lunes, 19 de febrero de 2018

Las “Epístolas familiares”, de Antonio de Guevara.







La amena y variada correspondencia de un precursor de Montaigne o el esmerado arte de la prosa exquisita al servicio del humanismo y la política. 

Leí durante la carrera universitaria aquel best-seller europeo que fue Menosprecio de corte y alabanza de aldea y algunos pasajes de su Marco Aurelio, e inevitablemente El villano del Danubio, un pasaje del libro que circuló en copias manuscritas antes de que saliera editado el libro, y que fue recreado por Tirso de Molina y por Lafontaine. Se trata de un texto utopista, en la línea del de Tomás Moro, publicado diez años antes, y centrado en la figura del “buen salvaje” opuesto al refinamiento de la nobleza. Su brevedad, sin embargo, su concisión, contribuyó a la rápida popularidad del mismo. Antonio de Guevara, que como segundón fue enviado a la Corte para abrirse camino, acabó tomando el hábito franciscano para acabar escalando puestos en la Corte hasta llegar a ser predicador real y Cronista oficial, por más que nunca se dignara escribir crónica alguna del reinado de Carlos I. Ello no obstó para que tuviera una posición elevada en la corte e incluso para que interviniera, desde el bando del Emperador, en la Guerra de las Comunidades o revuelta de los comuneros, como se aprecia en algunas de las cartas que se contienen en el volumen Epístolas familiares que acabo de leer con tanto placer y entusiasmo que me apresuro a recomendar su lectura a cuantos aún son aficionados al retirado y silencioso arte intransitivo de la lectura de los clásicos, siempre tan propensos a depararnos sorpresas como la propia de la lectura de esta obra sorprendente.  Radica lo sorpresivo de la misma en que se adelanta, en cierto modo, a Michel de Montaigne en el cultivo de un arte epistolar que prefigura lo que sería el gran descubrimiento del francés: el ensayo, como género literario maridado con la autobiografía, porque el objeto de la pluma de Montaigne es él mismo, como repite a menudo en su obra. Guevara no se centra tanto en sí mismo como Montaigne, por supuesto, pero, en la medida en que responde a consultas la mar de peregrinas sobre mil asuntos de muy diversa naturaleza, las epístolas acaban conformando una suerte de poliantea en la que no faltan las confidencias íntimas, los relatos clásicos, las habladurías de la Corte, los apólogos, la investigación humanista, las reflexiones sobre la dieta, el matrimonio, la virtud e incluso la teoría política, a propósito de su intervención directa, supongo que por encargo del Emperador, en el asunto de la revuelta comunera para tratar de reconducir al sometimiento al rey a los airados nobles que, frente a la influencia de los extranjeros de confianza del rey en el gobierno de Castilla, acabaron promoviendo poco menos que la desaparición de Castilla y la emergencia de una suerte de ciudades-estado o reinos independientes, para lo que se aliaron con las clases populares. Guevara no era un hombre de acción, al menos él tiende a retratarse como un hombre de Corte que se mueve a disgusto en ella y echa constantemente de menos el retiro del convento para poder dedicarse al estudio y a la escritura. Estamos en presencia, pues, de un intelectual al que su condición de obispo encumbrado en la Corte lo lleva a participar en hechos históricos que chocan con su necesidad imperiosa de retirarse a la soledad que añora su condición de filósofo; un hombre que se ha ido construyendo a sí mismo poco a poco y que es consciente de qué es la construcción de una vida acreditada por los hechos, no por virtudes supuestamente sobrevenidas por nacimiento o herencia de clase: La honra es muy poco tenerla y muy mucho merescerla.  Su fama fue creciendo con el tiempo, de igual modo que ascendía en la escala social, y ahí hemos de ver la explicación de su relación con tantos nobles que se dirigen a él en busca de consejo, para que los ilumine sobre algún aspecto doctrinal, para que les confirme la fuente originaria de tal expresión clásica o incluso para solicitarle que se digne escribir una carta de amor para que un viejo noble pueda conquistar los favores de una joven dama (Escrebisme una cosa, la cual habíades de tener vergüenza de la escribir, pues la tengo yo agora de os responder; conviene a saber, que al cabo de sesenta y cuatro años, andáis agora muy metido en amores. Enviáisme también a rogar en vuestra letra que os escriba una carta de amores para vuestra amiga, en la cual persuada a que cumpla con vos, aunque olvide un poco a Dios. (…) En tal edad como la vuestra, más os habéis de regir por la campana que tañe a las diez a queda, que  no por la que tañe de mañana a prima) , que a esos extremos de cotidianidad extravagante y curiosa se llega en estas epístolas, un ramillete de preocupaciones de la vida cotidiana, no siempre culta, pero sí siempre humana e interesante, porque el conjunto de las epístolas, sin constituir la Crónica del reinado de Carlos I que nunca escribió, sí que son una radiografía casi naturalista -como diría Américo Castro de ellas- del primer tercio del siglo XVI. El atractivo de estas epístolas va, sin embargo, bastante más allá del curioso contenido de las mismas, para centrarse en el trabajado estilo del autor, curtido en la creación de las estructuras cuatrimembres, las paralelísticas, las similicadentes y, por supuesto, y casi como “marca de fábrica”, en el uso constante del  homoioteleuton o prosa rimada, y todo ello, sin embargo, y aunque cueste creerlo, sin perder en ningún momento el tono de confidencia llana con que se conversa con alguien íntimo o cercano; en modo alguno se trata de una prosa afectada, sino elaborada, que es muy diferente, pero Guevara es muy consciente del carácter casi coloquial que han de tener las cartas, y lo imprime a las suyas, aunque ello no obsta para que las salpique de citas latinas -un recurso omnipresente en Montaigne, por cierto-  que usualmente traduce, aunque no siempre, y las abarrote de referencias a obras clásicas, en lo que constituye un recorrido por las “autoridades” clásicas greco-latinas de las que tan cerca se siente el humanista al que la política y la religión tantas horas del placer del estudio le robaron, y también de anécdotas propias de esas colecciones de apotegmas que ocuparon un lugar importantísimo en la producción literaria española de finales del XVI. Tomemos como ejemplo estas dos enumeraciones, que parecen anticiparnos el barroco:  Una sobre el estado de casado, contra el que escribe desde la objetividad del religioso y desde la misoginia medieval que aún no acaba de desaparecer del todo, a pesar de la revalorización de l mujer que supuso el Dolce Stil Nuovo poético: La riqueza congoja, la pobreza entristece, el navegar espanta, el comer empalaga y el caminar cansa; los cuales trabajos todos vemos entre muchos estar derramados, sino es en los casados, que están todos juntos; porque el hombre casado pocas veces le vemos que no ande acongojado, triste, cansado, empalagado y aun asombrado, digo asombrado de lo que le puede acontescer y su mujer osar hacer. La otra, una confidencia sobre su condición de cortesano a su pesar: De mí le hago saber que estoy con todas las condiciones del buen pleiteante; es, a saber: ocupado, solícito, congojoso, gastado, sospechoso, importuno, desabrido y aun aborrido, porque pleiteamos el señor arzobispo de Toledo y yo sobre la Abadía de Baza, sobre la cual tengo por mí una famosa sentencia.  Sin querer abusar del término, Antonio de Guevara es un autor “moderno”, en lo que la modernidad intelectora tiene de antiguo, esto es, de devoción por el conocimiento, por el estudio, por la frecuentación de los clásicos, por la curiosidad desmesurada por todo, por la autoexigencia del rigor expresivo, por el interés por todo lo humano y lo divino que jamás le es ajeno, o por la amplitud de miras humanista que lo lleva a considerarse antes ciudadano del mundo que hijo de una nación concreta: Estos insulanos agitas eran en toda la Grecia tenidos por hombres muy cuerdos, y no poco esforzados, y ordenaron entre sí mismos que ninguno se osase llamar natural de aquella isla si no hubiese primero hecho alguna notable hazaña, porque, según decían ellos, la tierra es la que se ha de presciar de tener tales hijos, que los hijos de ser más de una que de otra tierra. Antonio de Guevara nos ofrece con estas Epístolas familiares un valioso modelo de intelector, precursor de Montaigne. No estamos ante una obra perfecta -no son pocos los que acusan a Guevara de no ser riguroso en el uso de las fuentes, de inventarse algún destinatario y de no haber renunciado a la imaginación en su manual del príncipe cristiano que es el Reloj de príncipes, ampliación del Libro áureo de Marco Aurelio, pero, en su género, me parece una colección que no tiene desperdicio y una fuente, fiable en lo que de fiable tienen las versiones de los hechos en política desde uno de los bandos, interesante, en todo caso, sobre esa Guerra de las Comunidades que tanto divide a los historiadores. Su visión de la Corte casi como un auténtico nido de víboras Américo Castro señala el éxito indiscutible que tuvo la obra de Guevara en Francia, por ejemplo: las famosas Epistres Dorées se editaron en francés más de diez veces entre 1556 y 1578; y hubo también unas veinte ediciones del Horloge des Princes (Reloj de Príncipes) entre 1531 y 1608. Traigo los datos para despejar las dudas de quienes, neciamente, piensen que se trata de una obra localista que no trasciende las fronteras patrias. De igual manera que a Gracián poco menos que nos lo descubrieron los alemanes, bien podemos deducir de ese éxito francés que a ellos haya de deberse la revalorización de un autor que, ciertamente, no parece gozar de excesivo predicamento entre nuestros intelectuales, aunque sí, afortunadamente, como esta recensión quiere indicar, entre nuestros intelectores, de quienes me erijo en portavoz accidental y entusiasta. A mí, particularmente, me han llamado la atención las referencias autobiográficas con que Guevara esmalta su respuestas, sobre todo aquellas que nos revelan no tanto un pensamiento como un carácter, un modo de estar en el mundo con el que cualquier puede simpatizar, empatizar o meramente sentirse cercano. Se trata de detalles que revelan un modo de reaccionar que delata la dimensión exacta de su humanidad, sea por sus méritos, sea por sus defectos. A nadie puede llamar a engaño la mentalidad conservadora del prelado, pero todos podemos advertir en sus escritos su talante liberal y la ecuanimidad de sus juicios sobre las innumerables flaquezas humanas, propia de quien ha frecuentado los clásicos y, sobre todos ellos, ha escogido como guía el estoicismo de Marco Aurelio y el idealismo del “divino” Platón. Y lo cierto es que empieza por él mismo, porque son frecuentes las confidencias sobre su persona y sus estado de ánimo, como cuando nos revela que Escrebir corto o largo, escribir tarde o temprano, escribir polido o desabrido, ni está en el juicio que lo ordena, ni en la pluma que lo escribe, sino en la materia de que se trata, o  en el tiempo que lo lleva; porque si está hombre desgraciado escribe lo que no debe, y si está contento dice lo que quiere. Homero, Platón, Esquines y Cicerón, en sus escritos, y por ellos, se quejan, y aun nunca se acaban de quejar, que cuando sus republicas estaban quietas y pacíficas, ellos estudiaban y leían y escrebían y que cuando estaban alteradas y remontadas, ni podían estudiar, ni menos escrebir. Añadamos el juicio sobre sus propias capacidades y la objetividad con que es capaz de discernir sus estados de agudeza y de embotamiento: Veces hay que tengo el juicio tan acendrado y tan delicado, que a mi parescer barrenaría un grano de trigo, y hendería por medio un cabello, y otras veces le tengo tan boto y tan remontado, que ni acierto en la yunque con el martillo y ni aun sé labrar de mazo y escoplo. Son muy interesantes sus reflexiones teóricas sobre lo que ahora los cursis llaman la gobernanza. El buen gobierno es uno de los referentes clásicos del discurso de quien en su Reloj de príncipes escribió un manual del arte del buen gobierno, inspirado, sin duda,  en la Republica de Platón: Si en las cortes de los príncipes no hubiese tantos caballos en las caballerizas, tantos halcones en las alcándaras, tantos truhanes en las salas, tantos vagamundos por las plazas ni tanto desorden en las despensas, soy cierto que ni ellos andarías tan alcanzados ni los vasallos tan agraviados. El retrato del legislador lacedemonio Licurgo, hecho por Plutarco, lo ofrece Guevara como el modelo de príncipe, y es digno de remarcar, no solo la austeridad de quien ejerce el poder, sino la dimensión social que ha de tener su obra. Si tenemos en cuenta que en la Guerra de las Comunidades actuó al lado del Emperador y frente a los supuestos alborotadores populares, llama la atención esta dimensión social que, para él, ha de tener el buen gobernante: Plutarco dice deste Licurgo que fue bajo de cuerpo, algo descolorido, amigo de callar, enemigo de hablar, hombre de poca salud y mucha virtud. Nunca fue notado de cosa deshonesta, nunca perturbó la República, nunca vengó injuria, nunca hizo injusticia, ni dijo a nadie palabra mala. Era en el comer, templado; en el deber, sobrio; en el dar, largo; en el rescebir, recatado; en el dormir, corto; en el hablar, reposado; en el negociar, afable; en el oír, paciente; en el expedir, pronto; en el castigar, manso, y en el perdonar, benigno. (…) También se escribe de que fue el primero que invento en Grecia haber  casas públicas de los bienes públicos fundadas y dotadas a do los enfermos se curasen y los pobres se recogiesen. (…) Ordenó y mandó Licurgo que todos los montes y prados y casas y heredades se partiesen e igualmente se dividiesen, para quitar que no hubiesen ricos que tiranizasen, ni pobres que se quejasen. (…) Cinco cosas les enseñaban cada día que guardasen, las cuales un pregonero, puesto en un alto de la plaza, las pregonaba diciendo: “Lo que manda el Senado de Licaonia es que honréis a los dioses, seáis pacientes en las adversidades, obedezcáis a los censores, os vecéis a los trabajos y que volváis de las guerras muertos o vencedores. Las Epístolas familiares nos ofrecen también un modelo de perfecto caballero cortesano muy en relación con la obra de Baltasar de Castigliones, El cortesano, nuncio del Papa en Toledo durante el reinado de Carlos V y a quien, a buen seguro, hubo de tratar de Guevara, pues la sensibilidad humanística de ambos es idéntica: Lo que al caballero le hace ser caballero es ser medido en el hablar, largo en el dar, sobrio en el comer, honesto en el vivir, tierno en el perdonar y animoso en el pelear, por más que su visión de la Corte se corresponda con la de la Caína, o poco menos:  Decís, señor, que os escriba qué es la cosa en que más ocupo el tiempo, y a esto os respondo que, según los cortesanos, tenemos por oficio malquerer, cizañar, blasfemar, holgar, mentir, trafagar y maldecir, con más verdad podremos decir del tiempo que le perdemos que no que le empleamos. (…) En las cortes de los príncipes yo confieso que hay conversación de personas, mas no hay confederación de voluntades, porque aquí la enemistad es tenida por natural y la amistad por peregrina. (…) Es de tal condición la Corte, que los que más se visitan peor se tratan, y lo que mejor se hablan peor se quieren. Las cartas contienen noticias de todo tipo, y reflexiones de notable interés, pero es curioso observar la atención que le dedica Guevara al funcionamiento del rudimentario servicio de comunicación epistolar de la época. Después de señalar que Pirro, rey de los epirotas, fue el primero que inventó correos, comenta  el retraso con que ha recibido una carta: Aunque partió de allá por agosto, llegó acá a quince de noviembre; de manera que vuestras cartas, señor, son tan cuerdas y tan bien proveídas, que antes que salgan de su tierra dejan ya hecho el agosto y vendimia. Si como era carta fuera cecina, ella hubiera tenido tiempo para venir bien sazonada, porque ya hubiera tomado la sal y aun descolgádose del humo. Y aquí advertimos ese sano humor irónico de quien lo gasta con generosidad, para delectación de sus lectores, los de ayer y lo de hoy, porque el ingenio es impagable y se conserva tan lozano como el día que se escribió aunque se lea casi quinientos años después…, como lo demuestra la cita clásica con que ilustra la irregularidad temporal en la recepción de las cartas: Filistrato, en la vida de Apolonio Tianeo, dice que era costumbre entre los ipineos de poner las datas de las cartas en los sobreescritos dellas, para que si fuesen de pocos días escritas, las leyesen, y si fuesen añejas, las rasgasen. Guevara es un apologeta de la correspondencia, a la que otorga un lugar fundamental en las relaciones humanas, algo casi obligado en un humanista, una figura que no puede concebirse sin una fluida relación epistolar con compañeros de estudio y erudición, tan alejados geográficamente: Para el hablar no es menester más de viveza; mas para el escribir es necesario mucha cordura, porque para probar si un hombre es cuerdo o loco no es más menester de ponerle unas espuelas en los pies o una pluma en la mano. O, como escribe más adelante, sobre las pruebas para determinar la sindéresis de los sujetos: Para conocer a un hombre si es cuerdo o loco, mucha parte es mirarle si escribe sobre  acuerdo y habla sobre pensado, porque no ha de escribir el hombre lo que le viene a la memoria, sino lo que le dita la razón. A los intelectores, tan apegados a los libros, los que llevamos un veneno que no nos permite ni hacer distingos entre los de papel y los electrónicos, la lectura de ciertos pasajes de las epístolas nos reconfortan especialmente, porque compartimos con Guevara esa condición de, lletraferits, que decimos en catalán, y de ahí el enfado morrocotudo del autor cuando descubre que, a traición, le han robado un preciado libro de su colección: Entre hombres doctos las burla entiéndense hasta decirse palabras, mas no hasta hurtarse escrituras. Como, señor, no tengo otra hacienda que grangear, ni otros pasatiempos en que me recrear, sino en los libros que he procurado y aun de diversos reinos buscado, creedme una cosa, y es que llegarme a los libros es sacarme los ojos; así como la declaración de amor a la tradición libresca: Yo no pienso que la sabiduría está en los hombres canos, sino en los libros viejos. El buen rey don Alonso, que tomó a Nápoles, decía que todo era burla, sino leña seca para quemar, caballo viejo para cabalgar, vino añejo para beber, amigos ancianos para conversar y libros viejos para leer. Los libros viejos tienen muchas ventajas a los nuevos; es a saber, que hablan verdad, tienen gravedad y muestran autoridad; de lo cual se sigue que los podemos leer sin escrúpulo y alegar sin vergüenza. Ante las constantes solicitudes de sus corresponsales para que investigue para ellos extremos del conocimiento que exigen una dedicación que los otros no son capaces de valorar en su justo termino de esfuerzo físico, material e intelectual, Guevara se reivindica, ¡en época tan temprana!, como un profesional del estudio que exige ser pagado de acuerdo con su dedicación y con los resultados de la misma: Si vuestro amo, el Almirante [don Fadrique Enríquez], quiere ser bien servido, también quiero ser yo muy bien pagado, y la paga ha de ser por oficio de cronista, de teólogo, de amigo y consejero, que pues no puedo ganar de comer con la lanza, lo tengo de ganar con la pluma. De todos modos, su exquisita servicialidad lo lleva incluso al etremo de atender solicitudes que a cualquiera, dado su condición monástica, le parecerían indecorosas, y de ahí el arrepntimiento de haber traducido la corresondencia amorosa de Marco Aurelio, por ejemplo, o de oner en claro las biografías de tres cortesanas célebres, Lamia, Flora y Layda, a quien su corresponsal había confundido con santas en un retrato. He aquí su “retractación” por aquella correspondencia amorosa: Siendo, como yo era, en sangre limpio; en profesión, teólogo; en hábito, religioso, y en condición , cortesano, bien excusado fuera a mí oficio de enamorado; es a saber, en pararme a escribir aquellas vanidades, o aquellas liviandades; por lo cual, yo, pecador, digo mi culpa, mi gravísima culpa, pues ofendí a mi gravedad y aun a mi honestidad. Muchos señores y aun señoras, se paran a linsongearme y alabarme del alto estilo en que traduje aquellas cartas y de las razones tan delicadas y enamoradas que puse en ellas, y mejor salud les dé Dios que yo tomé dello gloria, ni aun vanagloria, porque así me afrento cuando me hablan en aquella materia, como si me echasen una pulla. Finalmente, que no quiero abusar una vez más de los escasísimos intelectores que se atreven a entrar en este Diario, también, como sucede en Montaigne, hay en las Epístolas Familiares espacio para las noticias curiosas, sobre todo en el capítulo de las costumbres de pueblos bárbaros o lejanos cuyas prácticas tan alejadas están de las de los lectores de Guevara, pero también otras como la afición del autor a leer epitafios (No puedo negar que, a manera de borracho que huele a do hay buena taberna, así a mí se me van los ojos a do hay una sepultura antigua, para ver si hallare allí alguna letra que leer, y algún letrero que sacar), un género literario sobre el que ando ya tomando notas para una futura entrada, o su interés por la dieta alimentaria, por ejemplo.. Dejo aquí, espigadas al azar, algunas de ellas que, a buen seguro, sorprenderán a buena parte de esos mínimos intelectores:
Ley Falcídica: Por el primer delito cometido fuese el hijo avisado; por el segundo, fuese castigado, y por el tercero, que fuese el hijo ahorcado, y el padre, desterrado.
Los masajetas, en muriendo el hombre o la mujer, les sacaban toda la sangre de las venas y, juntos aquel día todos sus parientes, bebían la sangre y después enterraban el cuerpo.
Los batros, que era una gente muy bárbara, curaban al humo todos los cuerpos, como se curan agora las cecinas, y después entre año, en lugar de cecina echaban un pedazo del cuerpo del muerto en la olla.
Si al padre se le moría el hijo, o el hijo al padre, o el amigo a su amigo, usaban algunos de los egipcios raerse la mitad de los cabellos de la cabeza, en señal que se les había muerto el amigo, que era la mitad de su corazón.
Adriano mandó poner estas palabras en su sepulcro: “Perii turba medicorum”. Como si más claro dijera: “No me habiendo podido matar mis enemigos, vine a morir a manos de médicos”.
Laercio y Lactancio dicen que las causas por las que los griegos evitaban los médicos eran porque:  cogían en mayo yerbas odoríferas que tenían en sus casas, y porque se sangraban una vez en el año, y porque se bañaban una vez en el mes, y porque no comían más de una vez al día.
Bien está que acabemos con el aforismo que, acaso, más se haya destacado de estas Epístolas familiares, nacido, propiamente, de la directa experiencia del autor, a tenor de lo leído en ellas: El aconsejar es un oficio tan común que lo usan muchos y lo saben hacer muy pocos.

miércoles, 31 de enero de 2018

El arte narrativo de Galdós o el destello del genio creador: ejemplo para una crestomatía de su obra.


Un fragmento con voluntad de cuento o cómo sacar partido narrativo de una materia mínima que engrandece y adensa la novela.

Ha sido constante, desde que me embarqué en esta aventura intelectora de Los episodios nacionales, la tentación de construir una crestomatía galdosiana, porque, aunque se trate de un esfuerzo propio de otros tiempos en los que era más difícil el acceso a los textos completos, me parece evidente que vamos camino de volver no tanto a las Selecciones al estilo del Reader's Digest -un uso, por cierto, que en español, "digesto", se limita a la literatura jurídica-, pero sí a la lectura de textos breves que nos permitan "contactar" con autores en los que acaso poder entrar después, con más tiempo, y leer una obra completa. Fue  todo un género editorial el de Páginas escogidas, que solía confirmar el carácter canónico del autor que merecía una publicación así. Era la rúbrica de su importancia en el mundo de las Letras. Hoy quizás debería volver a ponerse de moda para unos lectores habituados a extensiones brevísimas que les exigen, además, escasa intensidad lectora, porque a la que se complique algo la intelección..., malo. El fragmento que transcribo, perteneciente al volumen Narváez, de la cuarta serie, me parece una obra de arte absolutamente moderna, hecha la salvedad de cierta retórica propia de la época, por supuesto; pero la capacidad inventiva de Galdós es de una modernidad total. Si tuviera que buscar un referente actual de la imaginación con que aquí nos regala el autor de La desheredada, quizás escogería a Javier Marías, para quien ciertas digresiones novelísticas como la presente, son muy de su agrado. Aún tengo presente la excelente reflexión sobre el cubo de la basura en Todas las almas, si no recuerdo mal. Un texto como el presente, que escarba en lo cotidiano hasta encontrarle una dimensión que, sin ser rebuscada, sí nos deslumbra por la capacidad visionaria de quien ha sido capaz de darle "voz" a algo que a nosotros nunca se nos hubiera ocurrido que pudiera tenerla, me parece la demostración palpable del genio creador. Este tipo de fragmentos abundan en las novelas de Galdós, y sí, también en Los episodios nacionales, por supuesto, lectura que, ya en la recta final de ella, me parece de obligado disfrute.

Hube de fijarme entonces en un accidente de mi casa que en todo el verano no mereció mi atención, y era el ruido, o más bien concierto de ruidos que hacían las diferentes puertas del vetusto edificio al ser abiertas o cerradas. Cada noche observaba yo un nuevo rumor o musical concepto, ya como lastimero quejido, ya como frase de angustia o sorpresa, y aplicando el oído y la imaginación, concluía por dar un significado verbal a sones tan extraños. Por entretenernos en algo en las lentas noches comuniqué mis observaciones a Ignacia, y apoderada esta de lo que tanto era artificio de la mente como realidad sonante, oyó más que yo, y compuso todo un poema con los ruidos de las viejísimas tablas de mi casa solariega. “La puerta del comedor, siempre que entra alguien, dice: “¡Ay, ay, ay!, ¿cuándo os cansaréis de abrirme?..., y la de la despensa: “Dejadme morir cerrada…”. Pues fíjate en los peldaños de la escalera cuando sube Úrsula, que es de libras… Dicen: “Muero porque no muero”. Y cuando baja Prisca, que corre como una rata, hablan ene lenguaje familiar. Yo lo oigo así: “Pues aquí venimos los frailes gilitos vendiendo cabriiitos…” Pon atención y oirás lo mismo que oigo yo…
-Pepe, Pepe -me dijo Ignacia una noche cuando desperté del primer sueño-, fíjate en ese ventanón que han dejado abierto en el desván. El viento lo mueve, y al abrirse canta el primer verso de la jota… atiende y oirás: “Hay en el mundo una España…”, luego se cierra con un golpe, “pum”, al cual sigue un ruido muy suave, algo así como el de las chupadas de un niño cuando coge la teta.
Puestos a oír, oíamos verdaderas maravillas. La puerta del comedor hablaba en griego y en latín, y decía cosas de la misa para echarse después a reír con alguna frase desgarrada, más propia de boca de manola que de una venerable puerta de casa ilustre; la que comunica el comedor con la pieza donde están los armarios de ropa decía: “Madre, unos ojuelos vi”, y los armarios remedaban rezos de monjas, ronquidos de durmientes, pregones como el “¡De Jarama, vivos!” que tanto habíamos oído en Madrid.
Llegamos a componer el completo inventario de estos domésticos ruidos con música y letra; y como alguna noche nos molestase tanta música, nos atrevimos a decir a mi madre que mandara untar de aceite los mohosos goznes para que callasen o fueran más silenciosas las parlantes y cantantes puertas. Pero ella, sonriendo con la dulce severidad que empleaba siempre que se veía en el caso de negarse a darnos gusto, nos dijo:

-Por Dios, hijos míos, no me pidáis que suprima los ruiditos de mi casa, que si ella no me cantara con el son de sus puertas y el estribillo de sus gonces, me parecería que pasaba de casa viva a casa muerta. Con esos ruidos melancólicos, que me cuentan cosas del presente y del pasado, me crié, y con ellos quisiera morirme. En ellos oigo la voz e mis padres y de mis hermanos  de mi tío Anselmo, corregidor que fue de Guadalajara. Amigo íntimo del Empecinado y de don Vicente Sardina, nos refería las palizas que estos daban al general Hugo. También me traen a la memoria esos murmullos la voz de mi abuela, cuando a mí y a mi hermana no contaba las fiestas que dieron en el Retiro por el casorio de doña Bárbara con Fernando VI; la voz de mi padre. ¡ay!, una tarde, cuando, sentaditas mi madre y yo en este mismo sitio desgranando judías, entró y muy afligido nos dijo que le habían cortado la cabeza al rey de Francia. Esto fue el año 93: la noticia de tal atrocidad llegó a nuestra villa el día de San Blas: ya veis si tengo memoria… Con que, no matéis los ruidos y dejadme mi casa como está… No seáis, por Dios, tan modernos.

domingo, 21 de enero de 2018

Tercera Serie de “Los Episodios Nacionales”, de Benito Pérez Galdós.




Del oscurantismo carlista hasta los pronunciamientos isabelinos, el arte de Galdós se crece en la adversidad de tanto tiempo mohoso: la mejor vena literaria para la Historia más deplorable.


El inicio de la Tercera serie de Los episodios nacionales, cuando Galdós ya había dado por finiquitada su heroica tarea novelística, tiene un inicio muy flojo, como si el maestro estuviera “desengrasado” y se moviera más por inercia que por genio. Zumalacárregui, por otro lado, es un personaje tan sombrío como escasamente atractivo desde el punto de vista narrativo: un ser hermético, devoto, leal, austero e insípido. La narración parece entorpecerse a sí misma y el protagonista escogido, un cura, Fago, que va de bando a bando, ajustándose a la circunstancia en que los meandros de la narración lo colocan, aunque su corazoncito lo tiene con Zumalacárregui, quien lo convierte poco menos que un héroe de la causa. La ferocidad sanguinaria del clero en las guerras carlistas se impone en la narración, que se abre con un episodio en el que se manifiesta el odio acérrimo entre los dos bandos, el de don Carlos y el de la reina Isabel, defendida por los cristinos, por la Regente:  En aquella terrible guerra, más que ganar batallas, urgía sostener el tesón de la causa, y esto no se lograba sino aboliendo en absoluto toda compasión delante de los sectarios; tratando con crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese y se afianzase la idea de que el cristino era forzosamente, por naturaleza, un ser inferior, abyecto indigno hasta de las consideraciones más elementales, Solo así se formaba un partido viril, duro, resistente a toda adversidad. La narración refleja fielmente el ambiente rural de aquella guerra, que se libraba en terrenos propicios a cada causa, rehuyendo las grandes ciudades. De hecho, Zumalacárregui no pudo tomar Bilbao, un fracaso que, posiblemente, debilitó su causa, porque, como se razonaba entonces: Una vez en Burgos, las potencias nos reconocen, y a Madrid con los faroles. Al margen de las anécdotas de carácter social, propia de las costumbres, como el uso de la patata como alimento, reservado hasta entonces para el engorde del ganado, lo mejor del libro, algo insípido, como su protagonista, es la parte dedicada al traslado en litera del general, herido en una pierna, de Durango a Cegama, a su aldea natal, donde acabará muriendo por la complicación de la herida. Se advierte un intento de retomar los modos narrativos que habían llegado a su punto culminante al final de la Segunda serie, pero el resultado deja mucho que desear. No ocurre lo mismo, sin embargo, con el siguiente volumen, Mendizábal, el desamortizador, que nos ofrece la más brillante muestra imaginable del arte galdosiano, con unos personajes y una trama de folletín de los que sabe extraer un relato apasionante, además de introducirnos en aquella auténtica revolución de las costumbres, los sentimientos e incluso las ideas que fue el Romanticismo. Estamos en Madrid, está claro, y en una trama urbana, muy alejada de esos pinitos peredianos de Zumalacárregui. La vida madrileña ha tenido muchos relatores, pero pocos han conseguido unir su apellido a la ciudad para conseguir que se hable del “Madrid galdosiano” con una naturalidad semejante a la de cuando hablamos del “Madrid de los Austrias”. Que un novelista tenga un territorio de su “propiedad”  puede garantizarnos, cuando sabemos de su habilidad artística para convertirlo en un mundo pletórico de vida, una lectura amena e interesante: ese es el caso de Mendizábal. La vida de Fernando Calpena, un desheredado, la refiere él mismo en breves palabras que nos remiten a la obra excepcional de Galdos, La desheredada, con la que lo comparte casi todo: Sí, vida y gloria mía… Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida, por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé más. ¿Verdad que es raro? (…) Aura se embelesaba oyéndole (…) y es de creer que solo con aquella historia tan poética y linda se prendaría locamente del pobre desheredado. (…) También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande… Se han dado casos: yo he leído de algunos casos… El personaje, que alimenta un misterio, como decíamos, típico del folletín, se va abriendo paso en el mundillo madrileño gracias al amparo de una señora que entra en contacto con el cura Pedro Hillo, taurófilo, que se convertirá en algo así como el ángel protector del personaje. A través de Calpena Galdós pretende mostrar narrativamente el paso del clasicismo ilustrado al revolucionario romanticismo, como el propio Calpena se encarga de demostrarnos: -Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo Hillo, me acuerdo de mi cuna Era de mimbres, y estaba rota y medio deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima estancia donde me criaron… ¡Y ahora me habla usted de duquesas y princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad… Yo no soy lo era. He dado un gran vuelco mis ideas son otras. No tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las potencias de mi alma. Me crió aquel bendito en la templanza. En la regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas… Quiero exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar, hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad si _Dios me la depara. NO quiero andar por caminos trazados, ni que me cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de un salto me he echado fuera del retablo y entro en el mundo yo solo. El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo. ¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar. El volumen, sin embargo, está dedicado a Mendizábal, de quien sorprende un aspecto de su biografía que bien podría considerarse menor si en él no se detectase una corriente trágica de nuestra vida nacional: el temor a ser calificado como cristiano nuevo y como judío no converso, lo que lo lleva a cambiarse el apellido, de Méndez a Mendizábal y a asegurar que, en vez de en Chiclana, había nacido en el País Vasco: - No es que yo me llame propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el señor don Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el nombre, poniéndose “Mendizábal”, que tan bien suena, yo…, explica un comerciante con ese gracejo popular con el cual se traduce paródicamente todos los hechos, por pomposos que sean o que se nos quieran presentar como tales. No hace falta ir más lejos de la propio Wikipedia para enterarnos de que “la casa de los Méndez, dedicada al negocio de la trapería, a la que pertenecía su madre, era conocida en Cádiz como una familia de cristianos nuevos de origen judío. Eso explicaría, según el historiador Juan Pan-Montojo, su decisión de cambiar su segundo apellido por el de Mendizábal, con el que se otorgaba un origen vasco, garantía en sí mismo de limpieza de sangre. La nueva identidad resultaba tanto más útil para fabricar su imagen, por cuanto que la casa de comercio de Miguel Mendizábal era una de las más importantes del Cádiz dieciochescoDe Oñate a La Granja, continúa el folletín alrededor de Fernando Calpena, si  bien en este volumen se declara abiertamente la corresponsal de Pepe Hillo como madre del protagonista, a quien reconoce como tal, libera de la pena de prisión y acepta que siga su libre voluntad, negándose a coartársela para ajustarse a lo que la dama espera de él. Se trata de una “cortesana” de sólidas luces con quien, sin embargo, aún ni siquiera el hijo entra en contacto, deseoso de seguir los pasos norteños de Aura para rescatarla y hacerla suya: Fernando es mi hijo… Y esto que escribo quisiera que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo: “Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu libre albedrío. Tus amores o me gustan, pero los respeto. Acabemos eta horrenda lucha. Dime tus condiciones y nos entenderemos.. La política se mezcla con la acción y son frecuentes las reflexiones de unos y otros personajes sobre la tragedia española, que no es otra que la del intento de imponer por la fuerza unas ideas al resto de conciudadanos: En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte (…), causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la nación. Hay, en la descripción del bando carlista una impostura constante que Galdós denuncia con una lucidez que, andando el tiempo, rescatará Valle-Inclán para describir la corte de la antagonista, Isabel II -propiamente la Regente, María Crsitina, y “cristinos” eran llamados los seguidores de los derechos de Isabel II-: -Sí, pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?  -Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta Corte diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la creencia en el derecho divino de este pobre Rey de comedia; engañoso el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas. Solo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo: él pelea, el paga los gastos de la campaña, el muere, él se pudre en la miseria, para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo de mundo civilizado, el polichinela sobe cuya joroba recaen todos los palos. Y pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta mascarada, pongámonos la careta. Se trata de una idealización dinástica que afecta a la realidad toda, de modo que las guerras carlistas, aun a pesar de su crudeza despiadada, se nos aparecen como una fantasmagoría absurda que implica, sin embargo, durísimos peajes. Antes de que Fernando Calpena salga hacia el norte, espoleado, dice el narrador, por Espronceda, se recoge al hecho singular del “duelo” entre Mendizábal e Istúriz, si bien desde una perspectiva jocosa y manifiestamente antirromántica: Una tarde fue sorprendido por la candente noticia de que Mendizábal e Istúriz se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes, camaradas en la adversidad, amigos en la próspera fortuna! (…) -Luego, ¿no ha corrido la sangre? -dijo Hillo. A lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era bilis. -Ha sido un duelo a primera bilis, y ya está el honor satisfecho. Las andanzas de un liberal en el territorio carlista, movido, sin embargo, por una cuestión amorosa, tiene su punto culminante en el atrevido rescate que lleva a cabo Fernando de dos mujeres y su padre, a quienes libera a punta de pistola para llevarlos a su caserío, si  bien en condiciones muy adversas, y con el padre herido y en riesgo de perder la vida, cosa que en efecto sucede. El padre, don Alonso, con un criado que responde al nombre de Sancho, es llevado en una carreta de vuelta a su casa después de haber perdido la razón por la política, como el otro Alonso la perdió por los libros de caballerías. Estas analogías son frecuentes en los Episodios y refuerza la convicción de que Galdós se encomendó a Cervantes para “restaurar” el prestigio de la novela española en el siglo XIX, sacándola de la decadencia que la afectaba desde la muerte del alcalaíno: Desde que le tocó la demencia política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con los papelotes chicos venían después carros cargados de Enciclopedias, de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de revoluciones y demonios coronados. Herido el propio Fernando en la arriesgada travesía, y siendo atendido en casa de las dos hermanas a cuerpo de rey, el volumen acaba con otro acontecimiento histórico bastante chusco: la rebelión de los sargentos en el Palacio de La Granja y la disparatada entrevista entre los representantes de estos y la Regente, María Cristina, quien, como se dice coloquialmente, se los merendó con patatas en un periquete, aun teniendo que ceder lo justo para defender los derechos dinásticos de su hija. Que María Cristina era una mujer inteligente lo demuestra el hecho de que sus segundas nupcias, estas morganáticas, con Fernando Muñoz, un militar de su guardia, no interfirieran lo más mínimo en el curso de los acontecimientos, lo que bien pudiera haber creado un conflicto dinástico aún mayor del que don Carlos había creado: El Príncipe se alegró, diciendo para su sayo: Reina casada, Regenta eliminada. Pero la Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se entendió con Roma… manda sus hijos a criar al campo. NI siquiera figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. En la Gaceta, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda de Fernando VII como lo era el 30 de setiembre de 1833, a las veinticuatro horas de expirar el padre de Isabel II. Literariamente, a medida que avanza la redacción de los Episodios…vamos observando que se consolidan ciertos recursos narrativos y creativos que Galdós había llevado a la perfección en su serie de novelas contemporáneas. La creación de un personaje como Víctor Ibrahim y Coronel, capellán castrense y conocido de Pepe Hillo, a quien se ofrece para lo que sea menester, es una prueba de ello. Galdós se apunta a una de sus especialidades narrativas, con este personaje: la transcripción literalmente fonética del habla particular de algunos sujetos, bien sea por ser extranjeros, por su vulgaridad sin educación o por regionalismos, como el vizcaíno de El Quijote, por ejemplo. En este caso se trata de un andaluz popular muy gracioso: Loj alurnoj e Lusifé…, por ejemplo, o, cuando comenta que Aura fue apartada de Fernando por ser hija de quien fue: La chica e Mendisába, hombre; una hija de extranjis, cuarterona de inglesa, que estaba en poer de una tal que yaman la Sayona, prendera o marchanta de piedras… El Gobierno ha tenido que escondé a la chavala y prendé a Carpena. Ya ve en qué se ocupa mi don Juan. La imbricación de folletín y política rinde sus máximos efectos narrativos, como se aprecia, y así seguimos, de momento, a punto de entrar en el famoso asedio a Bilbao por parte carlista, donde Espartero cimentó buena parte de su gloria, en Luchana, que así se llama el volumen. La nueva entrega de la serie, muy centrada en la guerra carlista del norte y especialmente en el asedio fracasado a Bilbao, tiene algún punto de interés en las reflexiones expresadas por la cortesana que es madre de Fernando, pero a la que la acción se traslada a la familia Arratia y al intento de seducción de Aura por parte de los dos hijos mayores de la familia, la hazaña narrativa se ensombrece y trivializa extraordinariamente, casi hasta parecerle al lector un alargamiento excesivo para el escaso o nulo interés de la fama. De hecho, la heroica defensa de Bilbao, simplemente enunciada, no tiene la garra de aquellas dos obras extraordinarias que fueron Zaragoza Gerona, gestas a las que de pasada se alude en la narración. Se advierte cansado a Galdós, como si le pesara el esfuerzo narrativo, pero tuviera que cumplir con un compromiso. Hay alguna gratificación, está claro, como es la aparición de Beltrán de Urdaneta un viejo y libertino noble arruinado que pasea su desengaño, sus escepticismo y su decrepitud con el mejor de los humores y la más experimentada sabiduría posible sobre la condición humana, un ser propiamente dieciochesco y dispuesto a hacer de su capa un sayo y disfrutar de la vida aunque le vaya en ello la misma. Como lo ve el personaje, lo vemos los lectores: Calpena recordaba, en presencia de Urdaneta, las imágenes que había vito de Voltaire, de Talleyrand, del abate L’Epée. La presencia de Urdaneta incita a Galdós al uso del estilo cervantino, porque el propio don Beltrán es, también, ¡uno más!, trasunto de don Quijote, siquiera por lo que hace a la parte desengañada del mundo y el precipitado de virtud que es capaz de trasladar a quienes se acercan a él, como ocurre con Calpena: El que en su camino encuentra un árbol de grata sombra, cargado de fruto, es tonto de capirote si no se planta allí… Si lo desprecias y sigues andando, te expones a no encontrar más que paisajes fantásticos, efecto de eso que llaman miraje. Corres, corres… ¿y que ves?... pues un magnífico plantío de cardos borriqueros. Frente a los sabrosos comentarios de la corresponsal de Pepe Hillo, sobre el pronunciamiento de La Granja, por ejemplo: La historia de España, que hasta hace poco gastaba el coturno trágico, paréceme que se aficiona a la comodidad de los zapatos de orillo, o al desgaire de la alpargata, Galdós acentúa, al final de Luchana, la trama folletinesca sobre la reunión de Fernando y Aura, lo cual incluye, como dijimos antes, los tanteos amatorios de dos de los hermanos y la posibilidad de que la enamorada de Calpena acabe casándose con uno de los tres hijos, Zoilo, el que la consigue como el vaquero se empeña en conseguir a Marilyn en Bus Stop, de Joshua Logan. Así, con un impecable ejercicio de folletinesco continuará... queda suspendido el volumen antes de pasar al carlismo levantino, teatro supremo de las crueldades. La campaña del Maestrazgo nos permite seguir los pasos descabellados de don Beltrán Urdaneta por tierra levantinas para recuperar unos dineros que prestara a Juan Luco, cuyos hijos, Marcela y Francisco, han abrazado la vida religiosa, y quieren dedicarlos a crear un convento, aun a pesar de que reconocen que el padre dejó escrito que se habían de separar los dineros de Urdaneta y devolvérselos. La figura de Marcela, a medio camino entre la Marcela cervantina y  Mauricia la Dura de Fortunata y Jacinta es un personaje que, a pesar de su erudición, que enfada al noble: Si en los comienzos del diálogo le encantaba a Urdaneta la firmeza de las convicciones de la peregrina y el severo estilo con que la manifestaba, en cuanto empezó a largar citas se le hizo un poquito indigesta tanta sabiduría. Preguntole que cómo podía repetir sin equivocarse tantos textos de sagradas escrituras, y ella lo explicó por su prodigiosa retentiva… Lo que una vez leía, no se le olvidaba nunca, y su mente era una copiosa biblioteca, que usaba sin compulsar libros. Por todo el camino fue soltando citas de Santis Padres y de Aristóteles y Cicerón; que también éranle familiares los filósofos profanos; y ya un tanto mareado don Beltrán con aquella erudición fastidiosa, diputó a Marcela por un papagayo con más memoria que discernimiento. Aún era muy pronto, dice el narrador, para formar un juicio tan terminante, se crece ante el lector, más aún cuando, ejerciendo de “tercero” don Beltrán en el proceso de amores del guerrillero que la pretende y la terca monja, consigue que esta acceda a considerar las pretensiones de Nelet, Manuel Santapau, de hacerla abjurar de su estado religioso y abrazar la otra religión, la del amor y de la familia, en compañía del rico guerrillero. El narrador ya hace una salvedad sobre lo mucho que se ha de dudar del juicio del noble, y le asiste la razón. Incluso la figura del tortosino  Ramón Cabrera, el “Tigre” del Mestrazgo, al que Galdós, ignoro por qué, llama siempre “leopardo”, queda difuminada frente a la trágica historia de los amores de Nelet y Marcela, que lo es, trágica, porque en una acción de guerrilla acaba matando al hermano de Marcela, lo que se convierte en una culpa imperdonable que no solo acaba con su futuro matrimonio, sino que lo lleva a la locura de ponerle a todo punto final, lo que incluye el asesinato de Marcela y su suicidio posterior. Un amour fou, pues, casi canónico. Menudean menos las reflexiones de calado político o moral, en este volumen, pero quiero destacar el testamento de viva voz de Urdaneta cuando sabe que se ha dictado la orden de ajusticiarlo como prisionero cristino que es de las fuerzas carlistas: Haced un país donde haya todo lo contrario de lo que unos y otros, a quienes no sé si llamar guerreros o bandidos, representáis; haced un país donde sea verdad la justicia, donde sea efectiva la propiedad, eficaz el mérito, fecundo el trabajo, y dejaos de quitar y poner tronos… Lo que va a resultar es que, cualquiera que sea el resultado, estáis fabricando una nación de bandolerismo, que en mucho tiempo, gane quien ganare, ha de seguir siendo bandolera, es decir, que tendrá por leyes la violencia, la injusticia, el favor, la holgazanería, el pillaje y la desvergüenza. Ha de añadirse a esos píos deseos la constatación de un requisito político que, a juicio de Urdaneta, es básico para lograr fines como los que pretende la facción: Ten presente que no se hace nada de provecho sin fuerza, entendiendo por esto, no el poder de las armas, sino una virtud eficaz y activa, que a veces reside en una persona, a veces en las leyesLa Estafeta romántica marca un corte nítido geográfico en la atención a la guerra carlista, porque retomamos la historia de Fernando a través de un formato epistolar al que ya había recurrido Galdós, por ejemplo en su novela La incógnita, diez años antes. Los hilos sueltos de los amores de Fernando y Aura, más los nuevos descubrimientos familiares sobre su origen y parentesco, que lo lleva a convertirse, por ejemplo, en nieto de don Beltrán de Urdaneta, con quien había congeniado tanto cuando se encontraron y compartieron estancia en la posada. Se trata de una concesión al lector para no dilatar por más tiempo el conocimiento exacto de todo lo concerniente al héroe que, a su manera, aún sigue siendo una incógnita en la Serie, por más que se hayan seguido sus pasos hasta caer herido y refugiarse después en casa de quien resultará ser su tío, el hijo de don Beltrán. Al hilo de esta aventura genealógica, aprovecha Galdós para darle un buen repaso al romanticismo que se puso de moda en aquellos años y que con tanto gracejo retrató Mesonero Romanos en su famoso artículo, El romanticismo y los románticos. Incluso a través de un sueño del protagonista se revive el suicidio de Larra, y se recuenta su entierro, la asistencia de los románticos de su generación y la intervención de Zorrilla, consagrándose como joven poeta. Como toda la novela es epistolar, las noticias que se recogen en unas cartas pronto quedan superadas, en las siguientes, por la “verdadera” realidad que se conoce, lo cual genera un  movimiento de afirmaciones y desmentidos que contribuyen a la vivacidad de la relación epistolar. Ello incluye hasta la muerte de don Beltrán y los funerales que se encargan para honrar su memoria, por ejemplo: Ya por diferentes conductos sabrán ustedes que nuestro don Beltrán vive, que fue mentirosa la noticia de su fusilamiento. Todo el volumen está atravesado por noticias de tipo romántico, sobre todo las relativas a la lectura y el eco social de algunas obras famosas que marcaron un antes y un después en las costumbres y en la literatura, aunque Galdós opte, con buen criterio, por la vía cómica para traerlas a escena: Llámase Las cuita del joven Uberte, o cosa así, y ello es una historia muy sentimental y triste, porque el hombre no se conforma con su suerte, y está siempre buscándole tres pies al gato, hasta que le da la ida negra de pegarse un tiro, lo cual debo condenar por garrafal tontería, a más de condenarlo por pecado execrable. ¡Vaya unas abominaciones que se escriben! Tu suegro debió de conocer al autor de este libro, un tudesco de nombre muy atravesado, que parece vizcaíno, así como “Goiti” o “Goitia”. De todos modos, la propia aventura amorosa del personaje, de Fernando Calpena, ha de entenderse desde esa óptica del movimiento romántico, y de ahí el modo como él se lamenta de la ridícula suerte que han acabado corriendo sus amores: terminado en las tablas por un monólogo de desesperación, mientras dentro suenan voces y cantorrios de epitalamio… (…) Quedamos en que mi tristísimo y pedestre desenlace se guarda, por ahora, inédito, Ya me lo he silbado yo. Un “monotema” sobre el que vuelve una y otra vez: Desde aquel tremendo día me ha repugnado hablar de mi caída sin dignidad, de mi tragedia sorda, desairada, enteramente circunscrita a la escena del alma, sin ruido, sin armas, sin gloria. Ni el placer muscular de la lucha, ni el goce amarguísimo de manifestar con violencia la ira, ni el desahogo de la venganza; nada, mi querido Hillo. Ha sido una originalidad artística que jamás pude soñar: la terminación de un drama por el vacío, introduciendo la humana pasión en la máquina neumática y asfixiándola inicia y estúpidamente, hasta que su preceptor, el sacerdote Pepe Hillo le pone delante de los ojos el ridículo de semejante acción dramática teñida de un insoportable aire bufo: ¡Niño, por Dios! Quítate el caperuzo de espectro y vete a tu casa. ¿O es que representas el galán desesperado, melenudo y ojeroso que, cuando las cosas ya no tienen remedio, pues están echadas las bendiciones, se aparece espada en mano, queriendo atravesar a la dama infiel, al segundo galán solapado, al primer barba, que es el padre, al segundo, que hace de sacerdote, y a la característica, zurcidora de aquel enredo? ¡Niño, por Dios! Hasta en el teatro apestan ya esas cosas. Finalmente, se desvela la identidad de la madre de Fernando: Pilar de Loaysa, condesa de Arista y el protagonista y ella, antes de verse por primera vez, inician una correspondencia que permite al protagonista ir asumiendo su condición, aceptar su destino ingrato y compensarlo con la posibilidad de aspirar a casarse con Demetria, quien, junto con su hermana, lo cuidó en su casa cuando, tras rescatarlas del poder de los facciosos, fue herido en una pierna y hubo de guardar reposo en ella durante dos meses.  La historia propiamente dicha de Ramón Cabrera, con el fusilamiento de su mujer y la terrible venganza del caudillo carlista, sigue apareciendo en el volumen, pero no puede luchar contra la presencia omnímoda del Romanticismo, lo que, leído desde hoy, se advierte que fue una verdadera revolución social. La situación política, con la “espantá” del pretendiente cuando sus fuerzas estaban a punto de entrar en Madrid, la sintetiza perfectamente don Beltrán con una especulación al hilo de la actualidad: Dice el señor Rostchild que, cuando se vea claro cómo termina el grave pleito entre la revolución y la monarquía en España, verá si le conviene o no abrir su caja al, reina o dictador que flote en la riada. Cierto que la cara de la revolución le asusta a él, don Dinero; pero la de Carlos V, que también trae mueca revolucionaria y de las más feas, no es muy tranquilizadora. Y de ahí el sabio consejo que emana de su dilatada experiencia: No están los tiempos, ni las cosas de los tiempos, para escrúpulos y fililíes. Sálvese una parte, si no todo, de lo que se posee, y no se haga puntillo de honor de los llamado derechos, pues estos, en toda ocasión histórica, no son tales derechos si no les acompaña y robustece la fuerza.
En Vergara, sigue utilizando Galdós el recurso epistolar que le permite una pluralidad de narradores, de perspectivas, si bien acota unos hechos, como la paz de Vergara,  que intentaron cerrar de una vez por todas el conflicto sucesorio y acabó cerrándolo en falso por las guerras intestinas en cada uno de los bandos, más acentuada, en ese momento, la del del pretendiente don Carlos. En el capítulo XI reaparece, sin embargo, el narrador omnisciente y, en comparación con los anteriores, lo más objetivo posible: Agotada la preciosa colección de cartas que un Hado feliz uso en manos del narrador de estas historias (lo que no ha sido flojo alivio de tan rudo trabajo), su afán de proseguirlas, revistiendo de verdad la invención y engalanando lo verdadero, oblígale a lanzarse otra vez por valles y montes, ojeando los acontecimientos y las personas, que de unas y otros da pingüe cosecha la España de aquellos días. La acción aun se divide entre la aventura sentimental de Zoilo, prisionero que es liberado por Fernando Calpena para ser enviado a Bilbao y poder rehacer su vida con su mujer y su hijo, y las negociaciones difíciles para lograr la paz entre Maroto y Espartero, certificada en el famoso abrazo que no fue seguido por sus tropas respectivas. Las dudas de Maroto que sabe que se convertirá en el enemigo número uno del carlismo y los temores de que se negocie con los rebeldes unas condiciones que los convierta en rivales en el escalafón de los vencedores dominan la escena histórica del momento, como defiende, con pasión Santiago Ibero, según lo recuenta el narrador:  No vaciló en confiar a su amigo la repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían derramado su sangre por Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso, inmoral; hacer concesiones al retroceso era reconocerle como un Estado. Transigir con él era una declaración de impotencia. No, no, mil veces: los soldados de la Libertad debían perecer antes que terminara la campaña por otro medio que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era forzoso descuajar el carlismo, y abrasar toda semilla, para que ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos que a la sazón poseía la Libertad, debía emprenderse la extinción completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el despotismo asiático, la superstición y la barbarie. “Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar más de Pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo, ni de estas antiguallas odiosas.
De nuevo en Madrid la acción, el arte costumbrista de Galdós abre Montes de Oca con una descripción magistral del mundo de los fogones madrileño y de cómo se fue introduciendo el nuevo concepto de Restaurante y de menú a precio fijo, entre otras sabrosas noticias. Puesto fin a la guerra carlista, la novela deriva el interés que hasta entonces había puesto en Fernando Calpena hacia el militar Santiago Ibero y, en el ámbito político, a los movimientos de Espartero para conseguir convertirse en Regente, movimiento que, desplazando a la Reina madre, la obliga a exiliarse junto con su marido morganático, con quien había contraído matrimonio en secreto poco después de morir Fernando VII. Esas nuevas, nada nuevas, serán aireadas por su propia hermana en París, creándose una poderosa enemistad entre ambas. De hecho, fue la oposición de Espartero a que se cumpliera una nueva ley sobre los Ayuntamientos lo que forzó la situación en un entrevista en que Espartero poco menos que le aplicó una primera versión de nuestro actual 155… Montes de Oca, seguidor de María Cristina y acérrimo defensor de la causa realista, estuvo entre los conspiradores que urdieron planes para restituir a la Reina madre a su función regente, porque la lucha entre las facciones progresista y moderada dentro del liberalismo acabó teniendo parecida virulencia que la propia guerra contra el carlismo. Montes de Oca representa un cierto idealismo que no nublaba una visión lúcida de la realidad:  En los momentos críticos de la vida de los pueblo no es fácil saber dónde está la alucinación y dónde la claridad del juicio. Alucinan los triunfos repentinos, no la desgracia; la usurpación puede ser un delirio; el derecho no lo es. Estamos en el apogeo de los pronunciamientos, esa modalidad españolísima de hacer política desde el ejército que se inaugura así que Fernando VII traiciona los ideales de la Pepa, que fijaba la soberanía nacional en el pueblo español, algo insoportable para quien se consideraba único y exclusivo representante de ella. De forma paralela a ese mundo de intrigas, Galdós describe la vida familiar de un funcionario que, como muchos de ellos, dependerá de qué facción esté en el poder para poder disfrutar de su puesto y el sueldo correspondiente. Eso sí, la descripción de la familia incluye un personaje femenino, Rafaela, transgresor en grado sumo, y reflejo de una situación social muy diferente de la vida putada por el código tradicional. Santiago Ibero, que coquetea con ella, acabará distanciándose, horrorizado por el “realismo” casi naturalista de su manera de enfrentarse a las relaciones amorosas. Y eso lo hace quien defiende que  nuestra existencia no es más que un tejido de errores, y que gran parte del tiempo que vivimos lo empleamos en la necesaria rectificación de juicios y creencias, pero el planteamiento “liberal” de Rafaela va bastante más allá de lo que el romanticismo del joven Ibero está dispuesto a aceptar. Una joven viuda, harta de la mojigatería que le reserva el destino, y cuyas manifestaciones viriles confunden a Ibero: Diga usted lo que quiera; pero yo pienso que con las guerras, aunque sean civiles, las naciones crían callo y se hacen más fuertes… Y qué sé yo… me parece a mí que las peleas encarnizadas ilustran, quiero decir que despabilan a la gente. En fin, si es disparate que los sea. Lo que usted no me negará es que con las guerras se aumenta el dinero. Parte de ese pensamiento radica en las dificultades crónicas por las que ha pasado su familia, aunque ahora que su padre ha sido mandado a Ciudad Real las cosas hayan cambiado para ellos: La pobreza es cosa muy mala, y hay que huir de ella sin faltar a la decencia.  Pero el choque frontal entre el coqueteo de Ibero y el realismo de Rafaela, que desarme al joven militar, se produce cuando ella es capaz de formular un pensamiento que cuesta imaginárselo en aquella época:  Una vez en el mal camino -dijo Rafela con una sequedad que contrastaba con su pena-, me parecía una simpleza perderme sin gracia… Para pobreza ya tenía la de la honradez… ¡Perdición pobre…!, es como ahogarse en un mar hediondo.  Si a eso añadimos lo que le reprocha al joven Ibero: Tomándome por mujer-simón para una carrera, o unas horas, pretendías que yo te amase, que me pusiera flaca y ojerosa y lánguida por ti. ¡Pero qué tonto eres, qué cosas tiene mi maestro!, entendemos la vergüenza infinita que hubo de sentir quien vio en Rafaela una oportunidad de disfrute sin coste social: El amor no es cosa que se reclama por derecho. Se inspira sabiéndolo inspirar, se siente cuando se siente; pero no pueden venir alcaldes y alguaciles a decirle a una: “pague usted el amor que debe”. El mejor arte de Pérez Galdós es este de la imbricación de lo individual en  lo histórico, esta plena realización de lo que Unamuno llamaba la intrahistoria, porque a través de estos personajes y sus conflictos entendemos cabalmente no solo el alma de una época, sino también su constitución corporal, junto con las manifestaciones orgánicas y las necesidades de dicha realidad. De ahí que lo reivindique como arte supremo de su invención novelística: Dos minutos después, Ibero y Rafaela, solos en la sala, producían una escena que sin ser histórica merece ser puntualmente relatada. ¿Y por qué no había de ser histórica, siendo verdad? No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, una fibra, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay suceso histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva. Del  destino político del padre de Rafaela me gustaría reseñar un proyecto económico que está en las antípodas de lo que sucede en nuestros días: Su capital goza fama de sucia y villanesca; pero la mejoraremos, introduciendo los adelantos. (…) La desecación de las lagunas de Ruidera aumentarían en muchos miles de fanegas los terrenos laborables. Con una administración proba y activa y unos cuantos toques de Gaceta, el país de don Quijote sería un edén, y vendrían en tropel a establecerse en el los extranjeros, cargados de capitales. Los dos últimos volúmenes de la Tercera serie, Los ayacuchos y Bodas reales se centran en el exilio que Espartero impuso a la Reina regente, al negarse esta a compartir la regencia con el General, lo que abrió una brecha entre los militares progresistas y los moderados que facilitaría una sucesión de gobiernos que acabarían configurando un sistema de inestabilidad política del que son ejemplo paradigmática los “cesantes”, esos servidores del Estado, y de sí mismos, que solo disponían de ingresos si su “caudillo” de turno estaba o no el poder. Galdós tiene la delicadeza narrativa de fijarse en la reina Isabel y su hermana cuando ambas son unas niñas que, alejadas de la madre, han de formarse con los tutores que el Estado pone a su disposición para que, en el futuro, esté a la altura de su mandato. Como les decía quien fue nombrado su tutor legal, Agustín Argüelles: sin una buena sintaxis no puede un soberano ordenar los discursos que tiene que echar a los embajadores de otros monarcas, ni poner bien una carta sobre negocios de Estado”. (…) Para los chicuelos de Juan Particular se escribían los cuentos comunes, inocente literatura de la infancia. Para las niñas de la nación se había escrito el más bonito de los cuentos: la historia de España. Manuel José Quintana fue nombrado preceptor de las infantas. Fernando Calpena, que aún sigue siendo en estos dos libros el hilo narrativo, junto con Santiago Ibero, del que ahora hablaremos, reflexiona, a raíz de las noticias que le llegan de su corresponsal en Palacio, Mariano Centurión, del que Galdós hace un retrato inmortal, lo siguiente: ¿Pero aquí están todos dementes? ¿Es esto la metrópoli de una nación o el patio de un manicomio?... Y pregunto yo dónde se ha metido el sentido común, sin que nadie acierte a responderme… A juzgar por lo que se oye, el país es un insensato que, aburrido de sí mismo y no sabiendo cómo vivir, pide a los demonios que se lo lleven. El Ministerio entrante es calificado como de la peor extracción ayacucha. Y yo pregunto: “¿Qué significado tiene esta palabra, y qué se quiere expresar con ella?” Ni Espartero estuvo en la batalla de Ayacucho, funesta para nuestra nacionalidad en América, ni los feligreses de su camarilla, a quienes acusamos de infinitos males pelearon tampoco en aquella célebre acción de guerra. Eso es tan peregrino como el llamar borracho a José Bonaparte, que no lo cataba. La imaginación popular emborrona la historia, y luego nos cuesta Dios y ayuda descubrir con raspaduras la verdad. A pesar de lo extenso de la cita -¡total, tienen estas líneas tan pocos lectores, si es que tienen alguno, que no va a echar para atrás a quien se atreva a degustar este retrato clásico que Galdós traza de Centurión, un aristócrata más que venido a menos, por obra y gracia de su libérrima voluntad-, no me resisto a ofrecer un retrato que, acaso, no circule como debiera, desgajado de este volumen de Los ayacuchosRepresentaba don Mariano Centurión  cincuenta años, excediendo la edad aparente a la verdadera,  que apenas de los cuarenta pasaba, diferencia que atribuían los chismosos a la disoluta vida del caballero. Segundón de una casa noble de Andalucía, criado desde su más tierna edad en la holganza, sin serios estudios, sin disciplina que le contuviera ni buenos ejemplos que le llevaran a mejores fines, acabó por perder la salud y el escaso caudal que heredó de su padre. Con estos segundones obres reza el adagio: Iglesia, Mar o Casa Real; mas no habiendo puesto Marianito sus miras oportunamente en el estado eclesiástico ni en el militar de mar o de tierra, ya no tenía edad ni espíritu para procurarse otro refugio que el de un triste empleo; y repugnándole, por la dignidad de su noble alcurnia, las plazas de oficina, se dio a solicitar un puesto en Palacio, conforme le aconsejaba el sabio refrán. Era Centurión hombre de escasos conocimientos en los diversos ramo del saber, pero de mucho despejo natural y de memoria felicísima; narrador ameno de cuentos y sucedidos, y con instintos de escritor que habrían sido verdaderas dotes si las cultivara. Se había pasado la juventud, sin sentirlo, en los ocios corruptores de las viñas andaluzas: zambras y jaleos, peladuras de pava, cañas y toros, meriendas y timbas. Cuando empezó a comprender la vanidad de semejante vida, ya era tarde para emprender otros rumbos: encontrábase viejo a los cuarenta años, el cuerpo lleno de dolores y flaquezas que le obligaban a doblarse como una caña, el espíritu sin ilusiones, la bolsa enteramente vacía. Su hermano, con quien andaba continuamente a la greña por cuestiones metálicas, le negaba todo auxilio; y la demás parentela le hacía la cruz como a un prodigo que deshonraba la clase y nombre de ilustrísimo de os Centuriones. Rechazado el hombre en su patria, y no bien visto de sus compañeros de libertinaje, emigró a la Corte, dispuesto a coger una silla y un plato en el comedero social. Con notas de ambiente, como la apertura de Lhardy y otros detalles por el estilo, la trama amorosa se extiende a lo largo del volumen para poder “cerrarla” antes de acabar la Serie y empezar con la siguiente. ¿Y cómo lo hace Galdós? Muy sencillo, Santiago Ibero, después de su extraña aventura con Rafaela, cree no estar a la altura de la mano de Gracia y renuncia a ella tras tomar la decisión de entrar en religión, a medias por propia voluntad, a medias convencido por unos monjes catalanes que se lo llevan con él para prepararlo para hacer los votos correspondientes. Calpena, una vez que ha recibido la información de dónde hallar a su amigo y prometido de la hermana de su novia, decide “raptar” a  Ibero aun contra la voluntad de este, y buena parte del volumen se la lleva el esfuerzo de Fernando Calpena por “desprogramar” a su compañero de armas para que vuelva en sí, renuncia a la vida religiosa y cumpla con su compromiso social de casarse con Gracia. El episodio me ha resultado tan familiar en Galdós, que diríase sacado de su famosa obra teatral Electra, denuncia del fanatismo religioso y de su capacidad de alienación de las jóvenes. Corriendo he ido a consultar las fechas de escritura, y aunque el Episodio es un año anterior al drama teatral, como este se inspiraba en un caso real, es posible que tanto el Episodio como la obra deriven de ese caso que alcanzó publica notoriedad. Sea como fuere, el proceso mediante el cual Santiago  Ibero va recuperando el juicio, tiene, en el trasfondo, algo de Cervantino, de ahí las alusiones analógicas a que don Quijote fuera llevado en una carreta de vuelta a casa contra su voluntad. Como el volumen de Los ayacuchos recoge las revueltas  antiesparteristas en Barcelona, que acabaron con el bombardeo de Barcelona desde Montjuïc, Galdós aprovecha la coyuntura para introducir un personaje muy famoso, el creador del canal de Suez, Ferdinand Lesseps,  quien, cónsul en aquellos años en Barcelona, intermedió con el general Van Halen para suspender los bombardeos y auxiliar a la población damnificada. Amigo de Calpena, no está de más recordar la reflexión de este ante la intervención humanitaria del francés, en las que ve un doble juego diplomático que no le gusta un pelo: He puesto en delicado entredicho mi amistad con Lesseps, reduciéndola a las meras relaciones entre caballeros, y encerrando con cien llaves la política siempre que hablamos; de otro modo sería difícil evitar un rompimiento desagradable, pues el juego tapado que viene haciendo el representante de Francia, contra lo que previene su obligación de neutralidad, merece todas mis antipatías. El volumen dedicado a las bodas reales, pues se casaron a la vez ambas hermanas,  no puede hacernos olvidar que tiene como medida previa la de declarar mayor de edad a Isabel II a la edad de catorce años, lo que, se mire como se mire, es robarle a una persona el final de la adolescencia y la juventud en aras de los intereses de Estado. Y ninguno más susceptible de ser un asunto popular que la elección del candidato a la mano de la futura reina. El elegido, Francisco de Asís, primo de la futura Reina, supuso un fracaso propiamente desde la mismísima celebración de los esponsales, a diferencia de su hermana, que no solo fue su reverso, sino que incluso se sumaron, ambos cónyuges,  a las muchas intrigas cortesanas contra el trono de la Reina. Decididamente, el exilio de Espartero, como dice Galdós: sumió al país en el caos. Aparecen los “soldados de Fortuna” que él dice, y describe sucintamente las causas del deterioro político de aquella época: Se ve que estos soldados de fortuna a quienes la guerra llevó rápidamente a las cabeceras de la jerarquía militar, y estos políticos criados en los clubs, recriados con presuroso ejercicio literario en las tareas del periodismo; lanzados unos y otros a la lucha política en los torneos parlamentarios y en el trajín de las revoluciones, sin preparación, sin estudio, sin tiempo para nutrir sus inteligencias con buenos hartazgos de Historia, sin más auxilio que la chispa natural y la media docena de ideas cogidas al vuelo en las disputas; se ve, digo, que al llegar a los puestos culminantes y a las situaciones de prueba, no saben salir de los razonamientos huecos ni adoptar resoluciones que no parezcan obra del amor propio y la presunción. Sorprende, con todo, la inclusión de Prim entre ellos, y más aún el juicio que le merece quien luego acabaría siendo Presidente del Gobierno: Hallándose Prim, como quien dice, en la edad del pavo, cual niño aplicado y muy inteligente, que aún no conoce la discreción, llamó a Espartero soldado de fortuna, aventurero egoísta, y a Mendizábal intrigante, embaucador y dilapidador de los intereses públicos. Andando el tiempo fue de los que creyeron que la memoria de uno y otro debía perpetuarse con estatuas. Pero lo más chocante, para quienes, como yo, desconozcan ese extremo de nuestra Historia, es la atribución de responsabilidad del general catalán en el atentado que sufrió Narváez y del que salió ileso: Coincidió tan grave suceso con otro sonadísimo: la tentativa de asesinato del general Narváez. Dirigíase al teatro del Circo, donde bailaba la Stephan en función de gala, con asistencia de Su Majestad y Alteza, cuando unos embozados detuvieron el coche junto a los Basilios, y disparando sus trabucos a boca de jarro por las ventanillas, mataron… al ayudante señor Baseti, el cual, por un caso fortuito, había cambiado de asiento con el general. (Entre paréntesis, dígase que la opinión maliciosa señaló a don Juan Prim como autor del atentado; pero nada se le pudo probar). Un Narváez, hosco y autoritario, de quien solo queda en los usos políticos una expresion que ha llegado incluso hasta el nacionalismo pujolista del siglo XX:  Lo primero es el orden, lo primero es hacer país… Esta frase ha quedado desde entonces como una formulilla en los amanerados entendimientos: siempre que entraban en el Poder estos o aquellos hombres se encontraban el país deshecho, y unos gobernando detestablemente, otros conspirando a maravilla, lo deshacían más de lo que estaba. Por supuesto, el título del volumen no es, ni de lejos, el principal objetivo del planteamiento narrativo de Galdós, quien se desentiende de esas “bodas reales” que tanto tenían de fabulosas para unos madrileños ávidos de diminutas noticias como esa mientras vivían ajenos al desgobierno, y centra sus esfuerzos en  ofrecernos el miserable estado de la política en aquellos años, cuando ni siquiera entraba en los esquemas de los caudillos que se rifaban el gobierno, aspirando a ser la mano que escogiera la Reina en los bailes para nombrarlos, la realidad de una continuación del conflicto dinástico en forma de un resurgimiento de la guerra carlista. Pero eso quedará para una Cuarta serie en la que entro con la misma ilusión y fervor con que inicié esta provechosa andadura, sobrecogido por el respeto hacia una creación de semejante envergadura como lo es la de este ciclo novelístico que jamás desmiente su inquebrantable raíz literaria.

sábado, 20 de enero de 2018

Una carta/crítica a un poeta con sagrado dominio del don... "Devocionario pop", de Alejandro González.


Bucear en los archivos permite rescatar desagravios: Devocionario pop o la crítica privada que se alza a pública, sin cambiar ni una coma, como si la osadía del desvío arbitrario, a fuer de sincero,  mereciera aplauso...


Barcelona, 25 de agosto de 2009


Estimado Alejandro:
          Todo llega y lo prometido es deuda. Te dije que compraría y leería el libro con atención y ambas cosas están hechas. He tardado porque, como creo haberte dicho con antelación, estaba preparando el trabajo de investigación del último curso de doctorado, para presentarlo al DEA y me ha ocupado seis meses de más que intenso de trabajo, porque investigaba sobre un tema, lo autobiográfico –concretado en el cotejo de los dietarios de Vila-Matas y Gimferrer– , sobre el que no había trabajado nunca antes. Ello me ha supuesto un esfuerzo de puesta al día y de lectura de la bibliografía esencial que me ha dejado exhausto. Al final, de las 200 páginas que me pedía el cátedro, me he ido a las 407, anexos incluidos, que le he enviado. En fin, enredos académicos a los que te supongo cercano, por lo que has dicho alguna vez. Desde que acabé la carrera me planteé hacer la tesis, pero el trabajo, tanto el del primum vivere, como el del deinde filosofare, esto es, la escritura creativa, se me ha comido el tiempo y el esfuerzo. Ahora, cerca ya –si mantienen el acuerdo de jubilación a los 60 – de la pronta liberación de las tareas docentes, la perspectiva de la tesis me parece un estímulo adecuado y, sobre todo, perfectamente encajable en mi futuro horario de liberado.
                   Pero vamos a lo que nos interesa de verdad: tu obra. No recuerdo bien si, en algún momento, cuando diste noticia de su aparición, decías que contemplabas la obra como algo “casi” del pasado, que aparecía cuando tú explorabas otros caminos formales y temáticos. Si no fue así ésa es, al menos, la impresión dominante que yo he tenido: la del tanteo, la de la prueba, la de la indagación. Como en todo proceso de esa naturaleza inquisitiva, los errores y los aciertos suelen dividirse casi a partes iguales, aunque esto es una exageración. En Devocionario pop (1220-1996) hay más aciertos, sin duda, y logros majestuosos, que suelen asociarse, supongo que es coincidencia, con los sonetos, aunque no todos. 
                       El pero principal que le pondría al libro sería el del desnivel expresivo: que junto a expresiones prosaicas, y hasta banales –“un trovador sin flauta de repuesto” –, haya otras tan cargadas de poesía contundente como la del poema VII: “La oscuridad persiste. Yo me planto”. En ese pero caben otras expresiones como la “magia potagia” la “puñalada aceda” o ciertas rimas excesivamente forzadas como el hecho de que hayan de ser “coros de tragicomedia” los de la musaraña, por ejemplo, animal pacífico donde los haya... Parece ahí que la expresión forzada nos habla más del gobierno del consonante que del consonantador...
                      Es innegable que aflora, aquí y allá, la naturaleza filosófica del autor, y ello se advierte en cierta tendencia a la sentenciosidad que recorre el libro y que, a veces, encuentra formulaciones estupendas, como en “Hay vida en las hojas secas./La broma siempre va en serio”, que acarrea el uso de versos esticomíticos, tan propios de esa inclinación a la sentencia, al aforismo. Hay, por decirlo en términos lógicos, una propensión a la expresión apodíctica, una casi necesidad de “demostrar” convincentemente aquello que se expresa, de la que sería ejemplo sobresaliente el excelente final del poema XX: “todas las sendas llevan al azar”.
           No me preguntes por qué, pero hay ciertas construcciones como “He estado pulsando muertos/desafinando esta certeza ociosa” que se me revelan como expresiones yertas, casi sin ni siquiera la tinta que habría de haber corrido por ellas; se me muestran como una impostura, como una aleación arbitraria, sin intervención humana, más cerca de la escritura automática y de los poemas dadaístas; hay una suerte de “maquinación” en la expresión que la priva de referente humano. Pasa después, también: “fríos como el limón en un despacho/en el que se ventilan cajas rotas”. Todo ello, sin embargo, contrasta poderosamente con un final de poema: “Practico la autopsia a la nieve/ y escupo tu nombre a pedazos” que, al menos a mí, me devuelven a la plenitud del sentimiento. Sería algo así como un paseo cerebral que desemboca en el corazón, aunque la sangre de éste no llegue a irrigar aquél.
                                    Hay muchas cosas que me han gustado, sobre todo las que se acercan al seguro territorio de la herencia clásica. Y es muy notable el humor “a lo Ferlosio” o “a lo García Calvo” del poema xxxv –excepción hecha de la referencia a Bonaparte, claro está–, cuyo inicio, el “Escribo como escupo”, de Tzara, tan cerca está del “escribo como hablo” de Juan de Valdés. Perfecto ejemplo del clasicismo al que me refería, en la expresión y en el tema, es el poema XXXIX, que me encanta de pies a cabeza y del que se me ha quedado ya grabada la conclusión del segundo cuarteto: “la trama dulce donde no intervengo” y el final rotundo del soneto: “sembrarse sin remilgos en el lodo”, variante bastante afortunada del clásico gongorino; de igual modo que el diálogo con don Luis es todo un acierto. Así mismo, el dominio de la décima en XII, con su final espectacular: “Generosa esclavitud/que alza en lágrimas la leña”, me ha maravillado. No sé si es azar o qué, pero los últimos poemas del libro son, en conjunto, poemas más logrados que algunos del principio, y en los que no hay esas caídas de registro o de nivel que tanto distancian al lector apasionado, al menos a éste que te escribe. La última estrofa del libro, por ejemplo, deja un sabor de boca excelente, el adecuado para seguir leyendo una futura obra: “Frágil es el acuerdo/de los sentidos./Uno al fin solo tiene/lo que ha perdido”, que salta por encima del tópico para alojarse en la memoria con voluntad de impronta, 2ª acepción.
            La poesía, con todo, tú lo sabes muy bien, no es una cuestión crítica, sino de adhesión, de complicidad también. Nuestros poetas son quienes cantan como cantaríamos nosotros, quienes usan las palabras que nosotros usaríamos, aquellos con cuya voz nos podemos identificar absolutamente. No siempre se da ese fenómeno cuando escribimos, y a veces estamos demasiado distanciados incluso de nosotros mismos: hallar una voz con la que identificarnos, convertirnos en nuestro propio poeta, es una aspiración que no siempre se cumple. Este razonamiento parece llevar implícita la idea de que ha de haber una especie de “flechazo” con nuestro poeta, pero no es cierto. Leí y desistí de Claudio Rodríguez para volver a él casi 25 años después y no poder desasirme de su ritmo ni de sus imágenes. A Ángel González siempre he estado atado, del mismo modo que la voz ética de Cernuda se hace tuya en cada poema y acabas tú también vulnerado por la dicotomía que preside su obra. Vengo a decir, con este preámbulo de ociosa obviedad, lo poco que valen y que te han de importar los juicios, acaso inmaduros –que la edad no es garantía de nada, salvo de una mayor proximidad a la muerte–, con que me he atrevido a juzgar tu Devocionario, voz eclesiástica que, a pesar de los pesares, me sigue pareciendo impropia para el volumen. El hecho, además, de remitirte a referencias objetivas, le ha privado a tu voz de cierta autonomía, como he comprobado en alguno de los excelentes poemas que has ido colgando en el blog de tanto en tanto.
                    En fin, no quiero ser más pesado de lo que ya lo he sido en estas páginas. Habrás de disculparme y de perdonarme. Ya acabo. Lo que sí me gustaría es mandarte el libro para que me lo devolvieras dedicado, ¿te parece?
                    Un abrazo. 


P.S. Disculpa que te escriba mediante el ordenador. Mi caligrafía es propiamente cacografía, y tratar de descifrarla es una tarea tan absurda como la de Sísifo, a tenor de la poca “chicha” que se saca en claro, tras el ímprobo y más que probado esfuerzo.

Aunque no siempre dejo comentario, sigue siendo un hábito, para mí, pasar por tu blog para leer cada nueva entrega. Y agradezco tu generosidad al regalarnos con el breve e iluminador ensayo de Ana Leal No todo el mito es orégano, que leí con fruición y archivé con diligencia.