miércoles, 15 de agosto de 2012

Ensayo desaseado III


Hoy no tengo el día culto, la verdad.


  
   Aquel conflicto entre la pérdida y el hallazgo (exiliarse de un territorio en el que nunca ha acabado uno de echar auténticas y sólidas raíces, y entrar en el ameno -y en exceso concurrido- paraje del abandono) no adquiere visos dramáticos, pues sobre él se extiende, como un benéfico ungüento, esta difusa alegría, esta tranquilidad de espíritu que tanto encorajina al sujeto no sólo para atreverse a formalizar el reconocimiento, sino para escupir ese picor de guindilla que la angustia le había dejado en la lengua. Por otro lado, en éste del abandono, quizá no haya mejor modo de asentarse que midiendo la distancia exacta -e inverosímil- que lo separa de aquella aciaga escalada.
Quedó escrito al principio que el sujeto iba buscando el eco asentidor y sintiente de otros abandonadores; pero mucho se teme que haya en esto del abandono -y no le importa reconocer que se trata de una huida- un sí sabe qué de ajuste de cuentas que lo tiene todo de personal y, sólo en parte, algo de común.
No se trata de que uno se la tenga jurada a la condenada, desabrida e intrincada episteme; o de que, ¡incluso hoy!, pueda uno conciliar la pasión por La Valquiria con el valeroso y osado reconocimiento que se manifiesta en estas líneas; sino de que éste es siempre, cuando uno llega a él, una encrucijada en la que, desde detrás del crucero, nos increpa acerbamente el diablo: nuestra decisión jamás será un adoquín de su infierno; por más que el camino elegido nos acabe llevando ya a la soledad de un tremedal que nos devore, ya a la selva oscura y feraz, ya al desierto encendido, ya al común -y valga el doble sentido- de los mortales.
Hora va siendo, con todo, de acabar con los preámbulos, que tan enojosos suelen ser, y de pasar a deambular, con pie más ligero que hasta el presente, por ese reconocimiento en el que el sujeto se ve capaz de adentrarse con determinación pero no sin algún titubeo, sin una cierta claudicación etimológica; porque, al fin y al cabo, quien toma semejante decisión pierde el suelo en el que se apoyaba, el espacio que le rodeaba y el paisaje contra el que se identificaba, amén de unas costumbres perfectamente definidas, consolidadas, aunque escasamente solidarias, todo sea dicho.
Puede que a la postre no sea tan fácil como en un principio parecía esta renuncia a la cultura. Unamuno decía.... ¡Ay! ¡Ay! ¡Ahí está la prueba! Y bien pronto se ha manifestado además... ¡No! ¡Vale ya! Ni Unamuno dice nada que el sujeto repita como un eco interesado, ni, por otro lado, le será fácil reprimir esa inercia de tantísimos años forjando con el pensar, el narrar, el contar y el  sentir de los demás su propia humilde y discreta existencia. Discreta hasta hoy, bien es cierto. Puesto que el sujeto ha tenido el atrevimiento de pretender hacer oír su voz precisamente para renegar de cuanto hasta este fatigado presente había constituido toda su existencia: convertirse en una persona culta.
Abandonar esa escalada supone un alivio, un aligeramiento, una suerte de apático, anodino y transitorio estado de gracia que no resulta compatible con el temor al vacío -desea que efímero- al que se asoma desde estas líneas austeras y despojadas.
Resultaría en exceso chocante que quien ha tomado una decisión como la del sujeto se pusiera ahora, con denodado esfuerzo, a tratar de aclararle al lector común -aquí sin sentido escatológico- qué es o deja de ser la cultura o, en su defecto, una persona culta. Voces autorizadas hay, desde Cassirer hasta Gustavo Bueno, pasando por quien se desee -que la lista es tan  larguita casi como la del canon ut supra...- para exhibir la complejidad y los arabescos del concepto, su faz laberíntica.
La modestia de su decisión, en todo caso, no lo faculta sino para intentar, desde su reducida experiencia personal, dirigirse al corazón de quienes le hayan precedido, y al de quienes hayan considerado alguna vez la posibilidad de tomar una decisión como la suya, y decirles cuál fue la vanidad de su empeño. El sujeto sabe que es una historia triste, como la de todos los fracasos; pero hay tantos disparates entretejidos en ella, que no sería extraño pasar de lo sublime a lo patético y de ambos a lo risible en el espacio de un mismo párrafo.
De los escritores medievales se medía su cultura por los volúmenes que había en su biblioteca personal, dando por bueno, claro está, que los hubieran leído u hojeado todos; porque en esto del amor al libro hay mucha pasión meramente contable, que conste. Fuera cual fuese el trecho, al menos el criterio no admitía discusión.
En las postrimerías de este siglo nuestro, sin embargo, tan bárbaro y tan culto al mismo tiempo -¡y ojalá a nadie se le ocurra pensar en esas dos facetas de lo humano como el anverso y el reverso forzosos de la manida moneda!-, los criterios son muy otros. Y al sujeto le ha tocado padecerlos y disfrutarlos hasta la fecha de su extraña liberación.
De hoy en adelante se abre a realidades frente a algunas de las cuales siente, en principio, un rechazo tan profundo que quizás le cueste mucho más entrar en ellas de lo que le costó perseverar, en su momento, en la adquisición, uso y ¿disfrute? de aquella inalcanzable cultura.
El sujeto no castigará a los lectores, tanto al que le miralee por encima del hombro, como al que arrima el suyo propio -¡y cuánto se lo agradece!- para que no desfallezca en su sinuoso discurso, con ejemplos que pueden horrorizar a unos y justificar a otros; pero es inevitable que, de tanto en tanto, monte aquí la parada de aquellos monstruos a los que, ingenuo principito valiente, se enfrentó con un ánimo y una intención tan puros como seráfica y benéfica era la promesa de recompensa de su compañía, una vez vencida la repugnancia y el horror que inspiraba su agresiva presencia.

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