba arrumbándolos.
        Arde el mar es un poemario breve en el que se manifiestan los principales rasgos temáticos y estilísticos de Pere Gimferrer, los mismos que lo convertirían en un paradigma de la novísima poesía española solo dos años más tarde con La muerte en Beverly Hills (1968). Salir de Leopoldo Panero y entrar en Pere Gimferrer equivale a salir del lugar, como titulábamos esta indagación, y entrar en la historia de la cultura, porque del mundo referencial de la naturaleza que predomina en la poesía de Panero pasamos al de la cultura que domina en Gimferrer. Si escarbamos en ambos poemarios podemos apreciar que ciertos fenómenos, como el de la soledad, por ejemplo, constituyen ejes básicos que, en mayor o menor medida, pertenecen a la historia del género e incluso al repertorio de las motivaciones que empujan a los poetas a ña creación. Si Panero es un hombre destrozado por la vivencia dramática de su propia vida; Gimferrer es un hombre sorprendido por la soledad de su excepcionalidad lírica, como nos aclara en Himno:
        Cristal, mercurio, tarde: ¡cómo pesa
        En mis hombros el cobre incandescente
De la fruta en sazón. Dicen del hombre
        Que no puede consigo. En todo caso
        No con su juventud, rosa sin número.
                        (…)
        (…) Voluntad de púrpura
        Sobre mis hombros, voluntad de ser
        Más que yo mismo, escudo de ojos tristes.
        Oh voluntad de estío en llamas. Muerte,
        Sobre la mies soy tuyo.
        Hay, en Arde el mar, una conciencia de sí, una dimensión cuajada de eternidad poética, un saberse seguro eslabón del género, que sorprende la madurez de un libro así en un joven de 22 años que rezuma cultura por cada una de las costuras de sus poemas de imágenes visionarias, deudoras del inmenso poeta a quien dedica el libro, Vicente Aleixandre. De ahí que, tan cercana aún la adolescencia, se despache a gusto contra ella y el desorden implícito de los instintos, con los que el poeta siempre se ha sentido en conflicto, como en Cuchillos en Abril:
        Odio a los adolescentes.
        Es fácil tenerles piedad.
        Hay un clavel que se hiela en sus dientes
        Y como nos miran al llorar.
        Pero yo voy mucho más lejos.
        En su mirada un jardín distingo.
        La luz escupe en los azulejos
        El arpa rota del instinto.
        Violentamente me acorrala
        Esta pasión de soledad
        Que los jóvenes cuerpos tala
        Y quema luego en un solo haz.
        ¿Habré de ser, pues, como éstos?
        (La vida se detiene aquí.)
        Llamea un sauce en el silencio.
        Valía la pena ser feliz.
        Sin duda debe de ser un lugar común decir que en la poesía de Gimferrer se dan cita influencias que él mismo declara en las dedicatorias de algunos poemas: Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Octavio Paz, José Luis Cano…, pero hay otras, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Lorca, D’Annunzio, Hölderlin, el patético Oscar Wilde apuntado en Pequeño y triste petirrojoOscar Wilde llevaba/una gardenia en el pico./Color gris, color malva en las piedras y el rostro,/más azul pedernal en los ojos, más hiedra/en las uñas patricias, ebonitas en las ingles de los faunos que aparecen como materia poética propia. A ese respecto es bien curiosa la febril profesión de fe d’annunziana vertida con unción en el retrato que de él hace Gimferrer en Sombras en el Vittoriale y que se compadece con su predilección por los autores decadentistas. Lo crepuscular –la Muerte presidirá su siguiente poemario…– tiñe constantemente de cárdena luz los versos de Gimferrer, distorsionando, muy frecuentemente, la percepción y abocando al poeta no solo a la imagen visionaria, sino incluso a la percepción caótica o extravagante. No ocurre tal cosa en el retrato de D’Annunzio, donde el poeta discurre por la admiración a su poeta de la mano de Rubén Darío, rescatándolo de la descalificación marxista por su inequívoca simpatía hacia el fascismo del que fue indudable precursor, por más impulso estético que lo cobijara y que incluso le forzara a buscar el alto sonoro y significativo nom de plume con que huir, espantado, como Juan Ramón Jiménez de su segundo, Mantecón, del  Gaetano Rapagnetta con que nació:
        Tenía el rostro claro de un poeta, la frente
        Tensa de Alcides, la mira fúlgida  
        Y triste de Proteo, el arpa herida
        De la espalda o venablo, el tambor escarlata
        De la sangre en las sienes.
                (…)
        Menos aún, el búfalo demagógico
        Que hoy hoza en la memoria de un ayer y su poeta.
                                                       Pronto, pronto,
        Cuando pase el tiempo de humareda y de pecado
        Y pueda el hombre libre sentir libre en el día
        La luz, el sol, los árboles,
        A la hora más quieta
        En que ascienden las brumas sobre el lago de Garda
        Habrá un cuerno de caza desgarrando el silencio
        Como un amor o una lágrima caída
        Por Gabriele D’Annunzio, por Gabriele D’Annunzio.
        Acaso sea inevitable preguntarse si cierta búsqueda de la belleza ha de llevar aparejada, forzosamente, una suerte de delicuescencia expresiva, cierto amaneramiento blandengue, una inevitable razzia por los ambiguos terrenos de la cursilería, algunos remilgos pudorosos e incluso avejentadas excursiones por los predios del arcaísmo, a juzgar por ciertos usos expresivos que se repiten en justa coexistencia con registros opuestos, como si la concepción de los poemas, en los casos más destacados, obedeciera a la estructura del fotomontaje que popularizara la dadaísta Hanna Höch en el periodo de entreguerras. Se trataría, así pues, de una suerte de poética de la superposición de planos referenciales y expresivos, algo así como las escamas de los peces que imitó el Guggenheim de Bilbao. En ese juego de perspectivas que nos deparan las referencias culturales y los registros expresivos, es obvio que Gimferrer marca algunos ejes fundamentales de su propio mundo poético, en el que el decadentismo ocupa un lugar muy destacado, así como la presencia dominante del simbolismo, a él asociado.  Gimferrer es un poeta visual, lleno de imágenes que se suceden como el desmadre de un río caudaloso, pero no deja de haber en su poesía una introspección que pretende elucidar el propio enigma de su persona, pues que como tal se revela a la voz lírica del poeta, de ahí, a menudo, las dislocaciones temporales que nos pueden llevar de las puertas de Zamora, con su Vellido Dolfos ad hoc, al claustro del patio de letras de la facultad, con sus naranjos bordes, por ejemplo. La relación con la belleza, omnipresente en el poemario, se manifiesta con toda su intensidad en un poema que preludia el libro siguiente: Band of angels, a medias homenaje a la belleza pura, a medias confesión sentimental a un amor acaso no correspondido, con esa impronta juanramoniana del séptimo verso de mi selección:
        Un jazmín invertido me contiene,
        Una campana de agua, un rubí líquido
        Disuelto en sombra, una aguja de aire
        Y gas dormido, una piel de carnero…
                        (…)
        Y hoy sueño para ti,
                                       pues eres mía,
        mía como lo más mío de mí mismo
                        (…)
        Irreductiblemente, ¿cómo ves
        Al que te espera, con tus ojos puros?
        Supiera esto, y tú serías mía,
        Y al esperarte ahora, en esta tarde
        Que existe sólo porque existes ti,
        La luz que confabula este poema
        Incendiará nuestra soledad.
        Ven hasta mí, belleza silenciosa,
        Talismán de un planeta no vivido,
        Imagen del ayer y del mañana
        Que influye en las mareas y en os versos;
        Ven hasta mí y tus labios y tus ojos      
        Y tus manos me salven de morir.
        Está muy cerca Gimferrer del surrealismo, pero no acaba de traspasar del todo la barrera del sentido, por más enigmáticas que sean algunas de sus imágenes. Busca refugio y consuelo en la belleza como, más tarde, como confesará en El agente provocador, lo hallará en el sexo. Son conocidas, por cierto, sus declaraciones en el sentido de que la lengua de sus poemas cambia según la lengua de sus amantes… A veces la crítica literaria se confunde con la labor de los perros policías, a juzgar por como olisqueamos, cuando nos ponemos a ello, influencias, ascendencias, herencias y filogénesis, pero está claro que Gimferrer ha sido, y continua siendo, un excelente catalizador –y la definición en sí parece ya un inspirado verso del creacionismo: “Transformación química motivada por sustancias que no se alteran en el curso de la reacción”– de la mejor poesía en castellano y en catalán anteriores a él, como se desprende del aroma lorquiano que exhala su poema El arpa en la cueva:
                               (…) Un guerrero
        Trae la armadura agujereada a tiros.
        En sus cuencas vacías hay abejas.
        Lagartos en sus ingles. Las hormigas,
        Ah, las hormigas besan por su boca.
        Espadas de la luz, rayos de luna
        Sobre mi frente pálida! Un instante
        Velando sorprendí a vuestro reflejo
        La danza de Silvano. Ágiles pies,
        Muslos de plata piafante. El agua
        Lavó esta huella de metal fundido.
       

        Muy diferente será la obra del tercer poeta aquí mencionado, Leopoldo María Panero, pero ésta cae ya del lado de la lucidez del delirio, que son las palabras mayores de la cuarta manía platónica.

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