miércoles, 29 de agosto de 2012

Ensayo desaseado V

           Hoy no tengo el día culto, la verdad.


Lo primero que advierte el sujeto liberado de su antiguo y costoso afán es que la cultura no era para él un objeto, sino una especie de ecosistema en el que se movía con absoluta naturalidad, aunque ésta fuese la de la afectación, la impostura, la grandilocuencia, la pose, el engolamiento y la representación permanentes: esa especie de paradójica ecopraxia del desigual respecto de sus impares.
Acabar con un sistema de vida y abandonar el único espacio conocido lleva, indudable­mente, a hacerle perder pie a cualquiera, y más aún a quien, como el sujeto, siempre ha sido una especie de intruso aquejado del síndrome permanente de inadaptación. Bien sabe hoy, sin embargo, que en esa burbuja social de la cultura no viene del oro todo el relumbrón, y que incluso de un impostor como él, ducho en la contención de la lengua y en la esporádica cita de campanillas, algún que otro destello podría cegar a quienes aún velan armas, de noche, junto al pozo peligroso de la sabiduría, ese espejo del abismo sin fondo. Pero el sujeto no ha tomado su decisión por la decepción que le haya supuesto constatar ese engaño, sino por...
¡Caramba! Iba bien lanzado hacia el final de la frase anterior y el sujeto se ha quedado, de repente, más que suspendido sobre esos puntos sin íes; porque él ha cogido la pluma -valga la imagen- con la intención de ponérselos a su decisión, y ahora se da de plumín con una certeza que lo descoloca: no sabe cuál es el porqué definitivo de su decisión.
Algo de él ha ido apuntando, desde luego: la fatiga, el desengaño, la desolación, la rabia, la impotencia, la incapacidad, etc.; pero hubiérase dicho que estaba a punto, al final del párrafo anterior, de enunciar con rotunda y meridiana claridad un porqué comprensible, razonable, compartible y quien sabe si acaso incluso elogiable. ¿Y al final? Silencio, suspenso...
De muchos de sus predecesores, allegados suyos algunos de ellos, de los que les fue distanciando su, para él entonces incomprensible decisión, sí que sabe cuáles fueron sus motivaciones. Y si hubiera de sacar de todas ellas un denominador común -y esa sencillísima alusión matemática extiende ante él un lagunón de aguas cenagosas en cuyo seno monstruos infinitesimales y fractales ocultan la amenaza pavorosa de sus inmensos corpachones-, elegiría la renuncia a la complejidad en favor de la sencillez. Dicho así puede que no se comprenda tan bien como a través de algunos ejemplos cuyo valor representativo tiene tantas limitaciones como a cada cual le pueda parecer.
El primero que se le ocurre al sujeto es el que enfrentaría a la película Sacrificio, de Andrei Tarkovski, contra La flor de mi secreto, del off-off manchego Pedro Almodóvar.
Enfrascado como estaba en su afán -y era su frasco deliberadamente pequeño, de perfume lujoso, en tanto que amante de las quintaesencias y detestador de los fárragos-, ¡cómo pudo extraviarse el sujeto hasta el punto de considerar que la primera de esas dos películas era una muestra acabada de lo que los cursis de última hornada llaman cine de culto, y la segunda una simple chapuza, un extravío del culto al cine!
¡Cómo pudo asentir -con el bello y pavoroso recuerdo de las imágenes de la película en el núcleo duro de sus sentimientos- a las alambicadas palabras del crítico!:
Resulta realmente duro, muchas veces doloroso, rasgar en las imágenes que nos ofrece Tarkovski en su último film; Sacrificio se compone de dos planos tan angustiantes -la compleja levitación de Alexander y la sirvienta María, el histérico llanto con que la mujer dubitativa acoge la noticia de un intuido cataclismo nuclear, siempre presente en la narración aunque Tarkovski no acuda a él como elemento dramático activo, sólo como desencadenante de una situación moral aún más irreversible-, como ensoñadores dispuestos a ser degustados con placer -el mencionado plano secuencia inicial, en el que el director se permite inflexiones divertidas y relajantes-, como fabulaciones mágicas donde el poder visual de Tarkovski desborda cualquier consideración: el larguísimo y metódico plano secuencia del incendio de la casa, con la cámara efectuando constantes travellings a derecha e izquierda para seguir a los personajes en sus evoluciones alrededor de la gran mansión devorada implacablemente por las llamas, desmoronamiento físico paralelo a la caída moral de Alexander poco antes de ser introducido en la ambulancia, o los movimientos angustiantes, captados en un sobrio blanco y negro -degradación última del trabajo cromático del film, que se abre con el suave verde del campo sueco para sucumbir, imperceptiblemente, a las sombras azuladas, casi desprovistas de color, que invaden el interior de la casa- con los que Tarkovski recoge las charcas sucias, los hilillos de agua descompuesta, los caminos llenos de barro, el movimiento histérico y sin sentido de las masas atemorizadas!
¡Cómo pudo -se sorprende hoy el sujeto- seguir sin desmayo los meandros eufóricos de esa única frase exaltada y comulgante!
¡Y qué injusto fue, por otro lado, con la despreciable y miserable altivez de los catadores de lo exquisito cuando, después de leerla, les restregaba por sus ojos incrédulos a sus “distancia­dos", aquella cruel e inmisericorde opinión -Como vaca sin cencerro, tituló su artículo- de otro crítico sobre la película de Almodóvar (reciente redescubridor de los valores estéticos y sentimentales de quien, como Sautier Casaseca, ha alimentado espiritualmente a tantas generaciones de españolas y españoles durante el franquismo, en cuyos oscuros años ha vivido el sujeto la mitad de su medio siglo; y quizás por ello, en su actual estado de liberación puede incluso degustar ese agridulce sabor de la nostalgia que se solaza en las rocambolescas historias de su película finisecular):
El vacío de La flor de mi secreto es tan patente, que agudiza irremediablemente los numerosos defectos que films precedentes de Almodóvar habían dejado ver. El primero y el principal, a mi juicio, reside en la falta de estructura de sus guiones, que parece que se gestan por acumulación y nunca poseen una mínima espina dorsal que aglutine los diferentes, dispersos y heterogéneos materiales de los que se nutren. Lógicamente, cuanta menos consistencia posee lo que intenta funcionar como historia central, más claramente al descubierto quedará la artificiosidad del procedimiento y más patente se hará lo deslavazado del resultado. Ejemplos en la película existen hasta la saciedad. El mayor problema de La flor de mi secreto no es que sea una película inane y vacía, sino que es la prueba incontrovertible de que Almodóvar no sólo no tiene nada que contar, sino que ni siquiera atisba el camino que le permita salir de ese callejón sin salida donde se encuentra anclado.
El sujeto aún recuerda, para su horror de hoy, la carcajada -se le hiela la sangre al recordar aquel espasmo laríngeo de desprecio- que le produjo el sucinto e hiriente análisis que hacía el crítico de un importante personaje de la película en cuestión:

El que se supone jefe de las páginas culturales de El País es un absoluto imbécil al que la interpretación estúpidamente risueña de Juan Echanove -excelente actor en ocasiones, execrable en otras como la presente- convierte en más penoso todavía, hasta el punto que lo más resaltable del personaje es que utilice el seudónimo de Paqui Derma, siguiendo una tradición almodovariana que alcanzó su momento álgido cuando bautizó como Paul Bazzo al violador de Kika.

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