jueves, 22 de septiembre de 2016

“El amigo manual (Mi primer libro de aforismos)”, un inédito de Juan Poz


Preámbulo a un paseo por un enrevesado reto de epifanías: El amigo manual (Mi primer libro de aforismos) o la aforística presentada a los jóvenes.



                         INSTRUCCIONES DE USO

0.  Los libros de aforismos no suelen ser lecturas habituales, y menos entre los jóvenes, a pesar del gran éxito que el género del aforismo ha tenido a lo largo de la historia, pues desde muy temprano el saber práctico y el teórico de los pueblos se ha transmitido a través de este tipo de sentencias condensadas, brillantes, sugerentes y a menudo herméticas. Desde las primeras civilizaciones, la transmisión de la sabiduría a través de aforismos ha sido una constante. Tanto los egipcios como los judíos, los griegos, los romanos o los árabes han compilado libros de proverbios, máximas o aforismos. En la propia literatura española, libros de aforismos como el Bonium o Bocados de oro, inspirado en el Libro de las Sentencias de Abulwafá Mobaxir ben Fatic y las Flores de Filosofía, el Libro de dichos de sabios e philósofos traducido por Jacob Çadique de Uclés o las Glosas de Sabiduría de Sem Tob de Carrión, indican bien a las claras la ascendencia del género desde los primeros vagidos del idioma como lengua de cultura. El aforismo es, quizás, en sus variantes del refrán popular y del vaticinio oracular, el género literario más antiguo, por eso hay siempre algo de palabra sagrada en él, de sabiduría de la especie que aspira tanto a la utilidad como al deslumbramiento. Muchos y variados son los nombres con que se le conoce: adagio, proverbio, dicho, máxima, sentencia, lema y refrán, pero resulta casi imposible establecer entre ellos diferencias precisas y convincentes que vayan más allá de la autoría, reconocida o anónima, y del carácter ingenioso del aforismo frente al  admonitorio de la máxima y la sentencia o la mezcla de saberes prácticos y morales del refrán. Nunca he visto nada menos definible que un aforismo, ha escrito el encumbrado semiólogo Umberto Eco, y eso nos invita al resto de los mortales a no pretender imposibles ni meternos en camisas definitorias de once varas. Dejando de lado, pues, los a menudo baldíos terrenos de las precisiones terminológicas, y quedándonos con la sola idea de que un aforismo ha de ser, como mínimo, la expresión de la agudeza del pensamiento de su autor -y esa mezcla de sabiduría y retórica se advierte incluso en los aforismos de carácter tradicional: Dum spiro, spero (mientras hay vida hay esperanza) o Ludere, non laedere (bromear, no ofender)-  convendría desarrollar lo anunciado en el título de este preámbulo: las instrucciones para leer un libro de aforismos.
1. El libro de aforismos ha de ser una volumen manejable que se tenga siempre a mano, pues su lectura está indicada para los momentos más insospechados. La famosa tríada de los tiempos muertos, las horas sueltas y los ratos perdidos tienen, en El amigo manual, su remedio natural, el específico capaz de resucitar,  reconocer y atar buena parte de la propia vida, tan propensa a perderse en esos agujeros negros del tedio o la desorientación. El manual de Epícteto se llama Enquiridion precisamente porque enkheiridion significa, en griego, lo que se puede sujetar con la mano.
 2. Un libro de aforismos no tiene comienzo ni final, por lo que nunca ha de ser leído desde la primera hasta la última página, al modo, por ejemplo, de las novelas o las obras de teatro. Por su forma se asemeja más a los libros de poesía, aunque en estos a veces los poemas están de tal suerte dispuestos que el lector ha de respetar su orden preciso si quiere recibir, sin modificarlo, el mensaje del poeta. Lectura espigada podríamos denominar al método que consiste en abrir el volumen al azar y leer aquellos aforismos que nos salgan al paso deparándonos el placer estético de lo insólito e invitándonos a la reflexión que siempre exigen de nosotros, porque un aforismo es siempre un pie, nada forzado, para el diálogo cordial y el monólogo esclarecedor.
3.  Lo propio de los libros de aforismos, si no hay un orden lineal que se haya de seguir en su lectura, es que tampoco se nos ofrezcan ordenados por temas, por útil que, para otros menesteres intelectuales, sea el índice temático que suele incorporarse al final del libro y que, a menudo, suele pecar de un excesivo intervencionismo por parte del compilador, siempre dispuesto a escoger interpretaciones que, a la postre, redundan en el menoscabo de la libertad de elección y asignación de los propios lectores, de ahí que este libro no lo incorpore, aunque sí unos Pespuntes biobibliográficos que pretenden servir de discretísima introducción a los autores escogidos.
4.  Buena parte de los aforismos que se han recogido en El amigo manual se presentan a los lectores como un desafío, y como tal hay que tomarlo, si bien con la serenidad de ánimo propia de los retos en los que nos jugamos la propia estimación. Hay aforismos transparentes, ingeniosos, poéticos, trascendentales, anecdóticos, admonitorios, chispeantes, profundos,  enigmáticos, herméticos y cualesquiera otras calificaciones que se les quiera aplicar; pero los lectores han de lidiar con cada uno de ellos y han de establecer una relación personal que les permita hacer suyo el libro, aceptar que les está interpelando individualmente. Nadie debe rendirse ante ningún aforismo, porque ninguno es literalmente incomprensible. Pueden sernos más lejanos o más cercanos, pero todos ellos han sido escritos para llegar a la imaginación, al entendimiento o a los sentimientos de los lectores.
5. Un volumen de aforismos es, por definición, una obra incompleta, parcial, eventual e incluso precaria. El subtítulo del actual, Mi primer libro de aforismos, indica claramente la provisionalidad del propio volumen, pues cada lector, cada lectora, son los responsables últimos de la compilación de su verdadero y definitivo libro de aforismos. Este  Amigo manual no es en el fondo sino una invitación a la creación del libro de aforismos que cada cual, a lo largo de su vida lectora -que deseo tan larga y fecunda como placentera- ha de ir formando poco a poco, libro a libro. Recoger aforismos en nuestras lecturas ha de ser una actividad tan natural como consultar en el diccionario el significado de las palabras que desconocemos.
6.   Los libros de aforismos  han sido considerados muy a menudo como un vademécum, un compendio de máximas que nos preparan para la vida, un conjunto de recetas que, supuestamente, nos permiten enfrentarnos a la realidad con la quintaesenciada experiencia de la acreditada sabiduría de quienes nos precedieron. Pero vade mecum significa literalmente "camina conmigo", va conmigo, y esa función de acompañante tiene, a veces, más valor que la de pretencioso maestro de la vida, pues raramente se escarmienta en cabeza ajena. A un libro de aforismos no se ha de ir, así pues, buscando soluciones, sino epifanías que quizás sean simplemente el pórtico para nuevas preguntas, inquietudes y tal vez fecundos desasosiegos
7.   A un libro de aforismos no deben acercarse los lectores buscando la cita de relumbrón que acredite una cultura que, en todo caso, de muy otras maneras ha de saber manifestarse, pues como sugiere Zabaleta hay que saber saber. Intercalar oportuna y elegantemente, en un texto, en un discurso o en una conversación una cita no es arte al alcance de cualquiera, y con  frecuencia naufragan en el vasto y proceloso mar del ridículo muchos de quienes lo intentan. Que la cita surja con naturalidad, sin que su brillo ciegue, sino que ilumine, habría de ser la noble aspiración de los lectores de aforismos.
8.  De igual modo que hay libros específicos de aforismos y una historia del género en la que sobresalen estos o aquellos autores, de todas las latitudes y nacionalidades, no es menos cierto que los aforismos esmaltan la prosa o el verso de todos los demás. En el segundo caso, los aforismos nunca han de permitirnos prejuzgar  a sus autores, a quienes se ha de conocer por sus obras completas. Por otro lado, y como cura contra la falsa solemnidad con que se pueden presentar las compilaciones de aforismos, Jean-Jacques Barrère y Christian Roche publicaron  El estupidiario de los filósofos, cuyo título ahorra explicaciones al buen entendedor.
9.  El amigo manual tiene la finalidad de acercar el mundo del aforismo a los lectores jóvenes para despertar en ellos la afición a la reflexión y al cultivo de la expresión justa, de ahí que la gran mayoría de aforismos estén relacionados con lo que podríamos llamar aspectos generales de la existencia. Esta selección excluye una vena aforística a la que este compilador es aficionado: el aforismo humorístico, basado en el ingenio, la agudeza y el juego de los conceptos. Así, autores como Ramón Gómez de la Serna y sus famosas Greguerías han quedado forzosamente fuera, si bien lo indico aquí para que quien quiera descubrirlo, a él y a otros tantos como él, se lleve una grata sorpresa. Con todo, hay suficientes dosis de humor irónico en la selección como para colmar con creces la necesidad risueña que Chamfort nos exige en su conocidísimo aforismo: De todas las jornadas, la más desaprovechada es aquella en que no hemos reído.
10.  De los libros de aforismos jamás podemos decir que hayamos acabado de leerlos, como ocurre, en realidad, con las obras literarias clásicas, aquellas que siempre admiten una relectura. Con todo, la frecuentación de los aforismos lleva aparejado un efecto perverso del que, para acabar, conviene advertir en estas instrucciones de uso: la tentación de devenir, después de leer tanta quintaesencia de la sabiduría y la agudeza, consejeros de consejos no pedidos. Saber abstenerse de darlos cuesta a veces tanto como escoger el adecuado, por eso, y con un dicho del traductor Çadique de Uclés, quisiera este compilador, a modo de corolario, recordar a sus lectores que "dize sant Gregorio que ninguno te es más fiel en te dar buen consejo commo el que no cobdiçia lo tuyo, mas ama tu persona". Ese amor ha sido el inspirador de estas instrucciones y del volumen todo.
Vale.

[P.S. Será  bienvenida, como es innecesario señalar, cualquier propuesta de edición.]

lunes, 12 de septiembre de 2016

La autobiografía y sus títulos.


Salvando las distancias.
Titular una autobiografía no es tarea fácil, y, una vez el libro impreso, pocos habrán sido los autores que no hayan quedado decepcionados al ver el abismo inabarcable que se tendía entre esas pocas palabras que ni resumían ni constreñían ni sugerían ni definían ni captaban ni atesoraban la vida que bajo ellas se había querido mostrar con todas las trampas retóricas habidas y por haber. Terreno resbaladizo donde los haya. No me extraña que, junto al nombre del autor, tantas obras haya habido que se hayan limitado a titular Autobiografía o Memorias, como un paraguas genérico que a nada comprometía salvo a especificar los términos exactos del contrato suscrito con el lector: lo que de aquí en adelante se contare se te quiere hacer llegar en calidad de verdad verdadera…, como la del oro que cago el moro y la de la plata que cagó la gata, añadiríamos nosotros, con su buen quilo de sabiduría intelectora, frente al gramo de locura de la primera parte contratante. Y, sin embargo, hay una tentación difícil de resistir en los autores de autobiografías; titular las suyas de tal modo que en esas pocas palabras no solo seamos capaces de identificarlos inequívocamente, sino también de captar el principal rasgo de su personalidad. Así, en Vivir para contarla, de Márquez, que, amparada en la expresión coloquial, destaca su carácter de testigo de su siglo; Habla, memoria, de Nabokov, con esa soberbia del dios de las Letras que concede la voz como insufló dios en el barro el alma del hombre; El mundo de ayer, de Stefan Zweig, es decir, de quien fijó la frontera no entre el ayer y el hoy, sino entre el ayer y el suicidio que siguió a su despedida de lo que vivió prácticamente como “la consumación de los tiempos”, creyendo que la barbarie nazi acabaría dominando el planeta; Memorias. El peso de la paja, de Terenci Moix, en la que, más allá de sí mismo, y de la ambigüedad erótica del título, destaca el espacio donde vino al mundo (y murió, por cierto a no menos de 500 metros de él, al comienzo de la calle Muntaner, a menos de 50 de donde yo moro); Automoribundia, de Ramón Gómez de la Serna, de tan fuerte raigambre neológica en quien hizo del neologismo no solo un modo de estar en el mundo, sino una manera de ser; Desde la última vuelta del camino, de Pío Baroja, en la que, con eco tan cervantino, ese camino que iba  recorrer don Miguel “puesta ya el pie en el estribo”, se vuelve don Pío, tan aventurero, y venturoso literariamente, para desandar por sus pasos contados la historia de su vida. La edad nos acerca al ejercicio de la memoria, sin duda, de ahí que nada tan ridículo como cuando, con otro nombre y en otra época, tuve que hacer la crítica en un diario de las memorias que un don nadie de menos de treinta años había escrito ¡de sus primeros doce años de vida!, donde ya recogía, a su decir, una fuerte tendencia europeísta… La parodia sirve como contraste para percatarnos de esa pulsión memorística que nos depara la edad y que nos invita, aunque poco tengamos que contar, a buscar el deleite de la evocación, de la narración, de la descripción y, sobre todo, del contexto, pero no porque la época que se haya vivido sea única, incomparable o “histórica” -es obvio que todas lo son-, sino porque ha sido la nuestra. Suele haber, con todo, difusa conciencia de que haber vivido unas épocas u otras añaden no se sabe qué pedigrí a las existencias, como si lo que nos rodeaba hubiera dependido de nosotros o hubiera dejado en nosotros un pósito de incalculable valor. De eso nos cura, ya digo, el que, independientemente del atractivo sobrevenido a través de la narración de la Historia, todas las épocas son históricas y en todas ellas solo los espectadores privilegiados, por memoria, por entendimiento y por voluntad -que es, por cierto, el título de las memorias de Camilo José Cela: Memorias, entendimientos y voluntades, las tres viejas potencias del alma- son capaces de exprimir significados que nos esclarecen el curso sinuoso de los acontecimientos que no cesan. Paradigma de la Historia que se desarrolla, por así decirlo, a espaldas de quienes la viven es el magnífico libro de Sebastian Haffner, Historia de un alemán, quien no tiene empacho en reconocer que no vio venir la historia de terror universal que acabó significando la subida al poder de Adolf Hitler, un hecho político cuya terrorífica dimensión, a posteriori, fue para él una auténtica sorpresa, inimaginable mientras la estaba viviendo día tras día en esos fatídicos años de la ascensión y dominio del partido nazi. Todas la biografías son susceptibles de ser contadas con interés, y, de igual modo, no todas las autobiografías nos llegan siempre de la mano capaz de apasionarnos por lo que nos cuentan. Es cierto que hay muchos “negros”, una expresión que procede del francés, cuando la necesidad de los escritores de folletines les llevó a contratar escritores para satisfacer la amplia demanda popular del género, como fue el caso de Dumas, y de ahí se empezó a llamar négrier -negrero- al autor y nègre -negro- a quien trabajaba para él de forma anónima. Los ingleses, aunque no menos esclavistas que el resto de europeos, prefieren la expresión ghostwriter, escritor fantasma; que hay muchos negros, decía, que se prestan a transcribir las memorias de famosos que luego aparecen como autores de sus autobiografías. No es el caso, desde luego, de los escritores, intelectuales, políticos y artistas que se precian de reunirse a solas consigo mismos para poner en claro parte de su vida o su vida entera, en una suerte de controlado ejercicio de sinceridad sobre sí mismos y, sobre todo, sobre su época. La autobiografía, así pues, es un género que, como el diario personal, debería de tener muchos más practicantes de los que tiene, porque hay algo de higiene mental y de purga anímica que es conveniente hacer cuando advertimos que la edad ha iniciado ya el camino descendente del dardo que se lanzó hacia el futuro y la conquista de un blanco cuando nacimos. Cada cual sabe, o debería de saberlo, cuándo es el momento adecuado para iniciarse en el menester. Hoy, aquí, y al margen de que sigo atareado en aquella Juventud en Poz en la que voy entrando y de la que voy saliendo con un ritmo algo desconcertante, casi en stacatto, quiero dejar escrita mi propuesta de lo que ha de ser el único título, mío o de cualquier otro heterónimo mío, de las memorias definitivas de mis personas: Salvando las distancias. Al mismo tiempo, se me ha ocurrido, aunque antes se me ocurrió como narración que no llegué a escribir jamás, porque entre la potencia y el acto hay siempre un entreacto en el que me distraigo excesivamente con el entremés que me aparta de lo que era mi objetivo, dejar constancia de un método que tiene mucho que ver con una práctica mía que solo descubrí como tal cuando me percaté de que guardo, desde los catorce años, todas las agendas de direcciones y teléfonos que he tenido en mi vida. El método era sencillo, dada la clasificación alfabética, salvo irrupciones de otras letras para aprovechar los huecos en letras que no tocaba: seguir la aparición de cada una de las referencias para establecer algo así como la hitadura (admítaseme el neologismo para “colocar los hitos”) del camino de mi vida. Desde esa perspectiva, es evidente que, al hilo de esas agendas, habría de retorcer las circunvoluciones cerebrales al máximo para poder extraer, de la manera más nítida posible, mi relación con nombres que, de entrada, tienen el poder de paralizarme, como si ni siquiera hubiera sido mi mano quien en esas agendas los escribiera: Margaret Burke; Percy y Sita Aswani;  Agustín Beloki; Daniel Garathoni; Luis Miguel Canalejo; Fernando Meijide Pérez; Carlos López Sanz; José María Puente Pérez;Miguel Ángel Pérez Eguibar; María Francisca Pérez Horna;  José Vinuesa Tentor; Academia Nobel, en Montera, 13… No menos de ocho agendas en las que aparecen nombres borrosos como sombras y sombras nítidas con nombre bien identificables… Que conste que en estos tiempos de móviles, Ipads y otros artilugios, sigo llevando en el bolsillo de la camisa mi agenda de direcciones y teléfonos, junto a la bolsita de plástico con el paño para limpiar las gafas y los bolígrafos y lápices correspondientes, como una suerte de equipaje mínimo sin el cual no sé salir de casa. Releer una por una esas agendas y tratar de descubrir qué haya sido mi vida en aquellos años en que fui llevándolas, una tras otra, en un proceso en el que iban desapareciendo nombres que era un contento y añadiéndose muy pocos nuevos, que eso parece lo propio de las relaciones sociales, constituir una pirámide invertida, es posible que me acerque más a la ficción que a la realidad, aunque, por esos golpes del azar, uno de esos nombres, Vicente Marín Morte, ahora escultor conquense con quien coincidí, cuando yo tenía 16 años y él 18, en la Residencia Blume de Madrid, él como atrabiliario lanzador de jabalina; yo  como tontucio nadador infatuado; y de quien recibí una hermosa lección zen que no olvidaré mientras viva. Cualquier vida puede ser contada tomando cualquier motivo como método narrativo, pero he de confesar que este de las agendas tiene la virtud secreta de trazar caminos existenciales con apariencia de telas de araña que hubieran consumido LSD, y cuya visión tanto me impresionó en su momento. No hay orden posible, y todo es expresión del caos, del azar y de la necesidad. Es probable, por otro lado, que la última agenda no se distinga del poema definitivo de Mallarmé: la página en blanco, que la compre y no la macule con nombre, dirección o teléfono alguno, muestra verídica del triunfo de la muerte y su gélido rescoldo, la humilde ceniza.

lunes, 29 de agosto de 2016

El club selecto de los escritores que no escriben.



No escribir no significa no crear.

No es infrecuente la figura del escritor que no escribe. Algunos de ellos no han escrito nunca. Otros, por el contrario, escribieron hasta que un día (si fasto o nefasto quizás sea circunstancia aún por decidir) dejaron de hacerlo. Otros nunca han dejado de hacerlo, escribir, y, sin embargo, son ultraconscientes de que escriben literalmente la nada, la sombra espesa y pringosa del chapapote de lo que podría ser entendido como escritura. A veces los afectados  pasan de uno a otro estado de esa trinidad en la que ni siempre se está de buen grado ni tampoco desencajado. Hay una cierta comodidad en la ausencia de la escritura y, sobre todo, una indomeñable vanidad de la obra perfecta que jamás será igualada. Nunca, hasta que se deja de escribir, las frases habrán fluido con mayor naturalidad y más expresivo acierto. Por complejas que sean las historias que se nos pasan por la mente, somos capaces de retener no solo la estructura, la voz narrativa y el tono, ¡ah, el tono!, sino también las diferentes biografías de los personajes con un detallismo tal  que nos obliga a lamentar el hecho de no poder dedicarles a cada uno de ellos una novela en la que sean los protagonistas indiscutibles. Ser un escritor que no escribe puede ser doloroso o gozoso, y la naturaleza de esa inacción solo se deriva del autodominio del escriba. Cuando, leyendo a quienes escriben, el autor que no lo hace siente un alivio eterno por no tener que cometer tantas equivocaciones, caer en tan dañinos desniveles, usar un léxico tan simple y esuchimizado, endeble y frágil como la binza seca de la cebolla o detenerse en tediosas transiciones ofrecidas ad maiorem gloriam de la pereza intelectiva de los lectores, se da cuenta del estadio superior artístico al que ha accedido, algo así como pasar de la mitad de la ascensión en la montaña del Olimpo, que no otra cosa, etimológicamente, es la mediocritas… por más que Horacio quisiera revestirla de un color dorado más propio de la purpurina que del ocaso. Parte sustancial de su descanso tiene que ver con la arraigada convicción de la inmarcesibilidad de su obra perfecta, y, sin embargo, sujeta incluso a feroz crítica. No hay que confundirse: no escribir, ser un escritor que no escribe, no implica no ser un creador. Lo creado no es escritura, como no puede ser de otro modo, pero no deja de ser creación. Quienes hayan vista la película La grande belleza y hayan seguido la peripecia melodramática de Jep Gambardella, pueden hacerse mejor a la idea de lo que intento expresar.  Los escritores que no escriben se han convertido en codiciadas presas de caza de aquellos escritores que, sin dejar de pecar contumazmente, envidian esa condición que parece afearles su conducta, que les revelan su insignificancia, la de sus éxitos editoriales, aunque sean minoritarios, como los de Vila-Matas, pongamos por caso conocido. Cuando se ha dado ese paso mucho más decisivo que el propio de dedicarse a escribir, de afanarse en intentar ordenar en la página en blanco el caos tumultuario -sic, sí, que también los hay calmos, como se encargó de describirlos magistralmente Nanni Moretti- del que se supone que ha de emerger, ¡vanidad de vanidades!, una consoladora comprensión de lo real, el escritor que no escribe siente una relajación infinita, una compenetración total con su nirvana y una potencia creadora como jamás la había conocido con anterioridad, con la salvedad, además, del poco o nulo esfuerzo que le supone llegar a la culminación de su arte. No, no son pompas de jabón ni figuraciones ni quimeras ni intrincados sueños, sino realidades de tomo y lomo sobre las que el escritor que no escribe puede extenderse con un grado de precisión y de vaguedad que deja asombrados a sus interlocutores, que lo siguen no solo boquiabiertos, sino anhelantes, porque, cuando habla, el escritor que no escribe acaba teniendo algo de oráculo, de Tiresias y de Casandra, y no poco de Celestina y de Medea, y no se sabe a qué atender con preferencia, si a la exactitud, a las sugerencias o a los presagios. No es fácil el trato con los escritores que no escriben, porque la marca indeleble de su superioridad artística provoca la vulnerabilidad de quienes los escuchan, con resultados que se acercan más a los estragos que a las neutras consecuencias. No, no se sale indemne de la frecuentación de los escritores que no escriben y que son capaces, casi por arte de birlibirloque, de tanta belleza, tanta gracia, tanta perfección en sus creaciones. Cuantos escribimos, en uno u otro momento nos hemos identificado con ellos, y hemos visto salir del horno donde se cuecen las decoradas vasijas de nuestro arte, piezas tan perfectas que nos han asustado con su vagarosa presencia, porque, aun a pesar de su perfección, nos ha costado Hermes y ayuda intuir la dirección de su desarrollo, el estallido del brillo de sus metales oxidados al contacto con el aire tras salir de la oscuridad de las cenizas… No son compañía recomendable en periodo de formación, eso es obvio; pero tampoco en época de madurez, de plenitud, o lo que creemos entender por tal. Ahora bien, cuando nos acercamos por nuestras obras contadas a la decrepitud creativa, entonces la compañía de los escritores que no escriben es capaz, ¡muy capaz!, de redimirnos de la insolencia de nuestro orgullo y sugerirnos que aún nos cabe desear contarnos en ese selecto grupo de creadores. Pero no es fácil. El maldito hábito de la escritura, la infección profunda del alma que supone, no puede ser vencida tan fácilmente, y menos aún cuando el ejemplo vivo de Cervantes nos ha convencido a tantos de que la vejez solo puede depararnos la mejor de nuestras creaciones… De esa perogrullada vanidosa, ¡cuántos monstruos literarios no se nutren! ¡Qué ejemplo de dignitas incomparable, sin embargo, la altivez de quienes han renunciado a la escritura! Insisto, no es fácil entrar en ese selecto club en cuya frontispicio brilla con luces y sombras propias la única frase que le da sentido: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate.

sábado, 20 de agosto de 2016

Verano: los libros llevados, la pereza triunfante, la duermevela constante...


Fabio Hurtado

Lecturas de verano, ¿literatura de playa, de montaña, de trópico, boreal, de sabana, exótica, de páramo, erótica, neurótica, votiva...?


El otro día nuestro hijo nos espetaba, a mi conjunta y a mí: "¿pero qué es exactamente para vosotros una persona lectora?", en el transcurso de una de esas conversaciones "de verano" típica de las sobremesas. Sin el unísono, pero al alimón, no dudamos en responderle que era aquella que "siempre" tenía una lectura entre manos, sin descanso, pero sin agobios, una manera tan natural de leer como el propio respirar. Torció el gesto, claro, a pesar de que poco a poco va acercándose a la definición, si bien, a diferencia de ella, él deja pasar días enteros sin pasearse por la lectura en marcha. Peca de cinéfilo, por otro lado, lo cual, si no lo disculpa, tampoco agrava su condición de lector semiempedernido. Más allá de esa anécdota, lo que a mí me dio que pensar fue la asociación casi natural entre el verano y la lectura y entre las "lecturas de verano" y unas condiciones para "implementarlas" (irritemos a los cursis...) que convierten dicha actividad en misión imposible y, en cualquier caso, insatisfactoria, si por medio anda una humedad que te empapa las páginas, unos mosquitos dispuestos a darte su zarpazo atigrado, un ruido ambiental ensordecedor y pertinaz o el intento de sumarte a unas conversaciones intrascendentes, perezosas y maledicentes, por norma general, que el verano casa lo suyo con la difamación y el vilipendio. ¿Cuál es, exactamente -sigamos las exigencias filiales- la "literatura de verano"?: ¿la novela policíaca?, ¿la novela histórica?, ¿el ensayo político?, ¿la novela rosa?, ¿los tebeos?, ¿los clásicos?, ¿la divulgación científica? Está tan arraigada en la industria editorial esa lectura de "temporada", que hasta los suplementos literarios o los de "Sociedad" de los raquíticos diarios de tirada nacional recogen con fruición noticias sobre "lo que leen los famosos" o "las lecturas recomendadas para este verano", de modo que en esas industrias aculturales empleados habrá que lean con ojos lectores veraniegos o navideños o dialibrescos, para intentar satisfacer demandas que, ¡vaya por Hermes...!, nunca acaban ajustándose a la oferta miserable que producen, llena de títulos cuya nómina sonroja al más lerdo de los lectores no estragados. Desde hace muchos, muchos años, tantos, acaso, como 30, decidí que el "descanso veraniego" -¡una ficción inenarrable, como bien saben, sobre todo, quienes tienen hijos en edad de ser "divertidos" y frente a los que es imposible pasar inadvertido para refugiarse en la lectura...!- era un tiempo de clásicos grecolatinos, y gracias a esa determinación, he de reconocer que he cubierto innúmeras lagunas propias de quienes han hecho del diletantismo casi una razón de ser y de leer. Sentado bajo la sombrilla, frente al Mar Menor -hoy, lamentablemente, en estado sumo de degradación medioambiental...- mis ojos se abismaban en la lectura de Sófocles, de Esquilo, de Eurípides, de Menandro, de Homero, de Virgilio... con un agradecimiento infinito, porque, tan cerca, aun a escala, del Mediterráneo, me parecía que ese parvo oleaje de mar tan doméstico como el Menor, me ponía en comunicación directa con obras mayores de la literatura de hoy y de siempre. Sigo fiel a la costumbre y este año he optado por Ovidio, el pobre exiliado a quien mató el dolor de hallarse entre bárbaros sin poder oír la delicadeza de su lengua latina para poder mantener una conversación digna de tan hermoso nombre: conversar, que vale tanto como conservar la razón y la dignidad humanas. Muchas veces había consultado sus Metamorfosis, pero nunca había hecho una lectura "de corrido" -y algo tienen de narcocorridos esas ambrosiadas aventuras extremadas, y no pocas veces "de frontera", de los moradores del Olimpo- hasta que me he puesto a la tarea. Sí que leí la Filosofía Secreta, de Juan Pérez de Moya, durante la carrera de Filología, porque, antes que la obra de Ovidio, fue en ella en la que se fijaron los escritores del XVI y el XVII para desarrollar sus composiciones poéticas en las que aparecían los mitos grecolatinos, porque, además, había una lectura "a lo divino", anagógica, de dichos mitos. He de reconocer, sin necesidad de hacerlo en nota a pie de página, que cada verano sumo a mi biografía lectora una obra de Simenon, lectura que aún, por razones de dolorosa índole que no vienen al caso, no he hecho.  No estoy muy convencido de que el verano sea una estación que invite particularmente a la lectura, salvo que se sea lector asiduo, como antes he dicho, porque mi experiencia lectoplayera era, distraído brevemente de las tragedias griegas o las comedias de Plauto, la de ver dormitar como troncos talados en sillas o toallas a cuantos tenían ante sí un libraco abierto, usualmente de un grosor que parecía invitar más a utilizarlo como almohada que a leerlo, ideal, en cualquier caso, para usarlo como escabel desde el que llegar al estante superior del armario de la cocina donde habita la vajilla su sueño de domesticado cristal. No sé si tiene más de pose de quiero y no puedo o de pose de corrección política, pero es el caso que uno o dos libros en la maleta no pueden faltar, al parecer, en el equipaje de las vacaciones, tanto que me extraña mucho que aún no se haya publicado una breve antología de "los libros que Vd. siempre quiso leer en las vacaciones sin nunca conseguirlo", con su correspondiente resumen argumental, una crítica superficial pero suficiente para dar el pego correcto de haberlo al menos hojeado y algunas referencias a la obra total de los autores por aquello del contexto indispensable de un texto impensable. Cuesta creer que con temperaturas que rondan los 40º alguien se ensimisme en lo que merece el alto nombre de literatura; y nada comprobar el poco poso lector que deja el sopor que convierte en sopa de letras cualquier página de los bodrios que, como sus dueños, salen a tomar el sol que más calienta, casi casi el de Fahrenheit 451.

martes, 9 de agosto de 2016

Separatismos y separaciones...



Distancia, separación  ¿y olvido?

Efectuar el mismo recorrido urbano diariamente, en este caso para ir al trabajo y regresar a casa, permite al observador atento percatarse de realidades que acaso para muchos otros pasan desapercibidas. Los horarios nos acercan a quienes los comparten con nosotros durante ciertos tramos de esos itinerarios, y aunque nos cruzamos y estamos harto de reconocernos, jamás damos el paso de saludarnos para conocernos, porque un afán comunicativo semejante quizás sería incluso mal interpretado. La sociabilidad expansiva se considera una agresión. Soy muy sensible a las separaciones, e interpreto con facilidad las señales del distanciamiento, del desencuentro, del rencor y de los más mínimos agravios que se fruncen en el entrecejo, acordillerándolo, o en los labios, apiñonándolos. Se ha establecido estadísticamente que el verano es mala época para las parejas, quizás porque han de convivir las 24 horas del día sin tener la costumbre, y porque han de hacerlo de manera abrupta de un día para otro, cuando se abre la veda de las vacaciones y ambos contendientes se encuentran frente a frente, dispuestos a compartirlo o sufrirlo todo. Ignoro, de las personas con quienes me cruzo, el origen de sus morros, de su frialdad y de su desamor, pero lo evidente me basta para tomar nota de los poderes de ese potente desamor, ¡tan poderoso o más que el propio amor! Al margen de las biografías “ in itínere”, a las que tan aficionado soy, porque me permiten escribir biografías imaginarias que nunca han de ser falsadas, por más que yo las falsee, en los tres últimos meses he sido testigo de no pocas separaciones, como si, curiosamente, se hubieran puesto de moda. La primera, la de la pareja que regenta el quiosco de prensa. Acostumbrado a ver al hombre en su garito, expuesto a  la intemperie –que en sí no tiene sentido negativo, aunque sí le hemos echado los hablantes esa adversa connotación– los 330 días del año, me quedé sorprendido al ver a su mujer a las 6 de la mañana del domingo (acompañada por su padre): “A partir de ahora lo llevaré yo sola”, fue toda la explicación, que me recordó el intento de usurpación de Alexander Haig: I’m in charge now, tras el atentado que sufrió Reagan. Ante parcas explicaciones huelgan las cuestiones. Tomé nota. “Que sea para bien”, fue todo lo que me atreví a decir, aparado en mi antigüedad clientelar. Durante años me he cruzado con una pareja mixta, él nativo, ella o cubana o dominicana, a simple vista y nula audición, que caminaban juntos y, a veces, ella colgada del brazo de él. Nunca hablaban. Es hora temprana, la de nuestro cruce, y poco amiga de la locuacidad. Comenzaron a separarse dos baldosas, aunque seguían caminando juntos. Es llamativa la expresión de reconcentración que exhiben dos seres que tienen muchas cosas que decirse, o que gritarse, y que se instalan en el mutismo absoluto que las bufandas del invierno permitían camuflar. Transmitían ese estado de “estar a punto de explotar” que tan nítidamente captan los no involucrados en la querella. Trabajan en dos cafeterías diferentes. Al separarse, al llegar al primer destino, ella seguía recta y él giraba a la izquierda, sin decirse nada, ni gestualmente. Este otoño la separación se ha consumado. Él sigue inalterable, como si hubiera echado el ancla en el proceso y no tuviera intención de modificar los hábitos de la indiferencia. Ella, sin embargo, ha cambiado y mejorado su aspecto, sonríe, se maquilla y hasta su manera de caminar se ha transformado: antes cruzaba los brazos  y se autoestrechaba casi en gesto de protección, de defensa; ahora, sin embargo, penden los brazos, los hombros se han alineado y los pechos han salido de la represora madriguera. A él he dejado de verlo. Habrá escogido otro camino u otro empleo u otra localidad. Con ella sigo cruzándome, pero ni se fija en el observador.
Las razones para divorciarse formarían un hermoso capítulo del libro nacional de los disparates, que en Inglaterra es todo un señor género literario, el nonsense, pero el carácter radicalmente individual de quienes las sostienen, aunque coincidan con otros, por un lado; y la complejidad infinita que involucra dos ¡o cuatro o cinco o seis biografías!, por otro, convierten las separaciones en un proceso casuístico ante el que las viejas polémicas sobre el sexo de los ángeles podrían considerarse geometría incontestable.  Una pareja allegada y otra del ámbito familiar han decidido seguir camino opuestos. Antes era común devenir oído de monólogos infinitos y redundantes hasta la saciedad. Ahora apena hay explicaciones: “Que se ha acabado, y ya está, y no hay más que hablar. Finito. Y punto!”, aunque a uno le extrañe una parte del desahogo, porque, llevado por la confusión, entiende que el “nada que hablar” era en el seno de la pareja, no con el negado confidente. Detecto cierta banalización en esto de las separaciones. No han de convertirse en una tragedia helénica, por supuesto, pero hay algo así como un “gatillo flojo” -nada que ver con el gatillazo!, que si es recurrente justifica cualquier separación…– en la toma de la decisión, una facilidad y rapidez que nos habla de cierta incapacidad para asumir la contrariedad, la divergencia, los errores, los malentendidos, los temperamentos, las adversidades. La instrumentalización del otro se ha convertido casi casi en ley. El “si no me sirve para…” o el aún  más hiriente: “si ni me sirve para…” forman parte de esas pseudorazones que el oyente escucha estremecido. En cualquier caso, se trata de un proceso, a pesar de la  banalización, que tiene dos momentos muy marcados: el del dolor inicial: “¡Cómo ha podido hacerme esto!” y el del alivio final: “¡Como he podido estar tan ciego/a!”. Entremedias, claro está, hay un rosario interminable de dimes y diretes que consume la paciencia del más devoto de los amigos. Ahora acabo de enterarme, uno no sabe si por efecto de esta ola de separaciones que nos invade que una de las Cataluñas reales quiere separarse no solo de la otra, sino también de todas las Españas reales e imaginarias. Estoy perplejo. No sé si la psicología de masas o el magnífico libro de Canetti: Masa y poder, me ayudarán a sacar algo en claro. Tengo observadas a las dos miembras –seamos políticamente correctos al Zapatero’s and Bibiana’s old style– de la pareja, pero, a pesar de haber visto la aburrida y cansina La vida de Adele, no sé si en las parejas homosexuales los patrones de conducta se asemejan a las heterosexuales o hay diferencias que pueden escapársele al no ejerciente. Cuando haya descubierto algo de relieve a partir del tribadismo de la tribu divorciante, traeré la reflexión a este blog. Del roce nace el cariño, dicen, y aun el placer, pero algo ha fallado en esta pareja centenaria. ¿Será la tan cacareada incompatibilidad de caracteres? ¿O habrá denuncia por medio de malos tratos físicos y psicológicos? Sigo atento.

miércoles, 3 de agosto de 2016

La minipolítica desde la lectura de un maxipensador.



Opinión, demencia, sociedad: Th. W. Adorno reflexiona sobre el 'prusés'
[Me ha parecido oportuno, en estos tiempos de confusión política inducida, rescatar un artículo que mi heterónimo Juan Pérez publicó en Crónica Global, de modo que complete, a su manera, el acercamiento a Adorno y su magnífica Mínima Moralia  que hice en este Diario hace ya algún tiempo.]
Uno, que es un diletante de los perseverantes, tiene a veces humoradas lectoras como la de sumergirse en un librito de Theodor Wiesengrund Adorno simplemente porque por el título (¡Ah, el poder sugestivo de los títulos!), Filosofía y superstición, intuye que va a leer algo con fundamento acerca del presente, por más que la primera edición del libro sea de 1962. Y no tarda mucho en descubrir que, en efecto, así es. El libro en cuestión incide de lleno en la realidad de un pequeño territorio del nordeste español que con hervor -que no fervor- patriótico, porque tiene más de calentón que de otra cosa, pretende separarse del Estado español y crear uno 'ex nihilo' o en lengua catalana, 'nou de trinca', (y los malpensados han de desterrar la idea de que es nuevo para trincar, para robar, como ahora ya se hace, aun estando dentro de España como antiquísima parte constituyente de la misma, porque 'trincar' en catalán significa hacer chinchín con las copas al brindar). Es el caso que después de una primera parte titulada "Cómo leer a Hegel el oscuro", de la que salí con los ojos y el entendimiento llenos de chapapote -el real, el macizo, no los hilillos como de plastilina sobre los que patinó Rajoy-, desemboqué en la parte cuyo título he tomado prestado para encabezar estas líneas. ¡Qué sorpresa mayúscula! Con la claridad expositiva que no siempre le caracteriza, cuando de levantar la crítica de la modernidad se refiere, Adorno reflexiona sobre el concepto de opinión pública y su verdadero sentido para concluir que no sólo es por demás dudosa la suposición de que lo normal es de antemano verdadero y falso lo divergente, suposición que glorifica la mera opinión, a saber, la dominante, la que no es capaz de pensar lo verdadero de una manera distinta a como todos lo piensan. Sino que la opinión infectada, las deformaciones del prejuicio, de la superchería, del rumor, de la demencia colectiva, tal y como crecen a través de la historia, a través de todo de la de los movimientos de masas, no pueden ser en absoluto separadas del concepto de opinión. Se intuye en ese concepto de la opinión infectada, lo que Reich llamó la plaga, una suerte de epidemia emocional, definida por Reich como una biopatía crónica del organismo, en la que aparece un proceso mental que tiene mucho que ver con el enfoque critico de Adorno, porque para los aquejados por la plaga, o peste emocional, como también la denomina, la conclusión está siempre hecha antes del proceso pensante; el pensamiento no sirve, como en el dominio racional, para llegar a la conclusión correcta; por el contrario, sirve para confirmar una conclusión irracional preexistente, así como para racionalizarla. Esto se denomina por lo general prejuicio, se pasa por alto que este prejuicio tiene consecuencias sociales de considerable magnitud, que está ampliamente difundido y es prácticamente sinónimo de lo que llamamos “inercia y tradición”; es intolerante, es decir, no admite al pensamiento racional que podría eliminarlo, por tanto, el pensamiento de la plaga emocional es inaccesible a los argumentos; tiene su propia técnica dentro de su propio dominio, su propia lógica, por así decirlo; por este motivo, da la impresión de racionalidad sin ser en realidad racionalEs evidente, por lo tanto que esa communis opinio acaba convirtiéndose en verdad, sigue Adorno: Sobre lo que es verdad y lo que es mera opinión, a saber, arbitrariedad y azar, no decide, como la ideología quiere, la evidencia, sino el poder social que denuncia como mera arbitrariedad lo que no está de acuerdo con la suya, La frontera entre la opinión sana y la infectada no la traza 'in praxi' el conocimiento objetivo, sino la autoridad vigente. Que es exactamente lo que podemos apreciar de forma clara en la actual sociedad catalana, en la que el poder legalmente constituido ha traicionado la legalidad que lo sustenta para atacarla y, mediante un golpe de estado, autoerigirse en un nuevo estado con su propia legalidad, lo cual, a su vez, es prueba inequívoca de las tesis que Reich y Adorno sostienen. ¿Qué supone esa enfermedad opinante? Un refuerzo del narcisismo, contra el que es difícil combatir. Un narcisismo idéntico al del tío de Jean Paul Sartre, Armand, quien se creía que era algo simplemente porque aborrecía a los británicos. ¿Cuántos no tienen la experiencia incontrovertible de que el prusés se cree algo porque aborrece al resto de España? Adorno lo dice meridianamente claro: De aquello que no alcanza el conocimiento se enseñorea la opinión como su sucedáneo. De ahí que las consecuencias del dominio de las opiniones infundadas nos ofrezcan un retrato sociológico, y aun psicoanalítico, de la realidad catalana inequívocamente fiel: La fuerza y la resistencia de la mera opinión se aclara por su rendimiento psíquico. Por medio de las aclaraciones que ofrece puede ordenarse sin contradicciones la realidad más contradictoria. A lo cual se añade la complacencia narcisista, que la opinión patentizada otorga al corroborar a sus partidarios en que, habiendo sabido de ella desde siempre, pertenecen al círculo sapiente. La confianza en sí mismos de los que opinan sin vacilaciones se siente embrujada contra cualquier juicio divergente y contrario. Karl Manheim nos ha hecho caer en la cuenta de la genialidad con que la demencia racial complace una indigencia psicológica de las masas, al permitir a la mayoría sentirse élite y vengar en una minoría potencialmente inerme la sospecha de su propia impotencia e inferioridad. (…) Y para esto sirven las opiniones infectadas, que proceden irreteniblemente del prejuicio infantil y narcisista, según el cual lo propio es bueno y lo que es de otra manera malo y de escaso valor¿Cómo no llegar al único corolario posible: La figura característica de la actual opinión absurda es el nacionalismo? Parecía inevitable. Pero la precisión con que Adorno, a 52 años vista del presente momento, radiografía el actual Movimiento Nacional Catalán que persigue la creación de un estado propio es asombrosa: La fe en la nación es, más que cualquier otro prejuicio infectado, opinión en cuanto fatalidad; la hipóstasis de eso a lo que se pertenece, en donde se está, como lo bueno y superior por antonomasia. Infla, hasta hacer de ella una máxima moral, la repelente sabiduría de recurso, según la cual todos estamos en la misma barca. (…) La dinámica del sentimiento nacional supuestamente sano tiende a supravalorarse irreteniblemente, ya que la falsedad radica en la identificación de la persona con el complejo racional de naturaleza y sociedad en el que la persona se encuentra casualmenteYa se advierte, pues, que, por una vez, y sin que sirva de precedente…, la Escuela de Frankfurt, para cuya difusión tanto bregó Jesús Aguirre desde la editorial Taurus, se ha vuelto accesible para el lector normal, sensibilizado, sin duda, a la recepción de cualquier discurso que, desde la solidez filosófica, nos explique el tremendo delirio (y uno sospecha que también delírium trémens…) de los que trinquen, desoyendo el sabio consejo de no diguis blat…, por el advenimiento del nuevo estado de Catajauja.

viernes, 22 de julio de 2016

“La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, de Max Weber.



La madre piadosa de la Ilustración: la ética protestante y el espíritu del capitalismo: Max weber levanta acta de la tensión entre la acumulación económica y la acumulación de gloria salvífica individual o el mundo virtuoso que alumbró el capitalismo moderno.

Bien, pues ya he satisfecho una deuda que tenía contraída con mis infinitas lagunas intelectuales: leer La ética protestante y el espíritu del capitalismo del abnegado sociólogo Maximilian Carl Emil  Weber, quien se definió, vía académica, como jurista, historiador y economista antes de aceptar que su lugar académico en el mundo acabaría asociado con su condición de “padre” , junto con George Simmel, de la sociología europea como nueva disciplina moderna. La extensa y profunda investigación de Weber, de la que dan idea las 146 páginas de notas que tiene la lamentable edición mediocre de quiosco que he utilizado, sin siquiera referencia del traductor, el prologuista, etc., es un ejemplo no solo del rigor académico alemán, sino una muestra consumada de la prudencia intelectual con que ha de abordarse el estudio de cualquier fenómeno histórico, político o social: a los diletantes se les debe algo en la mayor parte de las ciencias, incluso, algunas veces, opiniones acertadas y valiosas. Pero el diletantismo, en cuanto a principio de la ciencia, sería su fracaso absoluto. Aquel que desee ver “cosas” que vaya al cine (…). Quien desee “sermones” vaya a los conventículos, nos dice el autor.  En conjunto, y al margen de lo específicamente económico, en lo que ya entraremos, este libro de Weber supone algo así como una bofetada espiritual a la manera tan distinta de entender la religión entre los católicos y los reformistas a nivel popular. Dejando de lado fenómenos como el de la mística católica carmelita o movimientos como el Iluminismo o el Quietismo de Molinos, e incluso el primer franciscanismo italiano, de cuya acendrada piedad y profundidad espiritual no puede dudarse, es indudable que la trascendencia de la vivencia individual de la salvación religiosa que se da entre los protestantes dista mucho de la vivencia colectiva y superficial del fenómeno religioso en los países contrarreformistas. Los fundamentos de ambos proyectos de vida difieren en algo esencial que explica el desarrollo del capitalismo moderno entre los reformistas y su negación en los contrarreformistas: la concepción del trabajo como vía de realización social para conseguir la salvación individual frente a la concepción del trabajo como una maldición social que “mancha” la hijodalguía de tantísimo “cristiano viejo” como ha nacido para no dar palo al agua, un fenómeno suficientemente recogido en nuestra literatura picaresca a partir del propio Lazarillo de Tormes como para que haya necesidad de explayarse respecto a algo tan conocido. Es evidente que el capitalismo no es un fenómeno que nazca en un siglo concreto, porque se trata de un conjunto de prácticas laborales y comerciales cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, en los cinco continentes, pero, a juicio de Weber: Solo el Occidente ha brindado a la vida económica un Derecho y una administración dotándolos de esta exactitud clásica técnico-jurídica. Escoge, como paradigma de los principios fundamentales del capitalismo los extractados de las obras de Benjamin Franklin, heredero usamericano de la gran aportación inglesa al mundo, al decir de Montesquieu en Esprit des lois (libro XX cap. 7), donde dice que los ingleses son quienes más han contribuido, entre la totalidad de los pueblos del mundo, con tres elementos de suma importancia: la piedad, el comercio y la libertad. Ese espíritu es el que bulle en el pensamiento de Franklin, sintetizado en los siguientes mandamientos “económicos” que conviene recordar, no solo  porque son básicos para entender el desarrollo teórico de Weber, sino para compararlos con nuestra montaraz versión española  del capitalismo: 1)Piensa que el tiempo es dinero. 2) Piensa que el cinterés es dinero. 3) Piensa que el dinero es fecundo y provechoso. El dinero puede engendrar dinero. 4) A más dinero invertido, mayor producto, de modo que el beneficio se multiplica con rapidez y sin cesar. 5) Piensa que, conforme al refrán, un buen pagador es amo de la bolsa de cualquiera. 6)Indistintamente de la prontitud y la sensatez, lo que más contribuye al progreso de un joven es la puntualidad y la rectitud en todas sus empresas. 7) Las acciones de menor importancia que pueden pesar en el cinterés de una persona deben ser consideradas por esta. 8)También debes manifestar en toda ocasión que no olvidas tu deuda, procurando mostrarte siempre como un varón diligente y honorable. De este modo se consolidará tu cinterés. 9) Cuídate bien de considerar como propio todo aquellos que posees y de vivir conforme a esa idea. 10) Anota , minuciosamente, tus gastos e ingresos. Si pones atención en esos pormenores, advertirás que los más insignificantes gastos se van convirtiendo en grandes sumas, y te convencerás de cuánto pudiste ahorrar y de lo que aún estás a tiempo de hacerlo en lo sucesivo. [Nota: *Cinterés, un concepto económico que no recoge el diccionario de la RAE, significa “préstamo con interés”.] Si uno hace un repaso de cada uno de los preceptos y los compara con las prácticas habituales de la economía española comienza a entender el porqué de las dificultades para tener una economía sana, seria, competente y en expansión. Es, y eso es lo fundamental del trabajo de Weber, producto de concepciones radicalmente diferentes del trabajo, de la salvación religiosa, de la profesión y de la riqueza. Dicho en términos de las enredosas redes sociales: Amancio Ortega es, para parte de nuestra izquierda de postureo y salón, un explotador esclavista lindante con el terrorismo, en palabras tuiteras de Pablo Iglesias: 25% de paro y Amancio Ortega tercero en el ranking mundial de los ricos. Democracia ¿Donde? (sic). Terrorista ¿Quien? (sic). Llama la atención, del análisis de Weber, el dato relativo a que no fueron las grandes fortunas las impulsoras del actual capitalismo, sino los emprendedores de clase media de ciudades de tipo medio con incipiente desarrollo industrial: En los principios de la nueva época, no fueron única ni siquiera preponderantemente los empresarios capitalistas del patriciado comercial, sino más bien las esferas más atrevidas de la clase media industrial las cuales representaban aquel criterio al que hemos llamado “espíritu del capitalismo” (…) los parvenus  de Manchester, de Renania y de Westfalia, surgidos de las esferas sociales más modestas. ¿Y bajo qué criterio amparaban su iniciativa? Fundamentalmente, nos dice Weber, el del “racionalismo”, por más que añada a continuación que el “racionalismo” es una idea histórica, que incluye un sinfín de contradicciones, y necesitamos investigar qué espíritu engendró aquella forma concreta del pensamiento y la vida “racional” de la cual procede la idea de “profesión” y la consagración tan abnegada (aparentemente tan irracional, desde el punto de vista del propio interés eudemonístico) a la actividad profesional, que era y sigue siendo uno de los elementos característicos de nuestra civilización capitalista. Y por ahí es por donde nos vamos a la vivencia religiosa protestante y a la preponderancia que tuvo, a partir de la atención preferente que se le dedicó al libro bíblico Eclesiástico, el concepto de profesión, tomado de dicho libro: 11, 20 y 21: 20. Hijo mío, cumple con tu deber, ocúpate de él, que la vejez te llegue haciendo tu tarea. 21 No admires las obras de los malos; confía en el Señor y espera su luz. Pues para él es cosa fácil hacer rico al pobre en un momento. Esa referencia bíblica es algo así como la piedra angular del edificio capitalista, hijo de la piedad espiritual, por más que en nuestros días la laicidad haya sustituido aquel movimiento que teñía de religiosidad la actividad económica, y ello con tanta fuera y poder como para oponerse a la manifiesta usura en que solían incurrir las sociedades de crédito. El banquero, en el capitalismo piadoso, era tan execrado como lo es ahora en la sociedad posindustrial: Se juzgó también con mucho rigor tanto la riqueza como la inclinación por instinto tras el lucro. Así vemos como, en 1574, en los Países Bajos, fue declarado por el sínodo subholandés, en respuesta a una pregunta, que los “prestamistas”, si bien ejercen de una manera legal su actividad, no deben ser admitidos a la comunión; y por el sínodo provincial de Deventer, en 1598, la prohibición abarcó a los empleados de los banqueros, en tanto que con el de Gorichem en 1606 se fijaron las severas y degradantes condiciones mediante las que podían ser admitidas las mujeres de los “usureros”. En 1644 y 1657 aún se debatía si era o no posible aceptar a los banqueros a la comunión. El concepto de “profesión” como “espinazo de una vida”, como la definiría Nietzsche, se remonta también a la cita bíblica del Eclesiástico. Según Weber, aunque con cierta exageración, “en el vocablo alemán “profesión” (Beruf), aun cuando tal vez con más claridad en el inglés calling, existe por lo menos una reminiscencia religiosa: la creencia de una misión impuesta por Dios. (…) Se advierte que aquellos pueblos en los que predomina el catolicismo carecen de una expresión coloreada con este matiz religioso para indicar eso que en alemán nombramos Beruf (con el significado de posición en la vida, de una clase concreta de trabajo.)” Digo con “exageración” porque nuestro concepto de “vocación” puede tomarse casi como traducción literal del calling inglés, aunque, por mi desconocimiento del alemán, ignoro si también de Beruf. Compatible con esa doble dimensión de salvación individual y amejoramiento de la colectividad en la que el capitalista desarrolla su actividad, Weber nos dice de esos capitalistas religiosos que el empresario moderno siente una determinada y vital satisfacción, con visos de indudable “idealismo”, por el gusto y la vanidad de “haber proporcionado trabajo” a muchas personas y de haber contribuido al “florecimiento” de la ciudad nativa, en el doble sentido censatario y comercial dado por el capitalismo. Se trata de una visión de la realidad que se aparta de la “justicia social estatal” propia de los movimientos socialistas europeos y que se acerca a la charity tal y como la conciben los anglosajones protestantes y que se manifiesta claramente en las donaciones privadas que contribuyen a la mejora social en países como Usamérica, por ejemplo, cuyas universidades privadas suelen honrar con creces la generosidad de sus mecenas, que han hecho de ellas los principales centros de saber del mundo. El análisis de Weber deja perfectamente claro que dentro del protestantismo hay dos vías muy diferentes, la del luteranismo y la del calvinismo: la vida religiosa y la manera de obrar en el mundo por parte de los calvinistas es de tipo fundamentalmente distinto a la de los católicos y luteranos, porque mientras la idea de profesión conservó en Lutero un sello tradicionalista (…) es una donación que la Providencia le ha otorgado, algo ante lo cual debe “allanarse”, y tal idea establece la razón del trabajo profesional como la misión impuesta por Dios al hombre, para los calvinistas no existe, por ejemplo,  el deseo de los bienes terrenales como valor ético, es decir, como una finalidad inherente. Así pues, la labor social del calvinista en el mundo solo se realiza in majorem Dei gloriam. En la ética profesional ocurre  exactamente lo mismo, puesto que sirve al conjunto global de los hombres a su paso por el mundo. Fueron muchas las interpretaciones de los religiosos calvinistas que se enfrentaron al reto de lo que suponía la dedicación profesional en relación con el único “negocio” en el que ha de emplear su vida el seguidor del puritanismo: la salvación individual. Richard Baxter fue uno de ellos, y de él nos quedamos con lo siguiente: conforme a la voluntad indudable de Dios, revelada por Él, aquello que es válido para acrecentar su gloria no es la ociosidad ni el placer, por el contrario, son las obras; en consecuencia, el primero y más importante de todos los pecados es el derroche del tiempo: la durabilidad de la existencia es demasiado breve y preciosa para “afianzar” nuestro sino. Perder el tiempo en la vida social, en “cotilleo”, en lujos, incluso entregándose al sueño por más tiempo del que requiere la salud corporal, esto es, de seis a ocho horas a la sumo, es del todo reprochable en cuanto a lo moral. Aún no se dice tal como Franklin lo dejó escrito: “el tiempo es dinero”; sin embargo, el principio adquiere ya validez desde el punto de vista espiritual. No extraña, así pues, que en ese estrecho cauce de socialización que deja libre semejante tarea metafísica, para Robert Barclay, el gran teórico de los cuáqueros, las recreations consideradas lícitas por el cuáquero son: visitar a los amigos, la lectura de obras históricas, experimentos matemáticos y físicos, jardinería, discusión de los hechos ocurridos en el mundo financiero, etc. No hemos de perder de vista que ese “negocio” está en la base del acendrado individualismo que conforma el origen del capitalismo de raíz puritana. Un individualismo que contempla el mundo como un peligroso lugar de “pecado”, ocasión propicia y continua para perder el único negocio en el que cumple andar avisado: la salvación de la propia alma. Como escribió Edward Dowden en Puritan and Anglican: The deepest community [con Dios] is found not in institutions or corporations or churches but in the secrets of a solitary heart. La crítica radical de la acumulación de riqueza fue algo común a todos los movimientos protestantes que antepusieron la conquista del cielo a la conquista de la tierra, pero la solución provino de un planteamiento ético irreprochable: la opulencia es únicamente condenable cuando induce a la pereza corrompida y al placer sensual de la vida, y el afán de enriquecerse tan solo es malo si lleva implícita la seguridad de una vida indiferente y confortable y el goce de todos los placeres. Sin embargo. En calidad de práctica del deber profesional, además de ser moralmente lícito, constituye un mandato prescrito. Eso es algo que contrasta radicalmente con la experiencia de la riqueza como exhibición social propia de la mentalidad de los países contrarreformistas, más atentos al brillo social que a la purificación del alma. Dicho en otras palabras: La pelea entablada contra el sensualismo y el apego a la riqueza no iba dirigida hacia el lucro racional; se trataba de dar el golpe al uso irracional de la riqueza. Se contarían por miles los ejemplos de ese uso irracional de la riqueza que aún pervive en los gastos suntuarios de los dineros públicos por parte de los partidos políticos, dispuesto a levantar aeródromos sin aviones, estaciones de AVE sin pasajeros y autopistas privadas sin coches…
 En consejos que parecen proverbios se han inculcado, a lo largo del tiempo, preciosos consejos que han moldeado una manera de entender la vida, la religión y la actividad económica: El padre de Franklin le inculcó esta máxima: “Si encuentras a un hombre solícito en su actividad, debe ser preferido a los reyes” (Prov. 22, 29); la expresión “honrado como un hugonote” era, en el s. XVII, tan común como referirse a la rectitud e los holandeses; según Th. Adams: In civil actions it is good to be as the many; in religious, to be as the best, esto es, en las acciones civiles es bueno ser como la mayoría; en tanto que en las religiosas, como los mejores”; para Th. Adanis:  the inconstant man is a stranger in his own house; o el famoso dictum austiniano:  Si non est predestinatus fact ut praedestineris, esto es, “si no estás predestinado, obra como para que lo estés”; o el terrible imperativo paulino que confirmaría, para cierta izquierda buenista, el carácter cavernario de la ética católica: “quien no trabaja, que no coma”… Finalmente, no quiero acabar sin recoger la idea alrededor de la cual se articula todo el edificio de la ética calvinista del capitalismo: la determinada forma a la cual se acogió el ascetismo profano de los bautizantes, en especial los cuáqueros, en el ejercicio de un sustancial fundamento de la ética capitalista, que responde a la frase: honesty is the best policy, usada por Franklin en su clásica expresión en el tratado al que nos referimos con anterioridad. Y parte esencial en esa honestidad la tiene, como recoge Weber el principio goethiano de que el individuo en acción es desleal; únicamente tiene conciencia el contemplativo. Es evidente que en estas pocas líneas no cabe, ni por asomo, un resumen clarificador de los importantes temas que debate Weber en su ensayo, que es un análisis pormenorizado, además, de los textos canónicos de los movimientos pietistas reformistas y de las principales corrientes surgidas en su seno: puritanos, metodistas, cuáqueros, etc., y que al lector formado en el seno de una tradición católica pueden resultarles muy alejados, pero siempre interesantes, porque del estudio de esas tradiciones se entiende la manera como unas y otras culturas se han enfrentado a la creación de la riqueza, a la responsabilidad individual, al reparto social de los bienes, a la vivencia de la religión, etc. Está claro que, al margen de una lectura completa de la obra, el libro de Weber es un libro de consulta, porque sobre ciertos capítulos hay que volver con mayor detenimiento cuando otras lecturas nos acaben empujando a ello, para poder entender cabalmente las implicaciones que esos movimientos religiosos protestantes tuvieron en la manera moderna de entender el capitalismo. De modo crudamente sintético, como lo expone Weber: El Dios del Nuevo Testamento fue siempre el que predominó en Lutero, puesto que a cada paso eludió la reflexión acerca de lo metafísico, considerándola infructuosa y arriesgada. Por lo que respecta a Calvino, la Divinidad trascendente triunfó en él, siendo mucho el poder que alcanzó sobre la vida. Pero esta idea no fue posible que se sostuviera en el desarrollo popular calvinista. En vez de ser el Padre celestial del Nuevo Testamento, fue el Jehová del Antiguo quien se situó en su lugar.

sábado, 9 de julio de 2016

Un artista universal en Llabià: Josep Coll.



La mirada del Artista auténtico: Josep Coll, escultor, creador de formas y mundos.


LLabiá es un pequeño pueblo del Ampurdán, situado en un altozano desde el que se contempla la amplia extensión del antiguo estanque de Ullastret, localidad célebre por sus ruinas prehistóricas, un espacio de cultivo rodeado por la Sierra del Dauró y la sierra de Les Gavarres, como si fuera el cráter calmo y fértil de un volcán extinguido. Allí nos condujo la amistad y nos sedujo un paisaje que, como la Flecha a Fray Luis, nos acogió lejos del mundanal ruido y nos serenó incluso el más turbado o baqueteado de los ánimos. Son cuatro casas mal contadas, una iglesia modesta, una casa de turismo rural y unos alrededores por donde el olvido de sí y de los noes del determinismo social se daban amistosamente la mano. No es la primera vez que J. y A. nos invitan, pero sí ha sido la primera en que hemos tenido la ocasión de visitar el taller y museo de un artista discreto, casi escondido, apegado a la tierra y a la imaginación a partes iguales, Josep Coll, a quien poco a poco el tiempo, espero y deseo, irá poniendo en el lugar de honor que le corresponde. 

Quien tiene, como yo, El quadern gris de Josep Pla como una biblia territorial y antropológica catalana, en su creativa versión ampurdanesa, además de un texto fundacional del català antinoucentista (aquel intento diabólico de crear una lengua artificial de minorías selectas y estiradas,  definitely highbrow) entiende perfectamente la existencia de un personaje como Josep Coll, tan volcado en su arte y en los logros del mismo, como olvidado de sí y de la posible importancia que pueda tener su obra magnífica y de alto vuelo conceptual. De profunda raíz agraria, aunque electricista de profesión, Josep Coll es un hombre que recicla cuantos materiales tiene a su alcance en la magnífica masía del siglo XVI de Can Pau de Llabià, hoy establecimiento turístico rural donde “los que saben” escogen pasar unos días de desconexión total, porque Llabià es, realmente, un inexpugnable castillo sin lienzos de muralla, sin almenas, sin adarves…, de la paz más exquisita que se recoge en un paisaje que instala en el espíritu el olvidado ritmo de la madre naturaleza. 

Josep, que tiene en el jardín de su masía una suerte de museo al aire libre de sus piezas, también ha construido un espacio cerrado donde exponer buena parte de su colección, llena de piezas que no solo sorprenden por la forja en metal y la unión con elementos naturales como las piedras o la madera, sino por invenciones luminosas como sus móviles con varios centros de suspensión, al más puro estilo de los de Calder, aunque sin el aditamento del color.

Es una maravilla ver esos móviles en acción rotando en diferentes direcciones al tiempo. Josep experimenta también con los efectos lumínicos, con la sombra de las piezas y con la inversión de las perspectivas a partir de las bombillas rellenas de material que proyectan una visión espectacular del paisaje del antiguo estanque de Ullastret, como se aprecia en las magníficas fotografías de J., tomadas el día de nuestra visita. Impresiona la capacidad formal de Josep Coll y sorprende la aplicación artesanal de su arte mayor escultórico a unas lámparas que son perfecta aplicación práctica de un modo muy original de combinar la forja y los elementos naturales propios de la zona y de la masía. El taller del artista merece una visita tanto o más obligada que la de su pequeño pero espectacular museo, porque en el atelier es donde se conoce verdaderamente al artista, junto a su mundo referencial: herramientas, materiales, proyectos, obras a medio acabar, obras desdeñadas, diseños, esbozos, e incluso los sueños y las figuraciones de lo por venir. Josep, vecino de J., nos trató con esa sencillez sin adulteración posible del hombre arraigado en su hábitat y al tiempo soñador de mundos llenos de formas en las que habita la gracia de la inspiración alada, a juzgar por la querencia aérea de su obra, incluso la de la atada a las moles de piedra o al terreno. Le escuchábamos en silencio, aunque tampoco es artista de palabra torrencial, sino de entusiasmo profundo y sincera modestia. Nuestra sorpresa fue que, hasta el presente, solo haya hecho una exhibición de su obra en los baños árabes de Gerona, y hace ya tiempo. Mientras paseábamos por tal derroche de imaginación artística, me preguntaba cómo es posible que Josep Coll no haya sido descubierto como merece, como un escultor de primera magnitud en un formato medio del que es posible que, con el reconocimiento por medio, diera el salto a la obra de grandes dimensiones. Azarientos son los caminos complejos del reconocimiento artístico -¡y qué me van a decir a mí, Artista Desencajado!-, pero tengo para mí que no ha de pasar mucho tiempo antes de que, sea a través de un reportaje en el dominical de El País o con una gran exposición en una reconocida galería de arte, que la obra de Josep Coll, tan original y sorprendente llegue a conocimiento del gran público. ¿No se invierte en arte en época de crisis? Pues ningún momento mejor que éste para hacerlo con una obra que, en cuanto se conozca, no conocerá sino la revalorización permanente. 
Además, Josep une a su arte de forja, la afición notable de la fotografía, de ahí que busque con sus piezas una experimentación con efectos luminosos que no excluyen ni la fotografía ni la filmación. A ello se añade el placer del artista en fotografiar el paisaje cambiante que se advierte desde el altozano de LLabià teniendo sus propias obras como contraste y fuente de inspiración. Es probable que muy pronto a las piezas se haya de sumar, de forma complementaria, una exposición de sus excepcionales fotografías. Sí, el ojo del creador, la mirada del artista, es siempre la percepción insólita de lo existente, el descubrimiento de lo que a los ignaros y superficiales mortales nos suele pasar desapercibido, de ahí que en el taller y en el museo de Josep me sintiera como en casa y en la mejor de las compañías, la de a quien nada le pasa desapercibido ni por alto, quien se adentra en la materia y en la realidad hasta su tuétano sabroso y nutritivo. Supongo que solo pasando unos días en Can Pau de LLabià puede entenderse de qué hablo, qué admiro y ante quién me descubro con rendido agradecimiento. 










¡Qué suerte tener amigos como J. y A. que, además de su hospitalidad y su afecto, te regalan el conocimiento de un artista singular!





martes, 28 de junio de 2016

“Vindicación de los derechos de la mujer”. Mary Wollstonecraft, contundente feminista persuasiva, e ilustrada europeísta de pro.


Autor: John Opie (1797)
    

Entre las razones del corazón y el corazón valiente de las razones de ayer, de hoy y de mañana: Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft.
       
Por esos azares del destino, y como ya anuncié cuando colgué el texto de Barbauld, traigo a este Diario un recensión del interesante, aunque algo repetitivo, libro de Mary Wollstonecraft -un apellido cuya traducción literal nos daría algo parecido a “el deseo hecho en piedra”- escrito en unas pocas semanas y con el subidón entusiasta de las primeras noticias que le llegaban de la Revolución Francesa. Se trata de una edición magnífica de Marta Lois Gonzalez para la editorial Istmo, con un prólogo muy documentado y unas notas a pie de página perfectamente dosificadas y con alto valor referencial. De hecho, lo acabó en Francia, adonde se desplazó, llevada por ese entusiasmo histórico, para vivir de primera mano acontecimientos que se revelaron tan trascendentales para la historia de Europa y del mundo. A su manera, actuó como quienes se presentaron en Berlín para contemplar la caída del muro, como el protagonista del libro de Ian McEwan, Los perros negros, por ejemplo. En estos días del Brexit, ya digo, no deja de llamar la atención que Wollstonecraft aúne la defensa de los derechos de la mujer con la visión europeísta de la extensión de los derechos humanos que supuso en su origen la Revolución Francesa. Estoy convencido de que le hubiera afeado a Cameron la estupidez política de convocar una bomba de relojería, que en eso se ha convertido el famoso Brexit. Ha estallado, finalmente, y aún no se atisba quién va a reparar los daños sociales provocados ni quién va a encargarse de limpiar el lugar de la explosión, lleno de escombros y destrucción. El libro no es propiamente un listado clásico de reivindicaciones, sino una suerte de ensayo más o menos compendioso de todas las ideas que Wollstonecraft defendió a lo largo de su vida, no solo intelectualmente, sino también en la práctica, como lo demuestra la creación de la escuela privada donde intentó traducir en la práctica sus adelantados ideales pedagógicos, muy parecidos a los de la Institución Libre de Enseñanza,  o su unión libre con Gilbert Imlay, un americano que luchó contra los ingleses por la independencia del nuevo país, con quien tuvo a su primera hija, a la que le puso el nombre de Fanny, el de su mejor amiga, con quien creó la escuela y que murió de parto en Lisboa, una muerte paralela a la suya, pues Mary murió al poco de haber tenido con el filósofo William Godwin a su hija Mary, la futura Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo. Antes de Imlay, Mary ya se había enamorado arrebatadamente del pintor Fuseli, a quien le había propuesto una insólita convivencia “a tres” que horrorizó a la mujer del pintor, razón por la cual Fuseli optó por su mujer y abandonó a Wollstonecraft. Al casarse con Godwin (los dos contrayentes estaban en contra de la institución matrimonial, curiosamente…) se supo que Wollstonecraft no había estado casada con Imlay, por lo que su situación irregular de mujer amancebada y con una hija pasó onerosa factura al nuevo matrimonio, que perdió no pocas amistades, conocidos y familiares; ello nos indica, si bien muy escuetamente, que la propia vida de la autora tiene unos ingredientes “novelescos” tales, que por sí misma es merecedora de atenta y apasionada lectura, porque esa “mujer fuerte” que fue Wollstonecraft hubo de serlo en una sociedad cuyo rechazo cayó sobre ella inmisericordemente. No solo estaba amancebada con Imlay, sino que cuando este la abandonó, porque ya no encontraba aliciente en una Wollstonecraft volcada en la crianza de su hija y en su trabajo intelectual, en vez de en la pasión que ambos habían compartido, intentó suicidarse, sin ocultar en ningún momento que lo suyo no había sido un “accidente”, sino un deliberado intento de suicidio. La tensión entre las ideas y la pasión forma parte de la vida de Wollstonecraft, si bien su labor intelectual fue prioritaria para ella, como lo prueba no solo el presente ensayo, piedra angular del movimiento feminista europeo, sino su obra narrativa y su obra histórica acerca de los orígenes de la Revolución Francesa. Si algo sorprende del presente libro, Vindicación…, es su total modernidad y la claridad conceptual irrebatible con que Wollstonecraft no solo defiende principios que a algunos conservadores de nuestro tiempo les cuesta admitir, sino que se anticipa a conquistas que tardarán mucho tiempo en realizarse socialmente, como la coeducación, por ejemplo. El libro no solo es una defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres -Quiero al hombre como compañero; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende hasta mí, salvo que la razón de un individuo demande mi homenaje; e incluso entonces la sumisión es a la razón y no al hombre-, sino que se ofrece a los lectores como una explicación del atraso de la mujer, sometida al mero papel de reproductora de la especie, un ser que ha de dedicarse prioritariamente a esa función y no tener otro objetivo en la vida que preocuparse de las cosas de la casa, de sí misma, desde la higiene hasta el aspecto, de conquistar a un hombre y de su familia. El libro no es solo, ya digo, un feroz y lúcido alegato contra la supremacía masculina que ha impedido que la mujer se desarrolle intelectualmente, sino una suerte de programa político de ordenación de la sociedad en el que también se incluyen aspectos de tanta importancia como el diseño de un sistema educativo que libere a hombres y mujeres, el derecho a voto de las mujeres, el establecimiento de derechos igualitarios en el contrato matrimonial y en las herencias, etc. Es decir, no hay ámbito social en el que Wollstonecraft no deje de recordar la injusticia que supone la organización social de su época, ese patriarcado en el que la mujer solo disfruta del poder indirecto que le confiere su relación individual con su esposo y su autoridad como madre de familia. Wollstonecraf escoge a Rousseau como adversario, y a fe que lo tiene fácil, porque el ginebrino dice tantas barbaridades acerca del papel de la mujer en la sociedad, condensadas todas ellas en el capítulo V de su Emilio o la educación, donde describe a la “pareja ideal” de Emilia, a la que bautiza, paradójicamente, con el nombre de Sofía, que resulta poco menos que imposible no vapulearlo con total garantía de éxito:  Rousseau expresa que una mujer jamás debería, ni por un momento, sentirse independiente, que debería moverse por el miedo a ejercitar su astucia natural, y que se trata de hacer de ella una esclava coqueta, con el fin de convertirse en un objeto de deseo más seductor, una compañía más dulce para el hombre, cuando quiera relajarse. Lleva sus argumentos todavía más lejos, pretendiendo extraerlos de los indicios de la naturaleza, e insinúa que verdad y fortaleza, las piedras angulares de toda virtud humana, deberían ser cultivadas con ciertas restricciones, porque, en relación al carácter femenino, la obediencia constituye la gran lección que debe inculcarse con vigor implacable, dice ella que dice Rousseau, pero cuando inserta en su estudio las citas textuales del ginebrino, entonces sí que las carnes se nos abren por completo: La investigación de verdades abstractas y especulativas, de principios y axiomas de las ciencias, en definitiva, de todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas, no es la provincia adecuada de las mujeres; sus estudios todos deben remitirse a la práctica. (…) Todas las reflexiones de las mujeres deben dirigirse, en lo que se refiere de modo inmediato a sus deberes, al estudio de los hombres o a la consecución de aquellas habilidades agradables que tienen el gusto por objeto; porque las obras de genio están más allá de su capacidad; tampoco tienen suficiente precisión o capacidad de atención para triunfar en las ciencias exactas. (…) Debe estudiar a fondo la mente del hombre, no la mente de los hombres en general, de forma abstracta, sino la disposición de aquellos hombres de los que depende, bien por la ley de su país, bien por la fuerza de la opinión, (…) La mujer tiene más ingenio, el hombre más genio; la mujer observa, el hombre razona: de este concurso deriva la luz más clara y el conocimiento más perfecto que es capaz de adquirir por sí misma la mente humana. No obstante el celo reformador de Wollstonecraft, si algo hace atractivo su libro es esa suerte de escepticismo último sobre las menguadas posibilidades de ciertos cambios sociales y su escasa fe en el poder que ahora le atribuimos a algunas instituciones, como por ejemplo a la educación: No considero que la educación personal pueda hacer milagros, tal como le atribuyen algunos escritores optimistas. Los hombres y las mujeres deben educarse, en gran medida, a través de las opiniones y costumbres de la sociedad en la que viven. O la ecuanimidad de un juicio atento siempre a la ponderación y a la justeza: He tenido antes la ocasión de observar que un derecho siempre comprende un deber, y creo que puede inferirse igualmente que pierden el derecho aquellos que no cumplen el deber.   La suerte de precipitación con que fue escrito el libro le impidió a la autora eliminar las constantes repeticiones que se centran, sobre todo en una idea básica: la mujer ha de desarrollarse intelectualmente. Se trata de una especie de motivo recurrente que aparece en cada capítulo y en algunos varias veces, casi como una jaculatoria que, repetida ad náuseam, fuera capaz de hacer realidad el justo y perentorio deseo que incluye. A esa necesidad ha de sumársele la de la independencia económica, a través del ejercicio de una profesión, porque solo desde la independencia económica, como es sabido, pueden establecerse relaciones de igualdad. El libro, de hecho, es una severa crítica incluso a las mujeres que aceptan semejante estado de postración social e individual: La mujeres deben tratar de purificar su corazón, pero ¿pueden hacerlo cuando sus entendimientos sin cultivar las hacen dependientes por completo de sus sentidos para estar ocupadas y divertirse, cuando ninguna actividad noble las sitúa por encima de las pequeñas vanidades diarias o les permite refrenar las emociones salvajes que agitan la caña, sobre la que cualquier brisa pasajera tiene poder? Salir de esa suerte de falsa torre de marfil donde los hombres se empeñan en encerrarla es la obligación de todas y cada una de las mujeres, si es que quieren ser libres y desarrollar su pensamiento en igualdad de condiciones con los hombres, pues solo con los mimbres de la igualdad se construyen sociedades no opresivas ni represivas. Las mujeres han de rechazar, han de combatir el estereotipo que las convierte poco menos que en sacerdotisas de la belleza, en persecución de la cual han de emplear todos los días de su vida: Las mujeres se encuentran en todas partes en ese estado deplorable porque, con el fin de preservar su inocencia, como se denomina cortésmente a la ignorancia, se les oculta la verdad y se les hace asumir un carácter ficticio antes de que sus facultades hayan adquirido alguna fuerza. Como desde la infancia se les enseña que la belleza es el centro de la mujer, la mente se ajusta al cuerpo y, deambulando por su jaula dorada, solo busca adorar su prisión. Como se advierte, la modernidad de los planteamientos de Wollstonecraft es total. lo cual dice muy poco de nuestras sociedades, todo sea dicho de paso, y menos aún de esas en las que el papel de la mujer, como en las dominadas por el Islam, se acerca lamentablemente al de la subordinación absoluto a los dictados del hombre. La perspicacia de Wollstonecraft a la hora de descubrir la conformación del modelo social opresivo de la mujer se extiende a la relación implícita entre el maltrato animal y su extensión al maltrato en el seno de la familia, como algo casi “natural”: La humanidad para con los animales debería ser particularmente inculcada como parte de la educación nacional, pues no es en la actualidad una de nuestras virtudes nacionales. (…) Esta crueldad habitual se adquiere primero en la escuela, donde uno de los juegos raros de los niños es atormentar a los pobres animales que se encuentran en su camino. La transición, conforme crecen, de la barbaridad con las bestias a la tiranía doméstica sobre las esposas, niños y sirvientes, es muy fácil. La justicia, o incluso la benevolencia, no será una fuente poderosa de acción a menos que se extienda a la creación entera; más aún, creo que puede tomarse como axioma que aquellos que pueden presenciar el dolor sin conmoverse pronto aprenderán a infligirlo. La posición política de Wollstonecraft es bastante radical para su tiempo, porque se sitúa claramente contra un sistema político que a su juicio permite instituciones tan gravosas como inoperantes, comenzando por la propia monarquía, lo cual tampoco es extraño si se considera el fervor que despertó en ella la Revolución Francesa: Los impuestos sobre los elementos más necesarios de la vida permiten a una tribu interminable de príncipes y princesas ociosos pasar con estúpida pompa delante de una multitud boquiabierta, que casi venera el mismo desfile que tan caro le cuesta. Esto es mera grandeza bárbara, algo como las inútiles y salvajes procesiones de centinelas montados a caballo en Whitehall, lo que nunca pude contemplar sin una mezcla de desprecio e indignación. Pocos en la Gran Bretaña de hoy, ni siquiera entre los laboristas, se expresarían de manera tan contundente, me parece… En realidad, sorprende la reticencia con que Wollstonecraft sugiere que se hace inevitable no solo la participación “pasiva” de la mujer a través del voto, sino que ha de haber mujeres en el Parlamento: Puede que provoque la risa, al sugerir una idea que pretendo perseguir, en algún tiempo futuro, pues realmente pienso que las mujeres deberían tener representantes, en vez de ser arbitrariamente gobernadas sin que se les permita ninguna participación directa en las deliberaciones de gobierno. Estamos en 1792, lo recuerdo, por si a alguien se le había olvidado, y la primera parlamentaria elegida para la Cámara de los Comunes fue Constance Markiewicz en 1918, por el Sinn Féin, que no tomó posesión del escaño. Después de ella, por los Tories fue elegida Lady Astor, en 1919, que sí la tomó. ¡Qué menos podía esperarse de una mujer a la que le cumple realmente el calificativo de revolucionaria, porque muchas de sus ideas han alimentado desde entonces la necesaria rebelión contra estructuras sociales que han supuesto una seria limitación no solo de las libertades individuales, sino, sobre todo, de la inequívoca represión de los derechos de las mujeres! Esa rebelión se manifiesta claramente cuando llama a desprendernos de automatismos como la “obediencia debida”: El deber absurdo, inculcado muy a menudo, de obedecer a los padres solo en razón de su status como padre, encadena con grilletes a la mente y la prepara para una sumisión servil a todo poder menos la razón. (…) El padre que es obedecido ciegamente es obedecido por pura debilidad o por motivos que degradan el carácter humano.
 La condición de filósofa de Mary Wollstonecraft se manifiesta también en su Vindicación… cuando, entre los muchos aspectos de la realidad que trata en relación con la condición de la mujer, nos sorprende con el esbozo, de hondo carácter lírico, de una interesante gnoseología: Aquella rápida percepción de la verdad, que es tan intuitiva que desconcierta la investigación y nos impide determinar si es reminiscencia o raciocinio, al perderse su rastro en la celeridad con que irrumpe en la nube oscura. (…) Cuando la mente es un ave agrandada por los vuelos divagantes o la reflexión profunda, las materias primas se ordenarán a sí mismas en cierta medida. (…) ¡Qué poco poder poseemos sobre este sutil fluido eléctrico y qué poco poder puede obtener la razón sobre él! Estos delicados e intratables espíritus parecen ser la esencia del genio y, resplandeciendo en su ojo de águila, producen en el grado más eminente la energía feliz de asociar pensamientos que sorprenden, gratifican, deleitan e instruyen. Desde esa perspectiva, y a pesar de que ella misma sucumbió al romanticismo propio de su tiempo, Wollstonecraft defiende la primacía de la amistad sobre el amor: La amistad es un afecto serio, el más sublime de todos los afectos, porque se funda en los principios y se cimenta con el tiempo. Todo lo contrario debe decirse del amor. En gran medida, el amor y la amistad no pueden coexistir en el mismo seno; incluso cuando son inspirados por diferentes objetos, se debilitan o destruyen mutuamente, y por el mismo objeto sólo pueden sentirse en secuencia. De ahí que, para conseguir ese ideal, Wollstonecraft lo fíe todo al progreso del conocimiento, que equivale para ella al de la virtud: Sin conocimiento no puede haber moralidad. ¡La ignorancia es una frágil base para la virtud! Finalmente, a nivel estructural, aunque el libro tiene mucho de amalgama que esconde cierto desorden y no pocas repeticiones de la tesis fundamental, la mujer ha de formarse para adquirir independencia económica del hombre y situarse en un plano de igualdad con él, hay un capítulo, el 5º, en el que adelantándose aún más a su tiempo, la autora realiza un impecable fisking de las teorías de Rousseau, pero también de otros pedagogos y moralistas ingleses de su época. Las citas seguidas o precedidas de sus comentarios conforman un método de crítica similar al fisking que con tanto éxito practicó Arcadi Espada en España, por ejemplo, en su lúcida crítica al Estatuto de Cataluña pergeñado por el Tripartito, de infausto recuerdo, y entre cuyos delétereos efectos puede contarse el crecimiento del proyecto secesionista. Vindicación de los derechos de la mujer es un ensayo de tesis con el que resulta muy difícil discrepar, salvo cuando a la autora le ataca cierta vena puritana y se descuelga con juicios como que los matrimonios con descendencia han de renunciar a su vida sexual en la edad madura para hacerse cargo plenamente de la educación de los hijos como objetivo fundamental de sus vidas. La imagen de la armonía conyugal la cifra la autora en el indeleble recuerdo que ha de crear en la familia el acto de la lactancia contemplado por el esposo, por ejemplo, y no le falta razón, desde luego, y lo digo desde mi experiencia personal al respecto, pero de ahí a poco menos que tener que abrazar el celibato en aras de la formación de los infantes media un buen trecho… Mary Wollstonecraft tiene un estilo diáfano y eficaz, casi apodíctico. Suele intercalar algún que otro brillante aforismo, la verdad constituye un límite muy débil cuando se interpone en el camino de una hipótesis, acaso contagiada de su trato con el círculo de intelectuales al que tuvo acceso cuando accedió a trabajar para el editor liberal Joseph Johnson, en cuyas célebres tertulias participó, y es muy amiga de remachar la misma idea una y otra vez hasta conseguir que le quede bien claro, sobre todo a sus posibles lectoras, que no han de ceder al chantaje de disfrutar de un “poder femenino” basado en la explotación miserable de sus encantos sexuales, a cambio de continuar en el hoyo profundo de la ignorancia. Y este libro, que debería ser de cabecera de todas las jóvenes españolas y leído por todos los hombres, consigue plenamente su objetivo.