lunes, 29 de agosto de 2016

El club selecto de los escritores que no escriben.



No escribir no significa no crear.

No es infrecuente la figura del escritor que no escribe. Algunos de ellos no han escrito nunca. Otros, por el contrario, escribieron hasta que un día (si fasto o nefasto quizás sea circunstancia aún por decidir) dejaron de hacerlo. Otros nunca han dejado de hacerlo, escribir, y, sin embargo, son ultraconscientes de que escriben literalmente la nada, la sombra espesa y pringosa del chapapote de lo que podría ser entendido como escritura. A veces los afectados  pasan de uno a otro estado de esa trinidad en la que ni siempre se está de buen grado ni tampoco desencajado. Hay una cierta comodidad en la ausencia de la escritura y, sobre todo, una indomeñable vanidad de la obra perfecta que jamás será igualada. Nunca, hasta que se deja de escribir, las frases habrán fluido con mayor naturalidad y más expresivo acierto. Por complejas que sean las historias que se nos pasan por la mente, somos capaces de retener no solo la estructura, la voz narrativa y el tono, ¡ah, el tono!, sino también las diferentes biografías de los personajes con un detallismo tal  que nos obliga a lamentar el hecho de no poder dedicarles a cada uno de ellos una novela en la que sean los protagonistas indiscutibles. Ser un escritor que no escribe puede ser doloroso o gozoso, y la naturaleza de esa inacción solo se deriva del autodominio del escriba. Cuando, leyendo a quienes escriben, el autor que no lo hace siente un alivio eterno por no tener que cometer tantas equivocaciones, caer en tan dañinos desniveles, usar un léxico tan simple y esuchimizado, endeble y frágil como la binza seca de la cebolla o detenerse en tediosas transiciones ofrecidas ad maiorem gloriam de la pereza intelectiva de los lectores, se da cuenta del estadio superior artístico al que ha accedido, algo así como pasar de la mitad de la ascensión en la montaña del Olimpo, que no otra cosa, etimológicamente, es la mediocritas… por más que Horacio quisiera revestirla de un color dorado más propio de la purpurina que del ocaso. Parte sustancial de su descanso tiene que ver con la arraigada convicción de la inmarcesibilidad de su obra perfecta, y, sin embargo, sujeta incluso a feroz crítica. No hay que confundirse: no escribir, ser un escritor que no escribe, no implica no ser un creador. Lo creado no es escritura, como no puede ser de otro modo, pero no deja de ser creación. Quienes hayan vista la película La grande belleza y hayan seguido la peripecia melodramática de Jep Gambardella, pueden hacerse mejor a la idea de lo que intento expresar.  Los escritores que no escriben se han convertido en codiciadas presas de caza de aquellos escritores que, sin dejar de pecar contumazmente, envidian esa condición que parece afearles su conducta, que les revelan su insignificancia, la de sus éxitos editoriales, aunque sean minoritarios, como los de Vila-Matas, pongamos por caso conocido. Cuando se ha dado ese paso mucho más decisivo que el propio de dedicarse a escribir, de afanarse en intentar ordenar en la página en blanco el caos tumultuario -sic, sí, que también los hay calmos, como se encargó de describirlos magistralmente Nanni Moretti- del que se supone que ha de emerger, ¡vanidad de vanidades!, una consoladora comprensión de lo real, el escritor que no escribe siente una relajación infinita, una compenetración total con su nirvana y una potencia creadora como jamás la había conocido con anterioridad, con la salvedad, además, del poco o nulo esfuerzo que le supone llegar a la culminación de su arte. No, no son pompas de jabón ni figuraciones ni quimeras ni intrincados sueños, sino realidades de tomo y lomo sobre las que el escritor que no escribe puede extenderse con un grado de precisión y de vaguedad que deja asombrados a sus interlocutores, que lo siguen no solo boquiabiertos, sino anhelantes, porque, cuando habla, el escritor que no escribe acaba teniendo algo de oráculo, de Tiresias y de Casandra, y no poco de Celestina y de Medea, y no se sabe a qué atender con preferencia, si a la exactitud, a las sugerencias o a los presagios. No es fácil el trato con los escritores que no escriben, porque la marca indeleble de su superioridad artística provoca la vulnerabilidad de quienes los escuchan, con resultados que se acercan más a los estragos que a las neutras consecuencias. No, no se sale indemne de la frecuentación de los escritores que no escriben y que son capaces, casi por arte de birlibirloque, de tanta belleza, tanta gracia, tanta perfección en sus creaciones. Cuantos escribimos, en uno u otro momento nos hemos identificado con ellos, y hemos visto salir del horno donde se cuecen las decoradas vasijas de nuestro arte, piezas tan perfectas que nos han asustado con su vagarosa presencia, porque, aun a pesar de su perfección, nos ha costado Hermes y ayuda intuir la dirección de su desarrollo, el estallido del brillo de sus metales oxidados al contacto con el aire tras salir de la oscuridad de las cenizas… No son compañía recomendable en periodo de formación, eso es obvio; pero tampoco en época de madurez, de plenitud, o lo que creemos entender por tal. Ahora bien, cuando nos acercamos por nuestras obras contadas a la decrepitud creativa, entonces la compañía de los escritores que no escriben es capaz, ¡muy capaz!, de redimirnos de la insolencia de nuestro orgullo y sugerirnos que aún nos cabe desear contarnos en ese selecto grupo de creadores. Pero no es fácil. El maldito hábito de la escritura, la infección profunda del alma que supone, no puede ser vencida tan fácilmente, y menos aún cuando el ejemplo vivo de Cervantes nos ha convencido a tantos de que la vejez solo puede depararnos la mejor de nuestras creaciones… De esa perogrullada vanidosa, ¡cuántos monstruos literarios no se nutren! ¡Qué ejemplo de dignitas incomparable, sin embargo, la altivez de quienes han renunciado a la escritura! Insisto, no es fácil entrar en ese selecto club en cuya frontispicio brilla con luces y sombras propias la única frase que le da sentido: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate.

sábado, 20 de agosto de 2016

Verano: los libros llevados, la pereza triunfante, la duermevela constante...


Fabio Hurtado

Lecturas de verano, ¿literatura de playa, de montaña, de trópico, boreal, de sabana, exótica, de páramo, erótica, neurótica, votiva...?


El otro día nuestro hijo nos espetaba, a mi conjunta y a mí: "¿pero qué es exactamente para vosotros una persona lectora?", en el transcurso de una de esas conversaciones "de verano" típica de las sobremesas. Sin el unísono, pero al alimón, no dudamos en responderle que era aquella que "siempre" tenía una lectura entre manos, sin descanso, pero sin agobios, una manera tan natural de leer como el propio respirar. Torció el gesto, claro, a pesar de que poco a poco va acercándose a la definición, si bien, a diferencia de ella, él deja pasar días enteros sin pasearse por la lectura en marcha. Peca de cinéfilo, por otro lado, lo cual, si no lo disculpa, tampoco agrava su condición de lector semiempedernido. Más allá de esa anécdota, lo que a mí me dio que pensar fue la asociación casi natural entre el verano y la lectura y entre las "lecturas de verano" y unas condiciones para "implementarlas" (irritemos a los cursis...) que convierten dicha actividad en misión imposible y, en cualquier caso, insatisfactoria, si por medio anda una humedad que te empapa las páginas, unos mosquitos dispuestos a darte su zarpazo atigrado, un ruido ambiental ensordecedor y pertinaz o el intento de sumarte a unas conversaciones intrascendentes, perezosas y maledicentes, por norma general, que el verano casa lo suyo con la difamación y el vilipendio. ¿Cuál es, exactamente -sigamos las exigencias filiales- la "literatura de verano"?: ¿la novela policíaca?, ¿la novela histórica?, ¿el ensayo político?, ¿la novela rosa?, ¿los tebeos?, ¿los clásicos?, ¿la divulgación científica? Está tan arraigada en la industria editorial esa lectura de "temporada", que hasta los suplementos literarios o los de "Sociedad" de los raquíticos diarios de tirada nacional recogen con fruición noticias sobre "lo que leen los famosos" o "las lecturas recomendadas para este verano", de modo que en esas industrias aculturales empleados habrá que lean con ojos lectores veraniegos o navideños o dialibrescos, para intentar satisfacer demandas que, ¡vaya por Hermes...!, nunca acaban ajustándose a la oferta miserable que producen, llena de títulos cuya nómina sonroja al más lerdo de los lectores no estragados. Desde hace muchos, muchos años, tantos, acaso, como 30, decidí que el "descanso veraniego" -¡una ficción inenarrable, como bien saben, sobre todo, quienes tienen hijos en edad de ser "divertidos" y frente a los que es imposible pasar inadvertido para refugiarse en la lectura...!- era un tiempo de clásicos grecolatinos, y gracias a esa determinación, he de reconocer que he cubierto innúmeras lagunas propias de quienes han hecho del diletantismo casi una razón de ser y de leer. Sentado bajo la sombrilla, frente al Mar Menor -hoy, lamentablemente, en estado sumo de degradación medioambiental...- mis ojos se abismaban en la lectura de Sófocles, de Esquilo, de Eurípides, de Menandro, de Homero, de Virgilio... con un agradecimiento infinito, porque, tan cerca, aun a escala, del Mediterráneo, me parecía que ese parvo oleaje de mar tan doméstico como el Menor, me ponía en comunicación directa con obras mayores de la literatura de hoy y de siempre. Sigo fiel a la costumbre y este año he optado por Ovidio, el pobre exiliado a quien mató el dolor de hallarse entre bárbaros sin poder oír la delicadeza de su lengua latina para poder mantener una conversación digna de tan hermoso nombre: conversar, que vale tanto como conservar la razón y la dignidad humanas. Muchas veces había consultado sus Metamorfosis, pero nunca había hecho una lectura "de corrido" -y algo tienen de narcocorridos esas ambrosiadas aventuras extremadas, y no pocas veces "de frontera", de los moradores del Olimpo- hasta que me he puesto a la tarea. Sí que leí la Filosofía Secreta, de Juan Pérez de Moya, durante la carrera de Filología, porque, antes que la obra de Ovidio, fue en ella en la que se fijaron los escritores del XVI y el XVII para desarrollar sus composiciones poéticas en las que aparecían los mitos grecolatinos, porque, además, había una lectura "a lo divino", anagógica, de dichos mitos. He de reconocer, sin necesidad de hacerlo en nota a pie de página, que cada verano sumo a mi biografía lectora una obra de Simenon, lectura que aún, por razones de dolorosa índole que no vienen al caso, no he hecho.  No estoy muy convencido de que el verano sea una estación que invite particularmente a la lectura, salvo que se sea lector asiduo, como antes he dicho, porque mi experiencia lectoplayera era, distraído brevemente de las tragedias griegas o las comedias de Plauto, la de ver dormitar como troncos talados en sillas o toallas a cuantos tenían ante sí un libraco abierto, usualmente de un grosor que parecía invitar más a utilizarlo como almohada que a leerlo, ideal, en cualquier caso, para usarlo como escabel desde el que llegar al estante superior del armario de la cocina donde habita la vajilla su sueño de domesticado cristal. No sé si tiene más de pose de quiero y no puedo o de pose de corrección política, pero es el caso que uno o dos libros en la maleta no pueden faltar, al parecer, en el equipaje de las vacaciones, tanto que me extraña mucho que aún no se haya publicado una breve antología de "los libros que Vd. siempre quiso leer en las vacaciones sin nunca conseguirlo", con su correspondiente resumen argumental, una crítica superficial pero suficiente para dar el pego correcto de haberlo al menos hojeado y algunas referencias a la obra total de los autores por aquello del contexto indispensable de un texto impensable. Cuesta creer que con temperaturas que rondan los 40º alguien se ensimisme en lo que merece el alto nombre de literatura; y nada comprobar el poco poso lector que deja el sopor que convierte en sopa de letras cualquier página de los bodrios que, como sus dueños, salen a tomar el sol que más calienta, casi casi el de Fahrenheit 451.

martes, 9 de agosto de 2016

Separatismos y separaciones...



Distancia, separación  ¿y olvido?

Efectuar el mismo recorrido urbano diariamente, en este caso para ir al trabajo y regresar a casa, permite al observador atento percatarse de realidades que acaso para muchos otros pasan desapercibidas. Los horarios nos acercan a quienes los comparten con nosotros durante ciertos tramos de esos itinerarios, y aunque nos cruzamos y estamos harto de reconocernos, jamás damos el paso de saludarnos para conocernos, porque un afán comunicativo semejante quizás sería incluso mal interpretado. La sociabilidad expansiva se considera una agresión. Soy muy sensible a las separaciones, e interpreto con facilidad las señales del distanciamiento, del desencuentro, del rencor y de los más mínimos agravios que se fruncen en el entrecejo, acordillerándolo, o en los labios, apiñonándolos. Se ha establecido estadísticamente que el verano es mala época para las parejas, quizás porque han de convivir las 24 horas del día sin tener la costumbre, y porque han de hacerlo de manera abrupta de un día para otro, cuando se abre la veda de las vacaciones y ambos contendientes se encuentran frente a frente, dispuestos a compartirlo o sufrirlo todo. Ignoro, de las personas con quienes me cruzo, el origen de sus morros, de su frialdad y de su desamor, pero lo evidente me basta para tomar nota de los poderes de ese potente desamor, ¡tan poderoso o más que el propio amor! Al margen de las biografías “ in itínere”, a las que tan aficionado soy, porque me permiten escribir biografías imaginarias que nunca han de ser falsadas, por más que yo las falsee, en los tres últimos meses he sido testigo de no pocas separaciones, como si, curiosamente, se hubieran puesto de moda. La primera, la de la pareja que regenta el quiosco de prensa. Acostumbrado a ver al hombre en su garito, expuesto a  la intemperie –que en sí no tiene sentido negativo, aunque sí le hemos echado los hablantes esa adversa connotación– los 330 días del año, me quedé sorprendido al ver a su mujer a las 6 de la mañana del domingo (acompañada por su padre): “A partir de ahora lo llevaré yo sola”, fue toda la explicación, que me recordó el intento de usurpación de Alexander Haig: I’m in charge now, tras el atentado que sufrió Reagan. Ante parcas explicaciones huelgan las cuestiones. Tomé nota. “Que sea para bien”, fue todo lo que me atreví a decir, aparado en mi antigüedad clientelar. Durante años me he cruzado con una pareja mixta, él nativo, ella o cubana o dominicana, a simple vista y nula audición, que caminaban juntos y, a veces, ella colgada del brazo de él. Nunca hablaban. Es hora temprana, la de nuestro cruce, y poco amiga de la locuacidad. Comenzaron a separarse dos baldosas, aunque seguían caminando juntos. Es llamativa la expresión de reconcentración que exhiben dos seres que tienen muchas cosas que decirse, o que gritarse, y que se instalan en el mutismo absoluto que las bufandas del invierno permitían camuflar. Transmitían ese estado de “estar a punto de explotar” que tan nítidamente captan los no involucrados en la querella. Trabajan en dos cafeterías diferentes. Al separarse, al llegar al primer destino, ella seguía recta y él giraba a la izquierda, sin decirse nada, ni gestualmente. Este otoño la separación se ha consumado. Él sigue inalterable, como si hubiera echado el ancla en el proceso y no tuviera intención de modificar los hábitos de la indiferencia. Ella, sin embargo, ha cambiado y mejorado su aspecto, sonríe, se maquilla y hasta su manera de caminar se ha transformado: antes cruzaba los brazos  y se autoestrechaba casi en gesto de protección, de defensa; ahora, sin embargo, penden los brazos, los hombros se han alineado y los pechos han salido de la represora madriguera. A él he dejado de verlo. Habrá escogido otro camino u otro empleo u otra localidad. Con ella sigo cruzándome, pero ni se fija en el observador.
Las razones para divorciarse formarían un hermoso capítulo del libro nacional de los disparates, que en Inglaterra es todo un señor género literario, el nonsense, pero el carácter radicalmente individual de quienes las sostienen, aunque coincidan con otros, por un lado; y la complejidad infinita que involucra dos ¡o cuatro o cinco o seis biografías!, por otro, convierten las separaciones en un proceso casuístico ante el que las viejas polémicas sobre el sexo de los ángeles podrían considerarse geometría incontestable.  Una pareja allegada y otra del ámbito familiar han decidido seguir camino opuestos. Antes era común devenir oído de monólogos infinitos y redundantes hasta la saciedad. Ahora apena hay explicaciones: “Que se ha acabado, y ya está, y no hay más que hablar. Finito. Y punto!”, aunque a uno le extrañe una parte del desahogo, porque, llevado por la confusión, entiende que el “nada que hablar” era en el seno de la pareja, no con el negado confidente. Detecto cierta banalización en esto de las separaciones. No han de convertirse en una tragedia helénica, por supuesto, pero hay algo así como un “gatillo flojo” -nada que ver con el gatillazo!, que si es recurrente justifica cualquier separación…– en la toma de la decisión, una facilidad y rapidez que nos habla de cierta incapacidad para asumir la contrariedad, la divergencia, los errores, los malentendidos, los temperamentos, las adversidades. La instrumentalización del otro se ha convertido casi casi en ley. El “si no me sirve para…” o el aún  más hiriente: “si ni me sirve para…” forman parte de esas pseudorazones que el oyente escucha estremecido. En cualquier caso, se trata de un proceso, a pesar de la  banalización, que tiene dos momentos muy marcados: el del dolor inicial: “¡Cómo ha podido hacerme esto!” y el del alivio final: “¡Como he podido estar tan ciego/a!”. Entremedias, claro está, hay un rosario interminable de dimes y diretes que consume la paciencia del más devoto de los amigos. Ahora acabo de enterarme, uno no sabe si por efecto de esta ola de separaciones que nos invade que una de las Cataluñas reales quiere separarse no solo de la otra, sino también de todas las Españas reales e imaginarias. Estoy perplejo. No sé si la psicología de masas o el magnífico libro de Canetti: Masa y poder, me ayudarán a sacar algo en claro. Tengo observadas a las dos miembras –seamos políticamente correctos al Zapatero’s and Bibiana’s old style– de la pareja, pero, a pesar de haber visto la aburrida y cansina La vida de Adele, no sé si en las parejas homosexuales los patrones de conducta se asemejan a las heterosexuales o hay diferencias que pueden escapársele al no ejerciente. Cuando haya descubierto algo de relieve a partir del tribadismo de la tribu divorciante, traeré la reflexión a este blog. Del roce nace el cariño, dicen, y aun el placer, pero algo ha fallado en esta pareja centenaria. ¿Será la tan cacareada incompatibilidad de caracteres? ¿O habrá denuncia por medio de malos tratos físicos y psicológicos? Sigo atento.

miércoles, 3 de agosto de 2016

La minipolítica desde la lectura de un maxipensador.



Opinión, demencia, sociedad: Th. W. Adorno reflexiona sobre el 'prusés'
[Me ha parecido oportuno, en estos tiempos de confusión política inducida, rescatar un artículo que mi heterónimo Juan Pérez publicó en Crónica Global, de modo que complete, a su manera, el acercamiento a Adorno y su magnífica Mínima Moralia  que hice en este Diario hace ya algún tiempo.]
Uno, que es un diletante de los perseverantes, tiene a veces humoradas lectoras como la de sumergirse en un librito de Theodor Wiesengrund Adorno simplemente porque por el título (¡Ah, el poder sugestivo de los títulos!), Filosofía y superstición, intuye que va a leer algo con fundamento acerca del presente, por más que la primera edición del libro sea de 1962. Y no tarda mucho en descubrir que, en efecto, así es. El libro en cuestión incide de lleno en la realidad de un pequeño territorio del nordeste español que con hervor -que no fervor- patriótico, porque tiene más de calentón que de otra cosa, pretende separarse del Estado español y crear uno 'ex nihilo' o en lengua catalana, 'nou de trinca', (y los malpensados han de desterrar la idea de que es nuevo para trincar, para robar, como ahora ya se hace, aun estando dentro de España como antiquísima parte constituyente de la misma, porque 'trincar' en catalán significa hacer chinchín con las copas al brindar). Es el caso que después de una primera parte titulada "Cómo leer a Hegel el oscuro", de la que salí con los ojos y el entendimiento llenos de chapapote -el real, el macizo, no los hilillos como de plastilina sobre los que patinó Rajoy-, desemboqué en la parte cuyo título he tomado prestado para encabezar estas líneas. ¡Qué sorpresa mayúscula! Con la claridad expositiva que no siempre le caracteriza, cuando de levantar la crítica de la modernidad se refiere, Adorno reflexiona sobre el concepto de opinión pública y su verdadero sentido para concluir que no sólo es por demás dudosa la suposición de que lo normal es de antemano verdadero y falso lo divergente, suposición que glorifica la mera opinión, a saber, la dominante, la que no es capaz de pensar lo verdadero de una manera distinta a como todos lo piensan. Sino que la opinión infectada, las deformaciones del prejuicio, de la superchería, del rumor, de la demencia colectiva, tal y como crecen a través de la historia, a través de todo de la de los movimientos de masas, no pueden ser en absoluto separadas del concepto de opinión. Se intuye en ese concepto de la opinión infectada, lo que Reich llamó la plaga, una suerte de epidemia emocional, definida por Reich como una biopatía crónica del organismo, en la que aparece un proceso mental que tiene mucho que ver con el enfoque critico de Adorno, porque para los aquejados por la plaga, o peste emocional, como también la denomina, la conclusión está siempre hecha antes del proceso pensante; el pensamiento no sirve, como en el dominio racional, para llegar a la conclusión correcta; por el contrario, sirve para confirmar una conclusión irracional preexistente, así como para racionalizarla. Esto se denomina por lo general prejuicio, se pasa por alto que este prejuicio tiene consecuencias sociales de considerable magnitud, que está ampliamente difundido y es prácticamente sinónimo de lo que llamamos “inercia y tradición”; es intolerante, es decir, no admite al pensamiento racional que podría eliminarlo, por tanto, el pensamiento de la plaga emocional es inaccesible a los argumentos; tiene su propia técnica dentro de su propio dominio, su propia lógica, por así decirlo; por este motivo, da la impresión de racionalidad sin ser en realidad racionalEs evidente, por lo tanto que esa communis opinio acaba convirtiéndose en verdad, sigue Adorno: Sobre lo que es verdad y lo que es mera opinión, a saber, arbitrariedad y azar, no decide, como la ideología quiere, la evidencia, sino el poder social que denuncia como mera arbitrariedad lo que no está de acuerdo con la suya, La frontera entre la opinión sana y la infectada no la traza 'in praxi' el conocimiento objetivo, sino la autoridad vigente. Que es exactamente lo que podemos apreciar de forma clara en la actual sociedad catalana, en la que el poder legalmente constituido ha traicionado la legalidad que lo sustenta para atacarla y, mediante un golpe de estado, autoerigirse en un nuevo estado con su propia legalidad, lo cual, a su vez, es prueba inequívoca de las tesis que Reich y Adorno sostienen. ¿Qué supone esa enfermedad opinante? Un refuerzo del narcisismo, contra el que es difícil combatir. Un narcisismo idéntico al del tío de Jean Paul Sartre, Armand, quien se creía que era algo simplemente porque aborrecía a los británicos. ¿Cuántos no tienen la experiencia incontrovertible de que el prusés se cree algo porque aborrece al resto de España? Adorno lo dice meridianamente claro: De aquello que no alcanza el conocimiento se enseñorea la opinión como su sucedáneo. De ahí que las consecuencias del dominio de las opiniones infundadas nos ofrezcan un retrato sociológico, y aun psicoanalítico, de la realidad catalana inequívocamente fiel: La fuerza y la resistencia de la mera opinión se aclara por su rendimiento psíquico. Por medio de las aclaraciones que ofrece puede ordenarse sin contradicciones la realidad más contradictoria. A lo cual se añade la complacencia narcisista, que la opinión patentizada otorga al corroborar a sus partidarios en que, habiendo sabido de ella desde siempre, pertenecen al círculo sapiente. La confianza en sí mismos de los que opinan sin vacilaciones se siente embrujada contra cualquier juicio divergente y contrario. Karl Manheim nos ha hecho caer en la cuenta de la genialidad con que la demencia racial complace una indigencia psicológica de las masas, al permitir a la mayoría sentirse élite y vengar en una minoría potencialmente inerme la sospecha de su propia impotencia e inferioridad. (…) Y para esto sirven las opiniones infectadas, que proceden irreteniblemente del prejuicio infantil y narcisista, según el cual lo propio es bueno y lo que es de otra manera malo y de escaso valor¿Cómo no llegar al único corolario posible: La figura característica de la actual opinión absurda es el nacionalismo? Parecía inevitable. Pero la precisión con que Adorno, a 52 años vista del presente momento, radiografía el actual Movimiento Nacional Catalán que persigue la creación de un estado propio es asombrosa: La fe en la nación es, más que cualquier otro prejuicio infectado, opinión en cuanto fatalidad; la hipóstasis de eso a lo que se pertenece, en donde se está, como lo bueno y superior por antonomasia. Infla, hasta hacer de ella una máxima moral, la repelente sabiduría de recurso, según la cual todos estamos en la misma barca. (…) La dinámica del sentimiento nacional supuestamente sano tiende a supravalorarse irreteniblemente, ya que la falsedad radica en la identificación de la persona con el complejo racional de naturaleza y sociedad en el que la persona se encuentra casualmenteYa se advierte, pues, que, por una vez, y sin que sirva de precedente…, la Escuela de Frankfurt, para cuya difusión tanto bregó Jesús Aguirre desde la editorial Taurus, se ha vuelto accesible para el lector normal, sensibilizado, sin duda, a la recepción de cualquier discurso que, desde la solidez filosófica, nos explique el tremendo delirio (y uno sospecha que también delírium trémens…) de los que trinquen, desoyendo el sabio consejo de no diguis blat…, por el advenimiento del nuevo estado de Catajauja.

viernes, 22 de julio de 2016

“La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, de Max Weber.



La madre piadosa de la Ilustración: la ética protestante y el espíritu del capitalismo: Max weber levanta acta de la tensión entre la acumulación económica y la acumulación de gloria salvífica individual o el mundo virtuoso que alumbró el capitalismo moderno.

Bien, pues ya he satisfecho una deuda que tenía contraída con mis infinitas lagunas intelectuales: leer La ética protestante y el espíritu del capitalismo del abnegado sociólogo Maximilian Carl Emil  Weber, quien se definió, vía académica, como jurista, historiador y economista antes de aceptar que su lugar académico en el mundo acabaría asociado con su condición de “padre” , junto con George Simmel, de la sociología europea como nueva disciplina moderna. La extensa y profunda investigación de Weber, de la que dan idea las 146 páginas de notas que tiene la lamentable edición mediocre de quiosco que he utilizado, sin siquiera referencia del traductor, el prologuista, etc., es un ejemplo no solo del rigor académico alemán, sino una muestra consumada de la prudencia intelectual con que ha de abordarse el estudio de cualquier fenómeno histórico, político o social: a los diletantes se les debe algo en la mayor parte de las ciencias, incluso, algunas veces, opiniones acertadas y valiosas. Pero el diletantismo, en cuanto a principio de la ciencia, sería su fracaso absoluto. Aquel que desee ver “cosas” que vaya al cine (…). Quien desee “sermones” vaya a los conventículos, nos dice el autor.  En conjunto, y al margen de lo específicamente económico, en lo que ya entraremos, este libro de Weber supone algo así como una bofetada espiritual a la manera tan distinta de entender la religión entre los católicos y los reformistas a nivel popular. Dejando de lado fenómenos como el de la mística católica carmelita o movimientos como el Iluminismo o el Quietismo de Molinos, e incluso el primer franciscanismo italiano, de cuya acendrada piedad y profundidad espiritual no puede dudarse, es indudable que la trascendencia de la vivencia individual de la salvación religiosa que se da entre los protestantes dista mucho de la vivencia colectiva y superficial del fenómeno religioso en los países contrarreformistas. Los fundamentos de ambos proyectos de vida difieren en algo esencial que explica el desarrollo del capitalismo moderno entre los reformistas y su negación en los contrarreformistas: la concepción del trabajo como vía de realización social para conseguir la salvación individual frente a la concepción del trabajo como una maldición social que “mancha” la hijodalguía de tantísimo “cristiano viejo” como ha nacido para no dar palo al agua, un fenómeno suficientemente recogido en nuestra literatura picaresca a partir del propio Lazarillo de Tormes como para que haya necesidad de explayarse respecto a algo tan conocido. Es evidente que el capitalismo no es un fenómeno que nazca en un siglo concreto, porque se trata de un conjunto de prácticas laborales y comerciales cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, en los cinco continentes, pero, a juicio de Weber: Solo el Occidente ha brindado a la vida económica un Derecho y una administración dotándolos de esta exactitud clásica técnico-jurídica. Escoge, como paradigma de los principios fundamentales del capitalismo los extractados de las obras de Benjamin Franklin, heredero usamericano de la gran aportación inglesa al mundo, al decir de Montesquieu en Esprit des lois (libro XX cap. 7), donde dice que los ingleses son quienes más han contribuido, entre la totalidad de los pueblos del mundo, con tres elementos de suma importancia: la piedad, el comercio y la libertad. Ese espíritu es el que bulle en el pensamiento de Franklin, sintetizado en los siguientes mandamientos “económicos” que conviene recordar, no solo  porque son básicos para entender el desarrollo teórico de Weber, sino para compararlos con nuestra montaraz versión española  del capitalismo: 1)Piensa que el tiempo es dinero. 2) Piensa que el cinterés es dinero. 3) Piensa que el dinero es fecundo y provechoso. El dinero puede engendrar dinero. 4) A más dinero invertido, mayor producto, de modo que el beneficio se multiplica con rapidez y sin cesar. 5) Piensa que, conforme al refrán, un buen pagador es amo de la bolsa de cualquiera. 6)Indistintamente de la prontitud y la sensatez, lo que más contribuye al progreso de un joven es la puntualidad y la rectitud en todas sus empresas. 7) Las acciones de menor importancia que pueden pesar en el cinterés de una persona deben ser consideradas por esta. 8)También debes manifestar en toda ocasión que no olvidas tu deuda, procurando mostrarte siempre como un varón diligente y honorable. De este modo se consolidará tu cinterés. 9) Cuídate bien de considerar como propio todo aquellos que posees y de vivir conforme a esa idea. 10) Anota , minuciosamente, tus gastos e ingresos. Si pones atención en esos pormenores, advertirás que los más insignificantes gastos se van convirtiendo en grandes sumas, y te convencerás de cuánto pudiste ahorrar y de lo que aún estás a tiempo de hacerlo en lo sucesivo. [Nota: *Cinterés, un concepto económico que no recoge el diccionario de la RAE, significa “préstamo con interés”.] Si uno hace un repaso de cada uno de los preceptos y los compara con las prácticas habituales de la economía española comienza a entender el porqué de las dificultades para tener una economía sana, seria, competente y en expansión. Es, y eso es lo fundamental del trabajo de Weber, producto de concepciones radicalmente diferentes del trabajo, de la salvación religiosa, de la profesión y de la riqueza. Dicho en términos de las enredosas redes sociales: Amancio Ortega es, para parte de nuestra izquierda de postureo y salón, un explotador esclavista lindante con el terrorismo, en palabras tuiteras de Pablo Iglesias: 25% de paro y Amancio Ortega tercero en el ranking mundial de los ricos. Democracia ¿Donde? (sic). Terrorista ¿Quien? (sic). Llama la atención, del análisis de Weber, el dato relativo a que no fueron las grandes fortunas las impulsoras del actual capitalismo, sino los emprendedores de clase media de ciudades de tipo medio con incipiente desarrollo industrial: En los principios de la nueva época, no fueron única ni siquiera preponderantemente los empresarios capitalistas del patriciado comercial, sino más bien las esferas más atrevidas de la clase media industrial las cuales representaban aquel criterio al que hemos llamado “espíritu del capitalismo” (…) los parvenus  de Manchester, de Renania y de Westfalia, surgidos de las esferas sociales más modestas. ¿Y bajo qué criterio amparaban su iniciativa? Fundamentalmente, nos dice Weber, el del “racionalismo”, por más que añada a continuación que el “racionalismo” es una idea histórica, que incluye un sinfín de contradicciones, y necesitamos investigar qué espíritu engendró aquella forma concreta del pensamiento y la vida “racional” de la cual procede la idea de “profesión” y la consagración tan abnegada (aparentemente tan irracional, desde el punto de vista del propio interés eudemonístico) a la actividad profesional, que era y sigue siendo uno de los elementos característicos de nuestra civilización capitalista. Y por ahí es por donde nos vamos a la vivencia religiosa protestante y a la preponderancia que tuvo, a partir de la atención preferente que se le dedicó al libro bíblico Eclesiástico, el concepto de profesión, tomado de dicho libro: 11, 20 y 21: 20. Hijo mío, cumple con tu deber, ocúpate de él, que la vejez te llegue haciendo tu tarea. 21 No admires las obras de los malos; confía en el Señor y espera su luz. Pues para él es cosa fácil hacer rico al pobre en un momento. Esa referencia bíblica es algo así como la piedra angular del edificio capitalista, hijo de la piedad espiritual, por más que en nuestros días la laicidad haya sustituido aquel movimiento que teñía de religiosidad la actividad económica, y ello con tanta fuera y poder como para oponerse a la manifiesta usura en que solían incurrir las sociedades de crédito. El banquero, en el capitalismo piadoso, era tan execrado como lo es ahora en la sociedad posindustrial: Se juzgó también con mucho rigor tanto la riqueza como la inclinación por instinto tras el lucro. Así vemos como, en 1574, en los Países Bajos, fue declarado por el sínodo subholandés, en respuesta a una pregunta, que los “prestamistas”, si bien ejercen de una manera legal su actividad, no deben ser admitidos a la comunión; y por el sínodo provincial de Deventer, en 1598, la prohibición abarcó a los empleados de los banqueros, en tanto que con el de Gorichem en 1606 se fijaron las severas y degradantes condiciones mediante las que podían ser admitidas las mujeres de los “usureros”. En 1644 y 1657 aún se debatía si era o no posible aceptar a los banqueros a la comunión. El concepto de “profesión” como “espinazo de una vida”, como la definiría Nietzsche, se remonta también a la cita bíblica del Eclesiástico. Según Weber, aunque con cierta exageración, “en el vocablo alemán “profesión” (Beruf), aun cuando tal vez con más claridad en el inglés calling, existe por lo menos una reminiscencia religiosa: la creencia de una misión impuesta por Dios. (…) Se advierte que aquellos pueblos en los que predomina el catolicismo carecen de una expresión coloreada con este matiz religioso para indicar eso que en alemán nombramos Beruf (con el significado de posición en la vida, de una clase concreta de trabajo.)” Digo con “exageración” porque nuestro concepto de “vocación” puede tomarse casi como traducción literal del calling inglés, aunque, por mi desconocimiento del alemán, ignoro si también de Beruf. Compatible con esa doble dimensión de salvación individual y amejoramiento de la colectividad en la que el capitalista desarrolla su actividad, Weber nos dice de esos capitalistas religiosos que el empresario moderno siente una determinada y vital satisfacción, con visos de indudable “idealismo”, por el gusto y la vanidad de “haber proporcionado trabajo” a muchas personas y de haber contribuido al “florecimiento” de la ciudad nativa, en el doble sentido censatario y comercial dado por el capitalismo. Se trata de una visión de la realidad que se aparta de la “justicia social estatal” propia de los movimientos socialistas europeos y que se acerca a la charity tal y como la conciben los anglosajones protestantes y que se manifiesta claramente en las donaciones privadas que contribuyen a la mejora social en países como Usamérica, por ejemplo, cuyas universidades privadas suelen honrar con creces la generosidad de sus mecenas, que han hecho de ellas los principales centros de saber del mundo. El análisis de Weber deja perfectamente claro que dentro del protestantismo hay dos vías muy diferentes, la del luteranismo y la del calvinismo: la vida religiosa y la manera de obrar en el mundo por parte de los calvinistas es de tipo fundamentalmente distinto a la de los católicos y luteranos, porque mientras la idea de profesión conservó en Lutero un sello tradicionalista (…) es una donación que la Providencia le ha otorgado, algo ante lo cual debe “allanarse”, y tal idea establece la razón del trabajo profesional como la misión impuesta por Dios al hombre, para los calvinistas no existe, por ejemplo,  el deseo de los bienes terrenales como valor ético, es decir, como una finalidad inherente. Así pues, la labor social del calvinista en el mundo solo se realiza in majorem Dei gloriam. En la ética profesional ocurre  exactamente lo mismo, puesto que sirve al conjunto global de los hombres a su paso por el mundo. Fueron muchas las interpretaciones de los religiosos calvinistas que se enfrentaron al reto de lo que suponía la dedicación profesional en relación con el único “negocio” en el que ha de emplear su vida el seguidor del puritanismo: la salvación individual. Richard Baxter fue uno de ellos, y de él nos quedamos con lo siguiente: conforme a la voluntad indudable de Dios, revelada por Él, aquello que es válido para acrecentar su gloria no es la ociosidad ni el placer, por el contrario, son las obras; en consecuencia, el primero y más importante de todos los pecados es el derroche del tiempo: la durabilidad de la existencia es demasiado breve y preciosa para “afianzar” nuestro sino. Perder el tiempo en la vida social, en “cotilleo”, en lujos, incluso entregándose al sueño por más tiempo del que requiere la salud corporal, esto es, de seis a ocho horas a la sumo, es del todo reprochable en cuanto a lo moral. Aún no se dice tal como Franklin lo dejó escrito: “el tiempo es dinero”; sin embargo, el principio adquiere ya validez desde el punto de vista espiritual. No extraña, así pues, que en ese estrecho cauce de socialización que deja libre semejante tarea metafísica, para Robert Barclay, el gran teórico de los cuáqueros, las recreations consideradas lícitas por el cuáquero son: visitar a los amigos, la lectura de obras históricas, experimentos matemáticos y físicos, jardinería, discusión de los hechos ocurridos en el mundo financiero, etc. No hemos de perder de vista que ese “negocio” está en la base del acendrado individualismo que conforma el origen del capitalismo de raíz puritana. Un individualismo que contempla el mundo como un peligroso lugar de “pecado”, ocasión propicia y continua para perder el único negocio en el que cumple andar avisado: la salvación de la propia alma. Como escribió Edward Dowden en Puritan and Anglican: The deepest community [con Dios] is found not in institutions or corporations or churches but in the secrets of a solitary heart. La crítica radical de la acumulación de riqueza fue algo común a todos los movimientos protestantes que antepusieron la conquista del cielo a la conquista de la tierra, pero la solución provino de un planteamiento ético irreprochable: la opulencia es únicamente condenable cuando induce a la pereza corrompida y al placer sensual de la vida, y el afán de enriquecerse tan solo es malo si lleva implícita la seguridad de una vida indiferente y confortable y el goce de todos los placeres. Sin embargo. En calidad de práctica del deber profesional, además de ser moralmente lícito, constituye un mandato prescrito. Eso es algo que contrasta radicalmente con la experiencia de la riqueza como exhibición social propia de la mentalidad de los países contrarreformistas, más atentos al brillo social que a la purificación del alma. Dicho en otras palabras: La pelea entablada contra el sensualismo y el apego a la riqueza no iba dirigida hacia el lucro racional; se trataba de dar el golpe al uso irracional de la riqueza. Se contarían por miles los ejemplos de ese uso irracional de la riqueza que aún pervive en los gastos suntuarios de los dineros públicos por parte de los partidos políticos, dispuesto a levantar aeródromos sin aviones, estaciones de AVE sin pasajeros y autopistas privadas sin coches…
 En consejos que parecen proverbios se han inculcado, a lo largo del tiempo, preciosos consejos que han moldeado una manera de entender la vida, la religión y la actividad económica: El padre de Franklin le inculcó esta máxima: “Si encuentras a un hombre solícito en su actividad, debe ser preferido a los reyes” (Prov. 22, 29); la expresión “honrado como un hugonote” era, en el s. XVII, tan común como referirse a la rectitud e los holandeses; según Th. Adams: In civil actions it is good to be as the many; in religious, to be as the best, esto es, en las acciones civiles es bueno ser como la mayoría; en tanto que en las religiosas, como los mejores”; para Th. Adanis:  the inconstant man is a stranger in his own house; o el famoso dictum austiniano:  Si non est predestinatus fact ut praedestineris, esto es, “si no estás predestinado, obra como para que lo estés”; o el terrible imperativo paulino que confirmaría, para cierta izquierda buenista, el carácter cavernario de la ética católica: “quien no trabaja, que no coma”… Finalmente, no quiero acabar sin recoger la idea alrededor de la cual se articula todo el edificio de la ética calvinista del capitalismo: la determinada forma a la cual se acogió el ascetismo profano de los bautizantes, en especial los cuáqueros, en el ejercicio de un sustancial fundamento de la ética capitalista, que responde a la frase: honesty is the best policy, usada por Franklin en su clásica expresión en el tratado al que nos referimos con anterioridad. Y parte esencial en esa honestidad la tiene, como recoge Weber el principio goethiano de que el individuo en acción es desleal; únicamente tiene conciencia el contemplativo. Es evidente que en estas pocas líneas no cabe, ni por asomo, un resumen clarificador de los importantes temas que debate Weber en su ensayo, que es un análisis pormenorizado, además, de los textos canónicos de los movimientos pietistas reformistas y de las principales corrientes surgidas en su seno: puritanos, metodistas, cuáqueros, etc., y que al lector formado en el seno de una tradición católica pueden resultarles muy alejados, pero siempre interesantes, porque del estudio de esas tradiciones se entiende la manera como unas y otras culturas se han enfrentado a la creación de la riqueza, a la responsabilidad individual, al reparto social de los bienes, a la vivencia de la religión, etc. Está claro que, al margen de una lectura completa de la obra, el libro de Weber es un libro de consulta, porque sobre ciertos capítulos hay que volver con mayor detenimiento cuando otras lecturas nos acaben empujando a ello, para poder entender cabalmente las implicaciones que esos movimientos religiosos protestantes tuvieron en la manera moderna de entender el capitalismo. De modo crudamente sintético, como lo expone Weber: El Dios del Nuevo Testamento fue siempre el que predominó en Lutero, puesto que a cada paso eludió la reflexión acerca de lo metafísico, considerándola infructuosa y arriesgada. Por lo que respecta a Calvino, la Divinidad trascendente triunfó en él, siendo mucho el poder que alcanzó sobre la vida. Pero esta idea no fue posible que se sostuviera en el desarrollo popular calvinista. En vez de ser el Padre celestial del Nuevo Testamento, fue el Jehová del Antiguo quien se situó en su lugar.

sábado, 9 de julio de 2016

Un artista universal en Llabià: Josep Coll.



La mirada del Artista auténtico: Josep Coll, escultor, creador de formas y mundos.


LLabiá es un pequeño pueblo del Ampurdán, situado en un altozano desde el que se contempla la amplia extensión del antiguo estanque de Ullastret, localidad célebre por sus ruinas prehistóricas, un espacio de cultivo rodeado por la Sierra del Dauró y la sierra de Les Gavarres, como si fuera el cráter calmo y fértil de un volcán extinguido. Allí nos condujo la amistad y nos sedujo un paisaje que, como la Flecha a Fray Luis, nos acogió lejos del mundanal ruido y nos serenó incluso el más turbado o baqueteado de los ánimos. Son cuatro casas mal contadas, una iglesia modesta, una casa de turismo rural y unos alrededores por donde el olvido de sí y de los noes del determinismo social se daban amistosamente la mano. No es la primera vez que J. y A. nos invitan, pero sí ha sido la primera en que hemos tenido la ocasión de visitar el taller y museo de un artista discreto, casi escondido, apegado a la tierra y a la imaginación a partes iguales, Josep Coll, a quien poco a poco el tiempo, espero y deseo, irá poniendo en el lugar de honor que le corresponde. 

Quien tiene, como yo, El quadern gris de Josep Pla como una biblia territorial y antropológica catalana, en su creativa versión ampurdanesa, además de un texto fundacional del català antinoucentista (aquel intento diabólico de crear una lengua artificial de minorías selectas y estiradas,  definitely highbrow) entiende perfectamente la existencia de un personaje como Josep Coll, tan volcado en su arte y en los logros del mismo, como olvidado de sí y de la posible importancia que pueda tener su obra magnífica y de alto vuelo conceptual. De profunda raíz agraria, aunque electricista de profesión, Josep Coll es un hombre que recicla cuantos materiales tiene a su alcance en la magnífica masía del siglo XVI de Can Pau de Llabià, hoy establecimiento turístico rural donde “los que saben” escogen pasar unos días de desconexión total, porque Llabià es, realmente, un inexpugnable castillo sin lienzos de muralla, sin almenas, sin adarves…, de la paz más exquisita que se recoge en un paisaje que instala en el espíritu el olvidado ritmo de la madre naturaleza. 

Josep, que tiene en el jardín de su masía una suerte de museo al aire libre de sus piezas, también ha construido un espacio cerrado donde exponer buena parte de su colección, llena de piezas que no solo sorprenden por la forja en metal y la unión con elementos naturales como las piedras o la madera, sino por invenciones luminosas como sus móviles con varios centros de suspensión, al más puro estilo de los de Calder, aunque sin el aditamento del color.

Es una maravilla ver esos móviles en acción rotando en diferentes direcciones al tiempo. Josep experimenta también con los efectos lumínicos, con la sombra de las piezas y con la inversión de las perspectivas a partir de las bombillas rellenas de material que proyectan una visión espectacular del paisaje del antiguo estanque de Ullastret, como se aprecia en las magníficas fotografías de J., tomadas el día de nuestra visita. Impresiona la capacidad formal de Josep Coll y sorprende la aplicación artesanal de su arte mayor escultórico a unas lámparas que son perfecta aplicación práctica de un modo muy original de combinar la forja y los elementos naturales propios de la zona y de la masía. El taller del artista merece una visita tanto o más obligada que la de su pequeño pero espectacular museo, porque en el atelier es donde se conoce verdaderamente al artista, junto a su mundo referencial: herramientas, materiales, proyectos, obras a medio acabar, obras desdeñadas, diseños, esbozos, e incluso los sueños y las figuraciones de lo por venir. Josep, vecino de J., nos trató con esa sencillez sin adulteración posible del hombre arraigado en su hábitat y al tiempo soñador de mundos llenos de formas en las que habita la gracia de la inspiración alada, a juzgar por la querencia aérea de su obra, incluso la de la atada a las moles de piedra o al terreno. Le escuchábamos en silencio, aunque tampoco es artista de palabra torrencial, sino de entusiasmo profundo y sincera modestia. Nuestra sorpresa fue que, hasta el presente, solo haya hecho una exhibición de su obra en los baños árabes de Gerona, y hace ya tiempo. Mientras paseábamos por tal derroche de imaginación artística, me preguntaba cómo es posible que Josep Coll no haya sido descubierto como merece, como un escultor de primera magnitud en un formato medio del que es posible que, con el reconocimiento por medio, diera el salto a la obra de grandes dimensiones. Azarientos son los caminos complejos del reconocimiento artístico -¡y qué me van a decir a mí, Artista Desencajado!-, pero tengo para mí que no ha de pasar mucho tiempo antes de que, sea a través de un reportaje en el dominical de El País o con una gran exposición en una reconocida galería de arte, que la obra de Josep Coll, tan original y sorprendente llegue a conocimiento del gran público. ¿No se invierte en arte en época de crisis? Pues ningún momento mejor que éste para hacerlo con una obra que, en cuanto se conozca, no conocerá sino la revalorización permanente. 
Además, Josep une a su arte de forja, la afición notable de la fotografía, de ahí que busque con sus piezas una experimentación con efectos luminosos que no excluyen ni la fotografía ni la filmación. A ello se añade el placer del artista en fotografiar el paisaje cambiante que se advierte desde el altozano de LLabià teniendo sus propias obras como contraste y fuente de inspiración. Es probable que muy pronto a las piezas se haya de sumar, de forma complementaria, una exposición de sus excepcionales fotografías. Sí, el ojo del creador, la mirada del artista, es siempre la percepción insólita de lo existente, el descubrimiento de lo que a los ignaros y superficiales mortales nos suele pasar desapercibido, de ahí que en el taller y en el museo de Josep me sintiera como en casa y en la mejor de las compañías, la de a quien nada le pasa desapercibido ni por alto, quien se adentra en la materia y en la realidad hasta su tuétano sabroso y nutritivo. Supongo que solo pasando unos días en Can Pau de LLabià puede entenderse de qué hablo, qué admiro y ante quién me descubro con rendido agradecimiento. 










¡Qué suerte tener amigos como J. y A. que, además de su hospitalidad y su afecto, te regalan el conocimiento de un artista singular!





martes, 28 de junio de 2016

“Vindicación de los derechos de la mujer”. Mary Wollstonecraft, contundente feminista persuasiva, e ilustrada europeísta de pro.


Autor: John Opie (1797)
    

Entre las razones del corazón y el corazón valiente de las razones de ayer, de hoy y de mañana: Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft.
       
Por esos azares del destino, y como ya anuncié cuando colgué el texto de Barbauld, traigo a este Diario un recensión del interesante, aunque algo repetitivo, libro de Mary Wollstonecraft -un apellido cuya traducción literal nos daría algo parecido a “el deseo hecho en piedra”- escrito en unas pocas semanas y con el subidón entusiasta de las primeras noticias que le llegaban de la Revolución Francesa. Se trata de una edición magnífica de Marta Lois Gonzalez para la editorial Istmo, con un prólogo muy documentado y unas notas a pie de página perfectamente dosificadas y con alto valor referencial. De hecho, lo acabó en Francia, adonde se desplazó, llevada por ese entusiasmo histórico, para vivir de primera mano acontecimientos que se revelaron tan trascendentales para la historia de Europa y del mundo. A su manera, actuó como quienes se presentaron en Berlín para contemplar la caída del muro, como el protagonista del libro de Ian McEwan, Los perros negros, por ejemplo. En estos días del Brexit, ya digo, no deja de llamar la atención que Wollstonecraft aúne la defensa de los derechos de la mujer con la visión europeísta de la extensión de los derechos humanos que supuso en su origen la Revolución Francesa. Estoy convencido de que le hubiera afeado a Cameron la estupidez política de convocar una bomba de relojería, que en eso se ha convertido el famoso Brexit. Ha estallado, finalmente, y aún no se atisba quién va a reparar los daños sociales provocados ni quién va a encargarse de limpiar el lugar de la explosión, lleno de escombros y destrucción. El libro no es propiamente un listado clásico de reivindicaciones, sino una suerte de ensayo más o menos compendioso de todas las ideas que Wollstonecraft defendió a lo largo de su vida, no solo intelectualmente, sino también en la práctica, como lo demuestra la creación de la escuela privada donde intentó traducir en la práctica sus adelantados ideales pedagógicos, muy parecidos a los de la Institución Libre de Enseñanza,  o su unión libre con Gilbert Imlay, un americano que luchó contra los ingleses por la independencia del nuevo país, con quien tuvo a su primera hija, a la que le puso el nombre de Fanny, el de su mejor amiga, con quien creó la escuela y que murió de parto en Lisboa, una muerte paralela a la suya, pues Mary murió al poco de haber tenido con el filósofo William Godwin a su hija Mary, la futura Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo. Antes de Imlay, Mary ya se había enamorado arrebatadamente del pintor Fuseli, a quien le había propuesto una insólita convivencia “a tres” que horrorizó a la mujer del pintor, razón por la cual Fuseli optó por su mujer y abandonó a Wollstonecraft. Al casarse con Godwin (los dos contrayentes estaban en contra de la institución matrimonial, curiosamente…) se supo que Wollstonecraft no había estado casada con Imlay, por lo que su situación irregular de mujer amancebada y con una hija pasó onerosa factura al nuevo matrimonio, que perdió no pocas amistades, conocidos y familiares; ello nos indica, si bien muy escuetamente, que la propia vida de la autora tiene unos ingredientes “novelescos” tales, que por sí misma es merecedora de atenta y apasionada lectura, porque esa “mujer fuerte” que fue Wollstonecraft hubo de serlo en una sociedad cuyo rechazo cayó sobre ella inmisericordemente. No solo estaba amancebada con Imlay, sino que cuando este la abandonó, porque ya no encontraba aliciente en una Wollstonecraft volcada en la crianza de su hija y en su trabajo intelectual, en vez de en la pasión que ambos habían compartido, intentó suicidarse, sin ocultar en ningún momento que lo suyo no había sido un “accidente”, sino un deliberado intento de suicidio. La tensión entre las ideas y la pasión forma parte de la vida de Wollstonecraft, si bien su labor intelectual fue prioritaria para ella, como lo prueba no solo el presente ensayo, piedra angular del movimiento feminista europeo, sino su obra narrativa y su obra histórica acerca de los orígenes de la Revolución Francesa. Si algo sorprende del presente libro, Vindicación…, es su total modernidad y la claridad conceptual irrebatible con que Wollstonecraft no solo defiende principios que a algunos conservadores de nuestro tiempo les cuesta admitir, sino que se anticipa a conquistas que tardarán mucho tiempo en realizarse socialmente, como la coeducación, por ejemplo. El libro no solo es una defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres -Quiero al hombre como compañero; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende hasta mí, salvo que la razón de un individuo demande mi homenaje; e incluso entonces la sumisión es a la razón y no al hombre-, sino que se ofrece a los lectores como una explicación del atraso de la mujer, sometida al mero papel de reproductora de la especie, un ser que ha de dedicarse prioritariamente a esa función y no tener otro objetivo en la vida que preocuparse de las cosas de la casa, de sí misma, desde la higiene hasta el aspecto, de conquistar a un hombre y de su familia. El libro no es solo, ya digo, un feroz y lúcido alegato contra la supremacía masculina que ha impedido que la mujer se desarrolle intelectualmente, sino una suerte de programa político de ordenación de la sociedad en el que también se incluyen aspectos de tanta importancia como el diseño de un sistema educativo que libere a hombres y mujeres, el derecho a voto de las mujeres, el establecimiento de derechos igualitarios en el contrato matrimonial y en las herencias, etc. Es decir, no hay ámbito social en el que Wollstonecraft no deje de recordar la injusticia que supone la organización social de su época, ese patriarcado en el que la mujer solo disfruta del poder indirecto que le confiere su relación individual con su esposo y su autoridad como madre de familia. Wollstonecraf escoge a Rousseau como adversario, y a fe que lo tiene fácil, porque el ginebrino dice tantas barbaridades acerca del papel de la mujer en la sociedad, condensadas todas ellas en el capítulo V de su Emilio o la educación, donde describe a la “pareja ideal” de Emilia, a la que bautiza, paradójicamente, con el nombre de Sofía, que resulta poco menos que imposible no vapulearlo con total garantía de éxito:  Rousseau expresa que una mujer jamás debería, ni por un momento, sentirse independiente, que debería moverse por el miedo a ejercitar su astucia natural, y que se trata de hacer de ella una esclava coqueta, con el fin de convertirse en un objeto de deseo más seductor, una compañía más dulce para el hombre, cuando quiera relajarse. Lleva sus argumentos todavía más lejos, pretendiendo extraerlos de los indicios de la naturaleza, e insinúa que verdad y fortaleza, las piedras angulares de toda virtud humana, deberían ser cultivadas con ciertas restricciones, porque, en relación al carácter femenino, la obediencia constituye la gran lección que debe inculcarse con vigor implacable, dice ella que dice Rousseau, pero cuando inserta en su estudio las citas textuales del ginebrino, entonces sí que las carnes se nos abren por completo: La investigación de verdades abstractas y especulativas, de principios y axiomas de las ciencias, en definitiva, de todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas, no es la provincia adecuada de las mujeres; sus estudios todos deben remitirse a la práctica. (…) Todas las reflexiones de las mujeres deben dirigirse, en lo que se refiere de modo inmediato a sus deberes, al estudio de los hombres o a la consecución de aquellas habilidades agradables que tienen el gusto por objeto; porque las obras de genio están más allá de su capacidad; tampoco tienen suficiente precisión o capacidad de atención para triunfar en las ciencias exactas. (…) Debe estudiar a fondo la mente del hombre, no la mente de los hombres en general, de forma abstracta, sino la disposición de aquellos hombres de los que depende, bien por la ley de su país, bien por la fuerza de la opinión, (…) La mujer tiene más ingenio, el hombre más genio; la mujer observa, el hombre razona: de este concurso deriva la luz más clara y el conocimiento más perfecto que es capaz de adquirir por sí misma la mente humana. No obstante el celo reformador de Wollstonecraft, si algo hace atractivo su libro es esa suerte de escepticismo último sobre las menguadas posibilidades de ciertos cambios sociales y su escasa fe en el poder que ahora le atribuimos a algunas instituciones, como por ejemplo a la educación: No considero que la educación personal pueda hacer milagros, tal como le atribuyen algunos escritores optimistas. Los hombres y las mujeres deben educarse, en gran medida, a través de las opiniones y costumbres de la sociedad en la que viven. O la ecuanimidad de un juicio atento siempre a la ponderación y a la justeza: He tenido antes la ocasión de observar que un derecho siempre comprende un deber, y creo que puede inferirse igualmente que pierden el derecho aquellos que no cumplen el deber.   La suerte de precipitación con que fue escrito el libro le impidió a la autora eliminar las constantes repeticiones que se centran, sobre todo en una idea básica: la mujer ha de desarrollarse intelectualmente. Se trata de una especie de motivo recurrente que aparece en cada capítulo y en algunos varias veces, casi como una jaculatoria que, repetida ad náuseam, fuera capaz de hacer realidad el justo y perentorio deseo que incluye. A esa necesidad ha de sumársele la de la independencia económica, a través del ejercicio de una profesión, porque solo desde la independencia económica, como es sabido, pueden establecerse relaciones de igualdad. El libro, de hecho, es una severa crítica incluso a las mujeres que aceptan semejante estado de postración social e individual: La mujeres deben tratar de purificar su corazón, pero ¿pueden hacerlo cuando sus entendimientos sin cultivar las hacen dependientes por completo de sus sentidos para estar ocupadas y divertirse, cuando ninguna actividad noble las sitúa por encima de las pequeñas vanidades diarias o les permite refrenar las emociones salvajes que agitan la caña, sobre la que cualquier brisa pasajera tiene poder? Salir de esa suerte de falsa torre de marfil donde los hombres se empeñan en encerrarla es la obligación de todas y cada una de las mujeres, si es que quieren ser libres y desarrollar su pensamiento en igualdad de condiciones con los hombres, pues solo con los mimbres de la igualdad se construyen sociedades no opresivas ni represivas. Las mujeres han de rechazar, han de combatir el estereotipo que las convierte poco menos que en sacerdotisas de la belleza, en persecución de la cual han de emplear todos los días de su vida: Las mujeres se encuentran en todas partes en ese estado deplorable porque, con el fin de preservar su inocencia, como se denomina cortésmente a la ignorancia, se les oculta la verdad y se les hace asumir un carácter ficticio antes de que sus facultades hayan adquirido alguna fuerza. Como desde la infancia se les enseña que la belleza es el centro de la mujer, la mente se ajusta al cuerpo y, deambulando por su jaula dorada, solo busca adorar su prisión. Como se advierte, la modernidad de los planteamientos de Wollstonecraft es total. lo cual dice muy poco de nuestras sociedades, todo sea dicho de paso, y menos aún de esas en las que el papel de la mujer, como en las dominadas por el Islam, se acerca lamentablemente al de la subordinación absoluto a los dictados del hombre. La perspicacia de Wollstonecraft a la hora de descubrir la conformación del modelo social opresivo de la mujer se extiende a la relación implícita entre el maltrato animal y su extensión al maltrato en el seno de la familia, como algo casi “natural”: La humanidad para con los animales debería ser particularmente inculcada como parte de la educación nacional, pues no es en la actualidad una de nuestras virtudes nacionales. (…) Esta crueldad habitual se adquiere primero en la escuela, donde uno de los juegos raros de los niños es atormentar a los pobres animales que se encuentran en su camino. La transición, conforme crecen, de la barbaridad con las bestias a la tiranía doméstica sobre las esposas, niños y sirvientes, es muy fácil. La justicia, o incluso la benevolencia, no será una fuente poderosa de acción a menos que se extienda a la creación entera; más aún, creo que puede tomarse como axioma que aquellos que pueden presenciar el dolor sin conmoverse pronto aprenderán a infligirlo. La posición política de Wollstonecraft es bastante radical para su tiempo, porque se sitúa claramente contra un sistema político que a su juicio permite instituciones tan gravosas como inoperantes, comenzando por la propia monarquía, lo cual tampoco es extraño si se considera el fervor que despertó en ella la Revolución Francesa: Los impuestos sobre los elementos más necesarios de la vida permiten a una tribu interminable de príncipes y princesas ociosos pasar con estúpida pompa delante de una multitud boquiabierta, que casi venera el mismo desfile que tan caro le cuesta. Esto es mera grandeza bárbara, algo como las inútiles y salvajes procesiones de centinelas montados a caballo en Whitehall, lo que nunca pude contemplar sin una mezcla de desprecio e indignación. Pocos en la Gran Bretaña de hoy, ni siquiera entre los laboristas, se expresarían de manera tan contundente, me parece… En realidad, sorprende la reticencia con que Wollstonecraft sugiere que se hace inevitable no solo la participación “pasiva” de la mujer a través del voto, sino que ha de haber mujeres en el Parlamento: Puede que provoque la risa, al sugerir una idea que pretendo perseguir, en algún tiempo futuro, pues realmente pienso que las mujeres deberían tener representantes, en vez de ser arbitrariamente gobernadas sin que se les permita ninguna participación directa en las deliberaciones de gobierno. Estamos en 1792, lo recuerdo, por si a alguien se le había olvidado, y la primera parlamentaria elegida para la Cámara de los Comunes fue Constance Markiewicz en 1918, por el Sinn Féin, que no tomó posesión del escaño. Después de ella, por los Tories fue elegida Lady Astor, en 1919, que sí la tomó. ¡Qué menos podía esperarse de una mujer a la que le cumple realmente el calificativo de revolucionaria, porque muchas de sus ideas han alimentado desde entonces la necesaria rebelión contra estructuras sociales que han supuesto una seria limitación no solo de las libertades individuales, sino, sobre todo, de la inequívoca represión de los derechos de las mujeres! Esa rebelión se manifiesta claramente cuando llama a desprendernos de automatismos como la “obediencia debida”: El deber absurdo, inculcado muy a menudo, de obedecer a los padres solo en razón de su status como padre, encadena con grilletes a la mente y la prepara para una sumisión servil a todo poder menos la razón. (…) El padre que es obedecido ciegamente es obedecido por pura debilidad o por motivos que degradan el carácter humano.
 La condición de filósofa de Mary Wollstonecraft se manifiesta también en su Vindicación… cuando, entre los muchos aspectos de la realidad que trata en relación con la condición de la mujer, nos sorprende con el esbozo, de hondo carácter lírico, de una interesante gnoseología: Aquella rápida percepción de la verdad, que es tan intuitiva que desconcierta la investigación y nos impide determinar si es reminiscencia o raciocinio, al perderse su rastro en la celeridad con que irrumpe en la nube oscura. (…) Cuando la mente es un ave agrandada por los vuelos divagantes o la reflexión profunda, las materias primas se ordenarán a sí mismas en cierta medida. (…) ¡Qué poco poder poseemos sobre este sutil fluido eléctrico y qué poco poder puede obtener la razón sobre él! Estos delicados e intratables espíritus parecen ser la esencia del genio y, resplandeciendo en su ojo de águila, producen en el grado más eminente la energía feliz de asociar pensamientos que sorprenden, gratifican, deleitan e instruyen. Desde esa perspectiva, y a pesar de que ella misma sucumbió al romanticismo propio de su tiempo, Wollstonecraft defiende la primacía de la amistad sobre el amor: La amistad es un afecto serio, el más sublime de todos los afectos, porque se funda en los principios y se cimenta con el tiempo. Todo lo contrario debe decirse del amor. En gran medida, el amor y la amistad no pueden coexistir en el mismo seno; incluso cuando son inspirados por diferentes objetos, se debilitan o destruyen mutuamente, y por el mismo objeto sólo pueden sentirse en secuencia. De ahí que, para conseguir ese ideal, Wollstonecraft lo fíe todo al progreso del conocimiento, que equivale para ella al de la virtud: Sin conocimiento no puede haber moralidad. ¡La ignorancia es una frágil base para la virtud! Finalmente, a nivel estructural, aunque el libro tiene mucho de amalgama que esconde cierto desorden y no pocas repeticiones de la tesis fundamental, la mujer ha de formarse para adquirir independencia económica del hombre y situarse en un plano de igualdad con él, hay un capítulo, el 5º, en el que adelantándose aún más a su tiempo, la autora realiza un impecable fisking de las teorías de Rousseau, pero también de otros pedagogos y moralistas ingleses de su época. Las citas seguidas o precedidas de sus comentarios conforman un método de crítica similar al fisking que con tanto éxito practicó Arcadi Espada en España, por ejemplo, en su lúcida crítica al Estatuto de Cataluña pergeñado por el Tripartito, de infausto recuerdo, y entre cuyos delétereos efectos puede contarse el crecimiento del proyecto secesionista. Vindicación de los derechos de la mujer es un ensayo de tesis con el que resulta muy difícil discrepar, salvo cuando a la autora le ataca cierta vena puritana y se descuelga con juicios como que los matrimonios con descendencia han de renunciar a su vida sexual en la edad madura para hacerse cargo plenamente de la educación de los hijos como objetivo fundamental de sus vidas. La imagen de la armonía conyugal la cifra la autora en el indeleble recuerdo que ha de crear en la familia el acto de la lactancia contemplado por el esposo, por ejemplo, y no le falta razón, desde luego, y lo digo desde mi experiencia personal al respecto, pero de ahí a poco menos que tener que abrazar el celibato en aras de la formación de los infantes media un buen trecho… Mary Wollstonecraft tiene un estilo diáfano y eficaz, casi apodíctico. Suele intercalar algún que otro brillante aforismo, la verdad constituye un límite muy débil cuando se interpone en el camino de una hipótesis, acaso contagiada de su trato con el círculo de intelectuales al que tuvo acceso cuando accedió a trabajar para el editor liberal Joseph Johnson, en cuyas célebres tertulias participó, y es muy amiga de remachar la misma idea una y otra vez hasta conseguir que le quede bien claro, sobre todo a sus posibles lectoras, que no han de ceder al chantaje de disfrutar de un “poder femenino” basado en la explotación miserable de sus encantos sexuales, a cambio de continuar en el hoyo profundo de la ignorancia. Y este libro, que debería ser de cabecera de todas las jóvenes españolas y leído por todos los hombres, consigue plenamente su objetivo. 

miércoles, 15 de junio de 2016

Anna Laetitia Barbauld: activista y poeta romántica protofeminista del siglo XVIII



El discurso de una mujer romántica en defensa del trabajo intelectual como realización vital: Anna Laetitia Barbauld: Against inconsistency in our expectations.

                 ¡Quién no teme las sugerencias de las notas a pie de página, esas invitaciones crueles a apartarse del sendero de la investigación en curso para descubrir territorios ignotos o autoras, como Barbauld en este caso, absolutamente desconocidas y tan atractivas! El sendero no es otro que el ya anunciado en la entrada sobre Rousseau acerca de Mary Wollstonecraft y su Vindicacion de los derechos de la mujer, un más que justificado clásico del feminismo y del pensamiento sin más. Mientras distraigo no pocas horas para acabar esa entrada, he hecho caso a la imperiosa nota a pie de página y me he ido a la caza y captura del breve ensayo que Wollstonecraft recomienda encarecidamente, porque, como he imaginado, he tenido la intuición de que podría estar en la línea del célebre cuento de Clarín El jornalero, al que ya le dediqué mi atención en su momento. Y así ha sido, me parece que el texto de Barbauld merece la pena ser rescatado y puesto a disposición de los intelectores que disfruten con el arte del razonamiento y el vuelo majestuoso de la inteligencia. No quiero extenderme en los pormenores de una vida más que movidita y llena de éxitos poéticos e intelectuales, una vida de activista cultural y política en parte arruinada por un matrimonio desafortunado del que solo con la muerte accidental del marido pudo librarse. Algo parecido le ocurrió a Wollstonecraft, como ya veremos, una suerte de desacuerdo entre su pensamiento y su vida afectiva que les pasó, a ambas, una onerosa factura existencial. En cualquier caso, mi interés, ahora, es poner a disposición de quien estime conveniente conocer a esta autora, un texto que no dejará indiferente a sus intelectores, espero:


 *AGAINST INCONSISTENCY IN OUR EXPECTATIONS.

“WHAT is more reasonable, than that they who take pains for any thing, should get most in that particular for which they take pains?  They have taken pains for power, you for right  principles; they for riches, you for a proper use of the appearances of things: see whether they have the advantage of you in that for  which you have taken pains, and which they  neglect : If they are in power, and you not,  why will not you speak the truth to yourself,  that you do nothing for the sake of power, but  that they do everything? No, but since I  take care to have right principles, it is more reasonable that I should have power. Yes, in respect to what you take care about, your principles. But give up to others the things in which they have taken more care than you. Else it is just as if, because you have right principles, you should think it fit that when  you shoot an arrow, you should hit the mark  better than an archer, or that you should forge better than a smith.”
Carter's Epictetus.

As most of the unhappiness in the world arises rather from disappointed desires, than from positive evil, it is of the utmost consequence to attain just notions of the laws and order of the universe, that we may not vex ourselves with fruitless wishes, or give way to groundless and unreasonable discontent. The laws of natural philosophy, indeed, are tolerably understood and attended to; and though we may suffer inconveniences, we are seldom disappointed in consequence of them. No man expects to preserve orange-trees in the open air through an English winter; or when he has planted an acorn, to see it become a large oak in a few months. The mind of man naturally yields to necessity; and our wishes soon subside when we see the impossibility of their being gratified.
Now, upon an accurate inspection, we shall find, in the moral government of the world, and the order of the intellectual system, laws as determinate fixed and invariable as any in Newton's Principia. The progress of vegetation is not more certain than the growth of habit; nor is the power of attraction more clearly proved than the force of affection or the influence of example. The man therefore who has well studied the operations of nature in mind as well as matter, will acquire a certain moderation and equity in his claims upon Providence. He never will be disappointed either in himself or others. He will act with precision; and expect that effect and that alone from his efforts, which they are naturally adapted to produce. For want of this, men of merit and integrity often censure the dispositions of Providence for suffering characters they despise to run away with advantages which, they yet know, are purchased by such means as a high and noble spirit could never submit to. If you refuse to pay the price, why expect the purchase? We should consider this world as a great mart of commerce, where fortune exposes to our view various commodities, riches, ease, tranquility, fame, integrity, knowledge. Everything is marked at a settled price. Our time, our labor, our ingenuity, is so much ready money which we are to lay out to the best advantage. Examine, compare, choose, reject; but stand to your own judgement; and do not, like children, when you have purchased one thing, repine that you do not possess another which you did not purchase. Such is the force of well-regulated industry, that a steady and vigorous exertion of our faculties, directed to one end, will generally insure success. Would you, for instance, be rich? Do you think that single point worth the sacrificing everything else to? You may then be rich. Thousands have become so from the lowest beginnings by toil, and patient diligence, and attention to the minutest articles of expense and profit. But you must give up the pleasures of leisure, of a vacant mind, of a free unsuspicious temper. If you preserve your integrity, it must be a coarse-spun and vulgar honesty. Those high and lofty notions of morals which you brought with you from the schools, must be considerably lowered, and mixed with the baser alloy of a jealous and worldly-minded prudence. You must learn to do hard, if not unjust things; and for the nice embarrassments of a delicate and ingenuous spirit, it is necessary for you to get rid of them as fast as possible. You must shut your heart against the Muses, and be content to feed your understanding with plain, household truths. In short, you must not attempt to enlarge your ideas, or polish your taste, or refine your sentiments; but must keep on in one beaten track, without turning aside either to the right hand or to the left. " But I cannot submit to drudgery like this—I feel a spirit above it." Tis well: be above it then; only do not repine that you are not rich. Is knowledge the pearl of price? That too may be purchased—by steady application, and long solitary hours of study and reflection. Bestow these, and you shall be wise. " But (says the man of letters) what a hardship is it that many an illiterate fellow who cannot construe the motto of the arms on his coach, shall raise a fortune and make a figure, while I have little more than the common conveniences of life." Et tibi magna satis!—Was it in order to raise a fortune that you consumed the sprightly hours of youth in study and retirement? Was it to be rich that you grew pale over the midnight lamp, and distilled the sweetness from the Greek and Roman spring? You have then mistaken your path, and ill employed your industry. " What reward have I then for all my labours?" What reward ! A large comprehensive soul, well purged from vulgar fears, and perturbations, and prejudices; able to comprehend and interpret the works of man—of God. A rich, flourishing, cultivated mind, pregnant with inexhaustible stores of entertainment and reflection. A perpetual spring of fresh ideas; and the conscious dignity of superior intelligence. Good heaven! and what reward can you ask besides? " But is it not some reproach upon the economy of Providence that such a one, who is a mean dirty fellow, should have amassed wealth enough to buy half a nation? " Not in the least. He made himself a mean dirty fellow for that very end. He has paid his health, his conscience, his liberty for it; and will you envy him his bargain? Will you hang your head and blush in his presence because he outshines you in equipage and show? Lift up your brow with a noble confidence, and say to yourself, I have not these things, it is true; but it is because I have not sought, because I have not desired them; it is because I possess something better. I have chosen my lot. I am content and satisfied. You are a modest man—You love quiet and independence, and have a delicacy and reserve in your temper which renders it impossible for you to elbow your way in the world, and be the herald of your own merits. Be content then with a modest retirement, with the esteem of your intimate friends, with the praises of a blameless heart, and a delicate ingenuous spirit; but resign the spleen did distinctions of the world to those who can better scramble for them. The man whose tender sensibility of conscience and strict regard to the rules of morality makes him scrupulous and fearful of offending, is often heard to complain of the disadvantages he lies under in every path of honour and profit. "Could I but get over some nice points, and conform to the practice and opinion of those about me, I might stand as fair a chance as others for dignities and preferment." And why can you not? What hinders you from discarding this troublesome scrupulosity of yours which stands so grievously in your way? If it be a small thing to enjoy a healthful mind, sound at the very core, that does not shrink from the keenest inspection; in ward freedom from remorse and perturbation; unsullied whiteness and simplicity of manners; a genuine integrity" Pure in the last recesses of the mind ; "if you think these advantages an inadequate recompense for what you resign, dismiss your scruples this instant, and be a slave-merchant, a parasite, or—what you please. " If these be motives weak, break of betimes;" and as you have not spirit to assert the dignity of virtue, be wise enough not to forgo the emoluments of vice. I much admire the spirit of the ancient philosophers, in that they never attempted, as our moralists often do, to lower the tone of philosophy, and make it consistent with all the indulgences of indolence and sensuality. They never thought of having the bulk of mankind for their disciples; but kept themselves as distinct as possible from a worldly life. They plainly told men what sacrifices were required, and what advantages they were which might be expected. "Si virtus hoc una potest dare, fortis omissis  Hoc age deliciis " If you would be a philosopher these are the terms. You must do thus and thus: there is no other way. If not, go and be one of the vulgar. There is no one quality gives so much dignity to a character as consistency of conduct. Even if a man's pursuits be wrong and unjustifiable, yet if they are prosecuted with steadiness and vigour, we cannot withhold our admiration. The most characteristic mark of a great mind is to choose some one important object, and pursue it through life. It was this made Caesar a great man. His object was ambition; he pursued it steadily, and was always ready to sacrifice to it every interfering passion or inclination. There is a pretty passage in one of Lucian's dialogues, where Jupiter complains to Cupid that though he has had so many intrigues, he was never sincerely beloved. In order to be loved, says Cupid, you must lay aside your aegis and your thunder-bolts, and you must curl and perfume your hair, and place a garland on your head, and walk with a soft step, and assume a winning obsequious deportment. But, replied Jupiter, I am not willing to resign so much of my dignity. Then, returns Cupid, leave off desiring to be loved—He wanted to be Jupiter and Adonis at the same time. It must be confessed, that men of genius are of all others most inclined to make these unreasonable claims. As their relish for enjoyment is strong, their views large and comprehensive, and they feel themselves lifted above the common bulk of mankind, they are apt to slight that natural reward of praise and admiration which is ever largely paid to distinguished abilities ; and to expect to be called forth to public notice and favour: without considering that their talents are commonly very unfit for active life; that their eccentricity and turn for speculation disqualifies them for the business of the world, which is best carried on by men of moderate genius; and that society is not obliged to reward anyone who is not useful to it. The poets have been a very unreasonable race, and have often complained loudly of the neglect of genius and the ingratitude of the age. The tender and pensive Cowley, and the elegant Shenstone, had their minds tinctured by this discontent; and even the sublime melancholy of Young was too much owing to the stings of disappointed ambition. The moderation we have been endeavouring to inculcate will likewise prevent much mortification and disgust in our commerce with mankind. As we ought not to wish in ourselves, so neither should we expect in our friends contrary qualifications. Young and sanguine, when we enter the world, and feel our affections drawn forth by any particular excellence in a character, we immediately give it credit for all others; and are beyond measure disgusted when we come to discover, as we soon must discover, the defects in the other side of the balance. But nature is much more frugal than to heap together all manner of shining qualities in one glaring mass. Like a judicious painter she endeavours to preserve a certain unity of style and colouring in her pieces. Models of absolute perfection are only to be met with in romance; where exquisite beauty, and brilliant wit, and profound judgement, and immaculate virtue, are all blended together to adorn some favourite character. As an anatomist knows that the racer cannot have the strength and muscles of the draught-horse; and that winged men, griffins, and mermaids must be mere creatures of the imagination; so the philosopher is sensible that there are combinations of moral qualities which never can take place but in idea. There is a different air and complexion in characters as well as in faces, though perhaps each equally beautiful; and the excellencies of one cannot be transferred to the other. Thus if one man possesses a stoical apathy of soul, acts independent of the opinion of the world, and fulfills every duty with mathematical exactness, you must not expect that man to be greatly influenced by the weakness of pity, or the partialities of friendship: you must not be offended that he does not fly to meet you after a short absence; or require from him the convivial spirit and honest effusions of a warm, open, susceptible heart. If another is remarkable for a lively active zeal, inflexible integrity, a strong indignation against vice, and freedom in reproving it, he will probably have some little bluntness in' his address not altogether suitable to polished life; he will want the winning arts of conversation; he will disgust by a kind of haughtiness and negligence in his manner, and often hurt the delicacy of his acquaintance with harsh and disagreeable truths. We usually say—that man is a genius, but he has some whims and oddities—such a one has a very general knowledge, but he is superficial;  &c. Now in all such cases we should speak more rationally did we substitute therefore for but. He is a genius, therefore he is whimsical; and the like. It is the fault of the present age, owing to the freer commerce that different ranks and professions now enjoy with each other, that characters are not marked with sufficient strength: the several classes run too much into one another. We have fewer pedants, it is true, but we have fewer striking originals. Everyone is expected to have such a tincture of general knowledge as is incompatible with going deep into any science; and such a conformity to fashionable manners as checks the free workings of the ruling passion, and gives an insipid sameness to the face of society, under the idea of polish and regularity. There is a cast of manners peculiar and becoming to each age, sex, and profession; one, therefore, should not throw out illiberal and common place censures against another. Each is perfect in its kind. A woman as a woman: a tradesman as a tradesman. We are often hurt by the brutality and sluggish conceptions of the vulgar; not considering that some there must be to be hewers of wood and drawers of water, and that cultivated genius, or even any great refinement and delicacy in their moral feelings, would be a real misfortune to them. Let us then study the philosophy of the human mind. The man who is master of this science, will know what to expect from every one. From this man, wise advice; from that, cordial sympathy; from another, casual entertainment. The passions and inclinations of others are his tools, which he can use with as much precision as he would the mechanical powers; and he can as readily make allowance for the workings of vanity, or the bias of self-interest in his friends, as for the power of friction, or the irregularities of the needle.

[* Ofrezco la versión original por falta de tiempo para traducirlo, pero si algún gentil intelector se aplica a traducirlo y me la pasa, la traducción, la añadiría gustosamente a la entrada. Gracias]