martes, 29 de noviembre de 2016

La escuela peripatética del olvido.





Fulgor pálido del desaprendizaje o un mecido viaje a la semilla.
Envejecer abre una insólita puerta que da al ancho paisaje del olvido. Se franquea el umbral y, desde la mecedora de mimbre que aparece en la veranda insospechada, se pierde uno, con dificultad -tardes distintas de las monótonas estaciones-, en la contemplación de una realidad fugitiva cuyos pecios secos, que fueron en su día de tomo y lomo, bailan, como los átomos becquerianos, una silenciosa danza a nuestro alrededor, ahí al lado, más allá, acullá, y donde ya ni siquiera los sentidos alcanzan a percibir fragmentos significantes de lo que ha sido la propia vida. Sobra luz, pero falta agudeza visual. Sobra espacio, pero falta agilidad. Sobran impresiones, para depresiones tan profundas de la atención. Sé, no hay duda al respecto, que en ese bosque que a veces avanza hacia nosotros, con las páginas abiertas, formando un frente de blancos escudos moteados, hay vidas de las que apenas guardo ya la consistencia de un recuerdo sólido y la emoción aneja. Sé vagamente que Mauricia la dura era una mujer de armas tomar, del mismo modo que no hay manera de apresar en una imagen nítida, o incluso cuarteada, a Molloy, y apenas tengo presente la mano temblorosa y digna de la mujer del zorrito que, venciendo heroicamente la vergüenza de verse obligada a hacerlo, pide limosna; del mismo modo sé, es decir, intuyo, que ciertas vidas y hechos se desfiguran unos a otros y acaban creando un magma inextricable de personas que “me suenan” y hechos que acaso fueran como me los represento con tanta torpeza y ausencia de detalles. Y no son solo personas, hechos o cosas los que se recortan contra la tiniebla del olvido como destellos luminosos de existencias que han sido mi propia existencia durante toda mi vida, sino ideas de toda clase y condición, desde el lugar del hombre en el cosmos hasta los malabarismos conceptuales del eterno y grácil bucle de Hofstadter, entretejidos en las circunvoluciones grises de un cerebro a medio camino entre la caja de Pandora y la chistera de un creacionista. Son aliteraciones, metáforas, versos como verme morir entre memorias tristes, o los únicos míos que recuerdo: Viva volveré para ti en los ciclos/tenaces del tiempo,/cuando la sombra del buitre /se perfile fugaz contra los riscos /o hacia sus propias raíces se inclinen/azotados por el viento los arbustos. En ese  paisaje de amalgama, de aluvión, de laberinto, extraño como la torre invertida de los siete jorobados, hay pasajes estremecidos de óperas vividas cuyas arias emergen con poder taumatúrgico para herir el alma cansada, la dama japonesa que renuncia a su hijo, la digna prostituta tísica que se sacrifica o el pintor al que se le va la hora y aquel desgarro de Brunilda que me rompió el corazón hasta recibir el don de las lágrimas que anhelaba Teresa, tan dura como apasionada, tan de los pies sobre la tierra como de alma por el empíreo, y de lengua escrita tan al uso de quienes la usan sin más. Turba, saber que desaprendes la memoria, que te educas en el impío arte del olvido, y que todo ello ocurre sin dolor que ennoblezca, sin drama que te acece con el imperio torrencial de la sangre alborotada, y con total conformidad del mecido en el breve recorrido del altibajo de las patas curvas del asiento desde donde todo los ves perderse como si siguiera una senda ora sinuosa ora recta que apareciera y desapareciera a capricho de Hermes, el dios de los caminos, quien quisiera así castigarte por mecerte en vez de recorrerla. Escrutas, o eso te imaginas, los lejos de la edad, y a veces es el resol, otras la niebla y tantas veces los insólitos cojones del grillo…, pero siempre se te despintan los mensajes de los que parecen despedirse tus sentidos, a tenor de tanta proyección como tú ubicas en ese espacio que se sitúa ante ti como el mirífico que existe entre quien ve Las meninas y el propio cuadro, allí donde el calvo filósofo de cuero y cruising te dijo que se cruzaba la tuya con la del pintor. En ese paisaje abierto a los más dispares caprichos geográficos hay muchas salas de muy distintas arquitecturas y un solo ojo luminoso que te ha llevado desde los bosques de Rashomon hasta la casa austera en cuyo exterior el viento briza las mieses y en cuyo interior una niña será resucitada por un Juan nórdico henchido de silencios místicos y una sola palabra, la de la vida. ¡Con qué aplicación te afanas en confundir las voces y los ecos, en ignorar hasta tu propio nombre; con qué determinación de apasionado alumno ganivetiano de los de la real gana vas reduciéndote, adelgazándote, hasta la casi nada corpórea de un quebradizo repertorio de puntos de vista que tejen una red de araña drogada! En la escuela del olvido tú eres paradójico maestro de ti mismo, porque nada te enseñas y, ¡ay!, nada aprehendes…; no hay fórmulas irrefutables en el encerado que se curva para abrazarte desde la pantalla donde se llevan a un hombre en una cabina encerrado…, y frente al rasgado sonido de la seda de la tiza tú fijas la mirada en el parvo y minúsculo polvillo que nieva la tarima y tus zapatos de suelas gastadas. Sí, te vas a doctorar sin alabanza y sin reproche en el fatal aprendizaje, porque la vida es breve y la memoria está hecha de la sombra del eclipse y de la materia de la elisión…; fragmentos raros son los recuerdos en el páramo desabrido, partes de zeugmas cuyos desaparecidos elementos no podrás descubrir jamás. Sigues meciéndote y te vas quedando dormido, con la convicción de que es otro quien te sueña en esa larga cadena de soñadores que es el olvido.

martes, 22 de noviembre de 2016

La visita norcoreana a Usamérica de Carmen Laforet: “Paralelo 35” o “Mi primer viaje a USA”

     


Notas de un elíptico cuaderno de viaje: Paralelo 35* o un antilibro de viajes de Carmen Laforet en tiempos de tribulación íntima y crisis creativa. 
   [*Reeditado en 1985 como Mi primer viaje a USA]


Carmen Laforet fue invitada por el Departamento de Estado usamericano, en cuya política de dar a conocer la realidad de los Estados Unidos a personas de renombre, para que después ofrecieran una visión pegada al terreno de lo que es su realidad, se enmarca su viaje a medio camino entre el turismo y la inspección, y cuyo desarrollo se ajusta perfectamente al título de la, en su momento, famosa película Si hoy es martes, esto es Bélgica, con la que la escritora debió de sentirse muy identificada, si es que llegó a verla. Simone de Beauvoir hizo una visita idéntica 20 años antes, pero en muy otras condiciones de liberación personal, muy distintas de las ataduras familiares con las que lo hizo Laforet, quien aún se hallaba a cinco años vista de la separación de su marido. Con anterioridad a la experiencia de Laforet, Miguel Delibes fue invitado al mismo programa y recogió en un libro, USA y yo (1966), las crónicas que sobre ese viaje publicó en El Norte de Castilla. De hecho, Carmen Laforet se enteró del programa por haber asistido a una conferencia de Delibes y en conversación posterior con él y con su esposa. La diferencia, sin embargo, entre una y otra perspectiva es más que notable.  Laforet no dominaba el inglés, por lo que el Departamento de Estado le asignó una intérprete con la que no acabó de entenderse: Miss P.B. traducía bien, pero me di cuenta de que, además, interpretaba mis palabras a su manera y aquellos malos entendidos nuestros seguían nublando el ambiente. Había equívocos, no por mala voluntad de nadie, sino por la deformación de ciertos matices, ello provocó que hubiera de ser sustituida por otra con quien sí congenió para el resto de un viaje perimetral por todo el país que duró dos meses. Laforet sostiene que el rosario de malentendidos se inició tras haberse molestado la intérprete por unas palabras en polaco con que la saludó Laforet tras identificar como polaco su apellido. Digamos que le saldría a P.B. la indignación de la usamericana de tomo y lomo que reniega de sus raíces, al parecer, como lo haría un xarnego agradecido de los de Súmate al baile de disfraces de la secesión. La tensa situación con P.B. las forzó, amablemente, a tener que viajar en cabinas de tren individuales para ir desde Boston a Chicago. Para la siguiente etapa, tras Chicago, la de Springfield, la escritora se reunió con la sustituta de P.B., Eliana Romecín, de origen sudamericano, para alivio de ambas, de P.B. y de la propia Laforet. Con Eliana se entendió a la perfección y se desarrolló entre ellas la necesaria complicidad indispensable para este tipo de visitas tan guiadas, o dirigidas. En la despedida de la primera traductora, Laforet nos dice que mientras ella tomaba un café, P.B. tomó un líquido rojo a base de ginebra con tomate y que se llama “despedida sangrienta” -cosa que miss P.B. me hizo notar con expresión grave. Si es un bloody mary, que tal parece, ¿de dónde sale eso de “despedida sangrienta”? ¿O fue un chiste de sano humor negro de la intérprete?  En fin, sería admiradora del Capra de Arsenic and Old lace, “Arsénico por compasión”. En una breve introducción al libro, Carmen Laforet nos revela que el título fue obra del patrón de Planeta, el todopoderoso José Manuel Lara, quien sostenía que la palabra paralelo en un título lo convertía en superventas. Así mismo, nos resume la actitud con que emprende tan largo viaje y cuál ha de ser su método de trabajo:  No hay juicio personal. Solo puro relato. (…) He tratado de relatar lo que mis ojos vieron con la sorpresa del turista. (…) Para mí, el viaje ha sido una aventura vivida con curiosidad y sin prejuicios. Y eso es lo que quiere transmitir al lector: Si se han sentido divertidos e interesados como yo me sentí al vivir mi relato, mi ambición de cronista quedaría más que satisfecha. Cuesta trabajo, sin embargo, percibir el divertimento y el interés consiguiente por la lectura de una obra que ha sido escrita, digámoslo así, a redropelo. Tardó dos años en darle a este Paralelo 35, el aspecto de un libro de viajes, y la verdad es que. a juzgar por los serios defectos de composición que muestra, debió de pasarlo mal escribiéndolo, porque en ningún momento, salvo en, a lo sumo, diez o quince páginas, se detecta el más mínimo entusiasmo en una prosa plomiza, contrahecha y lejos, ¡lejísimos!, del singular y potentísimo estilo metafórico de Nada. Su biógrafa, Anna Caballé, nos revela la verdadera razón de esa suerte de apatía, de anhedonia, de la autora, que le revela a la profesora Marion Ament: Cuando me conociste en USA yo estaba en un momento malísimo, a punto de una destrucción de mi propia personalidad. Siempre estaré agradecida a tu país y a vosotros, los amigos, porque aquel viaje al que fui tan sumamente atontada y perdida significó un principio de fuerzas morales para mí. Tras publicar el libro, tardó tres años en separarse definitivamente de su marido. Así pues, ya sabe el lector que el viaje de Laforet a Usamérica fue más una huida que un deseo; más un ámbito de distracción del severo aturdimiento en que vivía, que la pasión de la aventura y del viaje. Y todo ello se desprende de cada una de las etapas de su viaje, y donde más se aprecia es, precisamente, en la manera extraña como rehúye los contactos con los críticos y profesores y con los escritores a quienes, sin embargo, tanto anhela conocer y con quienes, como pasó con Guillén, parece que no tenga nada de lo que hablar. Es extraña su situación. El intelector atento puede sospechar legítimamente que la Carmen Laforet que ha escrito Paralelo 35 fue una usurpadora de la auténtica y de ahí su timidez, sus recelos al contacto con la intelectualidad del exilio, ¡nada menos que Guillén, Américo Castro, Montesinos, Ayala, Carratalà, Josep Carner, Sender…!  ¿Cómo se ha de entender, si no, que el encuentro con Jorge Guillén, por ejemplo, ¡nada menos que con Jorge Guillén!, se limite a la siguiente anotación?: En Harvard almorcé con nuestro poeta Jorge Gillén y otros catedráticos y escritores españoles y sudamericanos. Recorrí las calles de la Universidad y me asomé a algunos edificios, tanto del núcleo antiguo como de los modernos, firmados por los mejores arquitectos actuales. El único edificio que hizo Le Corbusier en Estados Unidos está en Harvard. Cuesta creerlo, la verdad. De igual modo que cuesta creer que se acogiera como excusa a la gripe que sufrió al llegar a Nueva York para anular su intervención en el programa radiofónico La Voz de América junto a Francisco Ayala.   El intelector tiene la exacta sensación del miedo de la autora a ser “descubierta” como una “impostora”, a que se detecten sus carencias y sus limitaciones, su “insignificancia”, a pesar del éxito tremendo que tuvo su primera novela. La inseguridad, en resumen, es el signo distintivo de su estancia en Usamérica, de ahí que ella la disfrace con la excusa de haber ido allí a conocer un país, no a dar explicaciones sobre la realidad sociopolítica o la literatura española: va de oyente, no de declarante, de ahí ese segundo plano que, cinematográficamente, es casi un salirse del plano. De hecho, la falta de entendimiento entre la primera traductora y ella vino de ahí, del abismo que descubrió la traductora entre la autora de Nada, novela que había leído con pasión y admiración,  y la mujer frágil, insegura y casi anodina a quien tenía que irle traduciendo cuanto las autoridades habían puesto a su disposición para que acabara teniendo una imagen lo más positiva posible del país. De ahí, así mismo, el título que le he puesto a esta crítica, porque el Departamento de Estado, aunque supongo que respetó algunos de los deseos de Laforet, como el encuentro con Sender o con la familia con la que convivió el año anterior su hija en  Kansas City, le “cuadró” una agenda de visitas que parecen más apropiadas para un sociólogo o un político que para una escritora. Con todo, ha de reconocerse que, a pesar de su apatía, Laforet es una invitada aplicada y agradecida y toma buena nota de cuanto la llevan a ver, y eso es lo que nos ofrece en su libro, la unión más o menos ortopédica de esas notas que fue tomando con dudoso rigor, como se desprende de las numerosas erratas que ni siquiera los correctores de la editorial se tomaron la molestia de corregir, como iremos viendo.  Hay una suerte de frigidez emocional desde la que parece escribir la autora, quien en muy rara ocasión se apasiona con aquello que narra. Tiene más de actitud notarial que de genuina sorpresa ante una realidad muy distinta de la de su país de procedencia. Es innegable que a lo largo del libro va emergiendo una visión de Usamérica que, al margen de lo que podríamos considerar propagandístico, escuelas, hospitales, fábricas, explotaciones ganaderas modernísimas, etc., nos acerca a la realidad conflictiva de aquella época marcada, sobre todo, por la guerra del Vietnam, por el conflicto racial y por el choque generacional que impondrá modas, maneras y estilos de vivir que irán extendiéndose a lo largo del mundo occidental durante lo que se conoció como la década prodigiosa, aunque como Laforet se limita simplemente a consignarlo, sin más, sin añadir ninguna reflexión ni ahondar en las causas, los orígenes o las consecuencias de esos conflictos o de esas tendencias socioculturales y políticas, del intelector se va apoderando una decepción que casi le invita a orillar la lectura y dedicar el tiempo a alguna otra más provechosa. Yo le invito, caso de que este libro llegue a sus manos a no hacerlo, porque, sin ser una colección de noticias raras o curiosas, no es menos cierto que hay algunas realidades desconocidas para el común de los lectores que pueden aportarle aquello que, en principio, es consustancial a un libro de viajes: informar de realidades poco o mal conocidas. No es Carmen Laforet una reportera intrépida al uso, como su tocaya Carmen Sarmiento en tiempos recientes, pongamos por caso, pero sí estaba en una situación de receptividad, propiamente literaria, frente a la realidad usamericana que nos permite acercarnos a situaciones, personas y lugares en los que ella supo ver lo singular. Es cierto que la deslumbra no poco el confort de las clases pudientes, y que en contadísimas ocasiones se acerca al drama de la miseria real, tan propio de Usamérica, pero sabe escuchar y ver y tomar las notas precisas para que los intelectores no acabemos de sentirnos defraudados totalmente, aunque la decepción, ya digo, es notable.  Es evidente que es un libro “menor” en su obra, y que fue escrito en una situación intima difícil, pero también es verdad que todo ello no exime de esos mínimos de corrección que cualquier autor debe exigirse y que una editorial de prestigio está obligada a mantener:  Lo sexual, en la conversación de gentes educadas, en Norteamérica, está curiosamente velado. Se emplean otras palabras para enmascarar un delito de esa clase que juzgan shoking, así escrito,con ese descuido de corrección del original que afecta a todo el libro. Como cuando traducen Library por librería, en vez de por biblioteca, hablando de la hipermagnífica del Congreso, que, según la autora,  es también un centro cultural donde se hace teatro de ensayo y dan conferencias las personas más ilustres del mundo, por más que nos sea imposible saber a qué se refiere Laforet con ese concepto “teatro de ensayo”, que se parece lejanamente al de cine de arte y ensayo que, sin embargo, aparece en España algo más tarde que su viaje a Usamérica. La escritora recuerda que en esa biblioteca hay un archivo sonoro en el que pudo oír, en la voz de Nicolás Guillén, sus poemas antiyanquis, en una demostración de tolerancia cultural difícil de igualar. Personas de raza de color, escribe Laforet, sin siquiera considerar que haya de cambiar semejante expresión ortopédica y cacofónica, además de impropia por falsa corrección política. O cuando la bailarina negra Ruth Beckford se convierte en Oaklan Ruth, quizás por una confusión con el lugar de nacimiento de la bailarina, Oakland. Por no hablar de ese curioso disparate que es la aparición, ¡Hermes santo!, del cimbel cinegético en relación con la aventura espacial:  El lanzamiento se realiza electrónicamente a distancia más allá de los 125 cimbeles de sonido que pueden dañar el oído… Son pequeños detalles que muestran, a su manera, un cierto desinterés de la autora por un compromiso que había de cumplir, aunque las crónicas contratadas, que no he leído, que publicó en la revista La Actualidad Española fueron un éxito al parecer y le abrieron a Laforet las páginas de la misma como articulista de opinión, ingresos a los que no les podía hacer ascos, desde luego.  La verdad es que el  itinerario: Washington, Filadelfia, Boston, Chicago, Springfield, Kansas City, San Francisco, Los Ángeles, el Cañón del Colorado, Santa Fe, Houston, Nueva Orleáns, Cabo Kennedy, San Agustín y Nueva York, da de sí para extraer una visión de Usamérica más que completita, por más que la mayoría de las actividades estén tan pautadas como lo estarán las de los pocos turistas que son admitidos en Corea del Norte. Que Carmen Laforet padecía de pánico escénico está fuera de toda duda, y se desenvolvía mucho mejor en ambientes con muy reducido número de personas y, a ser posible, que no tuvieran nada que ver con el mundo literario si ella había de ser la protagonista. Es graciosa la anécdota que relata sobre una sesión con alumnos de español en la universidad que estuvieron más atentos a la explicación de la salida profesional de la intérprete que a las literarias de la autora, y así lo reconoce, yo diría que hasta con la satisfacción de quien ve en ello una actitud lógica y sana, si nos atenemos a la dificultad de la autora para pergeñar un discurso supuestamente “de autoridad” por parte de quien no se reconocía ninguna. A lo largo de recorrido es patente, acaso por ser ella quien era, la intención de los programadores de ponerla en contacto con la presencia española en Usamérica, como la comunidad de pescadores canarios en Delacroix, que hablaban en español, con acento canario, y en inglés, y nunca habían visto las islas canarias. O la comunidad vasca de Boise, capital de Idaho, donde vivían entonces unos 11.000 vascos, muchos de los cuales solo hablaban vasco e inglés, algo que a ciertos secesionistas de nuestros días les debe de parecer algo así como un ideal: ¡nada menos que “esquivar” el castellano en su formación! Recoge la autora, como anécdota, que los bailes vascos ganaron un premio en Nueva York y otro en Washington y que son muchos los jóvenes que se desplazan a Boise para apacentar los rebaños temporalmente, arte en el que sobresalió la comunidad vasca en Usamérica. Las raíces españolas en California y en Florida o la presencia de los menorquines, que llegaron al sur de Usamérica acompañanado a los ingleses, cuando la isla de Menorca estaba bajo soberanía británica, forman parte de ese cúmulo de referencias que los usamericanos cultivan con verdadera devoción, porque son algo así como el capítulo fundacional de su Historia. De hecho, en las páginas del libro hallamos una noticia llamativa: el primer hombre blanco que pisó el escenario monumental del Gran Cañón del y dejo su nombre allí grabado fue el español don Lope de Cárdenas en 1540. Que la autora disfrutara en Disneyland, el único sitio de Usamérica que quería visitar Krushev, por cierto, o que guarde tan magnífico recuerdo del encuentro con el tenista Santana, que iba camino de Australia, de quien valora su sonrisa, su espontaneidad y su simpatía, nos hablan de una viajera necesitada de cariño y de alejarse de complicaciones íntimas e intelectuales para lo que el viaje, a pesar de su suerte de aturdimiento, le vino de perlas. Confiesa, por ejemplo, no enterarse de nada de la visita a IBM, pero se asombra ante las magnitudes de los proyectos de la NASA en Cabo Kennedy, antiguamente Cabo Cañaveral por el nombre que le puso Ponce de León cuando descubrió Florida y vio que el lugar estaba plagado de cañaverales de bambúes. Resulta curiosa, finalmente, la horrorizada descripción que hace Laforet de lo que ella entiende por un centro de depravación, Cocoa Beach, después de haber visitada una Nueva Orleáns devastada por el huracán Betsy, unos daños perfectamente descritos por la autora, por cierto: La población se ha formado al calor de la gente que trabaja en Cabo Kennedy y es un lugar turbulento, de aluvión, de vicio y despilfarro. Uno de los lugares más corrompidos de Norteamérica. (…) el divorcio es quizá la único barato en el Estado de Florida. En realidad, casi cuesta más instalar un teléfono -para lo que hay que hacer un depósito de cien dólares- que obtener la separación matrimonial. (…) No existe ni un museo, ni un buen teatro… Solo se valora el lujo de lo que se compra, y las bebidas y las drogas corren sin medida. Esto es un pueblo de locos ricos alrededor de una obra fantástica. Es un lugar de suicidios y también un sitio en el que, al mismo tiempo de pagarse los sueldos más elevados de Estados Unidos, se cometen estafas al por mayor y circulan cheques falsos. (…) Cocoa, la ciudad en formación y en turbulencia que da fama a Florida de ser uno de los Estados más disolutos del país. Llama la atención, igualmente, que Laforet descubriera en Nueva Orleáns el fuerte antisemitismo usamericano que hasta ese momento desconocía, pero que al que sí le prestó atención Elia Kazan en La barrera invisible: - Desde luego que no se admitían negros. Tampoco gentes desconocidas ni judíos, por ricos y conocidos que fuesen. - ¿Los judíos no? Esto era nuevo para mí. Al parecer los judíos, por el hecho de serlo, constituían una clase social aparte. – Muchos de nosotros tenemos amigos judíos, personas que apreciamos y tratamos, pero ellos disponen de medios sobrados para construir sus propios clubs. Aquí no se admiten. Nuestros hijos, nuestros nietos pueden estar seguros de la gente que encuentran. En fin, a lo largo de sus trescientas páginas -Pla necesitó más de doscientas para seis días solo en Nueva York,  Weekend (d'estiu) a Nova York (1959)-,  Carmen Laforet cree cumplir con el compromiso adquirido, pero el intelector que lea con atención y cariño descubrirá esa tormenta existencial que estaba devastando a la autora y amenazando con descomponer su presente y su vida toda. Es una lástima, que la autora se dejara llevar, pero incluso a pesar de su falta de confianza y de su pánico escénico, el libro, por ser de ella, tiene una dimensión que va más allá del habitual libro de viajes, género en el que la presente obra ocuparía una más que discreta posición. Desde luego, nada tiene que ver este intento de libro de viajes de Laforet con los de otros autores de su generación, y muy especialmente con los de Camilo José Cela, cuyo Viaje a la Alcarria puede considerarse una obra maestra del género, por ejemplo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Las definiciones resueltas de Mambrino y Fortuny





Bueno, pues aquí van las soluciones a los retos que suelen plantearnos cada día Fortuny y Mambrino en esos espacios moteados donde el ingenio ha de esforzarse por no ser derrotado, en el cuadrilátero de nuestra esgrima, nuestros titubeos y nuestros temores a quedar en ridículo. Una vez resuelto el desafío, sin embargo, he de reconocer, esa es al menos mi experiencia, que se te queda cara de tonto, de bien tonto, y te execras con fundado y merecido animus injuriandi por no haber “caído” mucho antes de lo que la improbable autoestima aconseja. Siempre me digo que no volverá a ocurrir, pero esos dos demonios de la caza con liga me acaban atrapando en la rama y me balanceo pensativo en ella como el pardillo en que día tras día suelen convertirme con su magnífico arte definitorio al que tanto cuesta renunciar, una vez que la afición al siempre fértil cruce de palabras te ha atrapado…

La tela que duerme, ideal para pijamas: SEDA
Hablar en voz baja con la esperanza de llegar muy lejos: ORAR
Si además brilla, nos tapa el sol: SOM
Y sin embargo le gusta pasarlo divinamente: ATEO
El agua la deja muerta: CAL
Acabó confuso con la madera: CAOBA
Mujer que tenemos en la punta de la lengua: ADELA
Resulta muy adecuada para darla con queso: RATONERA
Palo que se usa mucho en flamenco: COPAS
Abandonan el planeta para conseguir dinero: NE
Trabaja en cueros: ODRERO
Banquete del gremio de las tragaperras: ÁGAPE
Habla y no poco: LARGA
Sus abrazos no suelen ser amistosos: BOA
Depredador de rapaces: OGRO
Suspiro que no es agradable escuchar: ÚLTIMO
Actor que no vocaliza: CTR
Si se montara en la máquina del tiempo pondría la marcha atrás: NOSTÁLGICO
Necesita un verso para dar la cara: AN
Teclear torpemente, si bien se mira, puede ser signo de talento: CALETRE
Se la da: CAE
Camastros no para estrellas de Hollywood: CAM
No apartarse de la materia de que se trata, no mondar: NÍSPEROS
Hace que el cuento resulte sangriento: R
Útil para contraer matrimonio: SÍ
Valor que no cotiza en bolsa: ARROJO
Cuanto más sólidos son, más líquido pueden proporcionar: AVALES󠄀
La vuelta a él (pero bien vuelto): BOTE
¿Te fijaste en el traje que lleva?: VISTE
¿Lleva cosmética un hombre?: COSME
Lo que ganó el cabalista, además del corcel:  L󠄀
La primera en irse: I
La parte más concurrida del barco: BAR 󠄀
Soporífera balada: NANA
N a la sombra: Ñ
Montas un cirio para acabar con las tropelías: LÍAS
Defecto de espaldas: ARAT
Mariquita quita quita: MARI
As de la canasta: AAA
Palíndromo hecho a base de galletas: SOPAPOS
Tiene aspecto de pecera camuflada: PARECE
A menudo se da como muestra de inversión: NOTOB
Carece de primeros, pero tiene muchos segundos: HORA
Evita situaciones embarazosas: DIU
Enchufe de bajo voltaje (dos palabras): SOPABOBA
Os aventuráis en el oasis revolucionario: OASIS
Juega un gran papel en el negocio particular: EGO
Si pilla la curda vacilona, no es traro que pida mucha sangría: DRÁCULA
Palabra cruzada: INRI
Seises: EEEEEE
Está fuera de quicio al este de Inglaterra: EAST
Dan a algunos sudamericanos la oportunidad de vivir por todo lo alto: ANDES
Se escribe después, se publica antes y no se lee ni antes ni después: PRÓLOGO

Manual de instrucciones personalizado: ADN

domingo, 13 de noviembre de 2016

Un género injustamente ínfimo con gran éxito de público y escaso reconocimiento crítico: las definiciones del crucigrama.


Primer cucrigrama publicado en España,  ABC en 22 de marzo de 1925
Palabras horizontales
1. Vivienda humilde. 7. Río norteamericano. 14. Arregla. 15. Ácido. 16. Nota. 17. Amanecer. 19. De un arco. 20. Lengua. 22. Vino. 25. Exclamación piadosa. 28. Abunda cerca del mar. 29. Poco le falta. 31. Fuentes de riqueza. 33. Frecuente en invierno. 34. Para recibir. 35. Toma cariño. 37. Habrá de oler. 39. Nunca sola. 40. Poema. 42. Late. 44. Acomete. 47. Recurro. 49. Paciente. 51. No oye. 53. Columpia. 54. Para botones. 56. Alabanza. 57. Guardián. 59. Vayan. 61. En las iglesias. 62. Legumbre. 64. Conocida palabra latina. 65. Todos los hombres han... 67. Del Tasso. 69. Pato joven. 70. Atrevimientos.
Palabras verticales
1. Pueblo malagueño. 2. Torero. 3. Nota. 4. Singular. 5. Fervor. 6. Perora. 8. Voluminosa. 9. Diapasón. 10. Silencio. 11. Pronombre. 12. La mitad de lo que se fuma. 13. Vil. 18. Arteria. 19. Tonto (en Argentina). 21. Comida nocturna. 23. Culpable. 24. Fondeadero. 26. Nota. 27. Lugar de la Costa Azul. 29. De familia pobre, pero honrada. 30. Para parar una bestia. 32. Timbre. 34. Suaves. 36. Combustible. 38. Personaje bíblico. 41. Pequeña italiana. 42. Mota. 43. ¡Quiera Dios! 44. Rinoceronte hembra. 45. Redondos. 46. Intervalos en la marcha. 48. Letra. 50. Juego de salón. 52. Nota. 54. Tirano. 55. Las lleva todo el mundo. 57. Renuncié. 58. Suena bien. 60. Entregan. 61. Héroe español. 63. Escuchad. 64. Amarra. 66. ¡Oh, no! 68. Conjunción.


Entre el ingenio, el aforismo, la greguería, la adivinanza, el enigma, el acertijo, la retórica, la pista policial y la deconstrucción verbal: una aproximación a la definición de los crucigramas en dos celebérrimos autores: Mambrino (José Luis Herencia Robles) (El País) y Fortuny (Jordi Fortuny Boladeras)(La Vanguardia).

La solución de crucigramas es un pasatiempo que se les recomienda a las personas mayores para fortalecer la vida cerebral y evitar, en la medida de lo posible, afecciones como el alzhéimer o la demencia senil. Está comprobado que una actividad intelectual intensa alarga la vida y mejora las condiciones físicas de ese alargamiento. En mi vida profesional era una actividad que recomendaba enfervorizadamente a mis alumnos para que se acostumbraran al lenguaje figurado, amén de para hacerse, de forma amena, con conocimientos de carácter enciclopédico que les ayudarían mucho a formar un acervo de saberes al que nunca se sabe cuándo, la vida corriente y moliente, nos obliga a recurrir; no me detenía ahí, sino que, como la definición forma parte del corpus de conocimientos lingüísticos que habían de adquirir, los empujaba a la confección de un crucigrama para que identificaran los diferentes recursos definidores de que nos valemos habitualmente y que se usan en el Diccionario de la RAE, un amigo al que habían de perderle el miedo con el contacto asiduo. Es evidente que las definiciones del crucigrama van más allá, como indico en el título, de esos recursos gramaticales, y caen de lleno en un terreno lúdico que más tiene que ver con la creación literaria que con otra disciplina. Es evidente que la repetición de esos recursos, típicos de cada crucigramista, nos permiten orientarnos en la resolución correcta del reto que nos plantean, pero ha de agradecérseles, a Mambrino y a Fortuny, que renueven constantemente ese conjunto de recursos para que nos tiremos de los pelos, nos desesperemos y después nos llamemos de todo menos bonito al percatarnos de la obviedad de lo que se nos pedía. Mi afición a los crucigramas me llevó incluso a intentar una narración en la que dos personajes Ella y Él vivían una aventura a partir de la resolución de un crucigrama blanco. Cada definición encontrada suponía, como es lógico, un cambio de escenario, de realidad y casi de trama, al margen de la de encontrarse, tras haber salido, cada uno en busca del otro, desde los extremos de una diagonal del cuadrado. Por ahí anda, languideciendo e inacabada, nunca se sabe hasta cuándo. Pero vayamos a lo sustancial, que es, en este caso, esas definiciones sorprendentes que nos dejan aturdidos y chocados hasta que caemos en la cuenta del “truco limpio” que se ha utilizado contra nosotros y del que hemos sido víctimas incapaces de ver cómo esos magos de las definiciones con trampa sacaban el tópico conejo de la chistera o nos mostraban la carta que habíamos escogido sin que ellos la vieran. Me he entretenido durante varios días en ir seleccionando las definiciones más “sembradas” y que más me han hecho retorcerme las meninges sin que, ¡oh bendito Hermes Trismegisto!, haya tenido que claudicar, que darme deshonrosamente por vencido. Como el espíritu lúdico forma parte, como bien saben quienes entran de vez en cuando en él, de este Diario, acaso porque sea el dietarista devoto de aquel Homo ludens de Huizinga, que con tanta pasión leyó en su primera juventud, voy a hurtar la respuesta, de una parte del corpus de definiciones que voy a usar, para que quienes estén dispuestos a ello se sometan al *caletreo al que yo me he sometido en estos días, en el bien entendido de que no tardaré sino unos días en dar escuetamente el resultado de tales definiciones. Es evidente que en el proceso de resolver un crucigrama la solución a algunos problemas sirve de clave para la solución de otros, al cruzarse, ¡benditas sean!, algunas vocales o consonantes de otras definiciones que nos ayudan a que se nos ilumine el camino de la duda en que hozamos sin fruto alguno. De todos modos, el primer enfrentamiento es siempre este, a cuadrados vacíos que nos someten a un interrogatorio de tercer grado, del que muy pocas veces salimos con bien. En su momento ya realicé este homenaje a Peko, el crucigramista a quien sustituyó Mambrino y cuyas excelentes maneras de hacer ha heredado Herencia, como era de esperar; una persona, Peko, que se me reveló personaje en cuanto investigué muy superficialmente acerca de su persona, tan discreta que ni siquiera pude hallar una fotografía con la que ilustrar el homenaje, discreción que comparte con su sustituto, José Luis Herencia, de quien tampoco he logrado encontrar una fotografía en la red para acompañar a la de Fortuny. El oficio de crucigramista no es sencillo, y se requiere un ingenio notable para poder desempeñarlo sin que la resolución nos aburra por la escasa entidad del desafío. En fin, aquí van esos retos sin jerarquía alguna, al “buen tuntún” que, necesariamente, siempre está exento de la confección de los crucigramas (por más que a veces se cuelen en ellos los vocablos forzados más insólitos, situación en la que se recorre, sin más, a la definición de la RAE, como debe ser):
La tela que duerme, ideal para pijamas: 4 L
Hablar en voz baja con la esperanza de llegar muy lejos: 4 L
Si además brilla, nos tapa el sol: 3 L
Y sin embargo le gusta pasarlo divinamente: 4 L󠄀
El agua la deja muerta: 3 L󠄀
Acabó confuso con la madera: 5 L󠄀
Mujer que tenemos en la punta de la lengua: 5 L󠄀
Resulta muy adecuada para darla con queso: 8 L󠄀
Palo que se usa mucho en flamenco: 5 L󠄀
Abandonan el planeta para conseguir dinero: 2 L󠄀
Trabaja en cueros: 6 L󠄀
Banquete del gremio de las tragaperras: 5 L󠄀
Habla y no poco: 5 L󠄀
Sus abrazos no suelen ser amistosos: 3 L󠄀
Depredador de rapaces: 4 L󠄀
Suspiro que no es agradable escuchar: 6 L󠄀
Actor que no vocaliza: 3 L󠄀
Si se montara en la máquina del tiempo pondría la marcha atrás: 10 L󠄀
Necesita un verso para dar la cara: 2 L󠄀
Teclear torpemente, si bien se mira, puede ser signo de talento: 7 L󠄀
Se la da: 3 L󠄀
Camastros no para estrellas de Hollywood: 3 L󠄀
No apartarse de la materia de que se trata, no mondar: 8 L󠄀
Hace que el cuento resulte sangriento: 1 L󠄀
Útil para contraer matrimonio: 2 L
Valor que no cotiza en bolsa: 6 L󠄀
Cuanto más sólidos son, más líquido pueden proporcionar: 6 L 󠄀󠄀󠄀󠄀󠄀󠄀󠄀
La vuelta a él (pero bien vuelto): 4 L󠄀
¿Te fijaste en el traje que lleva?: 5 L󠄀
¿Lleva cosmética un hombre?: 5 L󠄀
Lo que ganó el cabalista, además del corcel: 1 L󠄀
La primera en irse: 1 L󠄀
La parte más concurrida del barco: 3 L 󠄀
Soporífera balada: 4 L󠄀
N a la sombra: 1 L󠄀
Montas un cirio para acabar con las tropelías: 4 L󠄀
Defecto de espaldas: 4 L󠄀
Mariquita quita quita: 4 L󠄀
As de la canasta: 3 L󠄀
Palíndromo hecho a base de galletas: 7 L󠄀
Tiene aspecto de pecera camuflada: 6 L󠄀
A menudo se da como muestra de inversión: 5 L󠄀
Carece de primeros, pero tiene muchos segundos: 4 L󠄀
Evita situaciones embarazosas: 3 L󠄀
Enchufe de bajo voltaje (dos palabras): 8 L󠄀
Os aventuráis en el oasis revolucionario: 5 L󠄀
Juega un gran papel en el negocio particular: 3 L󠄀
Si pilla la curda vacilona, no es traro que pida mucha sangría: 7 L󠄀
Palabra cruzada: 4 L󠄀
Seises: 6 L󠄀
Está fuera de quicio al este de Inglaterra: 4 L󠄀
Dan a algunos sudamericanos la oportunidad de vivir por todo lo alto: 5 L󠄀
Se escribe después, se publica antes y no se lee ni antes ni después: 7 L󠄀
Manual de instrucciones personalizado: 3 L󠄀

Fortuny
[ P.S. Lamento, como  ya he dicho, no haber encontrado ninguna fotografía en la red de Mambrino.]

viernes, 11 de noviembre de 2016

Sobre el canon prohibido y sobre la vida venal de los artistas



En El jardí dels set Crepuscles, una hiperficción esplendente de Miquel de Palol, un premio Nobel catalán le da pie al autor para la siguiente y oportuna reflexión:


Dejo aquí una reflexión sobre la vida venal del artista que leí hace mucho tiempo en una magnífica novela que, al transcribir estas líneas, veo que no ha perdido ningún interés. De hecho, más que la defensa de la propiedad intelectual, que es el motivo por el cual la traigo a este Diario, se lee ahí una concepción del artista enfrentado a la alienación político-lingüística catalana que a buen seguro indignará a cuantos fundamentalistas campan a sus anchas en nuestros días. Por otro lado, la extremada ficción de un Nobel catalán, y que, además, sea ese enfrentado al patriotismo cínico de los antecesores de los secesionistas de nuestros días, no deja de ser una especie de venablo arrojado, certeramente, al corazón de la quimera. En cualquier caso, recomiendo la lectura de una auténtica "novela de novelas", un ejercicio de creación total que, a mi entender, bien puede ser considerada como la mejor novela catalana de la segunda mitad del siglo XX, de la que hay traducción al castellano, pero el catalán de Palol es muy accesible al experimentado lector en castellano, porque está lejos de la tendencia arcaizante propia de quienes hacen de la lengua más una frontera que un canal de comunicación y entendimiento.


-Tot això forma part de la tradicional hipocresia de la societat capitalista -va dir Simon, i les dones el varen mirar amb commiseració; Simon va prosseguir-: La societat obliga a l'artista a vendre's ell mateix com a producte etiquetat, i que el contingut respongui a l'etiqueta. Només els grans (vull dir els molt grans, els de debò) se n'escapen. Als comerciants els sembla molt bé lluitar per l'èxit i el benestar econòmic; per ells és una qualitat personal imprescindible, però quan ho fa un artista, ho troben sospitós d'impuresa; l'artista els convé materialmente desinteressat, i, a menys que les idees que sosté no els siguin favorables, com més penjat vagi per la vida, millor.
-Has recitat el programa electoral d'una associació d'escriptors aficionats; l'únic que jo pretenia era remarcar una situació que afectava en Zacaries, i el seu cas no va ser l'únic de la història. D'altrabanda, la teva idea l'ha sostingut l'esquerra intel·lectual més de dos-cent anys. Per cert -va afegir la Gertrudis-, en Morguer, quan li van donar el premi Nobel, a les primeres declaracions a la premsa es va despenjar amb una actitud molt semblant -la Camila va dir que no les coneixia, i la Gertrudis s'hi va estendre (i per l'entonació no hi havia dubte que aprovava l'actitud del personatge)-: En Llorenç González Morguer (que sempre va signar Llorenç Morguer) havia estat toda la vida considerat escriptor de segona fila. Els que es proclamaven patriotes recelaven d'ell perquè mai no s'havia estat de dir que no escrivia per fer un servei a la llengua, sinó perquè li agradava, i comparava el cinisme i la fleuma dels qui deien el contrari amb el dels polítics que diuen sacrificar-se pel país; però la mentida dels literats, deia Morguer, és menys perillosa. Als seus textos s'obstinava a anar contra la moda, i des de les classes a la Universitat blasmava els estudiosos que dictaven els gustos. Si vols treure'n profit, llegeix amb humilitat, amb fe i senzillesa de cor, i mai no ambicionis fama de lletrat, acostumava a dir. Els crítics el trobaven estrany i allunyat de la tradició, però a París i Mèxic van traduir-lo, i a poc a poc es va conèixer a fora. Els americans van fer un parell de pel·lícules basades en novel·les seves, i quan els de Barcelona se'n van voler adonar, per reeditar-lo havien de pagar drets d'autor a l'estranger. el Nobel li va caure (com en el noranta per cent dels casos) quan ja era massa vell per disfrutar-lo. Li van demanar una entrevista per la televisió, i ell es va fer pagar un dineral. (...) Tothom va escandalitzar-se; jo crec que ell va fer molt bé. Anys enrera hauria pagat per sortir a la televisió, per tant aleshores hagués estat un imbècil de no aprofitar-se'n. (...) En Morguer va dir que s'havia basat en la llei de l'oferta i la demanda, igual que als seus negocis els comerciants que el criticaven. Va dir: "¿Com és que un trust elabora un producte, es gasta fortunes fent propaganda i després el ven deu vegades més car, i un tribunal popular no li para els peus? ¿Com és que un cantant cobra una milionada per suar renills i brams d'ase, sense que hi hagi un tumult d'indignació? En canvi, al que no parla en neci per donar gust al públic, la societat li imposa el vot de pobresa. ¿És que se li ha encomanat l'expiació d'algun pecat original? Raá incrèdula i perversa! Fin quan hauré d'estar-me amb vosaltres i us hauré de suportar?"
-Sí que va dir això -va corroborar la Gertrudis-; potser al final no sigui més que una qüestió de tòpics. (...) Pel que fa a la ridícula imatge del poeta com d'un pàmfil badoc, sense cap sentit pràctic de la vida, tan fràgil que desperta condescendència, ingènuament antiquat i fàcil d'estafar, en fi, un perfecte inútil, té l'origen en una venjança (que, tot s'ha de reconèixer, la justifica més d'un lamentable versificador) de la resta de la societat davant dels que, com més bons poetes són, inconveniències més lúcides i pertorbadores els diuen. Dintre de tot, en Morguer va ser un afortunat. Encara que tard, la revenja li va arribar. Recordo que li varen donar una medalla d'or  de no sé què, la condecoració més alta del país, i la va refusar. Va dir allò que tots sabien però feia temps que ningú no deia: que es negava a ser el bufó de la premsa i els polítics, i no estava disposat que l'endemà els diaris s'encapçalessin com sempre: "El President de la Generalitat va assistir ahir al vespre a un acte literari." Als escriptors, va dir, se'ls nega no tan sols ser beneficiaris de la seva obra, sinó fins i tot els protagonistes del seu èxit.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El duende de los dóndes de la lectura y la escritura.




La inexistente determinación del espacio en dos actividades menos comunes de lo que podríamos imaginar: leer y escribir.


¿Dónde leemos? ¿Dónde escribimos? ¿Determina el espacio la calidad de nuestras lecturas o nuestros escritos? ¿Los favorece, los perjudica, es indiferente? ¿Suelen, quienes leen o escriben, tener comunes o extravagantes fijaciones espaciales al respecto? ¿Leemos o escribimos unas u otras cosas en función del lugar donde estemos en esos momentos? Estas y otras preguntas similares suelen dar pie a artículos de revistas literarias o suplementos dominicales ilustrados oportunamente con esas fotos-fetiche de los grandes escritores en sus lugares de creación, para pasmo y admiración de legiones de jóvenes noveles que construirán su espacio creativo, en parte, acaso, guiados por esa imaginería algo monótona, porque lo propio de los escritores es llevar adelante su tarea sobre una mesa, rodeado de libros y con una fuente de luz natural, a ser posible. Sin embargo, y a pesar de que pueda parecer una cuestión banal, anodina, trivial…, no es menos cierto que los demiurgos literarios que nos ayudan a ser lo hacen desde un estar muy concreto y que, más allá de telurismos y fetichismos, tenemos no poco de árboles-hombres que crecen con mayor vitalidad en función del suelo donde arraigan nuestras raíces, aunque, finalmente, como en el poema de Juan Ramón Jiménez, seamos ese “árbol distinto” de los árboles iguales, ese árbol “pasante”.
Sabemos que los espacios de la lectura son mucho más variados que los de la escritura, aunque, más allá de la “guarida” predilecta, el verdadero escritor escribe, como quien dice, en cualquier parte. Amigo tengo que reconoce haber escrito un libro, con guantes, y helado de frío, en la grada invernal del estadio donde su hijo se iniciaba en los secretos rudimentarios del balompié. Yo mismo tengo a bien deleitarme en escribir en los lugares más anodinos del mundo, como las cafeterías de las estaciones, en su día la de la estación de Sants, en Barcelona, por ejemplo, la mesa desnuda de un hotel provinciano, la consulta del podólogo, la cama del hospital en un postoperatorio, en el banco de una plaza pública o en las largas esperas de las salas de consulta médicas. Quien escribe, cuando lo hace, sufre un proceso de adelgazamiento existencial que lo lleva a existir en un mínimo espacio delimitado por las fronteras de la hoja o la pantalla del portátil, en el supuesto de que no haya alguien, ¿acaso Javier Marías?, que aún siga aporreando las rígidas teclas de las frecuentes Hispano-Olivetti, con el eco en los oídos de la marca mítica, Underwood, en los oídos. Todo desaparece del entorno, de la contigüidad de lo que lo rodea, y tiene la impresión sensual de haberse desvanecido, de ser algo así, como una mano que ejecuta una monótona danza sobre la hoja o unos dedos que picotean sobre las teclas dando el alimento al papel, en vez de recibirlo. Leer, ya lo hemos dicho, es actividad mucho más variada que la de la escritura, y, propiamente, no hay lugar en el mundo en el que alguien no haya leído alguna vez, puesto que ya se han inventado los libros acuáticos que incluso permiten la lectura sumergidos. Que no haya bibliotecas en los retretes, privados o públicos, siempre me ha parecido incomprensible, una especie de pudor o de respeto mal entendido, porque es privilegiado sitial para lecturas de todo tipo. En mi caso, por ejemplo, ya llevo leídas en él 800 páginas de las 1100 del primer volumen del Libro de los pasajes, de Benjamín, y no padezco de colitis, que conste. Tan habitual o más que esas lecturas *retretadas son las efectuadas en los transportes públicos, por más que algunas circunstancias del tráfico puedan acabar convirtiendo el tranquilo paseo ocular por las páginas en una scilocaribdeña travesía tempestuosa. Leer en las cafeterías forma parte del paisaje habitual, y no son pocas las que han redescubierto la decoración con libros de su espacio acogedor para atraer a jóvenes lectores que, sin embargo, ¡ay!, prefieren abrir la tapa de su portátil y leer en sus pantallas luminosas; algo parecido a lo que ocurre en las bibliotecas, lugares que ya no aceptan donaciones de libros y cuyas mesas de lectura cada vez tienen más ordenadores y menos libros. Leer en los comercios, cuando voy de escort consumista de mi conjunta, sí que suele llamar la atención, no lo niego, y no es actividad bien recibida por los vendedores, quienes la reciben casi como una afrente personal, hipostasiándose con la propiedad ajena de un modo servil que, a su vez, me llama a mí poderosamente la atención. Lo que cada vez se hace menos es la lectura *deambulante (voz cuya inexistencia en nuestra lengua me sorprende tanto como la desaparición de la propia modalidad lectora) sea in itínere o *medineante (Juan Goytisolo debería “exigir” a la RAE que incluyera su hermoso *medinear, y derivados, en el DRAE; él, que influencia supongo que habrá de tener…), aunque, a tenor de la peligrosa costumbre de caminar *enredomado (más injusticias léxicas…por pate de la RAE) en la pantallita del móvil, quizás hasta sea bueno que esa modalidad lectora desaparezca o se restrinja a lugares donde ha sido tradicional, como los claustros de los conventos o las alamedas de ciudades pequeñas. Leer en la bañera, si los libros no son sumergibles, tiene serios inconvenientes, sobre todo cuando el adormecimiento producido por la alta temperatura del agua y la relajación muscular ad hoc causan un estropicio harto desagradable e irreparable, como bien lo puede atestiguar algún volumen de mi biblioteca con hojas más arrugadas que los campesinos de Vela Zanetti. No hay sitio, pues, desde un campanario azotado por el viento, hasta una cueva bien iluminada, donde no se haya abierto un libro y un intelector sediento haya abrevado su sed; o un aula de universidad, como hice durante un año deliberadamente cuando, en estafa singular, se me dio, como Literatura española del siglo XX, La muralla de Calvo-Sotelo, entre otras joyas, lo que implicó que saliera de una Filología hispánica sin haber “visto” ni la Generación del 98, ni la del 14 ni la del 27 ni, por descontado, la del 36 y la del 50…; o las veces pedidas de todos los turnos habidos y por haber en quien no sabe hacer cola sin abrir el libro de turno para los mismos, para donde sean: la charcutería, la panadería o la pescadería… No se trata de llamar la atención, sino de leer con ella, una habilidad que la práctica de la intelectura en paisajes tan variados desarrolla notablemente, para pasmo de quienes suelen distraerse con el vuelo de la mosca veraniega, el ruido de la cañería invernal o la crepitación de los troncos en la chimenea. De hecho, el grado de experto intelector se adquiere cuando ni siquiera las propias moscas volantes del fatigado lector crónico o el desprendimiento del vítreo, ese apergaminado disco pendular, son capaces de distraerlo. Los espacios de la invención no son producto de lo inventado ni de ellos nace, necesariamente, la invención que nos deslumbra. Puede que, desde fuera, nos impresione tal o cual disposición, tal o cual caos u orden, pero me atrevería a decir que el espacio es totalmente adjetivo en la labor del escritor, que la concentración plena en la labor funciona como la absorción en la intelectura. De mí sé decir que nunca me he sentido más escritor que cuando he desaparecido físicamente, convirtiéndome en el caótico relieve fluyente de las líneas sobre el papel, ese tiempo mágico en el que ni siquiera la pausa forzada entre las tiradas de escritura permitía la reencarnación: pura voz que fluye deletreada, recortada contra el horizonte de lo insignificante. Es verdad que cualquier espacio es un reflejo de nuestra personalidad, y no hay más que entrar en los coches de nuestras amistades para advertirlo, pero no es menos cierto que atreverse a establecer un nexo causal entre la escenografía y lo creado excede con mucho de las precauciones con que toda hermenéutica procede. Es cierto que un aislamiento parece indispensable, pero cuando se ha conseguido escribir en una sala de profesores en una hora libre, no deja uno de ver ese requisito como una exquisitez, casi como un postureo hiperafectado. Si don Quijote fue gestado en la cárcel, donde lo fuera también Guzmán de Alfarache, y si el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz fue escrito en la memoria del santo en las condiciones infrahumanas de su celda de castigo (Por cierto, ¿a quién le fue dado el privilegio sin par en la historia de la escritura de ir tomando nota precisa y preciosa de las estrofas que Juan de la Cruz iba desgranando como los corales de la granada de la que los amantes bebieron el mosto?), parece evidente, pues,  que, por más que nos atraigan lugares como la torre panóptica de Montaigne
donde instaló su biblioteca y su escritorio, nunca nos van a revelar el secreto de la excelencia de sus moradores, aunque sean gratos de visitar, indudablemente.







jueves, 20 de octubre de 2016

Los aforismos ociosos (escoliásticos) de Gómez Dávila o la Sabiduría de siempre que habitó entre nosotros: “Escolios a un texto implícito.”






  La fiesta de la inteligencia, el rigor intelectual, la libertad, la sed intelectora y el don de la expresión lacedemónica: Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila, un reaccionario ejemplar.

A Gregorio Luri y David Ruiz, que me precedieron en la admiración.
El más sutil disfraz de la estupidez es la brevedad epigramática. Cave…(Nicolás Gómez Dávila)

¿Qué poder de seducción no tendrá la inteligencia en estado puro cuando es capaz de atraer como poderoso imán incluso a lectores que están en la antípoda ideológica de quien nos interpela desde la exhibición magistral y ejemplar de la misma? La obra de Nicolás Gómez Dávila es ya la de un clásico que admite parangón con otros aforistas y escritores tan reconocidos como quienes fueron sus maestros, Montaigne, Nietzsche, Rivarol, Valéry, Lichtenberg, Pascal, Donoso Cortés, Chamfort, La Bruyère, Karl Kraus, Tocqueville, Schopenhauer, los griegos y los latinos sin excepciones y con comprensible predilección por Platón y Tucídides, o, más próximo a él en el tiempo, Cioran, con quien tanto comparte; y como tal clásico que es, habrá de ser estudiado en esos centros académicos por donde él no pasó, lo que no sólo no fue obstáculo para escribir una obra tan impresionante, auténtica síntesis de lo mejor del saber de la civilización occidental, tan puesta en entredicho en estos tiempos de desorientación cultural y egoísmo político, sino, acaso, lo que posibilitó que la llegara a escribir, ¡de cuántos nobles esfuerzos intelectuales no disuade la mediocre, endogámica, banal y prosopopéyica vida académica! La figura de Gómez Dávila me trae a la memoria la del también “eremita” Cristóbal Serra, autor de una notable obra aforística y crítica. Efigies, 2002, publicada por Tusquets, fue un libro que Serra publicó como homenaje a sus autores predilectos y en la nómina de esa obra antológica pueden hallarse buena parte de los autores a los que ha leído con fruición y provecho Gómez Dávila. Dudo que Serra y Dávila llegaran a conocerse, pero ¡qué hermoso y fecundo diálogo de silencios expresivos hubiera dado de sí semejante encuentro! La vena de ficción que me da la vida y me quita el sosiego comienza a alborotarse con la imaginación de una narración en la que se describiera, no sé, un largo cruce epistolar entre ambos o una temporada en un monasterio benedictino, en celdas contiguas, esa orden de la que Gómez Dávila advierte en uno de sus escolios que Salvo la regla benedictina, todos los estatutos de las colectividades humanas son grotescos y toscos. No se olvide, para entender el contexto de semejante afirmación, que, de niño, en Francis, Gómez Dávila estudió en un colegio de dicha orden. Gabriel García Márquez, que asistió a alguna de sus tertulias, donde, por cierto, no era Gómez Dávila quien llevaba la voz cantante, sino el oído alerta, confesó que, “si no hubiera sido de izquierdas hubiera pensado exactamente igual que él”, lo que en realidad era una aceptación implícita del poder de su pensamiento, en modo alguno encasillable políticamente, aunque es evidente que de su obra emerge un pensamiento más próximo a lo que tradicionalmente, y con no pocas limitaciones conceptuales, conocemos como “derecha”, una opción política, la conservadora, que le parecía ridícula a Gómez Dávila, y tan deleznable como el indisimulado afán totalitario del comunismo. Gómez Dávila jamás tuvo actividad política expresa e incluso rechazó algún ofrecimiento en ese sentido. Su único compromiso era con su pasión, la lectura, y con su atrevimiento, la escritura, en forma de escolios de lo leído. Aunque se vende la imagen de un ser recluido en su biblioteca -y parte de esa leyenda áurea es que instalaran su cama hospitalaria de enfermo terminal en la biblioteca, para estar cerca de lo que había sido el alfa y el omega de su vida, el aleph desde donde había explorado la realidad toda-, lo cierto es que Gómez Dávila, acaudalado miembro de la sociedad patricia de Bogotá, tuvo una vida social que no excluía la asistencia a tertulias o actos sociales típicos de la alta sociedad, y menos aún la visita de fin de semana a la hacienda familiar, donde practicaba la equitación y donde, al parecer, tuvo el accidente que lo dejó con una notoria cojera de por vida. Alguna leyenda que añade un toque superficial a la vida del escritor dice que el accidente se produjo jugando al polo, pero era su hermano el aficionado a ese deporte. En cualquier caso, es evidente que desde los 23 años Nicolás Gómez Dávila organizó su vida en torno a la lectura y la escritura como actividad fundamental, a resultas de la cual creó una biblioteca, “su” biblioteca, es decir, su álter ego, cuyos fondos varían según las diferentes versiones que me ha sido dado consultar: desde los 40.000 hasta los 23.000 volúmenes, en todo caso, lo importante es que se trata de una biblioteca leída, no simplemente almacenada. Puede decirse que en ella no entraban más libros que aquellos que D. Nicolás quería leer o consultar. La casa estilo Tudor donde la formó es ahora, ¡ay!, sede de una empresa aeronáutica, en vez de lo que debería ser, una biblioteca con su nombre donde los investigadores pudieran, en contacto con sus fuentes, esclarecer su obra, porque, al contrario de muchos autores, Gómez Dávila no tenía la costumbre de hacer anotaciones en los libros, ni subrayados ni cualesquiera otros comentarios. No es mi caso, ciertamente, y doy fe de que mi edición de Atalanta de sus más de 9000 aforismos está absolutamente subrayada y anotada, porque es muy difícil resistirse al comentario admirativo, jocoso o airado frente al desafío de sus escolios. Hay quien quiere ver en la palabra, escolio, que viene de escholé, ‘ocio’, la raíz de la actividad intelectual y vital de Gómez Dávila: cultivador del ocio del que ha salido una obra capaz de acompañar, como libro de cabecera, la vida de cualquier aficionado al pensamiento. Gómez Dávila vendría a ser algo así como el reverso de la decadencia imaginada por Gil de Biedma en De vita beata: No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia. Gómez Dávila era un noble (sin título), rico, que leía, escribía y vivía entre la naturaleza feraz de su inteligencia deslumbrante. Gómez Dávila, que vivió parte de su infancia en Francia, donde recibió una educación exquisita, aunque paralela a la oficial, pues la enfermedad lo retuvo dos años en el lecho, se forjo en los ideales de la nobleza y del cristianismo, cuyos valores convirtió en norte y guía de su existencia, lo cual no implica que no los someta a crítica descarnada. Él mismo, en una de sus primeras obras, entre las que hemos de consignar Textos y Notas, dos recopilaciones de textos fragmentarios que anticipan las sucesivas ediciones de Escolios, no solo se declara reaccionario, sino, como reza el título del libro, El reaccionario auténtico, para dejar claro que su “reacción” nada tiene que ver con el conservadurismo ni con las “derechas” tradicionalmente entendidas por tales. Él define “reaccionario” como aquel que está en contra de todo porque no existe nada que merezca ser conservado. Su crítica de la democracia formal, así como de las ideologías de derecha y de izquierda, tiene la virtud de situarnos ante una visión crítica que desnuda las incoherencias de esas ideologías, sus contradicciones y el sinsentido de muchos de sus postulados, y todo ello lo hace con una inteligencia incisiva ante la que cualquier lector sin anteojeras ha de claudicar y reconocer su poder de persuasión. Más partidario de los deberes que de los derechos, de un ideal aristocrático en el que se reconozca la superioridad de la inteligencia frente a la estulticia, a Gómez Dávila se le descubrió en Europa gracias a una antología de sus escolios que se le presentó al lector, de forma excesivamente equívoca, bajo el título de Les Horreurs de la Démocratie, lo cual ha contribuido, sin duda, a encasillarlo en ese oscuro mundo del pensamiento reaccionario en el que él, sin embargo, no solo se siente la mar de a gusto, sino orgulloso de estar. Dos escolios suyos son suficientemente explícitos respecto de esta contienda: Solo un talento evidente hace que le perdonen sus ideas al reaccionario, mientras que las ideas del izquierdista hacen que le perdonen su falta de talento. Y Del libro del reaccionario el lector sale menos indignado de lo que entra. Del segundo soy la prueba viviente, aunque reconozco que no entré indignado, sino entusiasmado por el conocimiento previo que tenía del autor, en el que destacaban, como dos faros, los aforismos que acabo de transcribir. ¡Son tantas las creencias e ideas que me separan de Gómez Dávila que no sé cómo explicar que ese fenómeno sea compatible con el de las otras tantas, y más, que nos acercan! Frecuentarlo supone un ejercicio dialéctico del que no puede haber intelector que no salga enriquecido, porque su capacidad de penetración intelectual es de tal magnitud que a la fuerza se ha de reconocer que tiene a la razón como asistente, como edecán constante. Sus escolios, aumentados en sucesivas ediciones, y publicados de forma casi clandestina, puede decirse que han seguido una vía insólita para llegar al conocimiento del gran público, porque, dada su profunda herencia europea, fue descubierto primero en Europa, quizá fue la publicación de una selección de los Escolios al cuidado de Franco Volpi hecha por la editorial Adelphi en Milán (2001), la ruta por donde el escritor habría de ganar un reconocimiento más profundo en Europa, y, a partir del predicamento que fue obteniendo entre los intelectuales europeos, Botho Straus,  Dietrich Von Hildebrand  y Martin Mosebach, entre otros,  ha acabado convirtiéndose en el escritor universal que hoy puede considerarse que es, porque su obra, ¡afortunadamente!, nada tiene de “nacional”, en el sentido en que si bien puede hablarse, aunque con no pocos reparos, de la novela “colombiana”, en modo alguno sería lógico hablar, de su obra, en términos de “pensamiento colombiano”. Él se despacha a gusto contra esa visión reduccionista del arte nacional, por supuesto: Las actuales literaturas nacionales parecen imitaciones provincianas de una literatura central que no existe. Como dice Alfredo Abad en su estudio Pensar lo implícito sobre la obra de Gómez Dávila: Encasillar a Gómez Dávila dentro de la lista de autores colombianos es una singular aberración de taxonomía literaria, él sencillamente no pertenece a ninguna de las tradiciones que influyeron dentro de la literatura y el pensamiento colombianos. Hubo, incluso, quien desde la universidad se atrevió a descalificarlo con esa prepotencia de quienes administran totémicamente el saber, sin construirlo. Gómez Dávila, no obstante, siempre fue indiferente a ese tipo de críticas, tenía demasiado que leer, que escribir y que estudiar como para dedicar algo de su tiempo a esas cominerías. Los Escolios a un texto implícito no son solo una biografía intelectual, sino también una biografía vital, porque en la vida de Gómez Dávila, su dedicación polígrafa es algo así como el eje fundamental de su existencia, en torno al cual giraban los demás acontecimientos. Su infinita curiosidad, además, se extendía a cualesquiera campos de la realidad, desde la organización política, a la historia, pasando por la literatura, la filosofía, la música, la sexualidad o cualquier materia, disciplina o fenómeno sobre el que cayera su aguda percepción. Desde esta perspectiva, bien podemos considerar que hay en la escritura constante de Gómez Dávila algo de la actividad propia del dietario, por más que jamás entren en esos apuntes, en esos escolios, acontecimientos de su vida cotidiana, excepción hecha de sus copiosas lecturas, claro está, las cuales, sin embargo, bien podrían considerarse como excepción de su vida cotidiana, dada su tendencia a encerrarse en la biblioteca y a frecuentarla por la noche, “estando la casa sosegada”… Gómez Dávila reflexionó, obviamente, sobre su propia condición de escoliasta y se autorretrato en no pocos escolios o en sus primerizas notas, como en esta: Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia. No es extraño que escogiera en el prefacio a las Noches áticas, de Aulo Gelio, algo así como la divisa de su actitud curiosa, de su entrega a la indagación intelectual y la estampara como epígrafe de sus Notas para efectivo aviso de navegantes con plena vigencia. A su manera, le cabe a estos Escolios de un texto implícito, el título de la famosa obra de Pedro Soto de Rojas, Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, y  esa actividad suya escoliástica, siempre pendiente de escribir notas o escolios, lucubratiúnculas las llamó Aulo Gelio, la convertirá en requisito sine qua non para que los intelectores puedan disfrutar de ellas, marcando quiénes caben en esa calificación:  Será, sin embargo, muy bueno -escribe AuloGelio- que quienes nunca se han dado al placer de la lectura, de la escritura, del comentario, ni pasaron noches en vela en estos menesteres, ni se instruyeron con discusiones y contraste de pareceres entre los émulos de la misma musa, sino que están metidos de lleno en sus negocios y desarreglos, esos, digo, que se alejen de mis Noches y busquen otra clase de diversiones [En traducción de Santiago López Moreda]. Dávila, acaso por ahorrar la redundancia, no transcribe el final de la cita: Que es viejo el adagio que dice: “El grajo nada tiene que ver con la lira,/ni el cerdo con la mejorana”. ¿No es curioso que, en su primer libro, el autor lo primero que haga sea ahuyentar a curiosos a quienes nada, dice, se les ha perdido en él? Desde luego es una muestra del talante de Gómez Dávila, de ese aristocratismo que profesó siempre como una divisa de su archipeculiar manera de concebir el mundo: Noble no es el que cree tener inferiores, sino el que sabe tener superiores. Y por ese camino, el de la búsqueda de lo mejor y lo bello, se va forjando la personalidad a contracorriente de Nicolás Gómez Dávila, capaz de escandalizar a tirios, a troyanos y aun hasta al propio narrador de sus querellas. Gómez Dávila es un desafío constante, un revulsivo extraordinario del aburguesamiento de las convicciones o, como él dice, llevándolo al terreno de la moral: Todo vicio se aburguesa fácilmente. Quiero entender, siguiendo a alguno de sus estudiosos, que había no poco de pose amedrentadora en esa declaración de Dávila como "católico, reaccionario y retardatario", un poco al estilo  del Bradominiano Feo, católico y sentimental, porque era una manera de ahuyentar al papanatismo de la juventud deseosa de admirar que llamaba a su puerta y a quienes, llegado el caso de la condescendía hospitalaria fugaz, no mostraba más que sus odios furibundos, y ninguna de sus discretas admiraciones, un poco al estilo del Borges que asumía con ironía proverbial su condición de autor de “derechas” a quien, por ello mismo, le sería eternamente negado un premio, el Nobel, que, premiándolo a él, acaso se hubiera redimido de sus muchas decisiones insólitas y ridículas. No practicaba él, ciertamente, aquello de lo que abominó: El cemento social es el incienso recíproco.  En esa primera aparición en forma de publicación, en edición hecha por iniciativa de su hermano Ignacio, quien, prácticamente, se lo arrancó de las manos al autor, siempre reacio a publicar, a pasar a la esfera pública, algo que contemplaba como un gesto de osadía intelectual que en modo alguno compartía; se trataba, con todo, de una edición limitada, dirigida a contadísimos lectores, lo cual no empecía, sin embargo, para que Gómez Dávila, como ya hemos visto por el epígrafe, se “explicase” -literalmente, abrir la plica muda que hasta ese momento había sido su actividad intelectual-: Estas notas no aspiran a enseñar nada a nadie, sino a mantener mi vida en cierto estado de tensión. (…) Las proclamo de nula importancia, y, por eso, notas, glosas, escolios; es decir, la expresión verbal más discreta y más vecina del silencio. (…) La nota breve no abusa de la paciencia del lector, y simultáneamente permite que lo que deseamos escribir se halle concluido antes que la conciencia de su mediocridad nos impida continuarlo. (…) No veo en estos cuadernos el repositorio de raras revelaciones; me contento con arrancar a mi estéril inteligencia unas pocas centellas fugitivas. (…) Anhelo que estas notas, pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión, salven de mi naufragio mi última razón de vivir. A título anecdótico, quiero recordar que “centellas” fue también el referente metafórico que uso el aforista barcelonés Joaquín Setantí y Alcina, muy poco conocido fuera de los especialistas, para bautizar sus aforismos: Centellas de varios conceptos. Gómez Dávila, poco ecuánime en este aspecto, habla de su “estéril inteligencia”, acaso porque su respeto hacia la inteligencia adquiere dimensiones de culto totémico, un poco al estilo de lo que el pueblo judío hizo con la Sabiduría, a la que incluso en alguna estela se la representa en compañía de Yahvé, como diosa madre con igual dignidad jerárquica: La inteligencia es una patria. (…) La inteligencia no se manifiesta con un gesto de acogimiento y de cariño. La inteligencia es aleve y traicionera, recelosa y desconfiada, siempre comienza por repeler y refutar, siempre rechaza y siempre protesta. La inteligencia, pues, ocupa un amplio capítulo en la obra de Gómez Dávila, y ello hasta tal punto que, para el autor, se convierte en algo así como la medid de todas las cosas, de ahí que incluso hasta sus arrebatos los prefiera a cualesquiera otras templanzas desabridas: Confío menos en los argumentos de la razón que en las antipatías de la inteligencia. Tanto, que incluso está por encima de sus propios defectos inexcusables: Sin anfractuosidades y vacíos una inteligencia tiene la rotundidad insípida de canto rodado. Por todo ello, está claro cuál es la guía vital de Gómez Dávila: En la vida, como en las artes, la inteligencia que asume y ordena rescata de cualquier naufragio. Pero…, y él hubiera dicho que es “el único pero que valga”, Gómez Dávila solo reconoce un tótem por encima de la inteligencia, y eso no es otro que la fe cristiana que profesó con esperanza de náufrago, porque, como él la definió, la fe es abstersión de la inteligencia. Y ya es curioso que para esa definición obligara a quien quisiera entenderla a pasar por el diccionario para conocer que “absterger”, un término de la ciencia médica, lo define la RAE como “limpiar y purificar de materias viscosas o pútridas las superficies orgánicas”. Contemplar, pues, la inteligencia como algo orgánico, dice bien a las claras la estrechísima relación biológica que establece Gómez Dávila entre su vida y su obra, una simbiosis que se aprecia claramente en la totalidad de sus escolios, construidos como una hipóstasis perfecta, muy difícil de distinguir del maestro universal que ha devenido el escritor colombiano. Con todo, hay algo que Gómez Dávila, como si fuera un presocrático, y en paralelo a la fe religiosa, pone por encima de la inteligencia: La inteligencia se apresura a resolver problemas que la vida aún no le plantea. La sabiduría es el arte de impedírselo. Suponemos que su propia vida, ordenada y fecunda, debió de ser reflejo de esa preeminencia de la sabiduría incluso sobre la inteligencia. Quede claro que la tentación de añadir una ristra inacabable de aforismos de Gómez Dávila a esta breve semblanza que estoy trazando es muy fuerte y es posible que haya de ejercer sobre mí mismo no poca violencia para contener ese afán expansivo que la lectura de los mismos provoca y del que han sido sufridos partícipes mis allegados más próximos, quienes,  durante  casi un mes, no han oído de mí más que requerimientos de este jaez: “escucha este, por favor”; “mira lo que dice Gómez Dávila”, “¿te puedo leer una joya de Gómez Dávila?”, “fíjate lo que se le ha ocurrido a este hombre…”, “no te lo vas a querer creer, escucha esto…”, et sic de caeteris. Mi único corolario a esos requerimientos ha sido siempre el mismo: “¿no es maravilloso?”, porque la inteligencia en acción, como en el caso de los escolios de Gómez Dávila, y acaso por su propia rareza y extrañeza etimológicas, es siempre, “el” espectáculo, el único digno de tal nombre el mirífico (que comparte raíz con maravilloso, por cierto). La crítica de la democracia que lleva a cabo Gómez Dávila puede parecerle chocante a quien busca en las ideas más la complacencia y la tranquilidad de ánimo que la batalla a muerte que, al estilo de Unamuno, han de librar en el campo de batalla del individuo si quieren hacerse acreedoras al nombre de idea, o, como dejó escrito Oscar Wilde:  Una idea que no sea peligrosa es completamente indigna de ser llamada idea. El repertorio de críticas fundadas que hace Gómez Dávila de las incoherencias e inconsistencias del sistema democrático son solo parangonables con las descalificaciones de la actividad política, de sus móviles, de sus miserias, de sus parvos logros, etc.:  mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos.  El malévolo título de traducción francesa de sus escolios, Los horrores de la democracia no llama a engaño, ciertamente, pero esconde los soberbios fundamentos de esa crítica que todos los demócratas hemos de hacer continuamente, si queremos mejorar “el menos malo de todos los sistemas políticos posibles”:  La democracia es el régimen político donde el ciudadano confía los intereses públicos a quienes no confiaría jamás sus intereses privados, nos dice; pero también añade esa visión crítica del estudioso que se ha dejado las cejas en la lectura: La democracia ateniense no entusiasma sino a quienes ignoran a los historiadores griegos. Gómez Dávila predica con el ejemplo, sin duda, porque su crítica feroz de la institución eclesiástica y de quienes usan el nombre de cristiano en vano alcanza niveles que casi puede decirse que la política sale bien librada. De hecho, desde su altiva soledad reflexiva sabe perfectamente que la fe -cualquier fe- se pierde frecuentando correligionarios, pero no ignora, y es confesión estremecedora, por la honda verdad que en ella palita, que no viviría ni una fracción de segundo si dejara de sentir el amparo de la existencia de Dios. A lo largo -¡a lo larguísimo… y sin embargo breve!- de estos escolios, 1400 páginas de aforismos…, el lector hallará desde la diatriba hasta el apunte lírico pasando por la paradoja, las filias y las fobias a palo seco, el desprecio olímpico, la piedad cristiana, la reivindicación del silencio, el retiro y el estudio o el acercamiento a los grandes problemas del pensamiento occidental, del que él exprime escolios que a veces son introducción a esos temas, a veces ingeniosos corolarios, a veces apóstrofes retóricos y en muchas ocasiones confidencias a media voz. Gómez Dávila es algo más que un aforista ingenioso o lúcido, algo más que un surtido de aforismos brillantes que pueden servir de citas de campanillas; los Escolios a un texto implícito es una obra fundamental del pensamiento moderno en su vertiente no solo divulgativa, sino también sintetizadora. Gómez Dávila no solo es un crítico acerbo de la modernidad, sino un ariete potentísimo contra la impostura, la falacia y la demagogia. Leer sus escolios constituye un reto intelectual de primer orden, porque constantemente está reenviando al lector hacia este o aquel autor, hacia esta o aquella obra, hacia este o aquel siglo, como cuando, a propósito de la mala literatura, nos dice que cuando los escritores de un siglo no pueden escribir sino cosas aburridas, los lectores cambiamos de siglo. Su estricta visión religiosa de la existencia no convierte a Dávila en un ser tridentino, o poco menos, pero no es menos cierto que algunas aversiones suyas son tan chocantes como, al menos para mí, repelentes, como hacia la sexualidad, según se advierte en este escolio desdichado que me provoca un rechazo visceral: El amor puede tener primavera erótica, pero su otoño debe ser casto. Pocas suposiciones más desagradables que las de cópula de cincuentón con cuarentona. Desde la sesentena recién estrenada, me entran ganas de contestarle con un aforismo reciente de mi propia cosecha: me parece imprescindible que en todo erotismo hay una fuerte dosis de erostratismo… En otras ocasiones es su defensa de la jerarquía aristocrática lo que llega a incomodarme tanto que me siento realmente violento ante la sola lectura de algunas afirmaciones que, aun a pesar de su carácter provocador -Gómez Dávila es, con su talante reaccionario el gran provocador de nuestros mediocres tiempos socializantes y tan torpe como neciamente igualitarios-, no dejan de escocer por atrabiliarias y por injustas: El pueblo solo es civilizado mientras perdura la huella de una clase alta, látigo en mano. O esta otra que repugna tanto al recto entendimiento como a los antirracistas blancos norteamericanos la simple audición de la palabra nigger: Libertad real no existe sino donde una pluralidad de amos permite trasladarse de uno a otro fácilmente. Otras, más atenuadas, aunque hirientes, no dejan de esconder parte de la verdad oculta en la demagogia rampante que domina el discurso social, como cuando sostiene que “pueblo” es la suma de los defectos del pueblo. Lo demás es elocuencia electoral, o que la gente nace cada día más apta a encajar perfectamente en estadísticas.
         Si tuviera que levantar un retrato de Gómez Dávila a partir de sus escolios, necesitaría, en realidad, comentarlos uno por uno para ver las complejas implicaciones que se desprenden de su lectura y de la comprensión de los mismos, hasta donde sea posible dicha comprensión, que no está claro que siempre lo sea. La enorme variedad de temas, acorde con el modelo escogido, Las noches áticas, de Aulo Gelio, ese cajón de sastre del saber profundo, pero también del saber anecdótico, hace de la lectura de los Escolios a un texto implícito una lectura amena que yo he hecho de forma continuada por amor a la inteligencia magnífica y esplendente de Gómez Dávila, pero lo suyo, sin duda, es colocar este libro encima de su padre putativo, los Ensayos, de Montaigne, que no pueden faltar en ninguna mesita de noche, e ir poco a poco degustando, como gotas de ambrosía, su saber milenario. Por no decepcionar a los intelectores que acaso lo esperen de mi manera de actuar, cada vez que he hablado de un aforista, añadiré, a modo de provocación, una brevísima selección de aforismos que no vayan más allá, en cualquier caso, del derecho de cita, porque, hágaseme caso, concédaseme esa gracia, este libro de la editorial Atalanta ha de figurar forzosamente en la librería de cualquier intelector que se precie de serlo. He aquí, pues, esa selección un tanto aleatoria, y tan parcial como es el gusto particular de quien esto escribe:
Las perfecciones de quien amamos no son ficciones del amor. Amar es, al contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible a otros ojos.
El interlocutor incoherente irrita más que el interlocutor hostil.
Las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos.
Nada cuesta tanto al escritor como resignarse a sus cualidades.
Si la circunspección crea pedantes, el entusiasmo crea imbéciles.
Una verdad confusa vale menos que un error lúcido.
Ciertas virtudes son las astucias de un vicio.
La verdad es la suma de las contradicciones en que incurren los hombres inteligentes.
Desconfiemos de quienes primordialmente anhelan expresarse.
Solo es católico cabal el que edifica la catedral de su alma sobre criptas paganas.
La sabiduría, en este siglo, consiste ante todo en saber soportar la vulgaridad sin irritarse.
En todo reaccionario Platón resucita.
La nada es la sombra de Dios.
Aun entre igualitarios fanáticos el más breve encuentro restablece las desigualdades.
Nadie se aferra tanto a sus pareceres como el que es sólo eco de su época.
La idea del “libre desarrollo de la personalidad” parece admirable mientras no se tropieza con individuos cuya personalidad se desarrolló libremente.
No hay que esperar nada de nadie, ni desdeñar nada de nadie.
Seamos livresques, es decir: sepamos preferir a nuestra limitada experiencia individual la experiencia acumulada en una tradición milenaria.
Las opiniones no son todas respetables sino muertas. Es sólo como cadáveres que las estupideces no hieden.
Hombre culto es aquel para quien nada carece de interés y casi todo de importancia.
La vulgaridad nace cuando la autenticidad se pierde. La autenticidad se pierde cuando la buscamos.
Escribir es muchas veces ineludible; publicar es casi siempre impúdico.
Las palabras nacen en el pueblo, florecen entre escritores, mueren en boca de la clase media.
Evidentemente yo no sé bien lo que sé; pero, por lo menos, ignoro totalmente lo que ignoro.


La independencia intelectual se ha conquistado cuando no son tales o cuales opiniones lo que nos deslumbra sino la sola inteligencia.

P.S. En su generoso comentario, David alude, con "Viva mi dueño" a la entrada "Gira la rueda de Fortuna...", que ahora vinculo para intelectores noveles en este Diario, a raíz de la cual se cimentó nuestra amistad actual, de la que me honro.